Las visitas de Juan Pablo II en los años 80, fueron un impulso y un llamado al reencuentro con los orígenes cristianos de la patria.
La presencia del papa Juan Pablo II en Uruguay en 1987 y 1988, fue un estímulo e impulso a la conciencia religiosa del Uruguay, y un aliento para reconocer y volver a los orígenes cristianos de la patria oriental.
Se trató de la primera visita de un sumo pontífice, de la que se cumplirán el 31 de marzo del año próximo cuarenta años, la cual pareció dejar al descubierto la religiosidad de los uruguayos, aun en medio del país más laico de América y posiblemente del mundo occidental.
La intensa lluvia y el frío de aquella noche de marzo no fueron impedimento para que se expresara la adhesión de cientos de miles de católicos y el respeto de no creyentes que salieron a las calles para saludar el pasaje del sucesor de Pedro por las avenidas de Montevideo. Aquella noche nadie quiso quedar al margen de la historia y eligió ser testigo de un hecho histórico. Fue el tema que acaparó la agenda nacional y quienes no pudieron concurrir por diferentes circunstancias, siguieron las actividades de la visita papal a través de los medios de comunicación que realizaron amplias coberturas.
Cuando corría el año 1986, se anunció que el papa Juan Pablo II realizaría un nuevo viaje apostólico a Chile y Argentina, para celebrar el acuerdo de paz entre ambos países por el conflicto del Canal de Beagle, que se había alcanzado gracias a la mediación de la Santa Sede.

El conflicto del Beagle fue una disputa territorial entre Argentina y Chile sobre la soberanía de las islas ubicadas al sur del canal Beagle y sus espacios marítimos adyacentes que se inició en 1888, siete años después de la firma del Tratado de Límites, y que se intensificó a lo largo del siglo XX debido al valor estratégico que las islas represen tan como puente entre el océano Atlántico y el Pacífico.
En el año 1978, ambos países con gobiernos militares encabezados por el general Rafael Videla en Argentina y el general Augusto Pinochet en Chile, estuvieron a punto de entrar en guerra.
En octubre de 1978, cuando Juan Pablo II inicia su pontificado, se refiere en una de sus primeras apariciones a dicho conflicto, y manifiesta su preocupación y llamado a una solución diplomática.
Argentina y Chile aceptan entonces la posibilidad de una mediación papal, para lo cual Juan Pablo II designa al cardenal italiano Antonio Samoré a efectos que encabece las conversaciones.

Y aquí es donde aparece Uruguay, dado que las negociaciones diplomáticas se inician en Montevideo, en el Palacio Taranco, y en solo dos semanas los entonces ministros de Asuntos Exteriores de Chile y Argentina firmaron el Acta de Montevideo, solicitando formalmente la mediación de la Santa Sede y comprometiéndose a renunciar al uso de la fuerza.
El tratado definitivo, firmado el 29 de noviembre de 1984 en el Vaticano, archivó la disputa entre Argentina y Chile con el “reconocimiento definitivo e inalterable de sus respectivas esferas de soberanía” a lo largo del Canal de Beagle, un corredor de doscientos cuarenta kilómetros esencial para conectar los océanos Atlántico y Pacífico en el extremo sur del continente americano.
Estos acontecimientos diplomáticos fueron la clave para que se concretara la primera visita de un papa al Uruguay, dado que en el programa de los viajes papales, Uruguay figuraba para una visita en el año 1988.
Uruguay tenía una novel democracia, con el gobierno presidido por Julio María Sanguinetti, que en esos primeros años había lanzado una fuerte ofensiva diplomática en el terreno internacional para colocar a Uruguay nuevamente en el mapa tras doce años de dictadura militar.

Esa presentación del Uruguay en el exterior había incluido en 1985 una gira del presidente por Europa, acompañado por el entonces canciller Enrique Iglesias y líderes de los partidos políticos, que incluyó una audiencia del mandatario uruguayo con el papa Juan Pablo II en setiembre de 1985, en lo que fue la primera reunión en la historia de un presidente uruguayo con un papa.
En aquella reunión, Sanguinetti invitó al papa Juan Pablo II a visitar Uruguay.
Meses después de aquel encuentro y hasta el anuncio del viaje a Argentina y Chile, el gobierno uruguayo entendió que el papa también debía pasar por Montevideo, y la excusa era que en nuestro país se habían realizado las conversaciones para alcanzar la paz por el Canal de Beagle.
Así fue como, en coordinación con la Iglesia, el canciller Iglesias viajó a Roma para realizar las tratativas y convencer a quienes tenían responsabilidad en el Vaticano para que el papa incluyera Montevideo en una gira por el Cono Sur y conmemorar aquel entendimiento.

Las gestiones, que no fueron sencillas e incluyeron reuniones con el entonces secretario de Estado Agostino Casaroli y con el propio santo padre, tuvieron efecto y se acordó una visita relámpago a Montevideo de menos de un día, que tuvo una agenda frenética.
El papa Juan Pablo era una figura internacional de primera magnitud. Proveniente de la Polonia católica, su palabra tenía un peso fundamental en los diversos asuntos a los que se refería y estaba todavía fresco el recuerdo del atentado contra su vida el 13 de mayo de 1981, cuando el turco Alí Agca le disparó a quemarropa en la Plaza de San Pedro, episodio del que milagrosamente sobrevivió.
Además de su tarea principal de pastor universal de la Iglesia, ejerció una fuerte influencia en los procesos de transformación del mundo de entonces, incluyendo el que llevó a la caída del socialismo real en su patria polaca y en toda Europa del Este entre 1989 y 1991.
Aquella primera visita estuvo enmarcada, entonces, en la gira que incluyó también Chile y Argentina, donde el papa en su última jornada en Buenos Aires, encabezó la primera Jornada Mundial de la Juventud, reuniendo a más de un millón de personas en la avenida 9 de Julio de la capital argentina.

Durante su visita a Montevideo, Juan Pablo II llegó al aeropuerto de Carrasco sobre el atardecer del 31 de marzo. Tras los actos protocolares de bienvenida, abordó el papamóvil y recorrió la rambla hasta avenida Brasil, bulevar Artigas, 18 de Julio hasta Sarandí para llegar a la Catedral Metropolitana, saludado por una multitud que bajo la lluvia lo aclamó y aplaudió. En la catedral dirigió un mensaje a los sacerdotes, religiosos y religiosas.
El hoy cardenal Daniel Sturla, entonces era diácono, y junto a quien en ese momento era seminarista, el hoy obispo de Maldonado Milton Tróccoli, acompañaron al papa en sus movimientos en la catedral y posteriormente en la misa que se realizaría en Tres Cruces.
Sturla y Tróccoli recuerdan que el papa estaba empapado por la lluvia e ingresó sonriente en la catedral saludando a los presentes y se dirigió a la capilla del Santísimo, donde rezó un rato; posteriormente oró también ante la tumba del hoy beato Jacinto Vera, primer obispo de Montevideo.
En la catedral dirigió un mensaje, en uno de cuyos pasajes señalaba:

“Me consta que muchos de vosotros, amadísimos religiosos y personas consagradas, tenéis una presencia cualificada en los diversos campos del apostolado eclesial: en las parroquias y comunidades, en los colegios y hospitales, en el mundo rural. Sé que trabajáis con los niños, con los jóvenes, con los ancianos, con los estudiantes, con los enfermos, con los pobres y marginados, y con muchas otras categorías de personas, todas ellas necesitadas de asistencia material y espiritual. Trabajad con alegría y entusiasmo en estos servicios y también en los cargos humildes y poco apetecidos que forman parte de toda la acción evangelizadora. No olvidéis que el amor de Dios pasa a través de vosotros, porque ha querido necesitar de vuestro corazón y de vuestras manos y de toda vuestra vida para prolongarse y acercarse a todos.
No sois pocos los que, por vocación, os dedicáis a la enseñanza en sus varios niveles, desde la escuela primaria y secundaria, hasta la misma Universidad Católica, de reciente fundación. La actividad educativa necesita del más amplio apoyo y generosa colaboración de toda la Iglesia local, para que la semilla sembrada pueda convertirse en árbol frondoso y produzca frutos sazonados y abundantes para bien de toda la sociedad uruguaya”.
Finalizado aquel encuentro, el papa se dirigió al Palacio Taranco, donde se realizó con la presencia del presidente Sanguinetti, el canciller Iglesias y los ministros de Relaciones Exteriores de Argentina Dante Cauto y de Chile Jaime del Valle Allende, el acto de conmemoración del acuerdo de paz por el conflicto del Canal de Beagle.

Esa jornada terminó con una cena del papa con los obispos uruguayos y el nuncio apostólico Andrea Lanza di Montezemolo, en la residencia de la nunciatura apostólica.
El 1.º de abril, contrariamente a la jornada anterior, el día amaneció con un sol brillante y desde temprano varios cientos de personas se reunieron frente a la nunciatura para dar los buenos días al papa con cantos y esperar su saludo.
El papa finalmente salió a los jardines de la residencia y utilizando un megáfono les saludó y destacó el espíritu y el cariño de los uruguayos que el día anterior habían desafiado el mal tiempo para saludarle desde las veredas.
Tras rezar junto a los presentes partió rumbo al Edificio Libertad, donde mantuvo una reunión privada con el presidente Sanguinetti y saludó a los líderes políticos Wilson Ferreira Aldunate del Partido Nacional, Líber Seregni del Frente Amplio y Humberto Ciganda de la Unión Cívica y miembros del gobierno.
El amplio hall del Edificio Libertad estaba colmado de escolares que cantaron canciones al papa, y también de funcionarios de la Presidencia que ovacionaron al santo padre a su ingreso y en el momento de retirarse.

Luego llegó el momento de la misa de Tres Cruces. En su recorrido por bulevar Artigas, se reiteró lo de la noche anterior con miles de uruguayos que saludaron el pasaje del santo padre, y a medida que se iba acercando a Tres Cruces, la amplia explanada se fue colmando.
En el Hospital Italiano se había dispuesto la sacristía, donde el papa se aprontó para la celebración. Durante su camino al altar con la majestuosa cruz, el papa se detuvo para saludar a personas enfermas que estaban en primera fila e integrantes de la colectividad polaca, con quienes dialogó en su idioma materno.
En varios pasajes de la misa, el papa debió interrumpir la celebración debido a los cánticos que lo aclamaban y en algún momento tuvo un diálogo directo con la multitud, aludiendo a que el año próximo volvería a visitar el Uruguay, como ocurrió en mayo de 1988.
Finalizada la visita se abrió otro capítulo de la misma, el debate parlamentario sobre la permanencia de la cruz del altar de la misa en Tres Cruces, a partir de una propuesta del presidente Sanguinetti. El planteo apuntaba a que quedara la cruz como testimonio de la primera visita de un papa al Uruguay.
Luego de que la iniciativa no fuera aprobada en la Junta Departamental, de mayoría colorada, el asunto se planteó en el Parlamento a través de un proyecto de ley presentado por el entonces senador nacionalista Gonzalo Aguirre.

Después de extensos debates filosóficos, religiosos y políticos en el Senado y en la Cámara de Diputados, que dividieron tangencialmente a todos los partidos y en donde en muchos casos afloró el más duro discurso anticlerical, finalmente el proyecto fue aprobado y la cruz permaneció.
En 1988 se concretó la segunda visita de Juan Pablo II, los días 7, 8 y 9 de mayo de aquel año. Tuvo un carácter netamente pastoral, e incluyó un acto eucarístico en el estadio Centenario, una visita a la Universidad Católica donde el papa transmitió un mensaje al mundo de la cultura, la visita a Melo en la que dio un mensaje al mundo del trabajo, a Florida donde presidió una misa en la que ordenó a trece nuevos sacerdotes y visitó Salto, presidiendo una nueva eucaristía como acto final.
En las próximas semanas será publicado por Ediciones de la Plaza, el libro El papa en el ‘reino’ laico, a 40 años de la primera visita del papa Juan Pablo II a Uruguay, con detalles de lo que fueron aquellas presencias del papa en el país y también el relacionamiento de los diversos gobiernos y líderes uruguayos con el papa y la Iglesia durante su pontificado. Él cuenta con el valioso testimonio de los protagonistas y reconstruye diversas aristas de lo que fueron aquellos acontecimientos.
Tanto Juan Pablo II como León XIV ―que visitará Uruguay en noviembre han distinguido al Uruguay con sus visitas. Por un lado, Juan Pablo II en un hecho casi irrepetible visitó el Uruguay en dos ocasiones en dos años consecutivos, lo que en su momento llamó la atención en medios eclesiales y también en el ámbito internacional, mientras el papa León en su primer viaje a Latinoamérica, comenzará su gira ―que también incluirá Argentina y Perú―distinguiendo a Uruguay.
Iglesia Católica de Montevideo

