Conversamos con Karina Silveira, referente de la comunidad parroquial de Young, quien hace del servicio cotidiano una forma de vivir la fe.
Young, es una ciudad ubicada en el departamento de Rio Negro y cuando se habla de la vida parroquial, el nombre de Karina Silveira aparece con naturalidad entre quienes conocen el trabajo cotidiano de la comunidad.
Su servicio no responde a un horario fijo ni se limita a una sola tarea: está en la catequesis, en la limpieza de la capilla, en la organización de actividades, en la escucha a los vecinos y en la visita a quienes atraviesan momentos difíciles. Su presencia es constante, cercana y profundamente marcada por la fe.
Karina, de 53 años, nació en Young y allí construyó toda su vida: su familia, su historia personal y también su camino dentro de la Iglesia. Habla de su hogar con cariño, rodeada de hijos, nietos y también de esos “nietos de corazón” que, como dice entre risas, forman parte de su familia ampliada. Pero además de ese espacio íntimo, hay otro lugar que ocupa un sitio central en su vida: la parroquia.
Su día comienza siempre de la misma manera: rezando. “Desde que me levanto siempre hago la oración de la mañana, que es la que me fortalece para comenzar el día”, cuenta. Luego llegan las tareas cotidianas, la familia, la escuela de los niños y, en medio de todo eso, la comunidad siempre encuentra un lugar.
Luego, llegan las tareas cotidianas, la familia, la escuela de los niños y, en medio de estas responsabilidades, la comunidad siempre tiene su lugar.
Los primeros pasos en la comunidad
Su vínculo con la parroquia comenzó a fines de los años noventa, cuando una vecina la invitó a rezar el rosario en una casa del barrio. En aquel momento sus hijos eran pequeños y ella asistía con ellos en el cochecito.
Aquella experiencia fue creciendo hasta convertirse en un espacio comunitario estable: primero un grupo de mujeres que rezaba y ayudaba a los vecinos, luego un pequeño oratorio construido en un terreno donado. “Era un lugar para reunirnos, reflexionar la Palabra y también compartir nuestras dificultades”.
La crisis económica de comienzos de los años dos mil marcó profundamente a la comunidad y también el compromiso de Karina. En ese tiempo, junto a otros vecinos, organizaban una merienda para alrededor de ochenta niños del barrio. “Muchas veces era su comida de la noche”, recuerda. Leche, pan con dulce, tortas fritas o lo que hubiera para compartir.
«Prefiero trabajar en silencio, para el Reino de Dios»
Karina Silveira
Con el paso del tiempo, el sacerdote de la parroquia la invitó a sumarse al consejo parroquial. “Me dijo: ‘¿Por qué no participás?’. Y fue ahí que empecé”, recuerda. Desde entonces, su presencia en la vida pastoral fue creciendo: consejo parroquial, instancias diocesanas y delegaciones laicales.
Sin embargo, Karina insiste en que lo más importante sigue estando en la cercanía con la gente. “Mi trabajo es estar en el barrio, acompañando”.
Mientras pasa de un recuerdo al otro, ella se detiene y afirma con claridad: “No soy de esas personas que están siempre dentro de la parroquia. Mi labor es también fuera, estoy más en movimiento”. Esa frase resume gran parte de su identidad. Su misión, como ella la entiende, no termina en el templo. Al contrario, se extiende al barrio, a la calle y a la vida cotidiana de quienes la rodean. “Sé quién está enfermo, quién necesita algo, si alguien precisa un mandado, si hay que ir un ratito. Siempre estoy”.
La fuerza que nace de la experiencia personal
“Estuve ahí, en la muerte”, expresa Karina, sin rodeos. Es que gran parte de la profundidad con la que vive su fe está marcada por su historia personal. A los treinta y dos años fue diagnosticada con cáncer de colon y debió atravesar varias operaciones.
Recuerda especialmente la primera intervención, una operación de nueve horas. “Antes de entrar pedí que rezaran conmigo, y le dije al Señor: que se haga tu voluntad”. Lo que sintió durante ese momento la marcó profundamente. “Tenía un fuego tan intenso y una paz interior impresionante”.
Más adelante atravesó otras cirugías y también un accidente de tránsito grave que la dejó dos años sin caminar. Aun en medio de esas dificultades, la fe fue el sostén principal. “Sin él no hago nada”, afirma con convicción. “Es quien me sostiene, quien me da la fortaleza todos los días”.
Esa certeza no se quedó en lo personal, sino que se convirtió en impulso para seguir acompañando a otros e inspirando con su testimonio. “Vale la pena seguirlo. Incluso en las tristezas, tener a Dios es un gran tesoro”.

Cuando también es necesario detenerse
Karina también habla con sinceridad de los momentos en los que el servicio se volvió más difícil. El año pasado atravesó una separación luego de treinta y cuatro años de matrimonio y optó por distanciarse de algunas actividades comunitarias.
“Sentía la necesidad de salir de la comunidad y tomarme un tiempo para mí”. Ese tiempo no fue de alejamiento de la fe, sino de búsqueda más profunda. “Seguí orando, preguntándole a Dios qué era lo que quería hacer”.
Dice que ese proceso la ayudó a reencontrar la paz y a volver a fortalecer su lugar dentro de la comunidad. “La paz que había perdido la he encontrado”. La Cuaresma, cuenta, fue un tiempo especial para recuperar la paz interior y volver a mirar su misión con serenidad.
¿Qué significa servir?
Cuando se le pide que defina en pocas palabras qué significa para ella el servicio, su respuesta resume toda su historia: “Servir es entregar el espíritu que uno recibe”. Hace una pausa y profundiza: “La misión nuestra es transmitir el amor de Dios de la forma más sencilla”. En esa sencillez parece estar la esencia de todo su camino. No hay protagonismo ni búsqueda de reconocimiento, sino una entrega silenciosa y cotidiana. “No me gusta hacerme ver. Prefiero trabajar en silencio, para el reino de Dios”, explica.
Para Karina, la parroquia es mucho más que un espacio físico. “Después de mi familia, es mi otra casa”. Es allí donde se fortalece, donde recibe el amor de la comunidad y desde donde vuelve a salir al encuentro del otro.
«A Dios lo encuentro en el otro»
Karina Silveira
¿Y a Dios dónde lo encuentra?
La respuesta llega sin dudar: “A Dios lo encuentro en el otro”. Para Karina, la fe se hace visible en la necesidad del hermano, en el abrazo, en la escucha, en la conversación con quien llega cargado de preocupaciones. “En el otro lo encuentro”, resume.
Por eso, cuando piensa en quienes todavía dudan sobre comprometerse con una comunidad, su mensaje es claro: “En el gesto más pequeño que uno haga, ya está comprometiéndose a servir”.
Quizás por eso, en Young, muchos la reconocen como referente: porque su fe no se queda en la parroquia, sino que sale al encuentro del otro, allí donde más se la necesita. Siempre en movimiento, siempre el servicio.
Karina Silveira
Tiene 53 años y nació en Young, Rio Negro.
Es referente de la comunidad parroquial local.
Sirve en la catequesis, el acompañamiento barrial y la vida pastoral.
Iglesia Católica de Montevideo

