¿Qué significa dedicar la vida a acompañar la fe de otros en cada rincón del país? Desde Montevideo, Dolores y Melo, cuatro catequistas comparten su vocación y cuentan de qué manera encuentran sentido en una misión profundamente ligada al encuentro, la comunidad y el amor por el prójimo.
Hay vocaciones, llamados y misiones que nacen en momentos puntuales de nuestra vida. Otras crecen lentamente, casi que pueden pasar inadvertidas hasta que forman parte de nuestra vida. Ser catequista es una vocación que, en muchos casos, tiene que ver con un camino paulatino, con la respuesta a pequeñas invitaciones que van apareciendo en comunidades, parroquias o grupos. Y un día, al mirar atrás, el ser catequista es parte de una identidad.
En Uruguay, miles de personas sostienen esa misión cada semana en parroquias, colegios, capillas y comunidades. Lo hacen en ciudades y pueblos, con niños, adolescentes, jóvenes y adultos, muchas veces en medio del trabajo, la vida familiar y las exigencias cotidianas. Sin embargo, en todos aparece algo en común: el deseo de compartir con otros aquello que les cambió la vida, la convicción de querer ser testimonio de fe.
“Dar gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido”, dice Carlota Pradié, catequista de Melo. La idea aparece, de distintas maneras, en otras historias. Porque más que transmitir contenidos, quienes dedican su vida a la catequesis hablan de acompañar procesos, construir comunidad y ayudar a que otros se encuentren con Dios desde sus propias realidades y preguntas.
Desde Montevideo hasta Melo, pasando por Dolores, las historias de Javier Velázquez, Silvia Velásquez, Juan Aboal y Carlota Pradié muestran distintas maneras de vivir una misma vocación. Una vocación que tiene menos que ver con una tarea puntual y más con una forma de vivir.
Sentir el llamado de Dios
Muchos catequistas sienten que su vocación llegó antes de que pudieran nombrarla. Algo de eso le ocurrió a Javier Velázquez, hoy director de la Vicaría de Catequesis de Montevideo y coordinador de catequesis en el Colegio Seminario. Él recuerda con claridad los años de catequesis junto a su hermano Damián, en la parroquia del Reducto y la certeza temprana de que ese también sería su camino. “Desde los quince años quise formarme para ser catequista”, recuerda.
Aquella experiencia comunitaria fue consolidando algo que, con el tiempo, terminaría ocupando un lugar central en su vida. Tal es así que, desde hace ya muchos años, Javier es “principalmente catequista”. A pesar de que su profesión es la medicina, hoy dedica la mayor parte de su tiempo a la catequesis. Y lo hace feliz y orgulloso de esa decisión, que marcó su camino.
“Hice el clic cuando me di cuenta de que cuando llegaba a casa mis hijos corrían a abrazarme porque no me habían visto por guardias los fines de semana o en días festivos. Ahora ya no corren a abrazarme, pero saben que estoy”, cuenta. “Me di cuenta de que hay una vida que me hace feliz y es la de la catequesis”, concluye.
La historia de Silvia Velásquez tiene algo parecido. Ella recuerda una escena de su infancia que, muchos años después, terminó adquiriendo otro significado. Durante una misa, el sacerdote preguntó a los niños presentes qué querían ser cuando fueran grandes. Silvia levantó la mano y respondió, sin dudar: “Catequista”.
“Me acuerdo de escuchar risas”, cuenta. “El sacerdote me dijo que no sabía si podría vivir de eso, pero qué bien que había una catequista en potencia”. Tiempo después, una catequista de su parroquia la invitó a acompañar un grupo de niños y ese fue el comienzo de una historia que continúa hasta hoy, en Dolores, departamento de Soriano.
En Melo, la experiencia de Carlota Pradié fue diferente. Ella misma se describe como una joven extremadamente tímida, a la que le costaba participar incluso dentro de su grupo parroquial. Sin embargo, unas vacaciones de julio marcaron un antes y un después: un sacerdote salesiano organizó un curso para animadores y, casi por casualidad, Carlota terminó siendo la única de su grupo disponible para asistir. “Yo no tenía el perfil para animadora”, recuerda. “Sin embargo, Jesús no lo vio así”. Ese fue el principio de un camino que marcó su vida.
Compartir lo recibido
La vocación por ser catequista nace del deseo profundo de compartir a Dios con otros, de ser puente para que los demás lo conozcan. No aparece como una obligación ni como una tarea más dentro de la Iglesia, sino como algo inevitable, que transforma la propia vida y que, por eso mismo, necesita ser transmitido.
Para Silvia, la vocación tiene que ver con descubrir aquello que “Dios sueña” para cada persona. Un camino que muchas veces no se entiende del todo, pero que se percibe profundamente verdadero. “Eso nos permite trascender”, explica. “Cuando uno entra en el poder ver a Dios en todo, se da cuenta de que está en ese camino”, agrega.
Juan Aboal, su esposo y también catequista desde la adolescencia, resume esa experiencia de una manera simple y profundamente concreta: “Compartir lo que he recibido”. Desde hace años acompaña grupos de adolescentes en Dolores y sostiene que gran parte del sentido de la catequesis aparece justamente en el encuentro cotidiano con ellos, con la comunidad y con su familia.
“Hay una necesidad muy grande de encontrarse con Dios y con Jesús”, asegura Juan. “Y tiene que haber un testimonio que ayude a entender cómo hacerlo”. En esa dimensión testimonial aparece uno de los aspectos más repetidos en las distintas entrevistas: la idea de que la catequesis no se transmite solamente desde las palabras, sino principalmente desde la experiencia de fe.
Carlota lo expresa con claridad cuando dice que los catequistas son “simples instrumentos de Dios al servicio de que su mensaje llegue a quienes él pone en nuestro camino”. Y agrega una idea que atraviesa toda la experiencia comunitaria de la Iglesia: “La vida de fe no es en solitario, sino que se fortalece en comunidad”.

Una vocación que se sostiene en comunidad
Ninguno de ellos habla de la catequesis como una experiencia individual. Por el contrario, todos insisten en el valor de la comunidad como espacio de sostén, acompañamiento y desarrollo. Porque, aunque exista un llamado personal, la vocación catequista parece necesitar siempre de otros para fortalecerse y sostenerse en el tiempo.
Para Javier Velázquez, el catequista “sale de una comunidad, responde a una comunidad y anuncia en la propia comunidad”. Por eso, gran parte de su trabajo actual está enfocado en fortalecer equipos de catequistas y generar espacios compartidos entre parroquias y comunidades. “La comunidad tiene que sostener”, afirma. “Por eso me parece importante potenciar el equipo de catequistas y no catequistas solos”, agrega.
La experiencia comunitaria, y también la de familia, atraviesa también la vida de Silvia y Juan, que han recorrido juntos más de treinta años de catequesis. Primero en Carmelo, luego en Montevideo y desde hace casi dos décadas en Dolores. La ca tequesis se fue mezclando naturalmente con la vida familiar, con la crianza de sus hijos y con la construcción cotidiana de la comunidad.
“Siempre vivimos esta vocación con nuestra familia toda”, cuenta Silvia. Y Juan agrega: “Cuando uno está cansado, el otro te apoya y te ayuda”. La oración compartida, la vida comunitaria y el acompañamiento parecen ser las fuentes que permiten el desarrollo de una tarea que exige tiempo, compromiso y entrega.
Carlota también habla de dos pilares fundamentales que sostuvieron su vocación durante cinco décadas: “La relación con Dios y la comunidad”. La oración, la palabra, los sacramentos y los vínculos son para ella espacios de fortalecimiento permanente. “El testimonio dice más que lo que se pueda transmitir con palabras”, asegura.
Una forma de vivir cada día
La catequesis, más allá de que puede tomar muchas formas, no es una actividad limitada al salón parroquial o a un encuentro semanal. La vocación catequista tampoco. Es una manera de vivir que atraviesa la cotidianeidad, las relaciones y la forma de estar con otros.
“Yo creo que el catequista es veinticuatro horas”, dice Javier. Y aclara que eso no significa necesariamente nombrar a Dios todo el tiempo, sino vivir desde un lugar distinto: “Dar una palabra de aliento, transmitir optimismo, mostrar que siempre puede haber algo mejor”, ejemplifica.
En esa línea, sostiene que muchas veces la catequesis sucede en pequeños gestos cotidianos, en conversaciones simples o en la manera de acompañar a otros. “Tratar de mostrar a un Dios que se quiera conocer”, resume. Una frase sencilla, pero que parece condensar buena parte de lo que implica transmitir la fe desde el encuentro con el otro.
Para Silvia, el sentido aparece especialmente en acompañar cómo niños y jóvenes descubren a Dios en la oración, en la comunidad y en los vínculos. “Es hermoso ver cómo descubren a Dios en el encuentro con el otro”, cuenta. “Y cómo van descubriendo también quiénes son”.
La experiencia cotidiana de la catequesis también implica dejarse transformar por quienes llegan a los grupos. Todos hablan de cuánto aprenden de los niños, adolescentes y jóvenes con los que trabajan. “Los adolescentes contagian cosas”, dice Juan.
Carlota coincide y agrega que, en ese intercambio permanente, también la propia fe se fortalece. “En esa dinámica de compartir experiencias, nuestra fe también va creciendo”, explica. “Hay gozo en ver cómo un hermano se encuentra con Jesús y descubre el verdadero sentido de su vida”, complementa.
Una Iglesia que acompaña
En tiempos donde muchas veces se habla de crisis de fe, individualismo o distancia respecto a la Iglesia, las historias de estos catequistas muestran una realidad esperanzadora; de comunidades que siguen construyéndose desde el encuentro, el acompañamiento y el compromiso cotidiano de personas que sostienen silenciosamente gran parte de la vida pastoral.
No aparecen grandes discursos ni recetas, sino algo mucho más sencillo y profundamente humano: personas que encontraron sentido en compartir con otros aquello que transformó sus vidas. Cristianos que, desde distintos rincones del país, siguen creyendo que vale la pena acompañar procesos, escuchar preguntas y construir comunidad.
“Ser catequista es hermoso”, dice Silvia. “No significa que siempre sea un camino de rosas, pero sí es un camino lleno de sentido”. Tal vez allí esté una de las claves más profundas de esta vocación: en seguir apostando al encuentro, incluso en tiempos atravesados por la velocidad, el individualismo y las urgencias cotidianas.
Porque, en definitiva, la catequesis parece tener poco que ver con “enseñar respuestas” y más con caminar junto a otros, acompañar búsquedas, hacer resonar la experiencia de Dios y recordar, una y otra vez, que la fe nunca se vive en soledad
Iglesia Católica de Montevideo

