Recordamos con memoria agradecida al papa Francisco, quien partió a la Casa del Padre hace un año.
Hace exactamente un año, apenas abrían las noticias, los fieles se enfrentaron con el vacío. En algunos casos, el silencio fue total. Muchos otros recurrieron a internet para hacerse eco y despedirlo. Posteos en redes, cadenas por WhatsApp… todo cuenta.
Para los católicos, el mundo pareció detenido y sacudido a la vez. Porque hay primicias que sorprenden, que pegan duro y luego se desvanecen. Más aún cuando se trata de la partida terrenal del papa Francisco.
Era lunes temprano, cuando se escuchó la voz del cardenal Kevin Joseph Farrell, camarlengo de la santa romana Iglesia, con estas palabras:
“Queridos hermanos y hermanas, con profundo dolor debo anunciar el fallecimiento de nuestro santo padre Francisco. A las siete y treinta y cinco de esta mañana, el obispo de Roma, Francisco, regresó a la casa del Padre. Toda su vida estuvo dedicada al servicio del Señor y de su Iglesia. Nos enseñó a vivir los valores del Evangelio con fidelidad, valentía y amor universal, especialmente en favor de los más pobres y marginados. Con inmensa gratitud por su ejemplo de verdadero discípulo del Señor Jesús, encomendamos el alma del papa Francisco al infinito amor misericordioso del Dios Uno y Trino”.
La noticia comenzó rápidamente a expandirse. Miles y miles de entradas en la red, ríos de tinta por doquier y un apetito por las noticias que pareció casi voraz. Mientras sus exequias oficiales todavía no finalizaban, en algunos sitios ya especulaba con el futuro de la Santa Sede y se aventuraban en catalogar el legado de este papa transgresor y cercano, además de perfilar a distintos candidatos a sucederlo. Pero, también hay lugar para la reflexión, para las misas en sufragio suyo y para distintas convocatorias cuyo único fin fue pedir por su descanso en la casa del Padre y recordar su pontificado con memoria agradecida.
Santa misa en la Catedral
A pocos minutos de comenzar la misa, el interior de la Iglesia Matriz, Catedral Basílica Metropolitana, estaba atiborrado de gente. En la escalinata y atrio del templo ocurrió lo mismo. La circulación era densa, escasa, como era de esperarse en este tipo de convocatorias. Es complejo estimar la asistencia de fieles, pero había cientos y cientos de ellos, y muchos se conformaron con seguir la celebración de pie. También se apreciaron numerosos medios de prensa y reporteros gráficos, tanto locales como internacionales.
La escena era absolutamente previsible por el motivo de la convocatoria. Se trató de la santa misa que concelebraron los obispos del Uruguay para pedir por el descanso eterno del sumo pontífice y para dar gracias por su testimonio, su cercanía con los más pobres y el legado que le dejó a nuestra Iglesia.
Además de contar con la multitudinaria participación, la celebración organizada por la Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU) también tuvo la presencia de diversas autoridades nacionales y departamentales.
“Queridos hermanos todos. En nombre de mis hermanos obispos y de Mons. John, de la Nunciatura Apostólica (Kallarackal, secretario de la nunciatura) les damos las gracias, especialmente a diplomáticos, autoridades, el señor intendente (Mauricio Zunino, intendente de Montevideo), el expresidente Lacalle Herrera, legisladores, y también a representantes de otras comunidades cristianas y de la colectividad judía, que en estos días se han acercado para expresarnos su cercanía o que están aquí presentes. A los representantes de otros países hermanos, nuestra bienvenida a esta Catedral de la Inmaculada Concepción y San Felipe y Santiago de Montevideo”, fueron las primeras palabras de la predicación del Card. Sturla, quien esta vez optó por llevar una guía escrita de su homilía.

En la Iglesia católica, esta semana que se aproxima a su fin la llamamos octava de Pascua. El arzobispo de Montevideo explica que es “como un eco litúrgico de la noticia que desbordó el corazón de los discípulos de Jesús”: el Hijo de Dios verdaderamente ha resucitado. “Precisamente, al comienzo de esta semana de la octava pascual, el Señor ha llamado así al sucesor de Pedro, al papa Francisco, provocando una conmoción en el mundo y dolor en la Iglesia. Tanto cristianos como no cristianos lo han tenido como un referente, un líder o un padre. Las lecturas de la Palabra de Dios iluminan nuestro dolor y lo colman de la esperanza que brota de la resurrección de Cristo”, reflexionó en aquella oportunidad el cardenal.
El arzobispo pasó, entonces, a establecer un paralelismo entre cómo Pedro cumplió la misión que le había confiado Jesús (“confirmar en la fe a sus hermanos, acercarse al pobre, al enfermo y anunciarlo”), y el testimonio del santo padre. “Nos decía el papa Francisco hace doce años, en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, que fue como su programa de pontificado: ‘La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría’. Por otra parte, la compasión y la misericordia han sido dos notas características de su pontificado. Desde la elección del nombre de aquel pobrecillo de Asís cuya conversión estuvo ligada al encuentro con un leproso, un descartado de su época, hasta la visita que el papa realizó el jueves pasado, mostrando su fragilidad a la cárcel Regina Coeli de Roma, para manifestar su compasión y cercanía con los privados de libertad”.
“Hoy damos gracias a Dios por la vida del papa Francisco, y rezamos por su salvación eterna”
Card. Daniel Sturla
“El papa Francisco nos invitó desde el comienzo de su pontificado a salir, a ir al encuentro de nuestros hermanos que andaban descreídos o heridos por situaciones de pobreza, de injusticia, de dolor. Y el papa ha querido que este año santo, que inauguró la Nochebuena pasada, tuviera como lema Peregrinos de esperanza. Él lo vivió cabalmente a lo largo de su vida como cristiano, como laico, como jesuita, como compañero de Jesús, como sacerdote, como obispo, como papa. Ha culminado su peregrinación y ha sido un testigo de la esperanza de Cristo resucitado. Su testamento —sencillísimo— refleja la sobriedad de su vida, con pocas indicaciones referidas a su sepultura. Pero allí también se revela al hijo tierno de la madre bondadosa, a la que él amaba y en la que confiaba”, afirmó el arzobispo de Montevideo, haciendo mención al deseo del santo padre de ser enterrado en Santa María La Mayor en lugar de las criptas de la basílica vaticana.
“Hoy damos gracias a Dios por la vida del papa Francisco, y rezamos por su salvación eterna. No estamos reunidos para hacerle un homenaje, sino para pedir por él y encomendarnos a su santa Iglesia. Sabemos que este tiempo de sede vacante es delicado, por lo que redoblamos nuestra oración para que el Espíritu Santo ilumine a quienes compete la elección del sucesor de Pedro, para que, sea quien sea, continúe su misión: confirmar en la fe a sus hermanos”, concluyó.

Su vida antes de ser papa
El sacerdote jesuita argentino Jorge Mario Bergoglio se convirtió, a sus setenta y seis años, como el primer papa americano e integrante de la Compañía de Jesús. El portal web Vatican tiene disponible algunos aspectos centrales de su historia, sitio en el que basamos los datos a continuación.
Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936 en Buenos Aires, en el seno de una familia de inmigrantes piamonteses. Su padre, Mario Bergoglio, era contador y empleado en ferrocarril, mientras que su madre, Regina Sivori, se ocupaba de la casa y de la educación de sus cinco hijos.
Se diplomó como técnico químico, y posteriormente optó por el camino del sacerdocio e ingresó en el seminario diocesano de Villa Devoto. El 11 de marzo de 1958 pasó al noviciado de la Compañía de Jesús. Completó los estudios de humanidades en Chile y en 1963, al regresar a su país, se licenció en filosofía en el colegio San José, en San Miguel.
En 1964 y 1965 fue profesor de literatura y psicología en el colegio de la Inmaculada de Santa Fe, mientras que en 1966 enseñó las mismas materias en el colegio del Salvador en Buenos Aires. Entre 1967 y 1970 estudió teología en el Colegio San José, y obtuvo la licenciatura.
“El papa Francisco nos invitó desde el comienzo de su pontificado a salir, a ir al encuentro de nuestros hermanos”
Card. Daniel Sturla
Jorge Mario Bergoglio recibió su ordenación sacerdotal el 13 de diciembre de 1969, de manos del arzobispo Ramón José Castellano. Prosiguió su preparación en la Compañía de Jesús, de 1970 a 1971, en Alcalá de Henares (España), mientras que el 22 de abril de 1973 emitió la profesión perpetua.
De nuevo en Argentina, Bergoglio fue maestro de novicios en Villa Barilari en San Miguel, profesor en la Facultad de Teología, consultor de la provincia de la Compañía de Jesús y también rector del colegio.
El 31 de julio de 1973 fue elegido provincial de los jesuitas de Argentina, tarea que desempeñó durante seis años. Después reanudó el trabajo en el campo universitario y entre 1980 y 1986 fue nuevamente rector del colegio de San José, además de párroco en San Miguel. En marzo de 1986 se traslada a Alemania para ultimar su tesis doctoral, y los superiores lo envían al colegio del Salvador en Buenos Aires y después a la iglesia de la compañía, en la ciudad de Córdoba, bajo el rol de director espiritual y confesor.
Fue el cardenal Antonio Quarracino quien lo eligió como su estrecho colaborador en Buenos Aires, y el 20 de mayo de 1992 el papa Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Auca y auxiliar de Buenos Aires. Asimismo, el 27 de junio recibe en la catedral la ordenación episcopal de manos del purpurado.
Rápidamente, es nombrado vicario episcopal de la zona de Flores y el 21 de diciembre de 1993 se le encomendó la tarea de vicario general de la arquidiócesis. Por lo tanto, no generó sorpresa que el 3 de junio de 1997 fuera promovido como arzobispo coadjutor de Buenos Aires. Antes de nueve meses, a la muerte del cardenal Quarracino, le sucede como arzobispo primado de Argentina, el 28 de febrero de 1998. El 6 de noviembre sucesivo fue nombrado Ordinario para los fieles de rito oriental residentes en el país y desprovistos de Ordinario del propio rito.

Tres años después, en el Consistorio del 21 de febrero de 2001, Juan Pablo II lo creó cardenal, asignándole el título de san Roberto Bellarmino. Gran canciller de la Universidad Católica Argentina, es autor de los libros Meditaciones para religiosos (1982), Reflexiones sobre la vida apostólica (1986) y Reflexiones de esperanza (1992).
En octubre de 2001 fue electo relator general adjunto para la décima asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, dedicada al ministerio episcopal, encargo recibido en el último momento en sustitución del cardenal Edward Michael Egan, arzobispo de Nueva York, por motivo de los atentados terroristas que sufrió su país aquel 11 de setiembre.
Mientras tanto, en América Latina su figura se hace cada vez más popular. A pesar de ello, no pierde la sobriedad de trato y su estilo de vida riguroso, según se expresa en la mencionada biografía. Con este espíritu, en 2002 declinó el nombramiento como presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, pero tres años después fue elegido y más tarde confirmado por otro trienio en 2008. Entre tanto, en abril de 2005, participó en el cónclave en el que es elegido Benedicto XVI.
Como arzobispo de Buenos Aires planteó un proyecto misionero centrado en la comunión y en la evangelización, con cuatro objetivos principales: comunidades abiertas y fraternas, protagonismo del laicado, evangelización dirigida a cada habitante de la ciudad, y asistencia a pobres y enfermos. Bergoglio apuntó a reevangelizar Buenos Aires “teniendo en cuenta a quien allí vive, cómo está hecha, su historia”. Además, en setiembre de 2009 propuso un plan de doscientas obras de caridad en el marco del bicentenario de la independencia argentina, para desarrollarlo hasta 2016.
Hasta el inicio de la sede vacante, Bergoglio era miembro de las congregaciones para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, para el Clero, para los institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica; del Consejo Pontificio para la Familia y de la Comisión Pontificia para América Latina.
Momentos destacados de su pontificado
En la recordada noche del 13 de marzo de 2013, el mundo se paralizó cuando el cardenal Jean-Louis Touran anunció la célebre frase Habemus papam. En la Plaza de San Pedro, miles de personas recibieron el anuncio con alegría. Otros varios millones lo siguieron en simultáneo alrededor del mundo.
Instantes después, Bergoglio salió por el balcón a saludar al pueblo católico, en medio de un clima de sorpresa, desconcierto y alegría. Aquella noche, el papa que venía “desde el fin del mundo” pidió a los presentes que rezaran por él.
En su primera Semana Santa como obispo de Roma entregó una frase que quedó en el recuerdo, cuando, durante la misa crismal del Jueves Santo, les pidió a los sacerdotes ser “pastores con olor a oveja”.
Meses después, en agosto de 2013, Francisco viajó a Río de Janeiro para presidir su primera Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) como sumo pontífice. El evento finalizó con una misa con más de tres millones y medio de personas desde la playa de Copacabana. Y, claro está, con una nueva mención que recorrió el mundo y que fue sello de su pontificado: “¡Hagan lío!”. Posteriormente, Francisco también participó de las JMJ de Cracovia en 2016, Panamá en 2019 y Lisboa en 2023.

El año 2014 fue especial para Francisco y toda nuestra Iglesia, dado que dos de los últimos papas —Juan Pablo II y Juan XXIII— fueron canonizados el 27 de abril. Cuatro años después, más específicamente el 14 de octubre, sería el turno de otro pontífice del siglo XX, Pablo VI.
Al año siguiente, el papa Francisco participó del VIII Encuentro Mundial de las Familias que se desarrolló en Filadelfia, Estados Unidos, y entregó un recordado discurso ante el congreso estadounidense. También participó de otros dos encuentros de las familias: Dublín en 2018 y Roma en 2022.
En su papado, continuaron suscitándose hechos históricos. El 8 de diciembre de 2015, el santo padre proclamó el Año de la Misericordia y lo inició con la apertura de la Puerta Santa en la Catedral de Bangui (República Centroafricana), siendo la primera vez que un pontífice inició un jubileo fuera de Roma. También lo fue su visita a los Emiratos Árabes Unidos en 2019, por considerarse una importante participación en los procesos de paz de la zona.
Al año siguiente, el 27 de marzo de 2020 el papa Francisco presidió un momento de oración y envió una recordada bendición Urbi et Orbi desde el atrio de la Basílica de San Pedro, con motivo de la pandemia de coronavirus.
Las imágenes volvieron a recorrer el mundo. Así como sus cuatro encíclicas, sus siete exhortaciones apostólicas o las reflexiones que entregó en sus más de cuarenta viajes apostólicos a más de sesenta países, de los cinco continentes. De aquel papa cercano, que tomaba mate, que le gustaba el fútbol y que procuró durante su pontificado “armar lío”.
Parte de su legado
La partida terrenal de nuestro santo padre nos dejó innumerables anécdotas, declaraciones y reflexiones del sumo pontífice. Pero también nos entregó encíclicas, cartas apostólicas y documentos que valen la pena leer y releer.
En total, fueron cuatro las encíclicas que publicó el papa Francisco: Lumen fidei (La Luz de la fe) junto a Benedicto XVI, el 29 de junio de 2013; Laudato sí’ (Alabado seas), el 24 de mayo de 2015; Fratelli tutti (Hermanos todos), el 3 de octubre de 2020; y Dilexit nos (Él nos amó), el 24 de octubre de 2024.
En cuanto a las exhortaciones apostólicas, Francisco escribió las siguientes siete publicaciones: Evangelii Gaudium (sobre la evangelización), Amoris Laetitia (sobre el amor en la familia), Gaudete et exsultate (sobre el llamado a la santidad), Christus vivit (sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional), Querida Amazonía (sobre los sueños para la Amazonía), Laudate Deum (sobre el cuidado de la naturaleza, la ecología integral y la desigualdad de la humanidad) y C’est la confiance (sobre la importancia de la confianza a Dios, que es la que sostiene la vida. Documento basado en las reflexiones de Santa Teresa del Niño Jesús).
Carta encíclica Lumen Fidei:
Está destinada a los obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y a todos los fieles laicos. Nos muestra la fe en Jesucristo como una luz que es para todos.
En resumen, la encíclica, que comenzó siendo elaborada por el papa Benedicto XVI y fue culminada por el papa Francisco, busca reafirmar que la fe es como una luz que ilumina toda la existencia humana y nos sirve de guía para nuestra vida. La fe surge del encuentro con Dios, pero no es algo individualista, se comparte dentro de la comunidad y se complementa con el uso de la razón.
“La fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva, sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio. En efecto, «¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie?» (Rm 10,14). La fe se hace entonces operante en el cristiano a partir del don recibido, del Amor que atrae hacia Cristo” (LF 22).
Carta encíclica Laudato sí’:
Es un llamado de atención para todos —creyentes y no creyentes— para cuidar la creación, ante la amenaza de una crisis ambiental global. El documento nos muestra cómo la Tierra es afectada por el impacto del hombre, son síntomas visibles tales como: contaminación, cambio climático, agotamiento de recursos naturales, pérdida de biodiversidad y un largo etcétera.
¿Cuá es la propuesta de Francisco? Una visión en la que, a través del fundamento teológico, el ser humano sea custodio y no dueño de la creación, tomando conciencia de la importancia de respetar y cuidar la Casa Común, que es obra de Dios.
“…estamos llamados a reconocer que los demás seres vivos tienen un valor propio ante Dios y, «por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria», porque el Señor se regocija en sus obras (cf. Sal 104,31). Precisamente por su dignidad única y por estar dotado de inteligencia, el ser humano está llamado a respetar lo creado con sus leyes internas, ya que «por la sabiduría el Señor fundó la tierra» (Pr 3,19). Hoy la Iglesia no dice simplemente que las demás criaturas están completamente subordinadas al bien del ser humano, como si no tuvieran un valor en sí mismas y nosotros pudiéramos disponer de ellas a voluntad” (LS 69).
Carta encíclica Fratelli tutti:
Se focaliza en el valor de la fraternidad y la amistad como caminos para construir un mundo más social, justo y unido. De esta manera, el papa Francisco propone una fraternidad abierta, que sea transversal a las fronteras, razas, ideologías y religiones. El documento lo presenta en el marco de un contexto en el que identifica individualismos radicales, nacionalismos exacerbados, divisiones y guerras.
“Es verdad que una tragedia global como la pandemia de Covid-19 despertó durante un tiempo la consciencia de ser una comunidad mundial que navega en una misma barca, donde el mal de uno perjudica a todos. Recordamos que nadie se salva solo, que únicamente es posible salvarse juntos. Por eso dije que «la tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades” (FT 32).
Carta encíclica Dilexit nos:
Es la última encíclica del papa Francisco, y se aboca en el amor humano y divino del corazón de Jesucristo. Busca destacar la importancia de la devoción del Sagrado Corazón de Jesús y nos invita a seguirlo y descubrir su misericordia divina y la riqueza de su dimensión trinitaria.
“La devoción al Corazón de Cristo no es el culto a un órgano separado de la persona de Jesús. Lo que contemplamos y adoramos es a Jesucristo entero, el Hijo de Dios hecho hombre, representado en una imagen suya donde está destacado su corazón. En este caso se toma al corazón de carne como imagen o signo privilegiado del centro más íntimo del Hijo encarnado y de su amor a la vez divino y humano, porque más que cualquier otro miembro de su cuerpo es «signo o símbolo natural de su inmensa caridad»” (DN 48).
Iglesia Católica de Montevideo

