El Espíritu Santo nos renueva, nos transforma y nos envía. Por el Pbro. Luis Ferrés.
Nos estamos acercando a la celebración de un nuevo Pentecostés, acontecimiento de gran importancia para nosotros. Ya que, como Iglesia, estamos llamados a vivir un nuevo y permanente Pentecostés. El Espíritu Santo viene a revestir con su fuerza a aquellos que han estado en oración a la espera del cumplimiento de esta promesa, allí donde encuentra un corazón disponible para edificar una digna morada. Por eso, estamos invitados a disponer una vez más nuestro corazón para recibir de manera renovada el gran don prometido por Jesús: el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, no se trata de una idea abstracta ni de una fuerza impersonal, sino de la presencia viva de Dios en nosotros, el amor que une al Padre y al Hijo y que ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rom 5,5). Prepararnos para Pentecostés implica abrir nuestro corazón a ese fuego, a ese soplo que renueva la faz de la tierra (cf. Sal 104,30).
Jesús mismo, en la intimidad de la Última Cena, anunció a sus discípulos la promesa que sigue resonando hoy: “Yo rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito, para que esté siempre con ustedes” (Jn 14,16). El Espíritu Santo es ese Paráclito, el ‘abogado’, el que intercede por nosotros, el que nos trae consuelo, aquel que está junto a nosotros incluso en los momentos difíciles, de duda o de cruz. No estamos solos: el Espíritu habita en nosotros (cf. 1 Cor 3,16) y ora en lo profundo de nuestro ser “con gemidos inefables” (Rom 8,26).
Pentecostés no fue solo un acontecimiento del pasado. Es una realidad siempre actual. En el libro de los Hechos de los Apóstoles leemos que “todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hch 2,4), y esa plenitud transformó el miedo en valentía, el encierro en misión, la fragilidad en testimonio. Donde antes había puertas cerradas, ahora hay caminos abiertos. Donde reinaba la confusión, surge la unidad en la diversidad de lenguas. Así actúa el Espíritu Santo. Y en este próximo Pentecostés, también nosotros somos llamados a dejarnos inundar por su presencia, como nos invita la Palabra de Dios (cf. Ef 5, 18).
En nuestra vida cotidiana, el Espíritu Santo sigue obrando con discreción y poder. Él nos ilumina y nos da entendimiento para recibir la Palabra de Dios como alimento vivo. Es él quien nos recuerda todo lo que Jesús ha dicho (cf. Jn 14,26) y nos guía hacia la verdad plena (cf. Jn 16,13). En medio de un mundo lleno de ruido, el Espíritu habla en el silencio de nuestro corazón. Pero para escucharlo, es necesario detenerse, hacer espacio y profundizar en la interioridad. Todos nosotros somos llamados a cultivar un vínculo personal de amistad, confianza y comunión con el Espíritu Santo, a la manera de Jesús y como luego vivieron los apóstoles.
De este modo podremos recibir los frutos del Espíritu, que a su vez son el signo de su presencia en nosotros. San Pablo los describe con claridad: “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí” (Gal 5,22-23). No son logros meramente humanos, sino dones que crecen cuando dejamos que Dios actúe en nosotros. Allí donde florecen estos frutos, se percibe el paso de Dios. Y esto nos permite dar un testimonio de fe más sólido, coherente, creíble y eficaz.

También los últimos papas han insistido en redescubrir la importancia del Espíritu Santo en la vida cristiana. Benedicto XVI recordaba que “el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia”, aquel que la vivifica y la mantiene joven. Y el papa Francisco nos exhortaba con frecuencia a no domesticar al Espíritu, a no encerrarlo en nuestros esquemas, porque él “sopla donde quiere” (cf. Jn 3,8). A veces preferimos seguridades y estructuras rígidas, pero el Espíritu nos empuja a salir, a arriesgar, a ir a las periferias existenciales.
San Juan Pablo II, profundamente marcado por una espiritualidad trinitaria, invitaba a invocar al Espíritu Santo como protagonista de la nueva evangelización. Decía que “no habrá un nuevo Pentecostés sin una renovada docilidad al Espíritu”. Esta docilidad implica escucha, pero también valentía. El Espíritu no solo consuela: también impulsa, corrige, transforma.
En la preparación para Pentecostés, la Iglesia nos propone volver al cenáculo, ese lugar de espera confiada junto a María. Ella, la llena del Espíritu desde la Anunciación (cf. Lc 1,35), es modelo de apertura total a la acción de Dios. Con los apóstoles, persevera en la oración, enseñándonos que el Espíritu se recibe en actitud de súplica humilde y confiada.
Hoy, cada uno de nosotros está llamado a reavivar el don recibido en el bautismo y la confirmación. Quizás el Espíritu Santo está presente en nuestra vida, pero como una brasa cubierta por cenizas. Pentecostés es la oportunidad de soplar sobre esa brasa, de dejar que se convierta en fuego. Un fuego que no destruye, sino que purifica; que no consume, sino que ilumina.
“Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22), dice Jesús a sus discípulos. Esa palabra sigue siendo actual. Es una invitación personal. Abrirse al Espíritu es dejar que Dios tome la iniciativa, es permitir que él conduzca nuestra historia incluso cuando no comprendemos el camino. Es confiar en que “todo coopera para el bien de los que aman a Dios” (Rom 8,28).
En un mundo marcado por la incertidumbre, la violencia y la desesperanza, el Espíritu Santo es fuente de renovación y esperanza. Él hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5). Nos capacita para perdonar, para amar sin medida, para construir puentes donde otros levantan muros. Nos convierte en testigos creíbles del Evangelio.
Al acercarnos a Pentecostés, podemos hacer una oración sencilla y profunda: “Ven, Espíritu Santo”. Repetirla con fe, con deseo, con apertura. Porque quien pide, recibe (cf. Mt 7,8), y el Padre no niega el Espíritu a quienes se lo piden (cf. Lc 11,13).
Que este tiempo sea para cada uno de nosotros una verdadera efusión de gracia. Que el Espíritu Santo nos renueve, nos transforme y nos envíe. Y que, como los primeros discípulos, podamos salir al mundo con alegría, anunciando que Cristo vive, guiados por ese soplo divino que no deja de actuar en la historia.
Iglesia Católica de Montevideo

