Escribe Fernando Aguerre, por la Archicofradía del Santísimo Sacramento.
En la procesión de Corpus Christi, que realizaremos el domingo 7 de junio, Jesús volverá a caminar entre nosotros como lo hacía por los caminos de Galilea. Pasará por las calles de Montevideo y nos invitará a seguirlo de cerca. Ese día, cuando celebremos la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, tendremos ante nuestros ojos el misterio del amor de Dios; podremos venerar su presencia y comprometernos a comunicar su palabra.
Con singular intuición en el año 2010, el papa Benedicto XVI decía: “Quiero afirmar con alegría que la Iglesia vive hoy una primavera eucarística”: ¡Cuántas personas se detienen en silencio ante el sagrario para entablar una conversación de amor con Jesús! Es consolador saber que no pocos grupos de jóvenes han redescubierto la belleza de orar en adoración delante del Santísimo Sacramento. Esta afirmación también se está haciendo realidad en Montevideo y en muchos lugares del país. Hay un número creciente de iniciativas de adoración a Jesús Eucarístico. Estar en silencio ante el Señor es una de las experiencias más auténticas de la vida cristiana, que hoy se vive con fuerza creciente. En el momento de la adoración todos estamos al mismo nivel, de rodillas ante el Sacramento del amor. Jesús se ha quedado en la eucaristía para remediar nuestra flaqueza, nuestras dudas, nuestros miedos, nuestras angustias; para curar nuestra soledad, nuestros desánimos; para acompañarnos en el camino; para sostenernos en la lucha. Sobre todo, para enseñarnos a amar, para atraernos a su amor. Por todo esto, comunión y contemplación no se pueden separar, van juntas. Acompañar a Jesucristo en la figura del pan por las calles de la ciudad es también saber dar razón de su amor.
En una homilía de Corpus Christi, el papa Benedicto explicaba el sentido de la procesión:
“Confiamos estas calles, estas casas ―nuestra vida cotidiana― a su bondad. ¡Nuestras calles son calles de Jesús! ¡Nuestras casas son casas para él y con él! Que nuestra vida de cada día esté penetrada por su presencia. Con este gesto, ponemos bajos sus ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes y de los ancianos, las tentaciones, los miedos, en síntesis, toda nuestra vida. La procesión quiere ser una bendición grande y pública para nuestra ciudad”.
La ciudad de Montevideo tiene una larga tradición de manifestaciones populares en torno a la eucaristía. La Archicofradía del Santísimo Sacramento, que desde 1744 conserva su sede en la Iglesia Matriz ―más tarde erigida en catedral―, tiene como misión honrar al Santísimo Sacramento y propagar esta devoción. Desde los primeros años de fundada la ciudad hasta 1898, las procesiones de Corpus Christi se llevaban a cabo en la plaza Matriz, con la sola interrupción de guerras y revoluciones. Desde ese año hasta 1908, el gobierno nacional impidió su realización. Eran tiempos difíciles, debido al conflicto entre la Iglesia y el Estado, que la constitución de 1918 pudo finalmente resolver. En 1908, Mons. Ricardo Isasa, Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Montevideo, decidió hacer la procesión por las calles que rodean al Colegio Seminario. Desde ese año la procesión comenzó a extenderse y en 1919 ganó la avenida 18 de Julio, en el recorrido que se mantuvo hasta hace pocos años. En 1934, cuando se celebró el XXXII Congreso Eucarístico Internacional en Buenos Aires, la procesión de Corpus Christi por las calles de Montevideo atrajo a unas 112.000 personas, según los cálculos de la prensa de la época. Desde 2019 la procesión se realiza por la avenida del Libertador hasta la Basílica Menor del Carmen, en la Aguada.
La Iglesia y el mundo tienen hoy más necesidad que nunca del culto público a Jesucristo en la eucaristía. Es la oportunidad de acompañarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar por las faltas graves que se comenten a diario. En particular por el ataque a la vida humana desde su concepción hasta su término natural, la guerra, el hambre de pan y de conocimiento. Para eso es necesario hacer efectiva la fe en su presencia en el pan consagrado. Como enseña la Iglesia, mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, en la santa misa, Jesucristo se hace presente en este sacramento admirable. Es necesario tratarlo con la misma naturalidad con la que tratamos a un ser querido, y pedirle que aumente nuestra fe.
La fe es una virtud sobrenatural que dispone nuestra inteligencia a aceptar y amar las verdades reveladas por Dios, a responder que sí a Jesús que nos ha dado a conocer plenamente la decisión del Padre de salvarnos. Pero, la fe, como escribió el papa Benedicto:
“… crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y alegría. La fe es viva cuando es operativa, cuando se manifiesta y lleva a elecciones concretas, a propósitos que orientan la existencia real del cristiano. Es viva cuando se nota en la vida de cada día, en el trabajo, en el estudio, en la vida de familia y en la amistad. El acto de creer no se limita a la aceptación de algunas verdades que tienen poco que ver con la vida, sino que, al contrario, el propio acto se refleja en la vida misma del cristiano, porque la fe comunica la vida sobrenatural, y permite pensar según la lógica de Dios.
En cambio, cuando la fe se debilita, tendemos a pensar en un Dios lejano, despreocupado de lo que ocurra a sus hijos. Cuando la fe es floja, se termina pensando en la religión como en algo agregado, que está por fuera de la vida diaria, que se atiende cuando no queda otro remedio. Cuando la fe palpita en el alma, se descubre, en cambio, que Jesucristo no es un personaje del pasado, un recuerdo, una tradición, sino que está vivo, hoy y ahora”.
En un mensaje del cuarto domingo de Cuaresma, el papa León XIV decía:
“La fe no es un acto ciego, un renunciar a la razón, una disposición de cierta convicción religiosa que nos lleva a alejar la mirada del mundo. Por el contrario, la fe nos ayuda a mirar desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos. Hay necesidad de tratarlo de tú, de mantener una relación personal con él. Esa santidad grande, a la que Dios invita, se construye en las cosas pequeñas de cada jornada”.
Hace algunas semanas el santo padre habló de la llamada universal a la santidad contenida en la constitución Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II:
“… cada uno de nosotros está llamado a vivir en la gracia de Dios, practicando las virtudes y conformándose a Cristo. La santidad, según la Constitución conciliar, no es un privilegio para unos pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a tender a la perfección de la caridad, es decir, a la plenitud del amor hacia Dios y hacia el prójimo.
La búsqueda de la santidad, que implica la unión con Jesucristo por el pan y la palabra, conduce al servicio de los demás, al deseo de que lo conozcan, porque no hay un bien mayor que él. Cuando se experimenta el amor de Dios se siente la responsabilidad por quienes viven junto a nosotros, es adquirir ojos y oídos nuevos”.
En un mensaje del año 2023, el papa Francisco recordó que todos los cristianos deben ser apóstoles, es decir, enviados, en una Iglesia que en el Credo profesamos como apostólica. En ese mensaje decía que un aspecto fundamental del ser apóstol es la llamada. Con el bautismo recibimos una vocación y una misión, es decir, el Señor nos llama para estar con él y para enviarnos a anunciar la Buena Noticia. Más adelante explicaba:
“… apóstoles no son solo los Doce discípulos que eligió Jesús, sino todos los bautizados, los que formamos el santo pueblo fiel de Dios… los que han recibido el sacramento del orden, como las personas consagradas, como cada fiel laico, hombre o mujer”.
Y terminaba diciendo a todos: “el tesoro que han recibido con la vocación cristiana, están obligados a darlo: es el dinamismo de la vocación, es el dinamismo de la vida”.
Jesucristo es la fuente y origen del apostolado en la Iglesia; en consecuencia, la fecundidad apostólica depende de la unión vital con él. Él es el tesoro a amar y a dar.
Más información
Los interesados en conocer las actividades de la archicofradía pueden participar en la misa del tercer domingo de cada mes, a las 11 horas, en la Iglesia Catedral o hallar información en el Instagram: @archicofradiasantisimosacra

