Laicidad no es invisibilizar la religión, sino garantizar que todas las creencias puedan convivir.
“Desde la matriz, desde el origen brumoso de nuestro ser como país, la Iglesia ha formado parte de nuestra historia sirviendo a su gente. La Iglesia es una realidad compleja: presencia de Cristo en la historia humana, Pueblo de Dios peregrino y, a su vez, institución llena de virtudes y defectos, siempre casa de puertas abiertas y nunca club de perfectos. Es portadora de un anuncio que la supera: el amor de Dios manifestado en Jesucristo Salvador y la esperanza de una vida futura. La Iglesia existe para anunciar esta noticia: el Evangelio”.
Estas líneas, autoría del Card. Daniel Sturla y del Lic. Paulo Olascoaga, nos introducen acerca del rol de nuestra Iglesia. Son tomadas del libro Desde la matriz, que narra los cuatrocientos años de presencia y servicio de la Iglesia en Uruguay.
Ciertamente, los uruguayos nos enorgullecemos de pertenecer a una sociedad plural, laica y democrática. De hecho, la palabra “laicidad” parece gozar de buena prensa en Uruguay. Se la cita con respeto, como si fuese un asunto de orgullo nacional. Se la invoca en distintos debates parlamentarios, en declaraciones públicas y un largo etcétera.
Pero el problema aparece cuando se confunde laicidad con laicismo. Porque incluso hoy, dentro de esta sociedad plural, laica y democrática, nuestra Iglesia tiene “una historia que contar, una presencia que agradecer, un lugar que le es propio”, como señalan ambos autores. Basta con recordar los quinientos años de la presencia de la implantación de la cruz y los cuatrocientos años de presencia ininterrumpida de la Iglesia en nuestro territorio. La Iglesia es “partera de la patria”, como afirma con frecuencia el arzobispo de Montevideo.
El tema en torno a la laicidad volvió a estar en discusión el año pasado, cuando un video de Presidencia de la República sobre el proceso independentista realizado con inteligencia artificial mostró al sacerdote Juan Francisco Larrobla —presidente de la sala de representantes— sin su sotana. La controversia también se reavivó hace unos meses, tras la confirmación de la solicitud oficial de la Asamblea General para que el santo padre visite el Parlamento.
Detrás de su uso se esconde una interrogante que, tal vez, no hemos podido responder: ¿De qué hablamos cuando hablamos de laicidad? O, mejor dicho, ¿qué tanto defendemos la libertad religiosa en el Uruguay?
Fe y espiritualidad
En líneas generales, es común escuchar que las nuevas generaciones ya no profesan la fe de forma comprometida, como sí ocurría otrora. Al respecto, en 2022 se publicó una investigación titulada Antropologías del cristianismo. Perspectivas situadas desde el Sur, a cargo de Esteban Rozo y César Ceriani Cernadas, que desarrolló este aspecto. El documento señala cómo el vínculo con Dios pasa progresivamente a la esfera de lo privado, lo personal. La relación, por lo tanto, es directa e individual. Queda de lado la visión de la Iglesia como una unidad transversal y abarcativa, que todos estamos llamados a integrar.
El camino hacia esta autonomía religiosa, sumado a una tendencia cultural globalista, impacta negativamente dentro de cada comunidad parroquial. El relacionamiento con Dios es reservado, diverso, hasta híbrido, con un desapego hacia las instituciones y una marcada divergencia religiosa que, en muchos casos, termina generando la convivencia de aspectos cristianos con otras conductas que, en realidad, no lo son. Sobre este suceso, la investigación también logró identificarlo de una manera empírica:
“En años recientes, varios estudios revelaron las articulaciones del catolicismo con otras religiosidades en América Latina, sea por el pasaje de sus fieles a otros grupos, comunidades o confesiones, o por la adopción (sin mudanza religiosa necesariamente) de creencias y prácticas asociadas a expresiones no católicas”.
La constitución dogmática Lumen Gentium, desarrollada en el marco del Concilio Vaticano II, exhorta en su capítulo IV a que todos los fieles mantengan un comportamiento activo en su comunidad, ya sea a través de un movimiento o carisma determinado. Estamos llamados a manifestar nuestra fe en todos los ámbitos, como se nos recuerda, además, dentro de la Doctrina Social de la Iglesia.

Religión, sociedad y laicidad
Dejando de lado la distinción entre laicidad (autonomía del Estado respecto a las religiones, que implica neutralidad y respeto a la pluralidad de creencias) y laicismo (corriente en ocasiones hostil a la práctica religiosa, que procura eliminar las demostraciones públicas de los credos), existe una realidad incuestionable: revisar los orígenes del catolicismo en nuestro país es identificar la asociación estrecha que existía entre la fe y el sentir patriótico de la sociedad.
Cuando se trató el tema de la religión del Estado en nuestra primera constituyente, tras discutir el punto, la asamblea resolvió que “la religión del Estado es la Católica Apostólica Romana” (artículo 5). De este modo, Iglesia y Estado quedaron unidos. Se estableció también que el presidente de la República ejercía sobre la Iglesia el derecho de patronato.
En tal sentido, la Constitución de 1830 comenzaba con el siguiente proemio: “En el nombre de Dios Todopoderoso, Autor, Legislador y Conservador Supremo del Universo. Nosotros, los Representantes nombrados por los Pueblos situados a la parte Oriental del Río Uruguay (…) según nuestro saber, y lo que nos dicta nuestra íntima conciencia, acordamos, establecemos, y sancionamos la presente Constitución”.
También encontramos otros textos que hacen referencia al factor determinante de nuestra Iglesia en el desarrollo de la incipiente nación. Por ejemplo, en la obra El Uruguay Laico. Matrices y revisiones de 2014, escrita por Gerardo Caetano, Roger Gaymonat, Carolina Greising y Alejandro Sánchez, se detalla cómo la Iglesia católica aparecía, por aquel entonces, vinculada con los grandes acontecimientos políticos de la época, además de contribuir con eficacia a la construcción del llamado sentimiento nacionalista.
Por consiguiente, esta asociación entre la devoción religiosa y el culto patriótico ocupaba un lugar central dentro de la cultura uruguaya: “Esta firme reivindicación de la religión como componente esencial del ser nacional, como pieza clave en el nacimiento y consolidación de la idea de patria, comenzaba entonces a hacerse cada vez más explícita e insistente. Pero fue con monseñor Soler que esta postulación y su base argumentativa asumieron su forma más elaborada”. Para los autores, el principal argumento era que, como el país había sido fundado bajo el signo del catolicismo, apartar la religión era negar los orígenes y la historia de nuestra propia tradición.
En los primeros años del siglo XX, el gobierno batllista de aquel entonces procuró suprimir esta situación. Una de las medidas fue la exigencia de una autorización oficial para poder utilizar el pabellón patrio y entonar el himno nacional, elementos que la Iglesia utilizaba con frecuencia en actos públicos y fechas patrias. Los años siguientes fueron de mucha controversia, y la disputa terminó por ingresar en el terreno político e ideológico.
Una discusión vigente
Muchos habrán leído sobre las disputas secularizadoras que se vivieron durante la época de nuestro beato, Mons. Jacinto Vera. También en el ámbito educativo, área en la que se implementó un modelo laico absoluto desde 1909. Según señalan los ya citados autores, a partir de ese instante, hubo una búsqueda constante por excluir a la religión de cualquier lugar de visibilidad dentro de los programas de enseñanza.
El proceso de secularización conllevó que la religión quedara, progresivamente, relegada al ámbito privado y personal. De hecho, dentro del imaginario colectivo, se podría suponer que se trataba de un conflicto del pasado, o que las nuevas generaciones trajeron consigo nuevos aires de apertura y respeto. Pero la polémica surgida en torno a la colocación y posterior permanencia de la llamada “cruz de Tres Cruces” —en el marco de la visita de san Juan Pablo II a nuestro país— reavivó un debate que nunca dejó de estar presente.
Dentro de la investigación Fiestas orientales. Tradición y vanguardia, presentada en 2023 por el Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social (Ceres), se explicita que, ya durante el siglo XIX, no resulta común encontrar esculturas públicas de carácter religioso. También se detalla que algunos pocos casos que, si existieron (o existen) “no suelen ser de carácter devocional, sino que tienen más bien un matiz laico”. Más allá de que el gobierno de turno autorizó la permanencia de la citada cruz, Uruguay atravesó un camino que, lenta pero inexorablemente, apartó a la religión de la esfera pública.

Laicidad, laicismo… ¿y libertad religiosa?
La discusión pública sobre la religión en Uruguay ha estado, por décadas, tensionada entre dos polos que pocas veces dialogan: laicidad y laicismo. Pero hay una tercera noción —quizá la más importante— que permanece en segundo plano, casi olvidada: la de libertad religiosa. ¿Es verdaderamente libre un creyente en Uruguay para expresar su fe en el espacio público? ¿Los católicos contamos con la misma legitimidad para expresar nuestra fe públicamente como otras manifestaciones sociales?
Según el padre Gabriel González Merlano, la pregunta clave no es si el Estado debe ser laico —dado que eso ya lo es por Constitución—, sino cómo se garantiza efectivamente la libertad religiosa en una sociedad plural. “La libertad religiosa constituye un derecho fundamental que no debe limitarse al fuero íntimo de la conciencia, sino que implica también su manifestación pública”, explica, para posteriormente hacer énfasis en que el verdadero sentido de la laicidad está en permitir esa libre expresión, no en restringirla.
“El gran problema que enfrentamos hoy en nuestras democracias liberales no es tanto la interferencia de la religión en el Estado, como lo era antaño, sino la exclusión de la religión del ámbito público (…) Discutimos mucho sobre la laicidad y no deja de ser un instrumento, un medio. No hay que darle tanta relevancia, sino preguntarnos cuál es su fin. Y es la vivencia más plena del derecho humano fundamental a la libertad religiosa. La importancia está en si vivimos en una sociedad que lo respete y promueva. No olvidemos que la misma constitución de la república pone primero la libertad religiosa y luego la laicidad”, detalla.
Al respecto, el cardenal Daniel Sturla remarca la necesidad de una práctica religiosa pública: “Estoy de acuerdo con la laicidad uruguaya. Me siento identificado con la laicidad que tenemos. Pero después está el gran lío, que es qué entendemos por laicidad. La separación de Iglesia y Estado está perfecta, eso no se discute. El tema es que la laicidad conlleva que en el ámbito de la sociedad haya una pluralidad respetuosa, que no niega el espacio público que tienen los religiosos. Porque lo religioso, de por sí, es una manifestación pública”.
El arzobispo de Montevideo advierte de un malentendido ya instalado: la creencia de que lo religioso debe quedar confinado a la conciencia individual. “¿Cuál es el dogma del laicismo uruguayo malentendido? Lo religioso es tema de la conciencia individual, lo toleramos pero que no interfieran en espacios públicos. Eso no es realmente una sociedad plural. Seas del partido político, de la creencia o del club de fútbol que seas, lo manifestás públicamente y es parte de tu ser (…) Ese laicismo mal entendido nos ha hecho daño”, indica.
La clave está en alcanzar la llamada laicidad positiva, que supone una sociedad donde la clara separación de la Iglesia y el Estado no signifique ni la exclusión de la Iglesia de la vida pública ni la reducción de lo religioso al campo de la conciencia individual.
Iglesia Católica de Montevideo

