Reflexión sobre la familia. Por Álvaro Ahunchain.
Lo dijo Daniel Sturla en una entrevista al diario El País y se armó el escándalo. Como siempre. Que un cardenal no puede opinar sobre hijos porque es célibe, que qué culpa tienen los perros, que cada uno hace de su vida lo que quiere, que nadie tiene derecho a meterse en decisiones íntimas. Todo eso ya lo sabemos, porque forma parte del repertorio automático de una época que se autopercibe muy libre, pero que en realidad suele reaccionar con una previsibilidad conmovedora cada vez que alguien toca ciertos temas sagrados del pensamiento contemporáneo (donde liberales y progresistas, curiosamente, coinciden): el individualismo blindado, la comodidad afectiva y la alergia al compromiso.
Sin embargo, más allá del escándalo reflejo, el problema sigue ahí. Y no solo eso: empeora. Las cifras preliminares indican que en 2025 nacieron en Uruguay unos 29.000 niños. En una década, la natalidad cayó un cuarenta por ciento. Para quienes tenemos algunos años más, el contraste resulta brutal: a comienzos de los 90, la cifra rondaba los 58.000 nacimientos anuales. No estamos hablando de una variación menor ni de un detalle estadístico. Estamos hablando de una nación que, silenciosamente, está dejando de reemplazarse a sí misma.
Conviene aclararlo una vez más, porque en esta clase de debates las etiquetas funcionan como sustituto del pensamiento. Mi preocupación por este asunto no nace de ningún credo religioso. Soy agnóstico y, sin embargo, me pareció que Sturla dio en el blanco. No porque su frase sobre los perritos fuera simpática o provocadora, sino porque describió con exactitud una mentalidad. Eso es lo inquietante: no un caso puntual, sino una atmósfera. Se está instalando una cultura donde tener hijos dejó de verse como un horizonte natural, deseable o humanamente fecundo, para pasar a ser una carga costosa, una amenaza a la autonomía o una complicación logística.
La excusa más repetida es económica. Un hijo “sale plata”. Y claro que sale plata. También sale tiempo, sueño, paciencia, energía, libertad de movimiento y una buena cuota de narcisismo. Por suerte. Porque justamente de eso se trata. Tener hijos no es una extensión del consumo personal ni una inversión con retorno medible. Es, entre otras cosas, una forma radical y fermental de salir de uno mismo. Es aceptar que la vida humana vale más que cualquier cálculo de costo-beneficio. Pero en una cultura que ha convertido el economicismo en filosofía existencial, semejante idea suena casi subversiva.
Eso es lo más grave del asunto. No solo que nacen menos niños, sino la lógica bajo la cual se justifica que así sea. Se argumenta como si un hijo fuera comparable a una cuota del auto, a un plan de viajes o a la conveniencia de mantener un determinado estándar de consumo. En otras palabras: se analiza la natalidad con la calculadora de Excel y no con una mirada humanista. Después nos preguntamos por qué se desploman los nacimientos. La respuesta está bastante a la vista: hemos adoptado una concepción utilitaria de la existencia, según la cual vale más preservar la comodidad individual que entregarse a una tarea que exige amor, sacrificio y paciencia histórica.
Por supuesto, sería idiota negar que existen causas materiales muy concretas. Las hay, y pesan. La vivienda es cara, los salarios no alcanzan, la crianza exige una infraestructura que muchas veces las familias no tienen. Se posterga la maternidad y la paternidad porque primero hay que recibirse, estabilizarse, encontrar trabajo, alquilar algo digno, sostener una pareja, intentar no naufragar en una sociedad que premia la provisionalidad. Todo eso es cierto. También lo es que el Estado uruguayo no parece particularmente interesado en incentivar la natalidad. Más bien al revés: en no pocos aspectos la penaliza o, en el mejor de los casos, la mira con indiferencia burocrática. En un país envejecido, con descenso de matrícula escolar y fecundidad ultrabaja, no deja de ser una forma bastante refinada de suicidio colectivo.
Ahora bien, si el problema fuera solo económico, bastaría con mirar a los sectores acomodados para tranquilizarnos. Pero no: también allí nacen menos hijos. Gente con casas espectaculares, autos de alta gama, colegios caros y vacaciones sofisticadas también tiene cada vez menos descendencia. De modo que la explicación puramente material se revela insuficiente. Hay algo más. Hay una moda cultural, un clima, una pedagogía tácita del desapego. Nos hemos convencido de que el ideal de realización consiste en prolongar indefinidamente la adolescencia, multiplicar experiencias, conservar opciones abiertas y reducir al mínimo aquello que ate, demande o limite. En ese esquema, el hijo aparece como interrupción del yo. Y como el yo moderno es una divinidad muy celosa, cualquier irrupción de alteridad real resulta sospechosa.
Se dirá que no se puede romantizar la maternidad y la paternidad, y es verdad. No hay que romantizarlas: hay que valorarlas. Que es muy distinto. Porque hemos pasado de un extremo al otro. Antes se podía caer en el mandato acrítico; ahora caemos en la desvalorización sistemática. Hoy una mujer con muchos hijos suele ser mirada como si hubiera cometido una excentricidad irresponsable. Y una pareja joven que decide formar familia temprano es observada con una mezcla de condescendencia y alarma, como si estuviera desperdiciando su capital simbólico. La maternidad heroica, la paternidad entregada, el esfuerzo cotidiano de criar, de sostener, de educar, ya no son admirados: son objeto de sospecha. Como si la generosidad hubiera pasado de moda.
A esto se suma otro fenómeno del que casi no se habla con la crudeza necesaria: la postergación biológica tiene límites. La cultura puede decretar que los 35 son los nuevos 25, pero la biología no detiene sus ciclos. La fertilidad tiene fecha de caducidad. El deseo de ser padres no siempre obedece al cronograma del posgrado, del viaje iniciático o del ascenso laboral. Y, sin embargo, seguimos empujando la frontera hacia adelante, como si la naturaleza fuera una funcionaria dócil de nuestros paradigmas. Después llegan la frustración, los tratamientos, la sorpresa de descubrir que no todo era tan reversible. Pero nadie quiso decirlo antes, porque decir ciertas cosas hoy parece de mala educación.
Y aquí entra otro asunto decisivo: la desaparición del proyecto familiar como ideal atractivo. No hablo solo del matrimonio en sentido religioso o jurídico. Hablo de algo más elemental: la formación de vínculos duraderos, la idea de construir junto a otro una vida que incluya hijos, responsabilidades y futuro. Faltan novios y novias, decía con razón la doctora María Lourdes González, con quien compartí hace unos días una mesa radial sobre este tema. Sobran conexiones, encuentros efímeros, relaciones líquidas, simulacros de intimidad. Pero escasea esa combinación de deseo, fidelidad y coraje que hace posible decir: quiero una vida con vos, y no solo un buen pasar contigo mientras dure la comodidad. Sin adultos que presenten la familia como algo valioso, sin una cultura que prestigie el compromiso, sin una comunidad que ayude a sostenerlo, el resultado está a la vista.
No se trata de moralina ni de nostalgia por un pasado idealizado que tampoco existió. Se trata de advertir que una sociedad que descree de la transmisión de la vida termina descreyendo, tarde o temprano, de casi todo lo demás. Porque los hijos no son únicamente un asunto privado. Son la forma más elemental de confianza en el porvenir. Son una apuesta por continuar. Son una refutación práctica del nihilismo. Cuando una comunidad deja de querer hijos, o empieza a considerarlos apenas una opción excéntrica, está diciendo algo más profundo que “la plata no alcanza”. Está diciendo que el futuro perdió atractivo.
Lo curioso es que, mientras discutimos estas cosas con tono sofisticado, la realidad sigue pasando factura. Escuelas con menos alumnos, una población cada vez más envejecida, sistemas previsionales asfixiados, soledades multiplicadas, hogares sin relevo generacional y una vida social que se va vaciando de infancia. Después nos enternecemos con perritos vestidos, con muñecos hiperrealistas, con sustitutos afectivos de toda clase. Todo muy simpático, sin duda. Pero bastante revelador también. Hay algo profundamente triste en una civilización que reemplaza vínculos exigentes por afectos a medida.
Tener hijos no garantiza virtud, sabiduría ni plenitud. Conozco padres espantosos y personas sin hijos de una enorme generosidad. No se trata de repartir certificados morales. Se trata de otra cosa: de reconocer que la renuncia masiva a la natalidad, cuando se vuelve clima cultural, no es un dato neutro. Es el síntoma de una sociedad fatigada de sí misma, absorbida por el cálculo, incapaz de celebrar la dependencia, el cuidado y el sacrificio fecundo.
Por eso conviene volver al punto de partida y admitir, aunque irrite a los biempensantes, que Sturla tocó un nervio real. Sí: estamos prefiriendo los perritos a los hijos. O, para ser más precisos, estamos prefiriendo todo lo que no nos comprometa demasiado. La mascota es apenas el emblema de una época que quiere ternura sin desvelo, compañía sin drama, afecto sin herencia, amor sin historia.
No sé si una sociedad así puede sobrevivir mucho tiempo. Pero sí sé que, si no recupera alguna forma de humanismo, de generosidad y de confianza en la vida, podrá tener muchas ventajas ocasionales, pero no futuro.
Iglesia Católica de Montevideo

