Es el hombre de blanco que saluda desde un balcón en Roma, recibe presidentes, recorre el mundo y convoca a millones de personas, de distintos continentes. Pero detrás de una de las figuras más reconocibles del planeta hay una misión que comenzó mucho antes de que existieran el Vaticano, los cónclaves o la sotana blanca.
Jesús sabía que la misión confiada a sus apóstoles no terminaría con ellos. Había elegido a doce hombres para que estuvieran con él y fueran enviados a predicar el Reino de Dios. Pero aquellos doce eran hombres concretos, insertos en un tiempo determinado y, por tanto, claramente mortales. La misión que recibieron, en cambio, debía permanecer. En esa aparente contradicción se encuentra una de las claves para comprender la estructura de la Iglesia católica: la importancia de la sucesión apostólica.
Los Evangelios nos muestran que al rededor de Jesús existía una comunidad amplia de discípulos, dentro de la cual fueron elegidos los Doce. La elección no fue casual: Jesús los constituyó como un grupo estable y los envió, participando de su propia potestad, para hacer discípulos entre todos los pueblos, santificarlos y guiarlos. Dentro de ese colegio apostólico, además, Pedro ocupaba un lugar particular: estaba a la cabeza de los llamados Doce.
Esta distinción permite entender la Iglesia desde sus orígenes. No todos los discípulos eran apóstoles. Los Doce recibieron una responsabilidad específica dentro de aquella primera comunidad: transmitir las enseñanzas de Jesús y ejercer una autoridad recibida de Cristo. Así, la Iglesia se comprende como la comunidad de discípulos que recibe la enseñanza de Jesús por medio de aquellos a quienes él mismo confió la mencionada misión de enseñar, santificar y gobernar.
Pero pronto apareció una cuestión inevitable. Los apóstoles morirían, mientras que la misión que Cristo les había confiado debía prolongarse “hasta el fin del mundo”. La respuesta fue la su cesión. Como nos señala la constitución dogmática Lumen gentium, los propios apóstoles se preocuparon de establecer sucesores para que aquella responsabilidad pudiera continuar después de su muerte. La misión apostólica, de esta manera, no quedó limitada a la primera generación cristiana.
Jesús los constituyó como un grupo y los envió para hacer discípulos entre todos los pueblos, santificarlos y guiarlos. Pedro ocupaba un lugar particular: estaba a la cabeza de los llamados Doce
Esos sucesores son los obispos. Ellos recibieron el ministerio de presidir las comunidades como pastores y desempeñar las tareas de maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros de gobierno. La sucesión apostólica supone, por tanto, una continuidad de la misión: aquello que Cristo confió a los apóstoles debía seguir presente en la Iglesia a través de quienes los sucedieran.
Esa continuidad conserva también la forma colegial que existía en los orígenes. Los apóstoles no eran doce individuos independientes entre sí, sino que habían sido constituidos en unidad, con Pedro a la cabeza. De manera análoga, los obispos forman un colegio y uno de ellos ocupa un lugar particular. Lumen gentium lo expresa estableciendo un paralelismo: así como Pedro y los demás apóstoles formaban un único colegio apostólico, el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los apóstoles, permanecen unidos entre sí: “El Señor Jesús, después de haber hecho oración al Padre, llamando a los que él quiso, eligió a doce para que estuviesen con Él y para enviarlos a predicar el reino de Dios (…) A estos Apóstoles los instituyó a modo de colegio, es decir, de un grupo estable, al frente del cual puso a Pedro, elegido de entre ellos mismos (…) Los envió (…) para que participando de su potestad, hiciesen discípulos de Él a todos los pueblos y los santificasen y gobernasen (LG 19).
La sucesión apostólica permite comprender así por qué el papa no constituye una figura separada de los obispos. Antes que nada, él mismo es uno de ellos: es el obispo de Roma. Su particularidad está en que la Iglesia reconoce en él al sucesor de Pedro y, por eso, un principio visible de unidad para los obispos y los fieles de todo el mundo. El lugar que ocupa entre los obispos encuentra su referencia en aquel que Pedro ocupaba entre los apóstoles.
¿Por qué precisamente el obispo de Roma? La respuesta se encuentra en la trayectoria final de Pedro. Después de la muerte de Jesús de Nazaret, el apóstol estuvo vinculado a la Iglesia de Antioquía y posteriormente se trasladó a Roma, donde organizó la comunidad cristiana y sufrió el martirio. Allí quedó vinculada la continuidad de su misión y se sucedieron los obispos romanos. De este modo, la Iglesia reconoce al obispo de Roma como sucesor de Pedro.
Entre sus responsabilidades se encuentran vigilar la transmisión de la Palabra, la celebración sacramental y litúrgica, la misión, la disciplina y la vida cristiana
Sin embargo, ocupar el primer lugar entre los obispos no significa simple menterecibir un título honorífico. Los materiales señalan que la misión del sucesor de Pedro implica una autoridad efectiva al servicio de toda la Iglesia. Entre sus responsabilidades se encuentran vigilar la transmisión de la Palabra, la celebración sacramental y litúrgica, la misión, la disciplina y la vida cristiana; recordar las exigencias del bien común eclesial y, cuando sea necesario, advertir sobre aquellas propuestas que resultan incompatibles con nuestra fe.
Existe, además, una dimensión especialmente significativa de ese ministerio: la posibilidad de hablar en nombre de todos los pastores. En circunstancias precisas, el sucesor de Pedro puede expresar la fe de toda la Iglesia e incluso declarar un dogma. Su misión está vinculada, por tanto, con la unidad: una Iglesia extendida por países, culturas y continentes diferentes encuentra en el sucesor de Pedro una referencia común que hace visible su pertenencia a una misma comunidad.
Pero la historia agregó otra dimensión a esta misión. A comienzos del segundo milenio, la Iglesia atravesaba una situación de decadencia marcada, entre otros problemas, por la simonía y por la intervención de los señores feudales en los nombramientos episcopales. Si el poder político podía decidir quién debía convertirse en obispo, podía también condicionar la vida de las comunidades cristianas. La cuestión de quién designaba a los pastores se convirtió entonces en una cuestión sobre la libertad misma de la Iglesia.
La Reforma Gregoriana modificó profundamente esa situación. Se instituyó el colegio cardenalicio para limitar la influencia de las familias romanas en la elección del papa y la autoridad pontificia comenzó a intervenir jurídicamente en las Iglesias locales, incluso en el nombramiento y deposición de obispos. Las Iglesias locales quedaron así más estrechamente vinculadas a Roma y, al mismo tiempo, consiguieron una mayor independencia frente a los señores feudales.
La sucesión apostólica no se reduce a reconstruir una cadena histórica de nombres que comienza hace dos mil años. Expresa la continuidad de una misión
La tensión no desapareció con el final de la Edad Media. El surgimiento de los Estados nacionales volvió a plantear el intento de construir Iglesias sometidas a los respectivos poderes políticos. En Hispanoamérica, ya durante el siglo XIX, esa disputa apareció en torno al pretendido derecho de patronato de los nuevos Estados.
Uruguay no fue ajeno a dicha problemática. La lucha de Jacinto Vera por la libertad de la Iglesia frente al Estado es tuvo estrechamente vinculada a su adhesión al papado. Defender la comunión con Roma significaba también defender que la Iglesia no quedara subordinada al gobernante de turno.
Desde esta perspectiva, la sucesión apostólica no se reduce a reconstruir una cadena histórica de nombres que comienza hace dos mil años. Expresa la continuidad de una misión. Los apósto les recibieron de Cristo la responsabilidad de enseñar, santificar y gobernar; los obispos continúan esa misión como sus sucesores y, dentro del colegio episcopal, el obispo de Roma continúa particularmente el ministerio de Pedro. La sucesión habla así de permanencia, pero también de comunión.
Detrás del hombre vestido de blanco que saluda desde un balcón, recorre países o reúne multitudes existe, por tanto, una realidad mucho más antigua que el Vaticano, los cónclaves o la propia sotana blanca. Para la Iglesia, el papa es ante todo el sucesor de Pedro. Y su presencia hace visible una continuidad que atraviesa casi veinte siglos: la de una comunidad dispersa por todo el mundo que reconoce en los sucesores de aquellos primeros apóstoles la permanencia de la misión que Cristo les confió.
Iglesia Católica de Montevideo

