Este 19 de abril se cumplieron ciento veinticinco años desde que, por primera vez, un grupo de personas subió los trescientos sesenta metros del Cerro del Verdún para visitar a la Virgen, en Minas (Lavalleja).
Algunos lo hacen en silencio, otros rezando o cantando. Algunos llegan a la cima con lágrimas en los ojos; otros descubren en el camino de qué se trata realmente la experiencia.
La peregrinación es, para muchos, un encuentro con María y, a través de ella, un regreso a Dios. Para otros, ese camino tiene que ver con una experiencia espiritual o de vínculo con la naturaleza. Motivos hay muchos y distintos, pero la convocatoria se mantiene vigente.
Un lugar que convoca
Son entre setenta mil y cien mil las personas que se acercan para hacer esa caminata que demora, en promedio, treinta minutos. Hay algo en el Verdún que no es fácil de explicar con palabras. Es una experiencia difícil de describir o de contar. Tiene que ver con lo sensorial, con la conexión con lo trascendente y con el hecho de compartir el camino con otros fieles y con un entorno único.
La convocatoria no responde a una organización formal de la Iglesia. “Es un fenómeno religioso muy interesante, porque es del pueblo”, explica el padre Pablo Graña Eluén, párroco de la Catedral de Minas y rector del santuario. Se trata de una tradición que pasa de generación en generación y que, lejos de apagarse, parece renovarse año a año; incluso en tiempos difíciles o desafiantes, como los años de pandemia.
Desde comienzos del siglo XX, cuando se colocó la imagen de la Virgen en la cima del cerro, el lugar se transformó en un punto de referencia espiritual para todo el país y para fieles que cruzaban fronteras para llegar. Y si bien la mayor afluencia se da en abril, el padre Pablo asegura que, en los quince años que lleva en el lugar, nunca ha visto el Verdún vacío.
Subir el cerro, una metáfora de la vida
Peregrinar es mucho más que subir un cerro o terminar un recorrido. Es una experiencia que comienza con la decisión de emprender el camino. Cada paso, desde la base hasta la cima, está marcado por desafíos: piedras, desniveles, tramos más exigentes y otros más llevaderos. Todo forma parte de un trayecto cargado de sentido.
“Toda peregrinación supone un esfuerzo, y la gente asocia eso a su propia vida: más allá de las dificultades que aparecen en el camino, siempre es posible seguir, con la fuerza de Dios”, dice el párroco. Cada persona, a su ritmo, va encontrando la manera de avanzar.

Fausta Clavijo, de ochenta y tres años, conoce bien ese recorrido. Su primera peregrinación fue siendo niña, sin comprender del todo lo que vivía. “Yo no entendía lo que pasaba, pero acompañaba”, recuerda. Sin embargo, al llegar a la cima, quedó impactada por la imagen de la Virgen. Años después, ese recuerdo y “las vueltas de la vida”, la llevaron de vuelta al Verdún.
Caminar unidos por la fe
Con el tiempo, el sentido de peregrinar cambió profundamente para Fausta: “Empecé a subir el cerro en actitud de oración, rezando el rosario y deteniéndome en cada estación del vía crucis”, cuenta. “Así fui sintiendo que llegar a la cima es un regalo, una forma de encontrarse con la Madre y, a través de ella, con Dios, con Jesús y con el Espíritu Santo”, agrega.
Para Fausta, esa subida expresa “la fe natural del pueblo”. Hoy ve llegar autos y ómnibus desde distintos puntos del país, pero también recuerda cuando el tren acercaba a los peregrinos, con vagones llenos de personas —religiosas y otras no tanto— que buscaban encontrarse con la Virgen y consigo mismas.
“Llegar a la Virgen es como tocar el cielo con las manos”, resume. Para ella, cada peregrinación es única y le permite sentirse en comunión con otros creyentes y con Dios. “Allí arriba, junto a la Virgen, todo es respeto, tolerancia y amor”, concluye.
Estar allí en el momento justo
Para Gerardo Larrosa, de cincuenta años, el Verdún apareció en su vida de manera inesperada. No llegó como peregrino, sino como trabajador, al encargarse de la construcción de la capilla en la cima. Pero lo que comenzó como una tarea laboral se convirtió en un proceso profundamente personal.
“No tenía vínculo con la Iglesia hasta mis cuarenta y un años”, cuenta. “Y no tenía idea de que esa obra iba a cambiar mi vida”, agrega. Entre subidas y bajadas al cerro, en medio del trabajo cotidiano, comenzó a percibir algo distinto y decidió abrirse a esa experiencia: “Si uno se abre, hay algo que llega y te renueva”, dice.
El punto de inflexión llegó en un retiro realizado en el Verdún. Gerardo no sabía bien a qué iba, pero algo lo impulsó a aceptar la invitación. Lo que encontró allí fue difícil de explicar, pero decisivo: “Fue un antes y un después. Encontré sentido en la palabra de la Iglesia, me encontré con Cristo y con la alegría de su madre al verlo transformar nuestra vida”, relata.
«Toda peregrinación supone un esfuerzo, y la gente asocia eso a su propia vida: más allá de las dificultades que aparecen en el camino, siempre es posible seguir, con la fuerza de Dios»
Pablo Graña Eluén
Así comenzó un camino nuevo: junto a su esposa, se acercaron a los sacramentos y emprendieron un proceso catequético. En febrero de 2018 se casaron y, en marzo de ese mismo año, recibieron la primera comunión. Al día siguiente nació su hijo Francisco. “Fue como si Cristo hubiera dado el ‘visto bueno’ para su venida”, dice Gerardo.
Testimonios como el de Gerardo o el de Fausta no son aislados. En el Verdún, muchos descubren su propia conexión con la fe. A veces, de la mano de la Iglesia y sus distintas actividades o propuestas, y otras, solos, con sus propios caminos.
Algunos llegan invitados por amigos, por compañeros de trabajo, o por familiares. Otros, se acercan por simple curiosidad. El Verdún no solo convoca a quienes ya creen, sino también a quienes están en búsqueda, a quienes dudan o a quienes, sin saber bien por qué, sienten que necesitan estar allí.
La Madre que siempre espera
En la cima, el tiempo parece detenerse y todo adquiere un nuevo orden. El esfuerzo de la subida encuentra su sentido en ese encuentro tan esperado con la Madre. Para muchos, es un momento único y difícil de transmitir, porque toca una dimensión profunda del ser y de la fe.
Frente a la imagen de la Virgen, “uno entra en una paz inenarrable. No hay miedo. Solo hay amor, tranquilidad y sosiego”, relata Fausta. La experiencia es tan intensa que, por un instante, todo parece acomodarse. “En la Virgen vemos la ternura con la que nos dice: ‘hagan lo que él les diga’”, agrega.
En lo alto del cerro, la imagen se vuelve signo de una presencia cercana. “La Virgen es amor y nos conduce a Dios”, expresa Fausta, que sigue encontrando en ese lugar un espacio propio. “Llegar a María es llegar a él”, asegura. En esa certeza, muchos encuentran consuelo, orientación y sentido.
Una fe que permanece
El padre Pablo lo observa cada año: hay una fe que se expresa de múltiples maneras, muchas veces por fuera de los espacios más formales. “La gente se relaciona con la Virgen como con una madre”, señala. Es un vínculo directo, sencillo, sin demasiadas mediaciones.
Y ese vínculo se mantiene incluso en los momentos más difíciles. Durante la pandemia, cuando la peregrinación no pudo realizarse y el acceso estaba vallado, muchas personas igual se acercaban al lugar. “No podían subir, pero se quedaban mirando desde afuera”, recuerda, con emoción.

Esa persistencia habla de una fe arraigada que trasciende las circunstancias. No depende únicamente de estructuras ni de tiempos litúrgicos, sino de una relación viva que las personas sostienen con María. En el Verdún. Esa relación se vuelve visible en gestos simples: una vela encendida, una oración en silencio, una mirada sostenida hacia la cima. Son expresiones pequeñas y profundas a la vez.
Volver renovados a la vida cotidiana
La peregrinación no termina al bajar el cerro. Algo de esa experiencia permanece y se traduce, muchas veces, en una forma distinta de mirar la vida. “Después de la peregrinación uno vuelve renovado”, dice Fausta.
“En la cima siento lo mismo que sintió Pedro: ganas de ‘hacer tienda y quedarse allí’, pero el mundo nos espera como testigos de la presencia de Dios”, cuenta. Y entonces regresa con más fuerza, amor y paz. Gerardo lo expresa de forma similar: “Se vuelve con paz y con claridad para tomar decisiones”. Para muchos, ese es el verdadero fruto del camino: una transformación interior que continúa.
Un camino que sigue
Cada año, miles de personas llegan al Cerro del Verdún. Quizás porque allí encuentran algo que escasea en otros espacios: paz, silencio, sentido. Un lugar de encuentro con la Virgen, con Dios o con lo más profundo de cada uno, sin exigencias ni condiciones. Porque, como dice el padre Pablo, a través de ese camino que se recorre paso a paso, “siempre es posible llegar, con la fuerza de Dios”.
En la antesala del aniversario número 125, el párroco cuenta que se preparan distintas actividades, entre ellas una peregrinación vehicular por la ciudad de Minas la noche previa, que permitirá subir a contemplar a la Virgen iluminada.
Este año, el 19 de abril cayó un domingo y la celebración de la misa tuvo distintos momentos: abajo del cerro fue por primera vez a las diez de la mañana. Luego, a las doce, tuvo lugar la misa de mediodía en lo alto del Cerro del Verdún y, a las tres de la tarde, volvió a celebrarse nuevamente abajo.
Permanecer junto a la Virgen
“Este es un espacio del que los uruguayos se han apropiado”, afirma con alegría. “La gente necesita mirar hacia lo alto en la subida y hacia lo lejos cuando llega a la cima”, explica. Allí, junto a la capilla, muchos eligen permanecer a los pies de la imagen, en silencio, simplemente estando.
Año tras año, el padre Pablo sigue sorprendiéndose: “Siempre conozco gente que llega desde muy lejos, incluso desde Bella Unión, viajando toda la noche para estar acá”, cuenta. Y vuelve a la misma idea: el Verdún es un lugar que el pueblo ha hecho propio, un camino que sigue abierto para todos.
Iglesia Católica de Montevideo

