La muerte de Ruben “Negro” Rada conmovió al Uruguay. Su partida deja una enorme historia musical, pero también invita a volver sobre las raíces del candombe, la presencia afro en nuestra identidad y una historia de encuentros, tensiones y vínculos que también atravesó a la Iglesia.
La muerte de Ruben “Negro” Rada conmovió al Uruguay. En pocos días, cientos de voces —músicos, artistas, dirigentes, vecinos, gente que alguna vez lo escuchó en un escenario, en la radio o simplemente cantó una de sus canciones— se fueron sumando a una despedida colectiva. No era solamente la muerte de un músico querido. Era la partida de alguien que, durante más de seis décadas, ayudó a ponerle sonido, humor, energía y rostro a una parte profunda de la identidad de nuestro país.
Rada fue muchas cosas: cantante, compositor, percusionista, actor, comunicador. Pero, sobre todo, fue un creador. Tomó el candombe que había mamado desde niño y lo hizo dialogar con el rock, el jazz, la música brasileña y tantos otros lenguajes. Sin quitarle sus raíces, lo llevó a otros escenarios, a otros públicos y también más allá de las fronteras del Uruguay.
Su trayectoria terminó siendo inseparable de la historia de nuestra música popular. Falleció el pasado 26 de agosto, a los 83 años, y el país lo despidió con honores de Estado, un día de duelo oficial y, sobre todo, con algo todavía más elocuente: sus canciones, sus tambores y el agradecimiento de varias generaciones.
Una historia que viene de lejos
Su partida también invita a mirar hacia atrás. Porque hablar de Rada es hablar del candombe; y hablar del candombe es entrar en una historia mucho más antigua, atravesada por el dolor de la esclavitud, la resistencia cultural, la construcción de comunidad y la capacidad de un pueblo de conservar y recrear su identidad aun en medio del desarraigo.
A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, miles de africanos esclavizados llegaron al puerto de Montevideo desde distintas regiones, con sus lenguas, sus tradiciones, su religiosidad y sus formas de comprender el mundo. En aquella realidad brutal, la música y la danza fueron también modos de mantener viva una memoria. El historiador e investigador Oscar Montaño describió el candombe como una “válvula de escape” frente a la tragedia que vivían: una forma de sentirse vivos.
En esa historia aparece también la Iglesia. Y conviene acercarse a ella sin simplificaciones ni pretensiones de apropiación. La relación entre la Iglesia colonial y la población esclavizada tuvo luces, contradicciones y tensiones, en el marco de una sociedad en la que la esclavitud formaba parte del orden social y legal. Hay investigadores afrodescendientes que han señalado el papel que algunas estructuras religiosas pudieron desempeñar en procesos de disciplinamiento y aculturación. Pero existen también testimonios de espacios de encuentro, solidaridad, devoción y expresión cultural que forman parte de esa misma historia.

Uno de esos espacios fue la Archicofradía de San Benito de Palermo, fundada en Montevideo en 1773 y vinculada a los franciscanos. Estaba integrada por personas negras y, además de la dimensión religiosa, desarrollaba tareas de ayuda a los pobres, visita y cuidado de enfermos y solidaridad entre sus miembros.
San Benito —fraile franciscano negro e hijo de esclavos africanos— había adquirido una particular significación para aquellas comunidades. En él encontraban una figura cercana a sus propios sufrimientos, pero también una referencia de esperanza, fraternidad y fe.
La investigación histórica recoge, además, un dato tan llamativo como significativo: una de las primeras expresiones públicas documentadas de danza de negros en Montevideo tuvo lugar en el marco de una procesión de Corpus Christi, en 1760. Con el tiempo, los ritmos afro aparecieron también vinculados a celebraciones de San Benito, la Virgen del Rosario, San Baltasar y otras festividades.
Esto no significa que la Iglesia pueda atribuirse el origen del candombe. Significa algo bastante más interesante: que las historias se cruzaron, se afectaron mutuamente y dejaron huellas que todavía vale la pena conocer.
Una historia que sigue viva
Esas huellas tampoco pertenecen solamente al pasado. En Barrio Sur y Palermo, donde el tambor es parte del paisaje sonoro y de la memoria del barrio, siguen existiendo vínculos sencillos y concretos.
Desde hace años, jóvenes de la residencia universitaria de los Conventuales colaboran con la Asociación Cultural Cuareim 1080, acompañando el merendero, la olla popular y espacios de apoyo para los gurises. Allí conviven talleres de candombe y danza, tareas comunitarias, voluntariado y una devoción popular que encuentra en san Benito de Palermo una figura cercana.
Wellington Silva Barrios, director de la comparsa Cuareim 1080, lo explicaba hace algunos meses con una frase sencilla: “Nos identificamos con san Benito de Palermo porque es la historia de no tener, pero creer que sí vamos a poder”.
Quizás ese sea también un buen lugar desde donde despedir a Rada: reconociendo con gratitud lo que regaló al Uruguay.
Hay personas cuya obra termina formando parte de un patrimonio común. Rada es una de ellas. Su música ayudó a hacer visible una raíz afro que durante demasiado tiempo no ocupó en el relato nacional el lugar que merecía. La llevó con orgullo, creatividad y una enorme capacidad de encuentro. Hizo del tambor una puerta abierta, capaz de convocar a públicos distintos y de recordar que nuestra identidad es mucho más rica cuando reconoce todas las voces que la construyeron.

Gracias, Rada
Desde la Iglesia queremos sumarnos a ese agradecimiento.
Pero también, inevitablemente, desde lo que somos. Para los cristianos, la muerte nunca tiene la última palabra. La despedida está atravesada por una esperanza: la convicción de que la vida humana es más grande que sus últimos días y que el amor, todo lo bueno sembrado y todo lo que una persona deja en los demás no desaparecen simplemente con su partida.
Hoy el Uruguay siente un silencio extraño. Pero no es un silencio vacío. Quedan una voz inconfundible, una risa, cientos de canciones y, sobre todo, un ritmo que seguirá apareciendo cada vez que los tambores vuelvan a llamar.
Gracias, Rada, por tanta música. Por el candombe llevado al mundo. Y por haber ayudado a que el Uruguay escuchara, con más fuerza, una parte esencial de sí mismo.
*Articulo realizado por nuestra redacción, en colaboración con el Prof. Francisco Doti.
Iglesia Católica de Montevideo

