En una cultura marcada por la inmediatez y el relativismo, la formación del carácter se vuelve un desafío central para la educación. Josefina Calvete reflexiona sobre el cultivo de las virtudes, el papel de la familia y la necesidad de formar personas capaces de elegir el bien.
Mons. Gianfranco Gallone llegó a Uruguay después de una larga trayectoria en el servicio diplomático de la Santa Sede, con destinos tan diversos como Mozambique, Israel, India, Suecia, Zambia o Malawi. En este país pequeño del sur de América, el nuncio apostólico encontró algo que lo sorprendió especialmente: una fe discreta, menos visible que en otros lugares del continente, pero no por eso ausente. En esta entrevista, Mons. Gallone habla de lo mucho que le impactó la Patria Gaucha, de la fuerza de las expresiones populares de fe, del impacto que le produce ver a tantos jóvenes en la procesión de Corpus Christi y de la convicción de que, aun en una sociedad fuertemente laica, en Uruguay hay semillas vivas capaces de ofrecer algo valioso a la Iglesia universal.
Monseñor, usted ha querido acercarse a celebraciones muy nuestras. Recientemente presidió la misa en la Patria Gaucha. ¿Por qué quiso acercarse a esta festividad criolla?
Porque las fiestas populares siempre me han atraído. Me hacen revivir algo de mi infancia, de cuando era monaguillo y después seminarista. Todo lo que tiene que ver con el folclore, con los cortejos, con una manifestación popular, siempre ha tenido para mí una gran importancia, sobre todo cuando toca también la vida de la fe de una comunidad. En Tacuarembó me impresionó ver pasar los caballos, los grupos con sus vestimentas, los estandartes, y escuchar decir que allí estaba una parte de la identidad del Uruguay y que el Uruguay “nació católico”. Eso me dio mucho gusto: vivir un entusiasmo sencillo, pero al mismo tiempo cargado de identidad.
También ha estado presente en otras expresiones de fe popular, como la peregrinación a la Gruta de la Virgen de Lourdes, la peregrinación al Santuario de la Virgen de los Treinta y Tres en Florida o el Vía Crucis por las calles del Cerro. ¿Qué le dicen estas celebraciones sobre la fe uruguaya?
Me dicen que el uruguayo no ha perdido la necesidad de exteriorizar una experiencia interior. En un país donde la fe muchas veces ha sido empujada al ámbito privado, estas manifestaciones muestran que sigue existiendo una necesidad humana de expresar la devoción fuera del templo. La peregrinación, la procesión, el vía crucis, la visita a las siete iglesias: todo eso habla de una dimensión profunda de la persona. No ocurre solo en el cristianismo; las peregrinaciones y las manifestaciones de lo sagrado existen desde hace siglos en muchas culturas. El ser humano siempre ha sentido el deseo de salir, de caminar, de manifestar algo que lleva dentro.
¿Hubo alguna experiencia que lo haya conmovido especialmente?
Sí, la procesión de Corpus Christi. Me impactó mucho. La mayoría de quienes rodean la custodia, acompañan al cardenal y a los sacerdotes, cantan, rezan y se arrodillan, son jóvenes. Y lo hacen aunque llueva, aunque haya tormenta. Eso me impresionó profundamente. Ahí uno descubre algo que quizá no hace mucho ruido dentro de la sociedad uruguaya, pero que existe: jóvenes formados en la fe, en Montevideo y en el interior, que cuando se reúnen muestran una esperanza muy concreta para la Iglesia del Uruguay.
Después de este tiempo en Uruguay, ¿hay alguna tradición o rasgo de nuestra cultura al que le haya tomado especial cariño?
Bueno, me impactó mucho la Patria Gaucha. Pienso que es una fiesta que revela la verdadera identidad del Uruguay. No solo por quienes participan a caballo, sino por todo lo que se mueve alrededor: gente que viene del interior, que hace cientos de kilómetros, que alquila una casa o duerme en una carpa para estar allí. Eso me pareció algo muy genuino, distinto del ambiente de Montevideo. Cuando participo en actos oficiales, como los del 18 de Julio, miro con especial atención a los gauchos que aparecen al final del desfile: allí percibo una identidad muy fuerte del país. Después los historiadores podrán dar otras interpretaciones; yo doy la mía, la de alguien que mira por primera vez estas manifestaciones y queda impresionado.

¿Y hay algún aspecto de la idiosincrasia uruguaya que todavía le cueste comprender?
Me ha impactado mucho el problema del suicidio, especialmente entre los jóvenes. Me cuesta entender cómo en un país con una democracia consolidada, con tantos derechos reconocidos y con una vida institucional tan desarrollada, puede haber un sufrimiento tan grande. Cuando escucho hablar de esto y veo que incluso el gobierno lo plantea como una prioridad en salud mental, pienso que ahí hay una herida profunda. Yo no tengo una explicación completa, pero como sacerdote me pregunto si no falta también algo espiritual, algo sobrenatural, algo que ayude a sostener el deseo de vivir y dé sentido a la vida. Por eso pienso que mantener vivas ciertas raíces religiosas puede hacer bien.
Uruguay suele ser percibido como un país singular dentro de América Latina, en temas de religiosidad, un “sapo de otro pozo”. Al llegar, ¿qué fue lo que más le llamó la atención de nuestra forma de vivir la fe?
En términos de participación religiosa, se parece bastante a varios países de Europa. En ese sentido, lo sentí más cercano a Italia, Francia, Alemania o España que a otros países de América Latina, como Paraguay o Perú. En Paraguay, por ejemplo, he estado muchas veces y la vivencia religiosa popular es mucho más intensa y masiva. Aquí encontré una religiosidad más contenida, más silenciosa, pero no ausente. Esa fue mi impresión: llegar a América Latina y encontrar, en cierto modo, una sensibilidad más europea.
Su ministerio lo ha llevado por países muy diversos. ¿Qué le ha enseñado ese itinerario sobre la Iglesia y sobre el corazón humano?
Me ha enseñado que, en lo esencial, las personas son iguales en todas partes: rezan, lloran, se alegran, buscan sentido para su vida. También me enseñó que se puede encontrar una gran apertura espiritual en personas que no son católicas. Recuerdo una experiencia en Nueva Delhi: fui a una clínica para hacerme una ecografía y el médico, que era hindú, quiso que pasara por varias máquinas porque pensaba que la presencia de un sacerdote podía bendecirlas. Puede parecer un detalle curioso, pero a mí me quedó grabado como signo de un corazón humano abierto al misterio y a lo sagrado.
Entre tantos destinos, ¿hubo alguna vivencia que lo haya marcado especialmente?
Sí, Jerusalén. Haber vivido allí tres años y medio fue una experiencia extraordinaria. Desde la ventana veía el monte de los Olivos y la ciudad vieja. Poder rezar los salmos sabiendo que nacieron en esa tierra, recorrer los lugares del Evangelio, contemplar la geografía que vieron los profetas, Jesús, la Virgen y los apóstoles, es algo que deja una huella muy profunda. Pero también me marcó la contradicción de Jerusalén: ser el lugar de la salvación y, al mismo tiempo, un lugar herido por divisiones, tensiones y conflictos, incluso entre comunidades cristianas. Esa convivencia entre gracia y fractura me impresionó mucho.
La vida de un diplomático de la Santa Sede tiene mucho de vida misionera: desarraigo, cambios, adaptación constante. ¿Cómo vive esa dimensión de su vocación?
Siempre traté de mantener vivo un consejo que me dio mi padre espiritual: no dejar que la vida diplomática desgaste la vida interior. Me dijo que cuidara los tiempos de oración y que estuviera siempre disponible para la gente. Yo he tratado de vivir así. En todos los destinos diplomáticos, busqué conservar alguna actividad pastoral o misionera. En Mozambique, por ejemplo, me ha tocado bautizar a cientos de adultos. Para mí es muy importante no reducir la vocación a lo protocolar o institucional, sino mantener viva la dimensión sacerdotal.
Después del tiempo vivido aquí, ¿qué cree que Uruguay puede ofrecer hoy a la Iglesia universal?
Mucho. Pienso, sobre todo, en las vocaciones que están creciendo de manera silenciosa. Me impresiona ver a jóvenes que dejan proyectos personales, estudios, incluso una profesión, para seguir a Cristo. En una sociedad muy laica, eso tiene una fuerza especial. Uruguay puede ofrecer el testimonio de una Iglesia pobre, sencilla, sin poder mundano, pero donde algo vivo está creciendo. También me impactan las familias jóvenes, los niños, experiencias como la del Rosario de Bendiciones para la Familia en la Rambla. Allí veo una fe sincera, no de ostentación, sino profunda. Y eso puede ser un ejemplo para la Iglesia universal.
¿Tiene algún deseo particular respecto de una eventual visita del santo padre a Uruguay?
Sería una gran alegría para muchos uruguayos, especialmente para quienes no pueden viajar a Roma. Lo hemos conversado, se confirmará en un tiempo próximo. Una visita del papa sería una cercanía muy concreta, un signo de aliento para esta Iglesia y también una confirmación en la fe. Yo la espero con mucha esperanza.
Mons. Gianfranco Gallone
Nació en Ceglie Messapica (Brindisi, Italia) el 20 de abril de 1963.
Fue ordenado sacerdote el 3 de septiembre de 1988, quedando incardinado en la Diócesis de Oria (Italia).
Es Doctor en Derecho Canónico.
Entró al servicio diplomático de la Santa Sede el 19 de junio de 2000 y ha prestado sus servicios en las nunciaturas apostólicas de Mozambique, Israel, Eslovaquia, India, Suecia y en la Sección para las Relaciones con los Estados, de la Secretaría de Estado.
El 2 de febrero de 2019 fue nombrado arzobispo titular de Mottola y nuncio apostólico en Zambia y el 8 de mayo de 2019 fue nombrado también nuncio apostólico en Malawi.
En 2023 el papa Francisco lo nombró nuncio apostólico en la República Oriental del Uruguay.
Lenguas que conoce: italiano, español, portugués, eslovaco e inglés.
Iglesia Católica de Montevideo

