Perfil del primer obispo elegido por el papa León XIV para Uruguay.
Hay escenas que no necesitan explicación. Un termo bajo el brazo. Una mano que acomoda la bombilla. El vapor que sVive actualmente en Montevideo, en el Prado, en la casa de formación de la comunidad salesiana. Allí nos recibe con calidez y cercanía. Cuando uno conversa con Alfonso Bauer enseguida percibe su estilo propio de pastor: sencillo, humilde, abierto al diálogo, con algo campechano, sin estridencias, sereno a la vez.
Ese tono también aparece al hablar de su nombramiento como nuevo obispo de Florida. Cuenta que recibió la noticia como un desafío, pero sobre todo como una invitación al discernimiento. Cuando el nuncio lo llamó en nombre del papa para comunicarle la propuesta, pidió unos días para rezarla y hablarla con su acompañante espiritual. No quiso responder apurado, sino desde la fe, buscando reconocer allí la voluntad de Dios.
No llega, además, a una realidad completamente desconocida. Florida, dice, es en cierto modo su “segunda casa”. De allí es su madre, allí vivieron sus abuelos maternos, tíos y primos, y de esa ciudad guarda muchos recuerdos de infancia: las visitas familiares, la Plaza Artigas, la parroquia San José, los domingos, los tiempos compartidos; allí aprendió a andar en bicicleta, cuenta. También estaba el campo de su padre, entre Talita y Palermo, a unos cuarenta y cinco kilómetros de Florida, donde pasó temporadas de niño y adolescente, ayudando en algunas tareas y respirando un mundo que le quedó muy adentro.
A ese vínculo afectivo se suma otro pastoral. Su primer destino como sacerdote salesiano fue Sarandí del Yi, donde llegó con 28 años, recién ordenado. Allí permaneció seis años: tres como encargado pastoral y tres como director. Ese tiempo le permitió conocer pueblos, parajes y rostros concretos de la zona, recorrer localidades cercanas y acompañar de cerca la vida de muchos chiquilines en un hogar rural. Incluso recuerda, con simpatía, sus años jugando al fútbol en el club de Sarandí. Todo eso hace que este nuevo paso tenga algo de misión nueva y algo de regreso.
Cuando habla de su historia, vuelve a dos experiencias que parecen haberlo marcado especialmente: la familia y el acompañamiento. Viene de una familia numerosa, de siete hermanos, con muchos sobrinos y una experiencia fuerte de vida compartida. Y cuando en la adolescencia apareció la inquietud vocacional, lo que más lo entusiasmó del ambiente salesiano fue justamente el “clima de familia” que encontró en el Colegio Maturana. Ese rasgo, tan propio de la espiritualidad salesiana, parece seguir siendo una clave de su modo de estar en la Iglesia: cercanía, hogar, vínculos, pertenencia.
La otra huella decisiva ha sido el servicio de la formación y el acompañamiento. Bauer se preparó para ser formador, estudió en Roma, pasó por la escuela de formadores en Córdoba e hizo una licenciatura en teología espiritual con especialización en formación. Pero cuando habla de ese camino no se detiene en los títulos, sino en el valor del trabajo personal y del acompañamiento. Dice que a él mismo lo ayudó mucho a clarificar, profundizar e integrar mejor su vida, y que luego le tocó acompañar a novicios, religiosos y religiosas. Es un apostolado que aprecia en especial y que seguramente dejará marca también en su servicio episcopal.

De hecho, cuando se le pregunta qué cosa de toda esa experiencia lleva consigo a esta nueva misión, responde con una idea que hoy la Iglesia repite mucho, pero que en él suena concreta: la sinodalidad. Habla de trabajo en equipo, de escucha, de discernimiento y de poner juntos “las cosas sobre la mesa” para ver por dónde caminar. Así imagina su integración a la diócesis de Florida y Durazno: escuchando, conociendo los desafíos reales, dialogando con los agentes pastorales y buscando en común los mejores caminos de animación.
En ese marco aparece también el tema del desarraigo. Un nombramiento así supone dejar tareas, vínculos, comunidad y ritmos conocidos. Bauer lo asume con naturalidad. Dice que ha pasado por distintos servicios y que, quizá por carácter o por aprendizaje, tiene facilidad de adaptación: va donde lo mandan y procura responder lo mejor posible. No parece instalado en la nostalgia de lo que deja, sino más bien en la atención al presente. “Vivir el hoy” podría ser una síntesis bastante fiel de su modo de pararse ante este cambio. Reconoce que algunas cosas tal vez las extrañe después, como la vida comunitaria, pero hoy busca poner la energía en la misión que viene.
Cuando piensa en lo más exigente del nuevo cargo, menciona algo muy concreto: la gestión y la toma de decisiones. Sabe que, por su manera de ser, tiende a acompañar mucho y a estar muy presente, pero reconoce que ahora también le tocará decidir, y que esas decisiones no siempre dejarán a todos conformes. Lo interesante es que no se coloca en el lugar del obispo que “debe saber todo”. Al contrario: insiste en que nadie sabe todo, que habrá que preguntar, formarse, intercambiar, escuchar. Sí, habrá una responsabilidad última, pero quiere ejercerla desde procesos de escucha, discernimiento e involucramiento de otros.
Mirando la realidad de la diócesis, menciona enseguida algunas preocupaciones específicas. Una es el drama del suicidio, especialmente entre jóvenes. Le inquieta el sinsentido, la soledad y la falta de alguien que tienda una mano en momentos difíciles. Allí aparece con fuerza una sensibilidad muy marcada hacia el acompañamiento y hacia el sufrimiento silencioso de muchos. Otra preocupación es la dimensión vocacional: Florida hoy no tiene seminaristas, y él percibe allí un desafío importante, pensando en la necesidad de que también surjan pastores de la propia tierra, que conozcan y comprendan esa realidad desde dentro.
También insiste en la necesidad de fortalecer el sentido de pertenencia eclesial y la corresponsabilidad. Le importa que todos se sepan parte de la Iglesia desde el bautismo, que todos tengan un lugar, que todos puedan sumar en la misión. Y allí plantea una imagen clara: un proyecto pastoral que una fuerzas y una comunidad que lo anime. Sin proyecto, dice, la comunidad cae en la improvisación; sin comunidad, el proyecto queda en los papeles. Esa articulación entre rumbo y cuerpo eclesial parece ser una de sus intuiciones más firmes para esta etapa.
Al final, cuando se le pide un mensaje para la comunidad católica de Florida y Durazno, y también para quienes se sienten más lejos de la vida de la Iglesia, Bauer vuelve a una certeza básica: antes que obispo, su primera vocación es ser cristiano. Desde ahí se entiende también el lema que eligió para su escudo: “Ve y haz tú lo mismo”, tomado del final de la parábola del buen samaritano. No se trata de preguntar primero si el otro cree o no cree, si está cerca o lejos, sino de servir y amar. Ahí parece condensarse bien el horizonte de su ministerio: una Iglesia que no deje a nadie afuera, que acompañe el dolor, que se acerque al que sufre y que haga del servicio concreto una forma de anunciar el Evangelio.
Su escudo episcopal ayuda a leer esa misma clave. El corazón en llamas remite a la caridad pastoral, a ese amor que sale de sí y va al encuentro del otro; la estrella refiere a María, en particular a la Virgen de los Treinta y Tres, Estrella del Alba, patrona del Uruguay, cuya imagen se venera en Florida. Y el lema termina de decirlo todo: una fe puesta en práctica, al estilo del samaritano.
En un tiempo marcado por incertidumbres, cansancios y búsquedas nuevas, Alfonso Bauer no parece llegar con pose de autoridad ni con promesa de respuestas instantáneas. Llega, más bien, con una historia entreverada con esa tierra, con alma salesiana, con experiencia de acompañamiento y con una convicción sencilla y exigente: escuchar, caminar con otros y hacer del servicio un modo concreto de pastorear.
El escudo episcopal

Su escudo reúne tres claves: el lema “Ve y haz tú lo mismo”, inspirado en el Buen Samaritano; un corazón en llamas, signo de la caridad pastoral; y una estrella, que remite a María, la Estrella del Alba, la Virgen de los Treinta y Tres, venerada en Florida.
Iglesia Católica de Montevideo

