En Tacuarembó, la identidad no se explica: se vive. Entre caballos, aparcerías y una misa criolla bajo el sol, una de las fiestas más emblemáticas del Uruguay revela que la tradición no es pasado, sino también presente.
“Ciudad de Tacuarembó. Has llegado a la capital de la Patria Gaucha. ¡Disfrutala!”. El cartel, de color azul grisáceo y con letras blancas en mayúsculas, destaca con facilidad en el paisaje.
Este aviso es lo primero que recibe a los visitantes, apenas parten de la terminal. Pero no es una mera consigna turística, sino la antesala de lo que encontrarán.
Porque en Tacuarembó, hablar de Patria Gaucha no es referirse a una fiesta más: es nombrar una identidad. Una forma de entender el departamento, incluso de habitarlo. El pago más grande del país —como repiten, una y otra vez, con una mezcla de orgullo y naturalidad— no empieza en la Laguna de las Lavanderas ni termina en los días de marzo. Está en cada esquina, en cada conversación, en cada gesto.
En la trigésimo novena edición de este festival, miles de caballos atravesaron la ciudad, las aparcerías reconstruyeron vidas olvidadas y, bajo un intenso sol, la tradición volvió a demostrar que la fe es parte de ella.
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El sábado 14, por la mañana, esa identidad toma forma visible: 4120 caballos transitan por las distintas calles de la ciudad. Uno de los puntos de mayor convocatoria es frente a la Parroquia Catedral San Fructuoso de Tacuarembó y a la intendencia departamental, en la Plaza 19 de Abril, sitio donde se ubica un palco de autoridades entre centenares de visitantes.
Innumerables políticos, embajadores, senadores, diputados y otros integrantes del gobierno nacional, están presentes en la tierra de Gardel. También el presidente de la República, Prof. Yamandú Orsi, y el expresidente Luis Lacalle Pou, quien se encuentra desfilando con una de las aparcerías.
Cuando la ansiedad comienza a ganar terreno entre los presentes, desde allí se divisa a lo lejos la guardia de honor del Cuerpo de Blandengues. Primero son apenas un trazo de color en el horizonte: un azul profundo que corta la mañana, atravesado por destellos rojos que lucen con sencillez.
A medida que se acercan, el colorido se completa: casacas azul oscuro ceñidas, con vivos detalles rojos, charreteras color oro que brillan al sol y un orden casi geométrico en cada uniforme. Sobre sus cabezas, los cascos acompañan el resto de la vestimenta, y completan una imagen que parece detenida en el tiempo.

Ellos también montan caballos con distintivos artiguistas, y desfilan con precisión, como si cada pisada obedeciera a una partitura invisible. No hay apuro en su avance. Todo parece medido, las riendas tensas, las miradas al frente, el silencio contenido entre los jinetes. Las banderas que portan —la de Artigas y la de los Treinta y Tres Orientales— destacan con facilidad.
Pero, detrás, la escena cambia radicalmente. Entre los jinetes aparece un estandarte blanco, sencillo, sin ornamentos excesivos. “Virgen de los Treinta y Tres, Madre de la Patria”, se lee en letras azules, mayúsculas, sostenido con firmeza por manos de campo.
El jinete que lo porta no tiene la rigidez del desfile militar. A su derecha, la bandera uruguaya flamea y acompaña sin imponerse. Y detrás, lentamente, casi en un ritmo distinto al del resto, avanza un particular carro.
Es sencillo, de madera pintada de verde, con ruedas rojas y tirado por un caballo oscuro, color chocolate. A bordo, la imagen de la Virgen de los Treinta y Tres —pequeña, disimulada— se deja ver, mientras un hombre mayor y de manos curtidas sostiene las riendas con naturalidad.
Entonces, lo que hasta hace un momento era desfile se vuelve procesión. Algunos sacan fotos. Otros se persignan. Varios más gritan “¡Viva María!”. Cambia el aire. Como si, en medio del ruido casi rítmico de los cascos contra el suelo, el tiempo se detuviera para recordarnos que la patria también se reza.

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Como era de esperarse, por la tarde, el epicentro se traslada a la Laguna de las Lavanderas. Allí, la fiesta despliega su complejidad: el ruedo, el escenario artístico, las aparcerías, los puestos de comida, los espacios de encuentro. Todo ocurre al mismo tiempo. Pero esa simultaneidad no es un problema: es la clave.
Porque la Patria Gaucha no se organiza para ser recorrida de forma lineal. Se experimenta como se vive el campo: por caminos, por encuentros, por desvíos. Uno llega a ver una jineteada y termina escuchando un payador. O va en busca de un tradicional asado de aparcería y se sorprende con la presentación, casi improvisada, de un libro. La propuesta desarma cualquier lógica comercial a la que podamos estar acostumbrados. Y quizás por eso mismo resulta tan auténtico.

En la zona de la Laguna, cada aparcería reconstruye un período, una historia, una forma de vida. Pero sin carteles llamativos, folletería impresa o luces que destellan. Recorrerlas exige tiempo, paciencia y dedicación. Sus propuestas son el aspecto más silencioso y profundo de toda la fiesta.
En su interior, las mesas no son escenografías ni las camas son decorados. En una habitación de paredes oscuras, la luz entra por la ventana y cae sobre un piso de ladrillos irregulares. Un espejo antiguo, una silla, un baúl. Nada sobra ni está fuera de lugar.
En otra, más austera, el barro domina las paredes y el suelo. Una mesa con utensilios simples, una tela extendida, un silencio más denso. Allí, la vida no tiene ornamentos. Y en otra, una cama angosta, una aparente cuna improvisada, y un pequeño mueble.
Todo parece dispuesto para una vida que, por unos momentos, vuelve a suceder.

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No se trata de nostalgia, sino de memoria y tradición. Por ejemplo, en la aparcería de Tizones de Ansina —una agrupación tradicionalista del departamento de Tacuarembó, ubicada en la zona de la ruta 26, próximo al límite con Cerro Largo—, su propuesta es fundamentalmente histórica.
Bernardo —uno de sus integrantes— explica que su trabajo se focaliza en rescatar figuras del olvido: “Desde hace tres años por lo menos, nuestra propuesta es básicamente investigar a los grandes olvidados de la historia. En 2024 hicimos Santo Tomé de las Misiones, homenajeamos a los indígenas y a la figura de Andrés Guacurarí y Artigas. En 2025 tomamos la imagen de san Isidro Labrador de Puruguatí, y homenajeamos específicamente a los afrodescendientes con la cercanía que tuvo Artigas y Ansina, en esos veinticinco años de exilio antes de partir a Asunción. Pero para este año las grandes homenajeadas son las mujeres. Obviamente, como no podemos homenajearlas a todas, seleccionamos a una y le buscamos que tuviese un nexo con la temática de esta Patria Gaucha, que son las pilchas gauchas. Entonces nos encontramos con la figura de Melchora Cuenca”.
Bernardo no parece estar disfrazado, sino haber salido de otro tiempo. Él recrea a Juan Manuel Artigas, hijo legítimo de José Gervasio Artigas, quien recibe el encargo de cuidar a Melchora Cuenca y a su hijo Santiago.
En su personaje, lleva un sombrero de copa negra, firme. La barba cerrada y la mirada directa completan una figura que se impone sin necesidad de esfuerzo. Viste camisa blanca, abierta en el cuello, donde asoma un pañuelo rojo con pequeños dibujos en tono amarillo. Sobre ella, un chaleco gris oscuro con dibujos sutiles dorados. A la cintura, una faja ancha de metal con el diseño de un caballo en el centro. De su costado cuelga un vistoso facón, que contrasta sobre su chiripá, negro con guardas rojas. Debajo, unos tejidos blancos en sus piernas y unas gastadas botas oscuras completan su figura.

“El nexo entre tradición y fe es claro, porque nuestros orígenes también derivan de lo religioso. Somos de los países más laicos del mundo, pero, sin embargo, la fe siempre está presente en todo lo que nos rodea. Por algo se bendicen los palenques aquí, en la Patria Gaucha. Fe y tradición son parte de una cosa sola”, propone Bernardo, para posteriormente recordar sus épocas de peregrinación hasta Villa Ansina, en las que se ponía en la protección de la Virgen: “Considero que en Ansina estamos bajo el manto de la Virgen de Itatí. Es complicado de explicar, pero así lo siento. Lo creo de esa manera”.
La propia construcción de la aparcería también refleja cierta complejidad: una tapera que combina elementos guaraníes y criollos, con ladrillos, barro, tejas, y palo a pique. No es una reconstrucción “pura”, sino una hibridación arquitectónica. Allí, la historia deja de ser lineal y se vuelve mestiza, concreta, vivida.
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El domingo, la fiesta encuentra su centro en la misa. A las diez de la mañana, bajo un cielo despejado y un calor intenso, la ceremonia reúne a cientos de personas. Preside la celebración el nuncio apostólico en Uruguay, Mons. Gianfranco Gallone, junto al obispo de la diócesis de Tacuarembó, Mons. Pedro Wolcan, y otros sacerdotes del clero local.
“En medio del camino penitencial hacia la Pascua, el Señor nos recuerda que la meta de nuestro camino no es la tristeza, sino la luz de la fe”, introduce el nuncio apostólico, para posteriormente proponer una distinción clave: si la Patria Gaucha se reduce a desfile y vestimentas típicas, pierde su sentido. La raíz, dice, está en los valores que sostienen esa tradición: la familia, el trabajo, la fe.

“En estos días, el Uruguay vive un momento muy significativo con la Fiesta de la Patria Gaucha, que recuerda las raíces más profundas de su historia y cultura. Así, esta celebración nos invita a mirar hacia nuestros orígenes, a recordar los valores que han marcado la vida de nuestro pueblo: la sencillez, la dignidad del trabajo, el sentido de la familia, la fidelidad a la palabra dada. Y hoy el Evangelio también nos ayuda a volver a mirar lo esencial, a abrir los ojos del corazón para reconocer lo que realmente da luz a la vida”.
“¿Qué está dando luz a mi vida?”. La pregunta que deja Mons. Gallone no es folklórica, sino existencial. Apunta a la raíz de nuestro ser cristiano. “La verdadera luz no es la aprobación de los demás, sino el encuentro personal con Jesús. Pidamos al Señor que también nosotros sepamos conservar no solo las tradiciones de nuestro pueblo sino, sobre todo, la luz de la fe cristiana. Que Cristo, por intercesión de la Virgen de los Treinta y Tres, abra nuestros ojos para reconocer su presencia y para caminar siempre en la luz del Evangelio”, concluye el nuncio apostólico en su prédica.
Minutos después, las payadas vuelven a aparecer en la celebración. Cada aparcería, a través de su respectivo representante, presenta un objeto: boleadoras, distintos ponchos, una campana, un ladrillo, un facón y más. Mientras tanto, Juan Carlos López y Emanuel Calero relucen sus versos improvisados.
“Estos signos expresan nuestros quehaceres, nuestras vidas y trabajos que hoy entregamos a Dios”, se escucha con voz clara, al inicio. Lo cotidiano —el trabajo, la herramienta, la vida rural— se vuelve ofrenda viva.
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“Aquí hay una larga tradición. Están las actividades de la Patria Gaucha, y también la dimensión religiosa. En este gran acontecimiento celebrativo queda evidenciado el ensamble que existe entre la fe y el Uruguay más profundo, sus gauchos y su gente”, reflexiona Mons. Pedro Wolcan, obispo de Tacuarembó y Rivera. La celebración ya culminó, pero la alegría del encuentro permanece en el interior.

“Celebramos la alabanza al Señor en una misa campal, con muchísima participación y con el rol de las aparcerías, que ofrecen su trabajo y la tradición que transmiten de generación en generación (…) En este sentido, la Iglesia se ha sembrado como comunidad y ha sembrado la semilla del Evangelio, esparcida a lo largo y ancho de todo el país. Aquí, el cristianismo no es un hecho aislado, sino que es parte constructora y originante de los mismos pueblos que se van formando en torno a cada Iglesia. Y en este tipo de encuentros, como lo es la Patria Gaucha, apreciamos la riqueza de la fe dentro de la tradición, en expresiones variadas de lo que es el mundo gaucho, el universo campestre. Aquí hay una impronta que moviliza y convoca”, resume Mons. Wolcan, aunque lo que ocurre en la Patria Gaucha no es fácil de sintetizar.
No es solo una fiesta tradicionalista. No es solo un evento cultural. Ni siquiera es solo una expresión de religiosidad popular. Es, más bien, el punto de encuentro donde todas esas dimensiones convergen. Aquí, durante una semana, entre caballos, mates, barro, madera, asado, canto y oración, el departamento se transforma en el pago más grande del país y nos muestra que tradición y fe van de la mano, y que la historia se puede convertir en experiencia.
Iglesia Católica de Montevideo

