Nació en la sabiduría guaraní, encontró impulso en las misiones jesuíticas y terminó volviéndose una de las señas más hondas de la vida en el cono sur. En Uruguay, más que una bebida, el mate sigue siendo una forma de encuentro.
En el libro La hora de los depredadores (2024), el politólogo italosuizo Giuliano Da Empoli ofrece una de las imágenes que mejor describen el momento político contemporáneo: la democracia ya no es, si es que alguna vez lo fue plenamente, el arte que nos dejaron los atenienses de administrar el conflicto mediante el diálogo racional orientado al bien común. Para Da Empoli, si algo describe el paisaje político actual, es la política del caos. Este autor había adelantado esta tesis en Los ingenieros del caos (2019), donde mostró cómo, en la era digital, han emergido ideólogos políticos que cultivan sistemáticamente la indignación, explotan las emociones y polarizan las identidades para consolidar un tribalismo que desintegra el tejido cívico. En este nuevo modo de entender la vida común, las democracias iliberales no son una anomalía: son el producto de una profunda mutación del orden político global, impulsada por el poder insurreccional de las plataformas digitales y por actores dispuestos a capitalizar el resentimiento como combustible político.
Este es el espíritu del tiempo (zeitgeist) que Da Empoli condensa. Y es precisamente en este horizonte donde cobra toda su densidad el discurso que el papa León XIV dirigió al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede el pasado 9 de enero de 2026. No se trató de una alocución protocolaria. Fueron unas palabras que merecen ser leídas con detenimiento por todos los que se preocupan por el futuro de las democracias y por el lugar de la fe en la vida pública.
León XIV eligió como hilo conductor del discurso la obra más influyente de san Agustín: el De Civitate Dei. Esta obra, considerada uno de los pilares del pensamiento occidental, fue redactada en el siglo V, periodo en que el Imperio Romano atravesaba una profunda crisis. En ese contexto, tanto paganos como cristianos difundían la idea de que la decadencia de Roma estaba vinculada a la expansión del cristianismo y a la supuesta incapacidad del Dios cristiano para preservar el orden imperial. Frente a esta crítica de los paganos, Agustín respondió con una teología de la historia que distingue dos ciudades que coexisten hasta el fin de los tiempos: la ciudad de Dios, eterna, animada por el amor incondicional (amor Dei) y el amor al prójimo, y la ciudad terrena, estado temporal, que abarca desde la familia hasta el Estado-nación y el orden internacional, pero que está amenazada permanentemente por el amor propio (amor sui), que alimentan la sed de poder y gloria que la conducen a su autodestrucción.

En su discurso, el papa fue cuidadoso al señalar que esta distinción agustiniana no es ni un dualismo que opone la eternidad al presente, ni una búsqueda de confrontación entre la Iglesia y el Estado. En ese sentido, León no propone un programa político, sino que ofrece leer el momento actual a partir de un clásico del pensamiento occidental, para encontrar en él categorías para pensar las cuestiones fundamentales de la vida social, una reflexión sobre la búsqueda de una convivencia más justa y pacífica, y una advertencia sobre los peligros que el nacionalismo excesivo, las falsas representaciones de la historia y la distorsión del liderazgo político entrañan para la vida pública. En ese sentido, la distancia cultural entre el siglo V y el siglo XXI no impide que el texto de Agustín nos dé pistas para entender el tiempo presente: también hoy vivimos, al igual que en otros momentos de la historia, una era de movimientos migratorios generalizados, de profundo reajuste de los equilibrios geopolíticos y de ruptura de paradigmas culturales. En este marco, el discurso pontificio identifica cuatro focos de atención que merecen ser recogidos y comentados.
El primero es recuperar el valor del lenguaje. La crisis del multilateralismo y la debilidad del diálogo internacional no son solo un problema de voluntad política; son también, y quizás fundamentalmente, un problema semántico. León XIV señala que en las sociedades contemporáneas se ha producido una ruptura entre el lenguaje y la verdad. Las palabras han perdido su conexión con la realidad; los conceptos que representan son cada vez más ambiguos. En las contorsiones de la ambigüedad semántica, el lenguaje se convierte en un arma para engañar, golpear y ofender. El papa advierte, y esto tiene una resonancia directa con el diagnóstico de Da Empoli sobre los ingenieros del caos, que existe una paradoja: este debilitamiento del lenguaje se invoca a menudo en nombre de la libertad de expresión. Pero ocurre lo contrario: la libertad de expresión está garantizada precisamente por la certeza del lenguaje y por el hecho de que cada término está anclado en la verdad. Un lenguaje que, en su intento de ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que lo alimentan, no es libertad: es una forma sofisticada de opresión. La recuperación del contenido de verdad de las palabras no es un asunto académico; es una condición política de primer orden para que el diálogo entre las naciones y entre los ciudadanos sea posible.
El segundo foco es la libertad religiosa. Este derecho, que la Iglesia reconoce como fundamento de los derechos humanos desde la declaración Dignitatis Humanae (1965), no es un privilegio confesional: es la expresión jurídica de la capacidad del ser humano para buscar la verdad. León XIV presenta dos amenazas convergentes contra este derecho. La primera es la más visible: los regímenes autoritarios y los extremismos religiosos que persiguen a los cristianos en zonas de conflicto. Los datos son elocuentes: más de trescientos ochenta millones de creyentes sufren niveles elevados o extremos de discriminación, violencia y opresión debido a su fe, en un fenómeno que afecta a aproximadamente uno de cada siete cristianos en el mundo. La segunda amenaza, más sutil pero igualmente grave, se da en democracias que, en nombre de los derechos y la igualdad, van deslizándose hacia lo que, como denomina el constitucionalista estadounidense de origen judío Joseph H. Weiler, es una “cristofobia”. Esta actitud frente a la religión consiste, por parte del Estado, en el ejercicio de una restricción progresiva de la capacidad de los creyentes de proclamar las verdades del Evangelio por razones políticas o ideológicas, especialmente cuando defienden la dignidad de los más vulnerables. Una sociedad verdaderamente libre, recuerda el papa, no impone la uniformidad: protege la diversidad de conciencias, previene las tendencias autoritarias y promueve un diálogo ético que enriquece el tejido social.
«Si en la vida cívica falta un fundamento trascendente, sólo prevalece la voluntad de poder»
El tercer punto es la familia. León XIV defiende esta institución como el espacio básico de socialización humana, donde las personas aprenden a amar y desarrollan la capacidad de servir a la vida. Las amenazas que identifica son dobles: por un lado, una tendencia en el sistema internacional a descuidar y subestimar su papel social fundamental; por otro, la realidad de las familias frágiles, rotas y afectadas por violencias internas, que sufren. Frente a ambas, el papa rechaza con firmeza prácticas que instrumentalizan la vida humana: el aborto, que interrumpe una vida en crecimiento y rechaza acoger el don de la vida; y la subrogación, que convierte la gestación en un servicio negociable, reduciendo al niño a un “producto” y explotando el cuerpo y la vocación relacional de la madre. El lenguaje del papa no es el de la condena moralista, sino el de la dignidad: la vida es un don que se desarrolla dentro de una relación comprometida, basada en la entrega mutua y el servicio. Cualquier orden político que no sea capaz de proteger ese don empobrece su propia base antropológica.
El cuarto punto es el más directamente político: la paz y el multilateralismo. León XIV denuncia que el principio establecido tras la Segunda Guerra Mundial, que prohibía a los países utilizar la fuerza para violar las fronteras ajenas, ha sido violado. La diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes está siendo sustituida por otra basada en la fuerza. La guerra vuelve a estar de moda; el entusiasmo bélico se extiende. Frente a esto, el papa convoca a abandonar la idea de que la paz se alcanza mediante la fuerza y la disuasión. Siguiendo a san Agustín, recuerda que incluso quienes buscan la guerra no pretenden otra cosa que vencer para imponer su propia paz: lo que ansían es tenerla como a ellos les gusta. Esta observación filosófica es también una advertencia política: la paz construida sobre la victoria unilateral no es paz, sino dominación con otro nombre. La paz verdadera requiere humildad y valentía: la humildad de la verdad y la valentía del perdón. El respeto al derecho internacional humanitario y el fortalecimiento del multilateralismo no son idealismos ingenuos; son condiciones estructurales para que el estado de derecho, base de toda convivencia civil pacífica, no sea devorado por los depredadores.
Por otra parte, en el discurso de León XIV hay una afirmación de fondo que merece subrayarse. El papa señala que nuestra época parece inclinada a negar a la ciudad de Dios su “derecho de ciudadanía”. Cuando la sociedad busca solo bienes inmanentes y clausura el horizonte trascendente, el amor propio crece sin contrapeso hacia cualquier bien objetivo. En ese sentido, si en la vida cívica falta un fundamento trascendente, solo prevalece la voluntad de poder. La recuperación de ese fundamento no es una imposición religiosa sobre el orden secular: es la condición de posibilidad de un orden social que proteja la dignidad de cada persona más allá de cualquier interés nacional o ideológico. En este sentido, la laicidad positiva que el papa defiende no separa la fe de la vida pública: protege el espacio en el que ambas pueden dialogar fructíferamente para el bien de todos.
El diagnóstico de Da Empoli y el discurso de León XIV convergen, desde tradiciones y lenguajes muy distintos, en un mismo punto de alarma: el orden político que conocimos está siendo deshecho por fuerzas que explotan el caos, erosionan el lenguaje común, relativizan los derechos fundamentales y han abandonado la búsqueda del bien común como horizonte de la acción política. La respuesta que ofrece la Iglesia no es nostálgica ni restauracionista: es la de quien, desde una larga memoria histórica y una profunda convicción sobre la dignidad humana, se niega a aceptar que los depredadores tengan la última palabra.araní encontró en las misiones un impulso decisivo para su expansión por toda la región.
Iglesia Católica de Montevideo

