¿Qué significa encontrar la vocación? ¿Cómo se descubre o se resignifica aquello que da sentido a la vida? A partir de entrevistas a tres referentes en la temática, esta nota recorre la búsqueda vocacional en distintas etapas de la vida.
Durante mucho tiempo, la palabra “vocación” —que viene del latín y significa “llamado”— estuvo asociada a algo externo: una voz que interpelaba a las personas e indicaba un camino casi único, definido de antemano.
Hoy, las formas de comprender la vocación son más amplias y complejas. Entendemos que puede transformarse, resignificarse y adquirir sentidos distintos a lo largo de la vida. Sin embargo, hay algo que permanece: esa fuerza interior que moviliza, inquieta y empuja —de maneras diferentes en cada etapa de la vida— a buscar sentido en lo que hacemos y en la forma en que elegimos vivir.
A veces, en una sociedad acelerada, marcada por la productividad y las exigencias, reflexionar acerca de la vocación puede resultar incómodo. ¿La vocación es una profesión? ¿Es un talento o un propósito? ¿Se descubre de una vez y para siempre o se transforma a lo largo de la vida? ¿Qué ocurre cuando alguien siente que perdió el rumbo? ¿Y qué pasa cuando, después de muchos años, aquello que daba sentido deja de estar?
Las respuestas no son simples ni las mismas para todos. Pero justamente allí, en la búsqueda, parece estar gran parte de la riqueza del tema, en entender que se trata menos de una certeza definitiva y más de una pregunta que acompaña toda la vida. Una pregunta a la que vale la pena volver una y otra vez.
“La vocación no es solamente ‘para qué soy bueno’ o qué carrera elegir. Tiene que ver con aquello que nos moviliza, nos interesa profundamente y nos conecta con un sentido personal”, explica Montserrat Isasa, psicóloga clínica, educacional y especializada en orientación vocacional. “La vocación no es un punto de llegada, sino que se construye a lo largo de la vida”, agrega.
Una primera gran pregunta
La adolescencia suele ser el momento en el que la pregunta por la vocación aparece por primera vez, con fuerza y, a veces, con cierta presión. Es la etapa en la que comienzan las decisiones vinculadas al futuro y a los caminos posibles. Detrás de esas decisiones, aparecen preguntas mucho más profundas y difíciles de responder.
“Los cuestionamientos de los adolescentes en el proceso de búsqueda van desde ‘¿qué estudiar?’ y ‘¿qué elegir?’ hasta ‘¿quién soy yo?’”, señala Montserrat. En ese período de la vida, explica, conviven el entusiasmo, la curiosidad y el deseo de proyectarse con los sentimientos de ansiedad, miedo, angustia e incertidumbre.
En el proceso propio de los adolescentes, que tiene mucho de crecimiento, construcción de identidad y conquista de autonomía, aparecen las primeras decisiones importantes vinculadas al futuro. “En esa etapa, la elección vocacional es una situación que genera conflictos y se ponen en juego factores individuales y sociales”, señala la psicóloga educacional.
Las expectativas sociales o familiares, la situación económica, las experiencias educativas, los modelos de referencia y también los miedos personales; todos son factores que están en juego y, en ese contexto, diferenciar lo propio de lo ajeno se vuelve especialmente complejo.
“Durante el proceso de la búsqueda de la identidad vocacional y ocupacional, se experimentan sentimientos variados”, explica Montserrat. Además de las variables más clásicas, la actualidad trae nuevos desafíos: “Influye mucho la comparación constante en redes sociales, donde pareciera que otros ya tienen todo resuelto”, dice Isasa.
La paradoja es evidente: las nuevas generaciones tienen más opciones y más libertad que antes, pero también enfrentan mayores niveles de incertidumbre. Ya no existe necesariamente una única profesión para toda la vida ni trayectorias lineales y previsibles. Eso amplía las posibilidades, pero también puede generar desconcierto.
“Los jóvenes ya no piensan solamente en una profesión para toda la vida, sino en proyectos que integren bienestar, creatividad, calidad de vida y valores”, sostiene la especialista. “También aparece con fuerza la necesidad de encontrar trabajos con sentido, con rédito económico y alineado a sus valores”, agrega.
En medio de esa búsqueda, la orientación vocacional deja de ser únicamente una herramienta para elegir una carrera y pasa a convertirse en un espacio que requiere acompañamiento y reflexión. Sobre eso, Isasa destaca que “acompañar implica escuchar, habilitar preguntas y confiar en los tiempos del otro”. A fin de cuentas, complementa la especialista, “elegir no significa tener todas las respuestas, sino animarse a empezar un camino”.
«La capacidad de resignificar viene de preguntarnos quién quiero ser en esta circunstancia»
Santiago Sena
Hay algo más
Con el paso de los años, la pregunta por la vocación suele desplazarse hacia nuevos lugares, que no siempre tienen que ver con las trayectorias profesionales. Santiago Sena es licenciado en filosofía, PhD en Management y docente universitario. Para él, la vocación tiene que ver con la posibilidad de habitar el mundo de forma coherente con lo que somos.
“Cuando pienso en la vocación, pienso en un llamado que tiene que ver con una forma de ser en el mundo”, explica Santiago. “Tiene que ver, justamente, con el bienestar o con la satisfacción vital que siento por poder expresar mi identidad”, agrega. Sin embargo, advierte que reducir la vocación exclusivamente al trabajo puede ser peligroso e incluso injusto.
No todas las personas tienen las mismas oportunidades ni las mismas condiciones materiales para elegir libremente qué hacer laboralmente. Por eso, entender que la vocación tiene que venir sí o sí por el trabajo, puede ser un mensaje peligroso. “La vocación es muchísimo más que el desarrollo profesional”, asegura.
Entonces, la vocación puede tener más que ver con la búsqueda de sentido que puede encontrarse en los vínculos, en la forma de vivir, en el servicio o en acompañar a los demás. En definitiva, en aquello que permite construir una vida significativa más allá de los logros visibles. En esa línea, Sena rescata algunas ideas de Viktor Frankl y de su obra El hombre en busca de sentido, especialmente en lo que respecta a la capacidad humana de resignificar las circunstancias, incluso las experiencias dolorosas.
“No son las circunstancias las que hacen que algo sea insoportable, sino la capacidad de darle o no darle sentido a eso que nos pasa”, afirma Santiago. Muchas veces, explica, las personas se preguntan profundamente por el sentido de la vida a partir de situaciones límite, que pueden ser pérdidas, dolores o momentos que generen sensaciones de vacío.
“Hay situaciones que hacen que ‘nos caigan fichas’”, dice Santiago Sena. “Y ahí se replantea totalmente la escala de valores que usamos para vivir”, agrega. En esos momentos, la pregunta deja de ser solamente qué queremos hacer y empieza a convertirse en otra mucho más profunda: quién queremos ser.
“La capacidad de resignificar viene de preguntarnos quién quiero ser en esta circunstancia”, dice Santiago Sena. “No tanto cómo me gustaría que fueran las cosas, sino quién quiero ser dentro de ellas”, indica.
Como herramienta que nos ayuda a acercarnos a ese sentido, Santiago Sena destaca una pregunta que Clayton Christensen invita a hacerse: ¿Cómo medirías tu vida?”. “Es una pregunta al hueso, que nos ayuda a medir de forma tangible, sin caer en eufemismos”, explica. “La respuesta, es otro tema. Creo que el valor está más en la pregunta en sí misma que en la respuesta”, concluye.

¿Y después qué?
Durante mucho tiempo, la sociedad instaló la idea de que la vocación pertenecía principalmente a la juventud y a la vida laboral. Como si existiera una etapa específica para descubrirla y otra en la que, simplemente, dejara de tener lugar.
Sin embargo, la experiencia de muchas personas mayores demuestra exactamente lo contrario: la vocación puede transformarse y adquirir nuevas formas en etapas avanzadas de la vida. Incluso, para algunas personas, ese llamado aparece recién allí, cuando las exigencias laborales disminuyen y surge, por primera vez, el espacio para preguntarse qué les da verdadero sentido.
Ricardo Alberti es sociólogo y magíster en gerontología y, entre las distintas actividades que desarrolla, acompaña a personas a prepararse para su jubilación. Él observa que muchas personas viven ese momento como una pérdida de identidad, especialmente en una cultura donde el valor de las personas suele estar asociado a la productividad: “La jubilación pasa a ser un hito muy fuerte, una pérdida”, explica.
“Antes la vocación se veía más como un destino. Hoy se convirtió en un proyecto de gestión: qué voy a hacer para tener éxito”, señala Alberti, en relación a la sociedad actual, que nos invita a pensar en términos de productividad.
En ese contexto, muchas personas llegan a la tercera edad sin haber podido preguntarse realmente qué las mueve o qué sentido quieren darle a esta nueva etapa. Y allí aparece la necesidad de construir lo que Alberti llama un “segundo proyecto de vida” y que vincula con el concepto japonés Ikigai, entendido como “razón de ser”.
“La jubilación no es prepararte para un momento horrible, sino tratar de hacer tu segundo proyecto de vida”, explica Ricardo. Ese proceso implica volver sobre la propia historia, revisar recorridos, reconocer deseos postergados y descubrir nuevas maneras de vivir la vocación.
“A veces la vocación es el cuidado de otra persona, la defensa de derechos, la contemplación del mundo o el disfrute de los vínculos”, ejemplifica el sociólogo. Y eso, puede aparecer en la tercera edad de diferentes formas. “La vocación en la tercera edad no es ser aquello que no pudimos ser, sino ser en plenitud aquello que Dios nos propone”, afirma.
En ese sentido, Ricardo señala la falta de espacios en la sociedad y en la Iglesia para acompañar estos procesos: “Tenemos una pastoral del adulto mayor que muchas veces está asociado al mayor enfermo”, dice. “El envejecimiento es un fenómeno nuevo para nuestra sociedad y en Uruguay, que es un país de cercanías, tendríamos que generar mayores instancias de encuentro y acompañamiento”, agrega.
Una búsqueda que no termina
Quizá la vocación no sea una respuesta definitiva, sino una pregunta que acompaña toda la vida. Una pregunta que cambia de forma según la edad, las experiencias y las circunstancias, pero que siempre vuelve al mismo lugar: el deseo profundamente humano de vivir con sentido.
En todos los casos, la vocación parece exigir algo parecido, que puede resultar incómodo y que tiene que ver con el cuestionamiento de uno mismo. Un momento que invita a detenerse, observar y animarse a revisar la propia vida y aceptar que el camino no siempre es lineal ni definitivo.
Iglesia Católica de Montevideo

