Cecilia Sander, Alejandro Korahais y Renato Opertti: Cómo una identidad cristiana, vivida en el cuidado y el servicio, ayuda a educar personas y construir sociedad.
En un país orgulloso de su tradición laica, la educación católica alcanza a decenas de miles de niños, jóvenes y familias. Su aporte no se limita a transmitir conocimientos ni se agota en la enseñanza religiosa: crea comunidades, acompaña trayectorias, abre oportunidades y propone una formación que integra saberes, vínculos, valores y búsqueda de sentido. Cecilia Sander, Alejandro Korahais y Renato Opertti ofrecen tres miradas sobre una tarea que es también diálogo entre la Iglesia y la sociedad.
Según los datos actuales de la Asociación Uruguaya de Educación Católica (Audec), la red reúne 157 colegios, con 57.813 alumnos, y 170 proyectos socioeducativos que alcanzan a 15.500 personas. En su conjunto, registra 13.850 trabajadores.
Detrás de las cifras hay colegios, centros de primera infancia, clubes de niños, centros juveniles, hogares, propuestas de formación laboral y proyectos comunitarios. Muchas de estas obras trabajan en convenio con el Estado y forman parte de políticas públicas. En todas aparece una misma pregunta: ¿qué aporta una mirada cristiana a la educación y a la construcción de una sociedad plural?
Creer en la persona y permanecer
Cecilia Sander es directora nacional adjunta de Audec y cuenta con una extensa experiencia en educación no formal. Desde ese lugar, prefiere no hablar solamente de atención de necesidades, sino de “promoción y restitución de derechos”. Las instituciones socioeducativas trabajan con niños, adolescentes y familias desde una mirada integral, generando espacios de cuidado, escucha y acompañamiento.
Educar, desde esta perspectiva, no es únicamente ofrecer una prestación o desarrollar una actividad. “Muchas veces lo que más necesitan las personas es alguien que crea en ellas, que permanezca y las acompañe”, afirma Sander. La frase ilumina uno de los rasgos centrales de estas experiencias: la continuidad. En contextos atravesados por carencias, vínculos frágiles o trayectorias educativas interrumpidas, permanecer junto a una persona puede ser tan importante como cualquier recurso técnico.
La identidad cristiana se expresa, para Sander, en el reconocimiento de todas las dimensiones de la persona, incluida la espiritual. No se trata de imponer una respuesta religiosa, sino de acompañar a cada niño, adolescente y familia en la construcción de un proyecto de vida, respetando su historia y sus tiempos. En la práctica, eso supone cercanía, escucha y oportunidades, junto con una invitación a descubrir que la vida puede tener sentido y horizonte.
Una parte significativa de estas obras trabaja junto al Estado. Sander observa que, más allá de los cambios de gobierno, existe un reconocimiento creciente de la tarea de las instituciones de la Iglesia, especialmente en los barrios de mayor vulnerabilidad. La pandemia mostró con claridad esa presencia territorial: centros educativos, obras y parroquias abrieron sus puertas, distribuyeron alimentos y sostuvieron una escucha cercana cuando muchas familias quedaron aisladas.
Esa colaboración requiere confianza, claridad en los objetivos y reconocimiento mutuo. La Iglesia no sustituye al Estado ni el Estado debería desconocer la identidad de las organizaciones con las que trabaja. El encuentro es posible cuando cada actor aporta desde su responsabilidad y pone en el centro a las personas.
Sander reconoce también un desafío de comunicación. Buena parte de este trabajo se realiza silenciosamente, a través de procesos largos y cotidianos. Las cifras importan, pero no siempre expresan una trayectoria recuperada o una familia acompañada. Audec y sus obras necesitan narrar mejor ese aporte, combinando indicadores con testimonios e historias de vida.

Una identidad que se vuelve experiencia
El padre Alejandro Korahais es vicario de Educación de la Arquidiócesis de Montevideo y director del Liceo Jubilar Juan Pablo II. Educador y directivo antes de su ordenación sacerdotal, también realizó estudios de posgrado en Educación. Desde esa doble responsabilidad, sostiene que un colegio católico existe para dar testimonio del Evangelio y acercar a las personas a Jesús. Pero esa identidad no puede quedar reducida a símbolos, imágenes o clases de religión.
“La fe no es solo para ser transmitida, es para ser vivida”, afirma. Por eso, el carácter católico debería percibirse en la vida cotidiana: en la paciencia para educar en positivo, en la capacidad de poner límites con ternura y claridad, en la perseverancia para escuchar, en la acogida y también en el trabajo profesional realizado con competencia, honestidad y seriedad.
El diferencial se juega en la manera de mirar al estudiante y a su familia. La educación católica aspira a contemplar a la persona en sus dimensiones espiritual, intelectual, afectiva, social y corporal. Para Korahais, sería contradictorio formar muy bien en distintas asignaturas y olvidar las preguntas profundas del corazón: quién soy, para qué vivo, qué sentido tienen mis decisiones y qué lugar ocupan los demás.
Esa propuesta convive con personas que no comparten la fe católica. Para Korahais, el respeto a la conciencia no exige ocultar la propia identidad. Una institución puede expresar con transparencia aquello que cree y, al mismo tiempo, recibir y respetar a quienes viven de otra manera su espiritualidad. La libertad religiosa y la libertad de enseñanza son parte de una convivencia plural.
El Liceo Jubilar vuelve concretas estas ideas. Ubicado en Casavalle, brinda educación y acompañamiento académico a más de cuatrocientos estudiantes de ciclo básico, bachillerato, liceo para adultos y universidad. Su propuesta combina exigencia académica, cercanía, seguimiento personal, trabajo con las familias y pastoral. Para su director, allí se comprueba que la educación puede remover obstáculos, fortalecer la autoestima y ayudar a cada joven a desarrollar sus capacidades.
Korahais define esa forma de educar como una “cercanía exigente” o una “exigencia cercana”. No se trata de elegir entre afecto y límites, ni entre inclusión y calidad. La esperanza en las posibilidades de cada alumno permite sostener ambas cosas. El Jubilar muestra que es posible superar barreras, avanzar en los estudios, reconstruir vínculos y recuperar la confianza en el futuro.
Recuperar el sentido de educar
Renato Opertti es sociólogo, magíster en Investigación Educativa y especialista sénior en Educación de la Oficina Internacional de Educación de la Unesco. Cuenta con una amplia trayectoria internacional en educación comparada, políticas y reformas educativas, inclusión, currículo y aprendizajes. Su mirada sitúa estas experiencias dentro de una pregunta más amplia: qué educación necesita una sociedad enfrentada a cambios acelerados, desigualdades persistentes y crecientes dificultades para convivir.
Para Opertti, educar integralmente significa recuperar el propósito último de la educación: formar personas libres, pensantes, autónomas, solidarias y capaces de cooperar. Transmitir conocimientos y habilidades es imprescindible, pero no suficiente. Los estudiantes también necesitan referencias, valores e instrumentos para decidir con autonomía y actuar responsablemente.
En ese marco, formula una afirmación contundente: “No hay educación sin espiritualidad”. Durante mucho tiempo, explica, los sistemas educativos tendieron a separar mente, cuerpo, emociones y espíritu. Sin embargo, la persona es un todo entrelazado. Educar implica conectar conocimientos con sentimientos, pensamiento con vínculos y libertad individual con responsabilidad colectiva.
La espiritualidad no aparece aquí como una expresión exclusiva de una confesión religiosa, sino como apertura a las preguntas de sentido, al conocimiento de uno mismo y al encuentro con los demás. Una educación que deja fuera esa dimensión corre el riesgo de formar personas técnicamente capaces, pero con pocas herramientas para comprenderse, convivir y orientar sus decisiones.
Desde esta perspectiva, la educación católica puede hacer un aporte relevante a una sociedad plural. Su identidad no tiene por qué encerrarla; puede ser un punto de partida para dialogar, tender puentes y construir espacios comunes. Opertti destaca su capacidad para enlazar tradiciones y sensibilidades y fortalecer valores como la solidaridad, la cooperación y el encuentro.
Tampoco considera opuestas la identidad y la inclusión. Una institución es inclusiva cuando reconoce la singularidad de cada persona, valora las diversidades y trabaja para eliminar las desigualdades que limitan las oportunidades. La educación católica puede conservar su identidad y, al mismo tiempo, abrirse a cada estudiante, sin etiquetarlo ni reducirlo a una condición social, cultural o religiosa.
Las tres voces coinciden desde lugares diferentes. La educación católica aporta cuando su identidad se hace servicio; cuando no se encierra, sino que sale al encuentro; cuando combina profesionalidad y cercanía; cuando trabaja con el Estado sin renunciar a lo que es; y cuando reconoce que cada persona necesita conocimientos, pero también vínculos, esperanza y sentido.
En una sociedad laica, la religión no debería ocupar el lugar del Estado ni imponerse sobre las conciencias. Pero la laicidad tampoco necesita traducirse en silencio o invisibilidad de las convicciones. Una sociedad verdaderamente plural se enriquece cuando sus distintas tradiciones pueden expresarse, dialogar y ofrecer sus mejores experiencias al bien común.
La educación es uno de esos espacios privilegiados de encuentro. Allí la Iglesia dialoga con la sociedad no solo a través de palabras, sino mediante miles de docentes, educadores y trabajadores que cada día reciben, enseñan, acompañan y creen en las posibilidades de los demás. Ese aporte, muchas veces discreto, forma parte de la construcción cotidiana del Uruguay.
Iglesia Católica de Montevideo

