Sobre el Monasterio de la Visitación y las monjas salesas, o visitandinas. Decimotercer artículo de la serie, por el Pbro. Gonzalo Abadie.
El vapor La Francia parte desde Marsella rumbo a Río de Janeiro iniciando “el gran viaje”. En su interior se han embarcado tres congregaciones religiosas reunidas inicialmente en los muelles de Génova: las Salesas (cinco monjas contemplativas procedentes del Monasterio de Milán, lideradas por la madre Radice); las Hijas de María (ocho hermanas de caridad, a cuya cabeza se encontraba la madre Podestá, pertenecientes a un joven instituto con sede en Chiavari), destinadas a Montevideo; y una quincena de franciscanos, capitaneados por el padre Pellicci, venidos de Roma, que se dirigían a la ciudad de Salta, en la Argentina.
El padre Isidoro Fernández coordinaba la misión, la cual respondía a distintos encargos. El Gobierno uruguayo le había confiado traer una congregación de hermanas de caridad, con el fin de administrar el Hospital de la capital (actual Hospital Maciel); un grupo de mujeres, guiadas por las tenaces García de Zúñiga, conseguir monjas salesas para fundar un monasterio de clausura, también en Montevideo. Y probablemente, Isidoro Fernández, sacerdote de Salta, habría recibido la encomienda de llevar franciscanos a su tierra. Seguimos las distintas escalas: Málaga, Lisboa, Tenerife, Pernambuco, Bahía… Las charlas en los camarotes o en cubierta. Y la celebración de la santa misa.
El vapor la Francia, que debía llevarnos hasta el Río Janeiro, era uno de los más hermosos. Los dos camarotes que nos fueron destinados eran no solo anchos y cómodos, mas también apartados, de modo que no éramos de ninguna manera molestadas. Muy cerca estaban nuestras queridas compañeras de viaje, las Hijas de María.
A medianoche el vapor dejó el puerto de Marsella. Estábamos en número de 27 los que navegaban por el servicio de Dios. Así nos prometíamos con confianza su protección. Esta no nos faltó, como los acontecimientos que siguieron lo van a mostrar.
Una ligera tempestad señaló el ingreso del golfo de León, pero desde entonces los vientos no nos dieron otra molestia sino la de dar más sacudidas, muy fuertes, al navío. Nuestros estómagos estuvieron en un continuo trastorno, sin poderse nunca acostumbrar al mar. Pero era preciso sufrir algo a trueque de los innumerables peligros de que el buen Dios nos preservaba. No fuimos privadas de alivio aún por ese lado.
Como era preciso consentir a la comodidad de los negociantes, se hicieron muchas estaciones, las cuales parecían contrariarnos, porque alargaban nuestro viaje, pero nos eran muy provechosas para sostener el trabajo que él nos causaba.
Llegadas a Málaga, bajamos del vapor para ir a la iglesia y recibir el pan de los fuertes. Después nuestro Ananías [referencia al Pbro. Isidoro Fernández] nos llevó a un famoso Hospicio de Hermanas de Caridad, las cuales nos rodearon de tantas atenciones y cordialidades, que nos parecía encontrarnos en un Monasterio de la Visitación, a pesar de que no comprendíamos casi nada del español, y ellas recíprocamente poco entendían del italiano, pero los corazones sabían hacerse comprender bastante.
Nos mostraron su vastísimo Hospicio. Ellas no eran más que 13 hermanas, y sin embargo cuidan de 400 huérfanos y huérfanas desde la cuna hasta poderlos colocar. Observamos las diferentes ocupaciones de estos niños y niñas, todos empleados según su capacidad. ¡Qué prodigios de caridad!
En seguida, prosiguiendo nuestro viaje, pasamos con tanta felicidad el estrecho de Gibraltar, que no nos apercibimos de lo difícil que se nos decía que era tal paso. Nos hicieron hacer un turno vicioso subiendo desde Gibraltar a Lisboa. Pero cómo expresar lo que padecieron nuestros corazones cuando fuimos intimadas, por una medida prudencial, a no salir, porque aquella ciudad estaba aún atacada de un resto de cólera.
Imaginad un pobre sediento que se muere de sed a vista del agua, y tendréis una idea de nuestra situación.
En el curso de aquellos dos días la buena madre Francisca de Sales Ferreira [?] quiso deshacerse en cordialidad con nosotras por medio de cartas y obsequios, pero esto mismo hacía nuestra privación más penosa. ¡Ojalá que nuestra unión cause a nuestros santos fundadores otro tanto de gozo, cuanto fue para nosotras ocasión de penas y sacrificios!
Siguiendo nuestro viaje el 8 de setiembre, día del nacimiento de la Virgen, en que hubo comunión general de los RR. PP. franciscanos y de las religiosas, precisamente durante la celebración del santo sacrificio, pusieron el áncora en el puerto de Tenerife, donde estacionaron dos días, después de los cuales, por 15 días continuos, no vimos otra cosa sino cielo y agua.
Se deseaba hacernos evitar pasar la línea en un tiempo próximo al equinoccio. Se habían aun tomado para ello todas las medidas, pero aquel Señor, que nos llevaba de la mano a las extremidades del mar, quiso hacernos comprender que no era sobre nuestras previsiones, sino sobre su protección que debíamos apoyarnos.
Unos vientos contrarios durante algunos días cortaron las alas al buque, que se halló sobre la línea precisamente a medio día del 20 setiembre. Los vientos nos acompañaron todo el tiempo en que nos hallábamos en la zona tórrida. Pero lejos de quejarnos, debemos a ellos que mitigaron el calor, que sin ellos hubieran pasado considerablemente los 33 grados a que llegaba aun en la cámara.
Como estamos en el paso de la línea, diremos una palabra de una extraña costumbre de los marineros en esos días: esto es, la de echar a manos llenas, y con ceremonias ridículas el agua del mar sobre los pasajeros, en señal de alegría.
Como fuimos prevenidas de esto, nuestra madre rogó al Sr. capitán se sirviese exceptuarnos. Él nos lo prometió, y su orden contuvo a los marineros, en respeto.
Esta fiesta marinesca se acabó con una colecta, en que reunieron 160 francos. En seguida fue preciso a nuestra madre acceder al parecer del Sr. Fernández, el cual distribuyó de su mano, a cada marinero, unos pequeños objetos de devoción. Ella lo hizo a condición de que él mismo se hallara presente en esta distribución. Él, pues, tuvo el cuidado de reunir a esa buena gente, y cada uno de ellos, acercándose por su turno, parecía recibir con gusto o una medalla o un rosario, que era todo lo que podíamos darles en recompensa de su moderación.
Los sirvientes del buque pidieron que no los olvidasen en esta repartición, y nuestra buena madre, muy gustosa, satisfizo a todos. El Sr. capitán, que nos tuvo siempre muchas atenciones, pidió religiosamente tener parte con su gente en nuestras oraciones; esto era lo que ya hacíamos todos los días, porque ¿no es un deber para una salesa el interesarse en la salvación de su prójimo? ¿Y cuál medio más proporcionado a su pobreza, más conforme a su estado, sino la oración?
¡Qué largos fueron los 15 días en los cuales nunca nos fue concedido el ver ninguna habitación terrestre! Una noche fuimos un poco atemorizadas porque el agua entró furiosamente por la ventanita de nuestro camarote, pero no pasó de un corto susto.
Finalmente el 23 de setiembre arribamos a Pernambuco, donde el navío La Francia sirvió de asilo a algunos infelices que habían hecho naufragio.
A pesar de eso, el número de los pasajeros nunca fue demasiado grande, de modo que pudimos juntarnos, fuera arriba en cubierta, fuera en la cámara con las Hijas de María. Una parte estaba exclusivamente reservada a las religiosas, y la otra estaba ocupada por los RR. PP. franciscanos y los otros señores.
Allí hacíamos nuestras pequeñas conferencias con aquellas buenas Hermanas, cuya generosidad, junto con la más amable alegría, nos hacía repetir: Ecce quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unum [“Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos”: Sal 133, 1].
Allí también era donde el Santo Sacrificio se celebraba todos los domingos y días de fiesta: un silencio religioso reinaba en todas partes en esos momentos augustos, y nos hacía sentir todo lo que tiene de imponente y consolador, al mismo tiempo, la presencia de Aquel que manda los vientos y el mar. Este beneficio inapreciable no nos faltaba tampoco en los días de trabajo. Entonces el pequeño altar (obsequio de nuestra muy amada madre de Milán), se erigía en un camarote, ¡y cuál debía ser el asombro de nuestros buenos ángeles viendo aquella majestad infinita, que el cielo no puede comprender, reducirse por el amor de nuestras almas en un tan pequeño espacio, y no desdeñar aquella morada tan pobre, tan reducida, él, que quiso en la ley antigua un templo magnífico…!
¡Oh!, nada es comparable a lo que probábamos en esos instantes deliciosos, en que teníamos la dicha de participar de los divinos misterios por medio de la S.ª comunión, dicha que nos era común con las hermanas Hijas de María.
Es verdad que el mareo nos obligaba muchas veces a contentarnos con la comunión espiritual, pero era siempre un gran privilegio el poder asistir a la S.ª misa.
Estábamos deudoras de esta gracia al fervor de don Isidoro Fernández, que habiéndose munido de las licencias necesarias, no dejaba pasar algún día sin ofrecer al Eterno la víctima de propiciación. Él no se acobardaba de ningún modo por la agitación del mar, al punto de que celebraba aun cuando parecía imposible el tenerse en pie. La oscilación era a veces tan violenta, que él mismo juzgaba imprudente el celebrar: ¿qué haría entonces? Prefería quedarse en ayunas, hasta que viniese un momento más sosegado, antes que renunciar a la celebración del Santo Sacrificio. Así es que pasamos muy pocos días sin asistir a él a contar desde el 29 de agosto, hasta el 24 de setiembre en que abordamos el puerto de Bahía.
Serie completa sobre el Monasterio de la Visitación y las monjas salesas o visitandinas
Primer artículo: El manuscrito
Segundo artículo: Encender el fuego divino en la Patria Vieja
Tercer artículo: Sor Luisa Benedicta Gricourt
Cuarto artículo: Todo se volvió en nada
Quinto artículo: El P. Isidoro Fernández
Sexto artículo: Un terrible huracán
Séptimo artículo: Pío IX: otra vez Montevideo
Octavo artículo: El enemigo no dormía
Noveno artículo: Pío IX: “Lo que hemos oído personalmente”
Décimo artículo: El sacrificio: 5 de agosto de 1856
Undécimo artículo: Dieciocho días de espera
Iglesia Católica de Montevideo


1 Comment
Muy lindo el relato❗ gracias❗