Reflexión sobre la piedad popular. Por Mons. Milton Tróccoli.
Hace algunas décadas se intentó relegar la piedad popular ya sea ignorándola o rechazándola.
La falta de consideración o estima de la piedad popular procedía, en muchas ocasiones, de algunos prejuicios buscando una presunta “pureza de la fe”. Pero sabemos que, junto con la liturgia, la vida cristiana se nutre de formas variadas de piedad popular, enraizadas en las distintas culturas. Esclareciéndolas a la luz de la fe, la Iglesia favorece aquellas formas de religiosidad popular que expresan mejor un sentido evangélico y una sabiduría humana, y que enriquecen la vida cristiana.
Estamos invitados a acompañar, con caridad pastoral, la fe sencilla y evangelizarla con propuestas y orientaciones muy concretas. La religiosidad popular es rica en valores, y ya de por sí expresa una actitud religiosa ante Dios; pero, a la vez, tiene necesidad de ser continuamente puesta en contacto con el Evangelio, para que la fe que expresa llegue a ser un acto cada vez más maduro y auténtico.
De hecho, los ejercicios de piedad y otras formas de devoción del pueblo cristiano son acogidos y recomendados, siempre que no sustituyan y no se mezclen con las celebraciones litúrgicas.
La piedad popular supone una fe sencilla y encarnada mediante la cual se rinde culto a Dios y se vive y expresa la propia fe de manera concreta. Esta vivencia y expresión de la fe alcanza a nuestro pueblo y llega especialmente a los más pequeños. Acompañarla y animarla es cauce precioso de vida en Cristo y tiene una gran fuerza evangelizadora.
En la Exhortación Evangelii Gaudium, el papa Francisco ofrece un criterio muy valioso para entender la piedad popular como un espacio de encuentro: “hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar, solo desde la connaturalidad que da el amor podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus pobres (EG 125)”.
Junto a esta riqueza teologal debemos atender su realidad dinámica pues cada pueblo es el creador de su cultura y el protagonista de su historia. La cultura, de hecho, es algo dinámico, que un pueblo recrea permanentemente. Cada generación le transmite a la siguiente un sistema de actitudes ante las distintas situaciones existenciales, que esta debe reformular frente a sus propios desafíos. Como afirmaba san Juan Pablo II: el ser humano “es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece” (FR 60).
Podemos decir que se trata de una verdadera “espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos” que no está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa por la vía simbólica y en el sensus fidei del Pueblo de Dios. Es una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros; conlleva la gracia del salir de sí y del peregrinar. El caminar juntos hacia los santuarios y la participación en otras manifestaciones de la piedad popular llevando a los hijos o a los nietos e invitando a otros, es, de alguna manera, un gesto evangelizador.
En la piedad popular encontramos las expresiones de un anuncio misionero espontáneo del pueblo cristiano, con la diversidad de formas que brotan naturalmente del mismo pueblo de Dios que manifiesta en su idiosincrasia el Evangelio. Por eso subyace en ella una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización.
Iglesia Católica de Montevideo

