La problemática de las personas que no logran insertarse en la sociedad crece en Uruguay y llama a los católicos a buscar “nuevas formas de vivir el Evangelio”, como invita León XIV.
En las últimas semanas el número creciente de personas en situación de calle ha sido titular de diarios e informativos. Según las últimas cifras dadas a conocer por el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), la cantidad de personas que viven en esta situación casi se triplicó en los últimos años, pasando de las 3.500 registradas por el censo de 2023 a las 13.597 que durante 2025 atendió el sistema de protección social de dicha cartera en todo el país. Ante esta apremiante realidad, el gobierno lanzó, a principio de abril, la Primera Estrategia Nacional sobre Situación de Calle, denominada “La calle no es para vivir”.
A esto se suman los números de pobreza dados a conocer días atrás por el Instituto Nacional de Estadística (INE), según los cuales, en 2025, el 16,6% de los habitantes (578.665) eran pobres, es decir, no podía cubrir las necesidades básicas alimentarias y no alimentarias. Si bien la cifra parece algo menor a la registrada en 2024 (17,3), los márgenes de error de cálculo no permiten concluir una disminución de la pobreza, sino más bien una situación que se mantiene.
Los números hablan por sí solos. Las situaciones de marginalidad no ceden en Uruguay. Y eso que estas son solo algunas de las realidades que enfrentan aquellos que quedan al costado del sistema. También están los privados de libertad, los inmigrantes, las madres en situaciones de vulnerabilidad, los jóvenes infractores, las personas que se vuelcan al trabajo sexual, las que tienen problemas de adicciones, entre otros.
En su encíclica Evangelii Gaudium (2013), el papa Francisco señalaba que “crecer en el desarrollo humano integral, supone el cuidado de las personas y sus vínculos, el compromiso con el cuidado de ´la casa común´ que habitamos, una ética de vida y un estilo de sociedad que invite a construir juntos un mundo más justo y fraterno”.

Al respecto y teniendo en cuenta la circunstancia actual, Sandra Olivera, miembro del Equipo Académico del Centro de Estudio y Difusión de la Doctrina Social Cristiana (Cedidosc), dijo a Entre Todos:
“Hemos de escuchar su (la del pontífice) llamada comunitaria y colaborativa para desarrollar el caminar juntos como discípulos de Jesús. Aprender a relacionarnos con los demás basados en la fraternidad y la apertura universal, que supere las barreras culturales, políticas o religiosas y busque el bien común de toda la humanidad”.
“Naturalizar y permitir las inequidades sociales que nos rodean son un gran llamado de atención a la responsabilidad cristiana”, agregó. “La forma en que nos acostumbramos a vincularnos en ´burbujas´ de iguales, que nos generan seguridad, explica el impulso a estar siempre ´primeros´ en la fila, sin importar quienes quedan al costado del camino”.
En este sentido, recordó que Francisco hablaba de la necesidad de la “amistad social”, una actitud, que conociendo de primera mano la vida, desafíos cotidianos y necesidades de los que más sufren, dé lugar a una verdadera comunión, promoviendo la participación cívica, la responsabilidad colectiva y el cuidado del bien común, con horizontes de justicia, paz y diálogo.
El desafío del diálogo recíproco
Precisamente, para Carla Lima, directora de la División de Programas para Personas sin Hogar, del Mides, uno de los factores que actualmente más influye en las situaciones de marginalidad de la sociedad uruguaya son los “vínculos frágiles y la identidad quebrada”.
En diálogo con Entre Todos afirmó: “Hay un no querer estar en el lugar de pertenencia porque nos sentimos menos. Es algo que empieza en el patio de la escuela cuando se discrimina al niño que no tiene las zapatillas de marca. Hay demasiada exigencia, un convencimiento de que las personas valen más por lo que tienen que por lo que son. Estas cosas básicas están socavando la convivencia y hacen que algunos se pongan en ese lugar (de marginalidad). Todos merecemos un lugar, un espacio para ser personas. Sentir que ya no lo merecemos es lo más cruel”.
De hecho, este sentimiento lleva a las personas a “perder la capacidad de lo colectivo, de organizar la vida en común, entonces, nos volvemos enemigos unos de otros y perdemos la red, la empatía, la mirada, el saludo”. Así, muchos terminan en la calle, en las drogas o delinquiendo y se sumergen en la marginalidad. “La acumulación de rechazos, el sentirse excluido, se va inyectando en las personas, quienes terminan sintiendo y comprobando que hay algo malo en ellas”.
Por esto mismo, para la jerarca, el mayor desafío que presenta la sociedad uruguaya, de cara a la marginalidad, es “crecer en el diálogo recíproco y la escucha para descubrir por dónde se puede apalancar a estas personas, que no siempre es por donde nosotros creemos”.
A modo de ejemplo, expresó que muchas veces cuando las personas quedan en libertad no tienen adónde ir; por lo tanto, se les asigna un refugio. El problema radica en que la mayoría de las veces ni siquiera van porque “están hartos de la institucionalización y sienten que es como volver al encierro”. El diálogo y el acercamiento son sumamente importantes, dado que es la forma de conocer sus realidades e inquietudes, con el objetivo de ―en la medida de las posibilidades―, darles una mejor respuesta.
Olivera coincidió con esta mirada y señaló que “la fe cristiana nos pide estar atentos y con especial sensibilidad frente a los procesos vitales de todas las personas. Sería deseable desarrollar mayor empatía, acercándonos a su realidad y entablando vínculos interpersonales que potencien el diálogo, no desde una propuesta externa y ajena, que imponga miradas, posturas o decisiones. No tenemos que pensar que tenemos las respuestas correctas, ni acercarnos como salvadores que van a ´ayudar´. Debemos integrarnos, fortaleciendo el espacio comunitario y la participación desde una construcción conjunta en ciudadanía”.
Por su parte, Lima expresó que actualmente los programas para personas sin hogar del Mides atienden a 8.500 personas de forma permanente, entre ellos, niños y madres o padres, a los que se les da cobijo en los hogares especiales; personas en situación de calle, a quienes se atiende en los refugios; y personas que necesitan cuidados especiales, a quienes se les presta atención en centros de cuidados, entre otros.

Sensibilizar a las empresas
La situación tampoco es ajena a la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), que, hace más de cinco años comenzó a estudiar la problemática de la marginalidad, con el objetivo de dar una mano desde su lugar. Fue así que se llegó a la conclusión que las poblaciones más comprometidas, a las cuales resultaba prioritario atender eran: las personas liberadas del sistema carcelario y las madres en situación de vulnerabilidad.
Las cifras del Ministerio del Interior arrojan que anualmente quedan en libertad 9.000 personas, lo que en promedio se traduce a treinta personas por día. De estas, la mitad no tiene adónde ir y termina en situación de calle. Para dar respuesta a esta realidad, nació hace cinco años el programa Liberados de ACDE.
A partir de una alianza con Manpower, que, desde su programa de Responsabilidad Social ya asistía al Comcar a dar distintos tipos de capacitaciones, ACDE se sumó al proyecto, sumando voluntarios e instaló una oficina en el penal, desde donde atiende los requerimientos y necesidades de los privados de libertad con el propósito de ayudarlos a adquirir las herramientas básicas para el trabajo y una vida digna, una vez que salgan de allí.
Sin embargo, Elisa Facio, presidenta de ACDE, dijo a Entre Todos, que el trabajo de la asociación no termina allí, ya que desde el programa también se busca que a la hora de salir en libertad la persona tenga un trabajo, algo que aún no pueden ofrecer en todos los casos.
“Desde ACDE visitamos empresas, buscando sensibilizar a los empresarios y haciéndoles ver qué es bueno contratar gente liberada, porque si las personas que salen en libertad no consiguen una salida laboral y no logran reinsertarse en la sociedad, van a volver al delito. Eso es lo que tenemos que evitar”.
“La población carcelaria, para el empresario, no existe, así como no existe, para muchos sectores de la sociedad. Por eso, creo que el impacto más grande de este programa es visibilizar esta realidad y ayudar a tomar conciencia de que esto no es un problema de otros, no es un problema del Estado, es un problema de todos”, subrayó.
De hecho, el programa no solo busca que las empresas den oportunidades laborales a estas personas, sino que además motiven a sus empleados a sumarse al voluntariado, de manera que cada liberado pueda contar con el apoyo de un referente, que lo motive y acompañe, dentro de la compañía. A estos voluntarios, a su vez, ACDE les ofrece capacitación para saber cómo manejarse con esta población.
En los cinco años que lleva el programa se han capacitado 100 personas por año y, en total, 70 de ellos tienen trabajo actualmente. Liberados se encuentra presente en el Comcar y en la cárcel de Punta Rieles. A su vez, llega a la cárcel de Las Rosas, en Maldonado, a través del trabajo coordinado con la fundación Fénix, que brinda oportunidades a personas privadas de libertad, promoviendo la resiliencia, los vínculos, la responsabilidad y la inclusión. La cantidad de empresas vinculadas a ACDE que dan empleo a personas liberadas asciende a 25 y el número de voluntarios llega a 65.

Respecto al otro grupo poblacional detectado como prioritario por ACDE, las madres en situaciones vulnerables, la dirigente manifestó que se continúa trabajando para desarrollar un programa de infancia y familia que ofrezca apoyo a las madres en situaciones vulnerables:
“Sentimos que, si podemos ayudar a las madres a criar a sus hijos en un contexto menos vulnerable, más protegido y acompañado, el día de mañana van a ser menos los que vamos a tener que ayudar cuando sean liberados, porque no van a caer en el delito, ni en un montón de cosas. Sería actuar desde la prevención”.
Nuevas formas de vivir el Evangelio
Los de ACDE, entre tantos otros, son claros ejemplos de cómo desde la sociedad civil se pueden ofrecer soluciones a la problemática, desde una mirada cristiana. En este sentido, Olivera manifestó que el desafío de los cristianos en esta sociedad fragmentada y polarizada es ser constructores de paz, siendo “capaces de reconocer los nuevos rostros de la pobreza y la marginación, y tendiendo manos solidarias que las abracen”. Porque como dice el papa León XIV, “los pobres no son objetos de nuestra pastoral, sino sujetos creativos que nos estimulan a encontrar siempre formas nuevas de vivir el Evangelio hoy”.
De allí que valga la pena recordar lo que muchas veces repitió Francisco: “Prefiero una iglesia accidentada por salir al encuentro de los que habitan en los márgenes sociales y espirituales en clave misionera, que una iglesia enferma encerrada en sí misma”.
Iglesia Católica de Montevideo

