Una de las principales tradiciones uruguayas tiene un vínculo estrecho con la fe católica: la historia de san Benito de Palermo, Barrio Sur y lo “increíble” de la misa a son del tamboril.
Cuando el atardecer cae sobre el Barrio Sur, los rinconcitos de aquel trozo de la ciudad se tiñen de un amarillento pálido. En la esquina de Carlos Gardel y Curuguaty, sin embargo, los tonos blanquecinos tienen un riguroso contraste con los murales coloridos que dan la bienvenida a la “cuna del candombe”. El escobero, la mama vieja y el gramillero están ahí, pintados, junto a los tambores y personajes emblemáticos del barrio que ya no están. Pero están.
Es que, nunca mejor dicho, allí las paredes hablan. Se escuchan. Son expresión de un sonido de una tradición que, esa misma tarde, en un no muy lejano abril, está haciéndose sentir en la puerta de la parroquia San José y Maximiliano Kolbe. En la explanada del templo, conocida comúnmente como Conventuales, un grupo de personas hace sonar el emblemático sonido del candombe. Hay chico, repique y piano. Integrantes de una comparsa y un sacerdote.
La escena es apenas la antesala de una celebración. Adentro, el ritmo cruza el umbral y se instala. Los tambores se hacen lugar pegados a una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y al Jesús de la Divina Misericordia. Ya no uno, sino dos religiosos, acompañan con guitarras. Canciones como “Cristo está conmigo” y “Señor, te damos gracias” se escuchan al compás del tamboril. Es una misa hecha candombe.
“Muchos quedaron como wow porque es la música de tu barrio dentro de tu creencia. Y funcionan juntos”, dice el director de la comparsa Cuareim 1080, Wellington Silva Barrios, que tiene una imagen de la Medalla Milagrosa tatuada en uno de sus brazos. El P. Mauro Fernández, que participó de aquella celebración como un componente musical más, recuerda con alegría: “estuvo buenazo, fue increíble”.
Toda esta remembranza podría ser apenas una anécdota, a lo sumo una evocación pintoresca, pero es, sobre todo, un buen reflejo del vínculo estrecho que une la fe católica de estas tierras con el candombe, esta expresión artística de canto, danza y toque de instrumentos que tiene un sonido original y único de este rincón del sur, pero una raíz al otro lado del Atlántico.

Los esclavos, el candombe y san Benito de Palermo
Sobre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, el puerto de Montevideo fue testigo de la introducción de unos cuantos miles de esclavos provenientes de distintas regiones de África, cada uno con su idioma, su religiosidad y su forma de vivir su cultura.
El candombe fue el resultado de toda esa combinación. Más aún, en términos del historiador Oscar Montano, fue “la válvula de escape a la tragedia que (los esclavos) enfrentaban, una forma de sentirse vivos”. Aquellos rituales acompañados de música y danza eran, de algún modo, la única conexión con la tierra que les había sido arrebatada. No en vano los primeros toques se daban en la bahía montevideana, mirando el horizonte.
“Nosotros veníamos de África, en un barco, con una forma de comunicarnos distinta y no sabíamos de dónde eras vos, ni en qué creías. Pero cuando llegamos acá, nos quedamos nosotros dos. Empezamos a hablar español como pudimos, pero lo que sí teníamos adentro era la música. La música no cambió”. El relato de Silva Barrios es en primera persona porque es ‘su historia’. La de sus ancestros, sí, pero la suya también. Aunque no la haya vivido.
Sin embargo, la música no fue lo único que sobrevivió al desarraigo. También lo hicieron, aunque transformadas, las formas de creer. Lejos de desaparecer, las cosmovisiones africanas se reconfiguraron en el contexto colonial y ese proceso encontró un punto de anclaje en la figura de san Benito de Palermo, un fraile franciscano negro nacido en Sicilia en 1526 e hijo de africanos esclavizados.
“(Los esclavos) veían reflejado en Benito los atropellos y las injusticias de que habían sido objeto, pero también recibían de él el aliento necesario para superar las crueldades humanas, asociando su dolor y su desamparo al misterio del Señor crucificado. Para todos ellos, Benito era un modelo y un intercesor”, explica el fray Sebastián Montero en una investigación titulada San Benito de Palermo… ¿y del candombe?, que realizó hace varios años motivado por las clases del cardenal Daniel Sturla en la Facultad de Teología.
En conversación con Entre Todos, Montero explica que aquel estudio permitió incluso encontrar algunos documentos que mencionaban el primer candombe en la procesión de Corpus Christi y de la mano de Benito. Otros registros también ubican estas expresiones artísticas en las fiestas de Resurrección, de la Virgen del Rosario y de San Baltasar.
En cualquier caso, el fray Sebastián asegura que el santo siciliano “dejó una huella profunda en la comunidad de esclavos y permitió con su testimonio el acercamiento a la celebración litúrgica del catolicismo colonial, aportando lo propio de la cultura afro”. El director de Cuareim 1080 vuelve a tomar la primera persona del plural y dice que “nos identificamos con él porque es la historia de no tener, pero creer que sí vamos a poder”. El color de piel también ayuda en esa vinculación, señala el artista.
De ahí viene la experiencia de aquella misa candombera, en torno a la celebración de San Benito, y también de ahí se explica el acompañamiento de la comparsa en algunas procesiones realizadas en homenaje al santo siciliano los 3 de abril. “Nosotros vamos y ponemos la música porque es una forma de que nuestra comunidad, nosotros y la Iglesia, sigamos celebrando a san Benito”, explica Silva Barrios a Entre Todos.
«Nos identificamos con san Benito de Palermo porque es la historia de no tener, pero creer que sí vamos a poder»
Wellington Silva Barrios
El cura de la comparsa
El sacerdote Mauro Fernández siempre creyó que el candombe “es parte de ser uruguayo”, por eso comenzó a tocar a los dieciocho años. Sin embargo, luego de entrar al seminario abandonó esa práctica, y las responsabilidades de su ministerio lo hicieron alejarse de ese mundo que tanto admiraba. Pero “las vueltas de la providencia” ―según él mismo describe― hicieron que un día llegara de la mano de Agó Páez Vilaró a pintar los tambores de Cuareim 1080.
Esa experiencia revivió “un montón de cosas” que habían quedado atrás e impulsó un pedido que a las pocas horas se hizo realidad: formar parte de esa fiesta. Allí estaba, un cura, tocando el tambor por Isla de Flores en el Desfile de Llamadas. “Fue una experiencia única, una de las cosas más bonitas que me ha tocado vivir y compartir”, recuerda el sacerdote a Entre Todos.
Aquella situación fue el puntapié de un vínculo entre él y la comparsa que se mantuvo por varios años y del que Fernández tiene un grato recuerdo. “Siempre me trataron como uno más y yo tampoco pretendía otro trato que ese: el de ser un montevideano más y formar parte de una de las expresiones culturales más bellas de nuestro país”, asegura el religioso desde Madrid, donde se encuentra estudiando una licenciatura en Evangelización y Catequesis.
Silva Barrios, en tanto, explica que la apertura con el P. Fernández es una muestra de que la comparsa es, principalmente, “un lugar de puertas abiertas, un grupo de personas” donde “todos somos lo mismo”. “Acá estamos yo, que soy músico, y el que está al lado mío es doctor. Y después está el padre, el fray, y el otro que es estudiante. Y el que es católico se siente cómodo, pero si hay alguien que es ateo, también. Porque en ningún lugar se impone, pero tampoco se deja de charlar”, asegura.
Fernández, que a partir de agosto será párroco de María Reina de la Paz, cuenta también que esos años fueron muy iluminadores para su ministerio sacerdotal. “El salir al encuentro de la gente donde está, sin estrategias y en su cancha, es de las experiencias misioneras más hermosas, porque te conectan con la gente real, en su contexto, para desde allí, desde cada historia de vida, poder descubrir y anunciar que Jesús está cerca de cada uno de nosotros”.

Un vínculo que va más allá
Históricamente, la cercanía especial también ha jugado a favor del vínculo entre la Iglesia y los primeros descendientes de los esclavos. Apenas unas cuadras separaban los Conventuales ―donde hay una imagen de san Benito de Palermo― de los conventillos Mediomundo y Ancina.
Pero esa proximidad geográfica podría entenderse, aún más, como una metáfora de un vínculo que hoy tiene expresiones de solidaridad y trabajo mancomunado entre ambas organizaciones. Desde hace varios años, los jóvenes que viven en la residencia universitaria de los Conventuales apoyan a la Asociación Cultural Cuareim 1080, que además de ofrecer talleres de danza o toque, lleva adelante un merendero y una olla popular.
Los jóvenes, que en su mayoría son estudiantes del interior, proponen espacios de apoyo escolar para los gurises del barrio, se suman a picar verduras, servir los platos y organizar a quienes llegan. Es una presencia constante que, según reconocen desde Cuareim 1080, “ayuda muchísimo”.
Ese signo de comunión barrial es expresión viva de lo que la asociación quiso ser desde un principio. Según Silva Barrios, sus padres, Margarita Barrios y Waldemar “Cachila” Silva ―ambas figuras emblemáticas del carnaval uruguayo―, estaban convencidos de que el candombe “tenía que trabajar para que la comunidad estuviera mejor”, por lo que ahora tratan “de seguir manteniendo la fe” y de que “la gente pueda seguir avanzando”. “Es un camino súper difícil, pero estamos comprometidos”, explica, y enseguida agrega: “¡Y los Conventuales nos dan una mano bárbara!”.
Quizás por eso, el artista se anima a decir que hoy por hoy les va “bien”, aunque han pasado por “un sinfín de dificultades”. “Estamos felices”, dice antes de enlentecer meticulosamente sus palabras. “Por eso le seguimos dando las gracias a san Benito… y a san Patricio también, del que mi padre era muy devoto”.
El fray Sebastián es aún más elocuente y, al ser consultado por el significado personal que tiene la vinculación del candombe, san Benito y la fe, le surge una oración improvisada: «Cuando se acercan “Las llamadas”, cuando Barrio Sur se llena de gente que de diversas maneras busca a Dios aun sin saberlo, cuando suenan los tambores por el barrio al compás de las campanas que llaman a misa cada domingo, veo a Benito, esperando a su gente, aguardando su fiesta, la procesión de los suyos con tambores que confían en su intercesión, sus flores violetas como ofrendas de sus fieles. Y digo: “San Benito, camina y baila por nuestro barrio, despiértanos a la misión sencilla, llévanos por el camino del Evangelio y las bienaventuranzas, llévanos a Jesús, aquel que te ganó el corazón y quiere ganar el corazón de todos”».
Iglesia Católica de Montevideo

