Se desarrolló la santa misa por la fiesta arquidiocesana en la Iglesia Matriz, Catedral Basílica Metropolitana.
La lluvia cambió los planes, pero no apagó el motivo de la fiesta. La celebración de los santos apóstoles Felipe y Santiago, patronos de Montevideo, y del beato Jacinto Vera, estaba pensada para vivirse en la Plaza Matriz, con stands de comunidades y obras, propuestas para grandes y chicos, y distintas expresiones de la vida de la Iglesia. Las condiciones climáticas obligaron a suspender las actividades al aire libre, pero se sostuvo lo esencial: encontrarnos en torno a la Eucaristía, agradecer el camino recorrido y pedir a Dios que bendiga nuestra misión.
En su homilía, el cardenal Daniel Sturla partió de esa experiencia concreta: “Muchas veces las cosas no salen como queríamos”. Pero invitó a mirar los contratiempos desde la fe, sin desánimo ni amargura. Recordó el cántico de Habacuc: “Aunque la higuera no echa yemas… yo exultaré con el Señor”, para subrayar que la persona creyente no se achica ante lo inesperado, sino que aprende a descubrir también allí la providencia de Dios.
La fiesta de los santos patronos es una oportunidad para celebrar la identidad común de la Iglesia Católica de Montevideo. Más allá de cada parroquia, congregación, movimiento, obra o carisma, nos reúne aquello que hemos recibido y estamos llamados a transmitir: la belleza de la fe, la alegría de sabernos amados por Dios y la misión de anunciarlo con la vida.

Esa Iglesia que celebra no es perfecta ni idealizada. Sturla la describió con realismo y esperanza: “La Iglesia en el Uruguay es pobre y libre, pequeña y hermosa”. Una Iglesia con límites y fragilidades, pero también con una enorme riqueza de comunidades, dones, historias y servicios. Una Iglesia que puede alegrarse al descubrir que Dios sigue actuando en sus barrios, en sus obras educativas y sociales, en sus parroquias y en tantos caminos de misión.
Hacia el final de la homilía, el cardenal volvió la mirada a María y a su canto del Magníficat: “Mi alma canta la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”. Allí aparece una clave profunda para vivir esta fiesta. No se trata de celebrarnos a nosotros mismos, ni de mirarnos como protagonistas autosuficientes. Se trata de dar testimonio de las maravillas que Dios hace en nosotros y a través de nosotros.
Al finalizar la misa, el vicario pastoral de Montevideo, el padre Sebastián Pinazzo, también compartió unas palabras marcadas por la gratitud y la esperanza. Reconoció el dolor por haber tenido que cancelar buena parte de la fiesta, después de tanto trabajo e ilusión de tantas comunidades. Pero propuso mirar lo vivido como el crecimiento del bambú japonés: durante años parece que no pasa nada, aunque bajo la tierra se están formando raíces fuertes. “No es justo pensar que al final, por la alerta, no pasó nada. Pasaron muchas cosas”, expresó. Hubo vínculos, organización, confianza, oración compartida y entrega: raíces que quedan y que, a su tiempo, darán fruto.

La celebración cerró con una presentación especialmente linda de los niños y adolescentes del Elenco Sophia, grupo artístico de la Fundación Sophia, red de centros educativos católicos. Su participación expresó, con alegría y belleza, esa Iglesia viva que se reúne, agradece y canta.
La Iglesia de Montevideo celebra porque reconoce a un Dios vivo y presente, que sigue actuando en su historia y en su ciudad. Por eso esta fiesta es también una invitación a alabar, agradecer y contar lo que Dios realiza en medio de su pueblo. Con alegría humilde, con realismo y esperanza, como María, queremos seguir cantando la grandeza del Señor.
Iglesia Católica de Montevideo

