En contextos marcados por la vulnerabilidad, el trabajo puede ser más que una fuente de ingreso. Con la convicción de que el acceso al mercado laboral constituye una oportunidad para abrir nuevos horizontes, trabajan organizaciones como Movimiento Tacurú y Ceprodih. Mientras tanto, hay quienes hacen su propio camino. Esta nota habla de los que muestran que es posible apostar a la dignidad con el trabajo como herramienta para transformar distintas realidades.
Hay historias que empiezan en lugares donde todo parece jugar en contra: pobreza, vulneración de derechos, contextos atravesados por la violencia, falta de apoyo y trayectorias educativas interrumpidas. Ese es el punto de partida de muchas personas que, aun así, buscan abrirse camino y encontrar un horizonte distinto. Pero en ese recorrido, hay algo que se vuelve decisivo: una mano que se tiende, alguien que cree, un espacio que acompaña cuando todo lo demás parece ausente.
Detrás de cada proceso de cambio hay vínculos, oportunidades y presencias concretas que hacen posible dar ese primer paso —y sostener los que vienen después—. En esos lugares donde alguien mira con confianza, algo distinto ocurre todos los días: el trabajo deja de ser solo una necesidad y se convierte en una herramienta real de reconstrucción.
De distintas formas —en una obra salesiana, en una organización social y en una historia de vida atravesada por la privación de libertad— el trabajo aparece como un hilo invisible que une procesos profundamente humanos. Procesos que no son fáciles ni lineales, pero que, con paciencia y dedicación, logran transformar vidas.
El trabajo como un medio, no como un fin
En Movimiento Tacurú conviven dos propuestas que tienen al trabajo como centro: la Escuela de Oficios y los Proyectos Educativos de Acompañamiento Laboral (PEAL). Analía Cancela es trabajadora social y coordina la primera propuesta y Juan Diego Graña coordina el PEAL. Ambos coinciden en que es clave entender el punto de partida: “Tenemos que poner en contexto cómo llegan los jóvenes y adolescentes a Tacurú y cómo ponemos el trabajo como herramienta educativa”, dice Juan Diego.
Muchos jóvenes llegan con trayectorias educativas interrumpidas, derechos vulnerados y con historias marcadas por la exclusión, pero con ganas de empezar de nuevo, con una resiliencia que llama la atención y que motiva a quienes eligen acompañarlos en sus procesos.
“La escuela de oficio es un híbrido”, explica Analía Cancela; “es educación no formal para quienes terminan primaria, pero tenemos un acuerdo con la UTU que permite que en el tercer año, acá, ellos sean alumnos de la UTU”. Ese puente no es solo educativo, es también simbólico. Es la posibilidad de reingresar a un sistema que en algún momento los expulsó y de sentir que hay un lugar para ellos.
Por eso, lo que sucede en Tacurú va mucho más allá de aprender un oficio. “Los proyectos educativo-laborales podrían ser catalogados como propuestas educativas integrales, en las que el trabajo no es concebido como un fin en sí mismo, sino como una herramienta pedagógica de transformación personal y profesional”, explica Graña.
Durante ese proceso, algo empieza a gestarse internamente: “Ellos vienen con techos impuestos o autoimpuestos de que no pueden”, dice Analía, y ese límite, muchas veces invisible, empieza a resquebrajarse con la experiencia concreta de hacer, ante la posibilidad de ver que es posible transformar lo que nos rodea: “Cuando hacen una torta con ingredientes, ven que se puede lograr algo. Lo mismo pasa en talleres como los de carpintería”, agrega.
Esos pequeños pasos o momentos simples dejan de ser pequeños y dejan de ser simples cuando adquieren un significado profundamente transformador: el descubrimiento y la constatación de la propia capacidad.

“Todos, en su oficio, descubren que a través de sus manos pueden transformar una parte de la realidad y algo de ellos queda en eso que van generando”, explica Analía. Y en ese “algo de ellos” hay identidad, autoestima y reconocimiento. Esto también se ve en la dimensión material que tiene el trabajo. Es decir, en la posibilidad de cobrar un sueldo: “Es un mecanismo de restitución de derechos”, asegura Juan Diego.
Ese ingreso mensual habilita transformaciones profundas: acceder a una vivienda más digna, salir de contextos violentos, retomar estudios o proyectar un futuro distinto. “Muchas veces, contar con un sueldo permite dar pasos en relación a otros derechos que están vulnerados”, señala Graña. Esto evidencia que el trabajo no es un fin aislado, sino parte de un entramado mucho más profundo.
Al mismo tiempo, la experiencia cotidiana en Tacurú rompe prejuicios que siguen instalados en la sociedad y que son dañinos: “No es real que los jóvenes no quieren trabajar. Al menos acá, todo el tiempo recibimos demanda de los jóvenes del barrio buscando oportunidades para salir adelante”, cuenta Juan Diego.
Esa afirmación no es menor, porque pone en cuestión miradas simplificadoras que muchas veces invisibilizan las barreras reales que enfrentan estos jóvenes y que hacen muy difícil la posibilidad de sostener un empleo, una vez que se logra acceder al mercado laboral. El transporte, los cuidados que recaen sobre las mujeres, la inseguridad y la discriminación territorial son algunos de los desafíos que se enfrentan día a día.
Frente a eso, la propuesta se sostiene en algo esencial: el vínculo y la confianza. “Nuestro punto de partida es construir dignidad, fortalecer autoestima y generar sentido de pertenencia. Desde el día uno buscamos que los jóvenes se sientan parte de una comunidad que cree en ellos y los impulsa”, explican.
En ese sentido, Analía destaca la importancia de tener una mirada amorosa, como la que hubiera tenido Jesús: “Es importante que todos revisemos nuestras formas de mirar a los demás. En eso tiene que haber un cambio. Nos tienen que molestar las desigualdades. Nos tiene que incomodar la realidad”, concluye.
Tomar las riendas de la vida
En Ceprodih (Centro de Promoción por la Dignidad Humana) el trabajo también aparece como un eje central en la vida de mujeres marcadas por la violencia, la exclusión y la falta de oportunidades. Adriana Abraham, directora de la organización, habla de la importancia del “trabajo digno” como medio de desarrollo y esa afirmación no es casual: surge de años de experiencia acompañando trayectorias atravesadas por la vulnerabilidad.
Allí, el foco está puesto en mujeres, muchas veces madres, que asumen múltiples responsabilidades en condiciones adversas. Pero antes de pensar en la inserción laboral, hay un paso previo indispensable: reconstruirse. “Es muy difícil que mujeres en situaciones de extrema vulnerabilidad puedan sostener un trabajo”, explica Adriana, poniendo en evidencia la necesidad de un abordaje integral que contemple la complejidad de cada historia.
En el proceso que transitan estas mujeres en Ceprodih, hay un momento especialmente significativo y es el de elegir por qué camino quieren ir; si quieren prepararse para ingresar al mercado laboral a través de un empleo o si quieren llevar adelante su propio emprendimiento. “Para muchas es la primera vez que tienen la posibilidad de elegir y de capacitarse en algo que les guste”, cuenta Abraham. “Eso también tiene que ver con la dignidad humana y con la libertad de tomar decisiones que van formando un camino. Es ir tomando las riendas de la vida”, agrega.

A partir de ahí, el trabajo deja de ser únicamente una necesidad y empieza a ser un proyecto que, además tiene impacto directo en el entorno más cercano. “La inversión que se realiza en la mujer tiene ese impacto multiplicador, porque enseguida es directo el cambio en los niños”, señala Adriana. Cuando una mujer logra sostenerse a través de su trabajo, lo que cambia no es solo su situación, sino la de toda su familia y, cuando los hijos de esas mujeres ven el impacto del desarrollo de sus madres, algo distinto y nuevo aparece en ellos; se abre un nuevo horizonte posible.
Con relación a los procesos y trayectorias de las mujeres en Ceprodih, Adriana asegura que es impactante la rapidez con la que se ven cambios: “En tres meses vemos transformaciones importantes”, afirma, y eso es algo que valora particularmente del proyecto que encabeza.
Ese cambio, que se va profundizando en el tiempo y que se sostiene también con el apoyo de mentoras que acompañan a estas mujeres en sus caminos, se vuelve visible en lo concreto: en la autoestima, en el reconocimiento, en la posibilidad de generar ingresos y en la construcción de una realidad más justa.
Sostener el camino, un desafío de todos los días
Para Diego Giménez, el trabajo fue —y sigue siendo— el punto de anclaje para no volver atrás. “Soy una persona que reconstruyó su vida y trabajo todos los días para ser mejor”, dice. Esa es su presentación y, en esa frase se condensa un proceso desafiante, pero profundamente transformador y valioso.
Su historia está atravesada por la exclusión, la violencia y la privación de libertad. Pero también se representa en la resiliencia, en la esperanza y en la constancia. Ningún paso fue fácil de dar y tampoco es sencillo de sostener. Pero todos los días, gracias a manos que se tienden, Diego vuelve a elegir este camino.
“Antes de caer preso, no valoraba mi vida. Sentía que me daba lo mismo lo que me pudiera pasar”, recuerda. El cambio comenzó a gestarse en la cárcel, pero terminó de confirmarse afuera. El rugby fue el agente transformador: más allá del deporte, que al principio no le gustaba, esta disciplina le permitió acercarse a personas que querían ayudarlo y con quienes forjó vínculos sanos. “Me cambió el entorno”, cuenta.
Al salir de la cárcel, el desafío se volvió mucho más grande: ahora estaba otra vez en el mismo lugar que antes y el contexto muchas veces lo empujaba hacia lugares a los que no quería volver: “Antes de conseguir un empleo, había vuelto al mismo camino, que era facturar en menos de media hora lo que ahora me puede costar un mes con un trabajo”, dice.
Pero Diego, acompañado por quienes lo invitaron a jugar al rugby una vez en libertad, eligió dar batalla y persistir. Hoy trabaja en el área de salud y encuentra en ese espacio no solo un ingreso, sino también reconocimiento. “Nunca pensé que iba a tener la confianza de una organización como esta”, dice, y esa confianza aparece como un elemento clave en su proceso de reinserción.
“El trabajo es lo más importante para no reincidir”, afirma. No solo por lo que permite en términos económicos, sino por lo que implica en términos de responsabilidad, constancia y proyección. “El trabajo te sirve para sostenerte en la vida y para tener un ingreso. Y eso ayuda a tener objetivos para crecer y mejorar”, agrega.
Pero su mirada también se amplía hacia la sociedad. “Tenemos que cambiar la forma en la que vemos a quienes se equivocaron y quieren cambiar”, plantea, señalando una barrera menos visible pero igualmente determinante: la mirada del otro.
Iglesia Católica de Montevideo

