Compartimos la homilía de la misa exequial de monseñor Luis del Castillo SJ, a cargo del padre provincial Álvaro Pacheco SJ:
Los jesuitas que compartimos comunidad con Luis en estos últimos años que vivió aquí en el tercer piso del colegio, conversamos de muchas cosas, pero ciertamente no de lo que le hubiera gustado se dijera -o no se dijera- en su misa de despedida.
Hasta en eso nos dio un ejemplo de humildad y de desprendimiento… “que me entierren allá donde me muera”, solía decir, y con una ceremonia simple (esto último no lo cumplimos demasiado, con la presencia hoy de la Conferencia Episcopal en pleno, del Sr. Nuncio, y de tantas personalidades y amigos presentes). Pero ¡se lo merece! Es un acto de justicia evocar hoy su figura y confiarlo en nuestras oraciones entre los brazos amorosos de Dios nuestro Padre.
Dicho esto, reconozco que este ejercicio de hoy no es nada simple porque habría tanta cosa para contar, tantas dimensiones de su vida que evocar, tantas personas, tantas instituciones, tantos proyectos, lo compartido con su propia familia, y con la familia jesuita que su vocación le regaló, con las diócesis de Montevideo y de Melo a quienes sirvió por pedido del Santo Padre, y también con los beneficiarios de su apostolado misionero ad gentes en Cuba y otros lugares.
Lo ideal sería una semblanza compartida, que pasara a hablar cada uno de ustedes, cada uno de nosotros, y dar testimonio agradecido, incluso de aquellas gracias más particulares, más íntimas, que recibimos de él, desde la fuente pura de su carácter de religioso cabal, y de su ser sacerdotal.
Una reseña cronológica o biográfica sería muy larga y no interesa tanto aquí, ya empiezan a circular. Estoy seguro también que pronto se escribirá alguna biografía, un ejercicio que recomiendo a los potenciales escritores que nos acompañan hoy; tendríamos muy lindas sorpresas, sería muy edificante como decimos en lenguaje eclesiástico, y como lo experimentamos hoy, en las conversaciones a media voz en el templo, descubriríamos más y más facetas de su fecunda vida.
Pero hoy, desde la homilía, y en base a las lecturas que nos tocaron en este jueves de la segunda semana de cuaresma, me surgió la idea de aplicarle algunas imágenes o modelos del Antiguo Testamento, que como sabemos son figurativos de lo que luego Jesús vino a perfeccionar y a dar plenitud en el Nuevo Testamento.
La primera imagen es la del hombre justo, firme en su principio y fundamento, que da muchos frutos.
Leíamos a Jeremías, en la primera lectura: ¡Bendito el hombre que confía en el Señor y en él tiene puesta su confianza! El es como un árbol plantado al borde de las aguas, que extiende sus raíces hacia la corriente; no teme cuando llega el calor y su follaje se mantiene frondoso; no se inquieta en un año de sequía y nunca deja de dar fruto. Ecos que también se encuentran en el salmo 1 : Será como árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita; en todo lo que hace, prospera…
También me viene a la memoria la figura de Abraham el hombre libre, que caminó delante de Dios, sin aferrarse a seguridades, confiando en una promesa más grande que él mismo, discerniendo cada paso, atento a la voz del Señor.
También la figura de Moisés, que supo ser mediador, supo ponerse “en medio”: entre Dios y el pueblo, entre sensibilidades distintas, sosteniendo la comunión incluso en medio de tensiones y desiertos. Haciendo de “puente” -pontifice- expresión que se aplica hoy sobre todo al Papa pero que propiamente es una nota del obispo, el ser constructor de puentes.
Hombre justo, hombre libre, constructor de puentes… Así fue su vida entre nosotros: discreta pero fecunda, firme pero abierta, capaz de ofrecer refugio y alimento a muchos, uniendo muchas veces realidades que a primera vista parecían ser tan opuestas, y lo lograba, a su manera, con su don de gentes, con su autoridad natural.
En la parábola que hoy nos presenta San Lucas en el evangelio, del rico Epulón y el pobre Lázaro, se nos muestra un abismo infranqueable entre dos mundos: “Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí”. Sin embargo, me animaría a decir que en esta misma lógica de ser puente, Luis hubiera sido capaz hasta de unir esos mundos, o al menos lo hubiera intentado, y por eso creo que se identifica tanto con la pobreza espiritual de un Lázaro, como también con la preocupación sincera del rico Epulón una vez que se dio cuenta de su realidad y empezó un proceso de conversión: El rico contestó: ‘Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento’.
Para él eso implicaba “enseñar a tiempo y contra tiempo”, la recomendación que San Pablo daba a Timoteo y a través de él a todos los obispos y responsables de comunidades. Sin hacer acepción de personas. Sin que importe el qué dirán. Así era Luis hasta sus últimos días: un hombre libre, comprometido solo con el evangelio, y con lo que su conciencia le dictaba.
Ayer conversando con varios de ustedes, salían también otras imágenes que se le aplican muy bien: ser un soñador (y no con sueños pasajeros de juventud, sino como actitud vital), un estratega (diseñando y proponiendo proyectos pastorales), un actor en el terreno (el terreno eclesial pero también social y hasta político en su acepción más noble).
Los ejemplos de sus apostolados de los últimos años, y diría incluso de los últimos días, son patentes: con los equipos de la pastoral de la criança, con quienes compartió una reunión por zoom la semana pasada, en los distintos ámbitos de diálogo interreligioso y ecuménico, ayudando incluso con homilías en inglés a los parroquianos del Templo inglés en Ciudad Vieja, con dos imanes musulmanes a quienes contactó para dialogar, con el tema cárceles y rehabilitación, que siempre fue una preocupación en su reflexión y acción, terminando como capellán del Hogar Cardoner, y también ayudando a construir puentes en las duras situaciones que vive el Medio Oriente, o con los refugiados que llegan de Cuba. Tenía también una gran preocupación por la pastoral en el territorio de esta misma parroquia del Sagrado Corazón, y llegó a entablar contacto y participar de las reuniones de la asociación cultural “Cuareim 1080” aquí abajo en plaza Carlos Gardel.
Todo esto sin descuidar lo más institucional como miembro de la CEU, como rector emérito de UCU, o capellán de la Orden de Malta, ni sus idas y vueltas a su Melo querida, donde el obispo Pablo le pidió hace unos años dar una mano con los colegios y se lo tomó tan en serio que casi se convirtió en un vicario de educación de la diócesis.
¿De dónde sacaba tantas fuerzas, tanto entusiasmo, tanto ánimo? Sin duda de su oración, según el modo de proceder ignaciano, de su fidelidad religiosa, de las comunidades que lo nutrían… Se puede decir de él, con el salmo 69, que “el celo por tu casa me devora”, expresión que los evangelios luego aplican a Jesús en el episodio de los mercaderes del templo. Un celo apostólico poco común.
También tenía sus devociones particulares, en especial a la Virgen y a los Santos, a quienes trataba de imitar muy de cerca.
En primer lugar, San Luis Gonzaga, su santo patrono por haber nacido un 21 de junio. San Luis, mientras aún era estudiante en el Colegio Romano, murió como consecuencia de cuidar a las víctimas de una grave epidemia. De allí le venía sin duda esa vocación social y su gran sensibilidad por los más desfavorecidos, por los presos, las prostitutas, los migrantes, la gente en situación de calle… pero al mismo tiempo su vocación de unir el mundo educativo, el mundo universitario, con las realidades más necesitadas de nuestros barrios más periféricos.
Y otra devoción, recuerdo la evocamos en algunas charlas, probablemente del tiempo de sus estudios en Lyon, en la famosa facultad de teología de Fourvière de los jesuitas franceses, era la vida del hermanito Charles de Foucauld, el “hermano universal”. De allí seguramente le venía su versatilidad para estar con los más pobres mano a mano y al mismo tiempo una presencia que imponía en los actos públicos o ceremonias en los que le tocaba participar como rector o luego como obispo.
Un hermano universal, un hombre libre, y diría también un fiel exponente de una generación -del 35- que hoy siguen vigentes con sus 90 años, o que ya pasaron la posta, pero que me sigue admirando por su capacidad intelectual, diría casi enciclopédica, su valía moral y su compromiso con la sociedad.
Habría mucho más para dar gracias, así que los invito a seguir compartiendo entre ustedes, evocando todo aquello que Luis nos deja.
Estamos en Cuaresma, un tiempo de conversión, de meditación, tiempo de preparación para la Pascua… Y se puede decir que la vida de Luis fue esa “preparación” para su propia “pascua”, ese paso de la muerte a la vida siguiendo a Jesús maestro. Y podemos decir hoy, parafraseando a San Pablo, que cumplió el objetivo, ha peleado el buen combate, conservó la fe, llegó a la meta.
Demos gracias a Dios por este testimonio que nos deja como legado, y pidamos la gracia de ser fieles a nuestro propio llamado al servicio del Reino de Dios. Que así sea.
Monseñor Luis del Castillo S.J.
Su biografía
Luis Serapio del Castillo Estrada S.J., obispo emérito de Melo (21 de diciembre de 1999 – 13 de junio de 2009), nació en Montevideo el 21 de junio de 1935.
Ingresó a la Compañía de Jesús en octubre de 1953. Fue ordenado sacerdote en la Compañía de Jesús el 30 de julio de 1966.
Fue el primer rector de la Universidad Católica del Uruguay (UCU), fundada en 1985.
El 9 de abril de 1988 fue nombrado Obispo Auxiliar de Montevideo y titular de Tarasa in Numidia.
Recibió la ordenación episcopal de manos de José Gottardi, siendo coordenantes Carlos Parteli y Orlando Romero, el 11 de junio de 1988.
Fue rector del Seminario Interdiocesano Cristo Rey.
El 21 de diciembre de 1999 fue nombrado Obispo de Melo, diócesis de la que pasó a ser Obispo emérito el 13 de junio de 2009.
Durante su episcopado introdujo en la Diócesis el Movimiento de Cursillos de Cristiandad (2002); se realizó el VI Encuentro Nacional de Comunidades Eclesiales de Base en Treinta Tres (2003); en 2005 se iniciaron las trasmisiones de Radio María Uruguay desde el Obispado y se celebró en Melo la XXVII Jornada Nacional de la Juventud.
Abrió la Diócesis para la instalación de la comunidad terapéutica «Fazenda de la Esperanza», cuya casa se inauguró poco después de asumir su sucesor.
Entre 2010 y 2020 estuvo como misionero en una parroquia jesuita en Santiago de Cuba, colaborando también en la formación del clero de la isla.
En los últimos años vivió en la comunidad de Jesuitas mayores en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, Montevideo.
Su última aparición pública destacada fue el 15 de octubre de 2025 en la UCU, para recibir el Doctorado Honoris Causa, distinción que agradeció con un lúcido discurso.
Falleció el 4 de marzo de 2026 a los 90 años.
Iglesia Católica de Montevideo


3 Comments
Mi querudo padre luis mi maestro mi guia jamas te olvidare la familia sablon nosotros fuimos grandes amigos ma’s q eso familia me ayudo en momentos tristes y guio a mi familia cuando perdi mi unica hermana fue a Francia ppr sus restosbpadre q trristeza tengo perp se q estara con dios u me cuidara siempre
Buenísimo. Impecable.
Fui con toda seguridad una de las personas que más lo conoció conocía cada palabra cada frase cada gesto y cada detalle de este gran hombre para mí la mejor persona que he conocido en mi vida era tanto lo que lo conocía que sabía con una palabra que quería decir antes de hablarla si la iglesia católica de Uruguay me da permiso yo quiero hacerle un libro a este gran hombre y gran padre