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Don Jacinto Vera, un regalo de Dios a nuestra Iglesia

por Laura Álvarez Goyoaga

El pasado domingo 2 de agosto fue un día solemne, importante, que nunca va a borrarse de la memoria de quienes tuvimos la gracia de estar, ­­a partir de las once de la mañana, en la Catedral de Montevideo colmada de público. Fue también un día de alegría, para celebrar, para estar agradecidos: el Arzobispo de Montevideo, Cardenal Daniel Sturla, junto a los obispos de las diócesis del país, el Nuncio Apostólico en Uruguay, Mons. George Panikulan, sacerdotes, diáconos y seminaristas, y el pueblo de Dios allí presente, celebraron la eucaristía de acción de gracias por los 150 años de ordenación episcopal de nuestro obispo santo: el hoy Venerable Jacinto Vera. Luego de la misa se llevó a cabo la sesión de apertura del tribunal que investigará un presunto milagro atribuido a su intercesión, el cual, de comprobarse, al fin nos permitiría alcanzar su beatificación.

Hace 150 años

Un aniversario ­­­más significativo —por su número—, de la ordenación episcopal de Jacinto, que tuvo lugar en el mismo templo, entonces conocido por todos como la Iglesia Matriz, el 16 de julio de 1865, fiesta de la Virgen del Carmen.

Un aniversario más, y a la vez un momento histórico único, diferente. Un punto de inflexión en el largo camino de Jacinto a los altares, que sella con broche de oro tres años intensos, desde que en el 2012 fuera presentada en Roma la Positio para su causa de canonización, que tantos años se demoró en alcanzar.

Todavía no nos habíamos recuperado de esa emoción cuando, el 6 de mayo de este año, el mismo día en que se cumplían 134 años de su fallecimiento, Jacinto Vera fue declarado “Venerable” por el Papa Francisco, en reconocimiento de sus virtudes heroicas. Esa mezcla de historia y vida cotidiana, de alegría y solemnidad, de cercanía y reverencia, estaba plasmada en la emoción del rostro de todos y cada uno de los presentes el domingo 2 de agosto, en nuestra Catedral.

«El primer hijo de esta tierra»

Era sin dudas un día especial. Esa “Iglesia santa, Pueblo de Dios vivo y presente, hecha carne, realidad visible hoy en esta asamblea como en tantas asambleas eucarísticas que se reúnen en el día del Señor, a lo largo y ancho del mundo”, en palabras del Cardenal Sturla, era testigo de un momento que marcaba la historia uruguaya: “…obispos del Uruguay, sacerdotes y fieles, por pura gracia, estamos reunidos para celebrar esta eucaristía en torno al altar del Señor, haciendo memoria de Cristo y de su presencia en la historia concreta de esta Iglesia particular que peregrina en nuestra tierra. Celebramos 150 años que en esta Iglesia Matriz fue consagrado obispo el primer hijo de esta tierra, el Venerable Siervo de Dios Jacinto Vera”.

Don Jacinto Vera es el padre de la Iglesia en el Uruguay. Vivió el Evangelio de manera heroica. Modelo de santidad a la uruguaya, fue protagonista indiscutido de la Historia Nacional, aunque los libros en que estudian hoy nuestros niños y jóvenes casi no lo recuerden. Sacerdote, pastor, misionero, mostró condiciones excepcionales y dignas de contar en muchos aspectos de su vida y obra.

Por eso, vale la pena conocerlo cada día un poco más. Por eso, mientras compartía en emotiva comunión esa celebración tan significativa, como seguramente le ocurrió a muchos de los asistentes, los hechos y las palabras trajeron en su vuelo recuerdos y anécdotas para compartir.

Un gaucho devoto de María

Nuestro primer Obispo era hijo de inmigrantes. Predestinado desde su nacimiento a ser misionero, fue concebido en Europa, en las Islas Canarias, donde sus padres residían y habían contraído matrimonio. Cuando, junto a sus hijos mayores, se embarcaron en busca de un futuro prometedor hacia América, Jacinto nació en el océano, a bordo del barco el 3 de julio de 1813, y fue bautizado en Florianópolis, donde la familia debió hacer una escala en el viaje debido a los conflictos armados que tenían lugar en su proyectado puerto de destino: la que entonces era la Provincia Oriental, y es hoy la República Oriental del Uruguay.

Finalmente, firmada la paz, llegaron a instalarse en un campo del departamento de Maldonado, donde tras varios años de trabajo sacrificado, consiguieron ahorrar lo suficiente para comprar su campo propio en la zona de Toledo, en el que luego sería Departamento de Canelones.

Creció como un niño gaucho, inmerso en las costumbres locales, que mantendría incambiadas por el resto de su vida y su ministerio: usaba poncho, chiripá y botas de potro; tomaba mate; era un hábil jinete que se trasladaba a caballo con la destreza del baqueano, el conocedor del medio rural donde transcurría su día a día. Campesino laborioso, al mismo tiempo fue un excelente exponente de la llamada viveza criolla y la garra charrúa en el buen sentido: fuerte, con gran inteligencia práctica, bromista, famoso por el sentido del humor, encantador al decir de quienes lo conocieron, de grandes amigos y profundos lazos familiares.

Su familia católica y devota, participaba y disfrutaba de las funciones religiosas —como se llamaban en su época— celebradas en la capilla de la zona rural donde vivían. “La fe cristiana es don de Dios que recibimos a través de personas vivas: nuestros padres, abuelos, catequistas, sacerdotes. No se trata de recibir un libro, o un paquete; se trata de una voz viva que nos dice, nos enseña, nos manifiesta, la alegría del amor de Dios”, recordó el Cardenal en su homilía de ese domingo tan significativo.

«Tú no puedes, Jacinto»

Jacinto vivió la fe desde la infancia, en el día a día de la vida familiar. El Uruguay que lo vio crecer recibió importantísimas olas inmigratorias provenientes principalmente de España e Italia, que multiplicaban la población, conservando su fe e incorporando los valores de la cultura a la que se integraban. La familia de Jacinto le transmitió la devoción a Santa María, principalmente en sus advocaciones de la Dolorosa y de la Virgen del Carmen.

«…no solo vivía con entusiasmo su misión sino que sabía poner, aún en las situaciones dramáticas, una nota de buen humor, de hombre sabio, de quien sabe que las tormentas pasan y el azul del cielo permanece. Esa sabiduría propia del hombre de Dios»

Así se fue moldeando la personalidad de nuestro obispo gaucho, un inmigrante nacido en el mar, que supo asumir totalmente los valores de su patria. Un gaucho enamorado de Cristo que se entregó por completo a su misión. Alguien que repetidamente escuchó frases del tipo: Tú no puedes, Jacinto. No puedes desarrollar tu vocación de sacerdote porque no hay dinero, porque debes ir la guerra, porque no hay donde estudiar, porque las distancias son largas. No puedes ser Vicario Apostólico porque no eres del agrado de algunos poderosos; no puedes administrar tu Iglesia porque el poder civil no te lo permite. No puedes con la pobreza, la ignorancia, las carencias de tu pueblo, la dureza de los caminos, el frío.

Un hombre que enfrentó el Tú no puedes con la oración, la confianza en la gracia de Dios, el amor a Jesús, el amor a la Virgen, el amor a su pueblo. Que contestó al Tú no puedes con la Sabiduría, formando colaboradores, trabajando con tesón, inteligencia, capacidad y fuerza.

Modelo de fidelidad a Cristo

Ese hombre que nos congregó el 2 de agosto en la Catedral Metropolitana fue, además, un sacerdote católico. A los diecinueve años de edad, tras participar de una tanda de Ejercicios Espirituales, Jacinto descubrió su vocación al sacerdocio. En esa época, Uruguay no contaba con Seminario para la formación de sacerdotes, por lo cual, para concretarla, debía trasladarse al extranjero: Buenos Aires, lo más cercano.

Quien confió en Dios nunca fue defraudado, solía repetir, y tras algunos años de ahorrar el dinero que su padre le pagaba por trabajar como peón en el establecimiento familiar, al mismo tiempo que adelantaba en los estudios de latín con el sacerdote patriota Lázaro Gadea, cabalgando largas distancias hasta Peñarol para recibir las lecciones, contra todos los pronósticos pesimistas llegó a Buenos Aires e ingresó en el Colegio de los Jesuitas.

Allí se reveló como un estudiante brillante, por su dedicación al trabajo, su entrega, y su fervor en la oración. Inteligente, destacó entre sus compañeros de estudios y se codeó con la intelectualidad de su ambiente. Fue líder entre ellos, y el modesto cuarto donde se alojaba supo ser lugar de tertulias estudiantiles. En Buenos Aires, en medio de disturbios que determinaron la expulsión de los Jesuitas, fue ordenado sacerdote en 1841, y de regreso a casa, destinado a Guadalupe, hoy Canelones, el mismo pueblo que lo vio crecer, donde permanecería con distintos títulos al frente de la Parroquia.

Jacinto Vera, el Obispo misionero, antes de ser obispo, ya era misionero. Recorría infatigable a caballo o en carro los vastos campos de Canelones, siendo párroco, con sus muchas capillas dispersas. Durante el ministerio sacerdotal, se destacó también por la pobreza y el desprendimiento material. Múltiples testimonios de sus contemporáneos lo describen como  alguien a quien no se le podía dar nada para su uso personal, porque todo lo regalaba a su vez a quienes lo necesitaban.

El hombre de Dios

Cuentan que, al recibir la notificación de su nombramiento a la más alta dignidad de la Iglesia Nacional, no tenía pantalones bajo la sotana, porque el último par que le quedaba se lo había dado a un pobre. El pueblo de Guadalupe, para la ocasión, hizo una colecta y le regaló un traje talar.

Un hombre que, como nos lo recordó nuestro Arzobispo “…no solo vivía con entusiasmo su misión sino que sabía poner, aún en las situaciones dramáticas, una nota de buen humor, de hombre sabio, de quien sabe que las tormentas pasan y el azul del cielo permanece. Esa sabiduría propia del hombre de Dios”.

Como cura, fue un modelo de fidelidad a Cristo, de amor al pueblo confiado a su cuidado, y de respuesta amorosa de parte del pueblo. Jacinto era el sacerdote católico en todas sus facetas: la defensa de la verdad, del pobre, de la libertad, incluida la libertad religiosa. Aparece nítidamente en su historia el aspecto de sacerdote, con unas características propias e inconfundibles, que identifican el estilo de iglesia uruguayo.

Todos los misioneros que llegan del exterior, resaltan esa manera de ser Iglesia que tenemos en nuestro país: esa cercanía, esa familiaridad, esa proximidad, que arranca desde Jacinto Vera, un cura rural que, siendo Párroco de Canelones, o siendo Obispo de Montevideo, no cambió nunca. Fue una persona íntegra, sin dobleces, querido y admirado por todos por sus cualidades humanas. Un obispo humilde, pero a su vez actuando de ese modo con naturalidad, sin demagogia y sin desmedro de la dignidad de su   investidura. Una humildad que no se contraponía con la dignidad del culto.

Jacinto, el sacerdote, no fue un gran místico, pero mostró a lo largo de su vida una impresionante coherencia en el amor a su ministerio. Aunque llegó a ocupar las más altas dignidades eclesiásticas, jamás buscó sobresalir, y si en algo llegó a hacerlo fue en el celo de la caridad.

Nuestro primer obispo desde siempre, pero más todavía hoy, con la difusión pública que ha tomado su figura en los principales medios de prensa, introduce en la narrativa histórica nacional la figura del sacerdote, como un personaje esencial de cualquier pueblo: alguien que hable del absoluto, de que la historia está abierta a lo divino de alguna manera, indispensable aunque más no sea para contradecirlo. Nos anima a una apertura de acercamiento a una realidad desconocida para muchos.

Pastor y conductor de pueblos libres

Con una impresionante capacidad de mando, Jacinto fue capaz de ver a la Iglesia Uruguaya, como institución, desde el punto de vista del estadista, y de armarla en todos los sentidos: en lo nacional y lo internacional. Lo hizo predicando, misionando, confesando, formando sacerdotes, construyendo templos y hasta el Seminario Diocesano.

Fue el oriental más popular y querido de su época porque era el que estaba con su gente, en el hospital, en los asilos, con los presos, en el tranvía, en el sitio del Paysandú para atender a los heridos. Era conocido en todo el país y por todo el mundo, admirado y respetado hasta por el Papa Pío IX.

A partir del año 1859 estuvo al frente de la Iglesia nacional, primero como vicario apostólico, luego en 1865 como Obispo de Megara. “Era el año 1865. Hacía seis años que Jacinto era el Vicario Apostólico del Uruguay, la máxima jerarquía de nuestra Iglesia. Ya había sufrido desprecio y persecución, conocido la maledicencia y el exilio, pero también se había ido agigantando su figura por la valentía en enfrentar las dificultades, la sagacidad en el gobierno, la sinceridad de sus propósitos, la transparencia de su acción, el amor apostólico que lo llevaba a misionar en distintos lugares de nuestra tierra”, recordó a los fieles reunidos en la Catedral el Arzobispo.

Finalmente, fue ordenado primer Obispo de Montevideo en el año 1878. Cuando asumió la conducción de la Iglesia que peregrina en Uruguay, nuestro país todavía estaba en camino de consolidarse como Estado y como Nación. Por entonces, recordó Sturla, “…el Uruguay vivía de guerra civil en guerra civil, nuestra Iglesia era pobre en recursos materiales y pastorales, pocos sacerdotes y una mínima presencia de la vida consagrada. La ignorancia religiosa campeaba, no había seminario, ni laicado organizado. En pocos años la tarea titánica del Siervo de Dios fue bendecida por el Señor con frutos abundantes”.

Mariano Soler

Monseñor Jacinto Vera se preocupó por dotar al país de los recursos materiales y espirituales necesarios para el desarrollo de la Iglesia. Fue así que procuró que aumentara el número, la formación y la fidelidad, de los obreros al servicio de la evangelización en el Uruguay. Se preocupó por detectar vocaciones sacerdotales. Padre y patriarca, procuró formar un clero nacional virtuoso, apostólico, e ilustrado. A sus sacerdotes jóvenes más prometedores, les costeó estudios de doctorado en Roma. Entre los tres primeros estuvo Monseñor Mariano Soler, primer Arzobispo de Montevideo.

«¿Somos esa Iglesia en salida de la que habla el Papa y que tan estupendamente encarna Mons. Jacinto Vera? ¿Somos conscientes que estamos como en su época en un ‘hospital de campaña’ que requiere nuestra atención en forma urgente?»

Ordenó y orientó al pueblo católico con una visión sumamente adelantada a su época. Trabajó para moralizar, elevar e instruir a una Iglesia que, junto a él, hizo propia la dignidad de la vida cristiana: casarse, comulgar, confesarse, bautizar a sus hijos, celebrar como pueblo sacerdotal. También impulsó un modelo de Iglesia que debía cumplir una función evangelizadora, sin participar en las luchas políticas.

Jacinto Vera respondía rápidamente a las necesidades humanas y materiales, pero no desde la política partidaria sino desde la caridad cristiana. Se le podía pedir hasta los pantalones, y las miles de cartas de agradecimiento por su caridad lo testimonian. Pero jamás un acomodo o mejora en una posición.

Con la misma visión de conductor de un pueblo de hombres libres, Jacinto orientó hacia Cristo la estructura y rivalidad interna de una Iglesia que estuvo unida, en medio de la profunda división causada por su destierro. Supo zanjar las diferencias y unir a jerarquía y pueblo en torno a Jesús y María. Al regreso del destierro, el entonces vicario apostólico no sólo perdonó a sus antiguos opositores dentro de las filas eclesiásticas, sino que distinguió a muchos con especiales muestras de aprecio.

Jacinto Vera: la Iglesia en salida

Por último, en el ámbito de aquellas actividades relacionadas e importantes para que la Iglesia cumpla con su función, Jacinto promovió a connotados laicos, cuyo legado hoy continúa iluminando a todos los uruguayos, firmes defensores de la Iglesia frente a los fuertes embates que tuvo que sufrir en los años venideros. Su vida fue un continuo sembrar: decía que no hay nacimiento sin tiempo propicio, y se preocupaba por preparar el tiempo propicio. Zorrilla de San Martín, en la literatura y la cultura; y el Dr. Joaquín Requena, en lo jurídico, son quizás los más notables ejemplos de esto, pero no los únicos.

Durante su gestión, enfrentó con conciencia el relativismo, la intolerancia, el laicismo de la sociedad, la persecución de lo católico y su intento de expulsión del ámbito público. Monseñor Jacinto Vera defendió a la Iglesia para defender así las prerrogativas jurídicas del pueblo, mayoritariamente católico, a quien se buscaba imponer la secularización: algo a la vez histórico y de gran actualidad en estos tiempos que nos toca vivir.

“La intrepidez apostólica del Venerable Siervo de Dios nos golpea a nosotros hoy. ¿Somos esa Iglesia en salida de la que habla el Papa y que tan estupendamente encarna Mons. Jacinto Vera? ¿Somos conscientes que estamos, como en su época, en un ‘hospital de campaña’ que requiere nuestra atención en forma urgente?”, se preguntó el Cardenal Sturla.

“El jueves pasado”, continuó, “volví a comprobar, en un asentamiento de nuestra ciudad, donde hay un grupo de misioneros trabajando, que sigue habiendo hambre del Pan de Vida en nuestra gente. Dos horas de oración, de alabanza, de testimonios, de reflexión en una Casa de la Palabra construida por la misma gente del barrio. Pero no basta ‘abrir la panadería’ un rato. Hay que salir a distribuir el pan, hay que saberlo ofrecer, buscar nuevos modos de llegar a tantos que pueden pasar por este mundo sin saborear el Pan de vida, por nuestra comodidad o desidia”. Jacinto, en nuestra historia, desde la cercanía, nos mostró el camino para hacerlo.

Sacerdote santo

Los contemporáneos de nuestro primer obispo, sus amigos pero también sus adversarios, coincidieron en considerarlo santo. Etimológicamente, santo significa separado, en el sentido de aquella persona que se distingue, que trasciende los límites esperados. Respecto a cualquier santo canonizado, incluso quienes no profesan la fe católica perciben que hay algo más. ¿Qué nos dice eso a los uruguayos de hoy en día? ¿Podemos asociar la imagen del gaucho, la garra charrúa, la viveza criolla —rasgos todos presentes en la personalidad de Jacinto— con la de la santidad, con la de la excelencia o la trascendencia?

Un pueblo debe aspirar a producir un santo, alguien que se salga de la medida. Un pueblo que no aspira a tener un santo, es un pueblo sin esperanza; y la pérdida de la esperanza es una especie de caída. Don Jacinto es el santo de nuestro país, que gracias a Dios está lejos de perder la esperanza. El máximo del ideal humano; el hombre que puede señalarnos el camino para superar nuestras limitaciones.

Esta dimensión de santidad, que la prensa ha reflejado con motivo de las recientes noticias sobre la causa de beatificación de Jacinto, es una oportunidad única en la historia del Uruguay para descolgarnos de los lazos conceptuales que traemos como cultura y como nación.

Hombre que amaba a su pueblo

Don Jacinto amó su pueblo, lo elevó, lo dignificó y se entregó en su servicio para llevarle “…vida nueva, vida plena, vida verdadera, vida digna, vida humana, vida divina”. Para llevarle a esas ovejas perdidas en la inmensidad de un país despoblado, “…ese pan que sacia, que es capaz de alimentar el hambre más profunda de nuestro corazón y nuestra vida”. Un pan capaz de saciarnos; capaz de llenar ese vacío existencial que nos entristece. Un pan que, como recordaba el Cardenal, hoy como ayer nos “renueva”.

Dedicó su vida a dignificar a su pueblo; a llevarle el auxilio de los bienes espirituales y materiales en todos los órdenes a su alcance. Por eso recorrió el país en tres giras misionales completas, haciendo aproximadamente ciento cincuenta mil quilómetros en una época en que no había ni caminos ni puentes.

En cada pueblo que visitaba, colocaba una cruz, que en muchos casos se conserva hasta el día de hoy. Se abrió camino muchas veces a campo traviesa, para llevar el Evangelio a los rincones más remotos del campo. El medio de transporte por entonces eran las carretas tiradas por caballos o bueyes, que al decir de europeos que visitaban nuestras tierras, eran demasiado precarias para cumplir bien sus funciones. Y hablamos de un país con vastos espacios semisalvajes, donde las jaurías de perros cimarrones, y los gauchos matreros, constituían un peligro real para los viajeros.

Al decir del papa emérito Benedicto XVI, “…el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad del uno hacia el otro”. Monseñor Vera dedicó su vida sacerdotal a propiciar ese encuentro. El perfil de Jacinto sacerdote está marcado por la alegría del padre al recibir al hijo que vuelve a casa. Procuró la integración del pueblo cristiano, trayéndolo a los sacramentos: la acogida amorosa de la Iglesia a los hijos dispersos. Y esto no en teoría. Para poner un ejemplo, al final de su primera misión como vicario apostólico, más de la mitad de la población hábil había cumplido con sus deberes religiosos.

«Más que todos los sacerdotes juntos»

Sacerdote abnegado y entregado a su misión, por esa fe y esa entrega Jacinto trabajaba jornadas interminables. Empezaba normalmente a las cuatro de la mañana, porque nunca se perdía su espacio de oración y meditación personal, y seguía confesando hasta las once de la noche.

El superior de los Salesianos, Mons. Lasagna, cuando estaba en Montevideo, en una carta que escribió a Don Bosco le comentaba acerca de Jacinto: “…su apostolado no lo ejerce en salones cubiertos de tapices bordados de oro, ni desde un escritorio, hundido en un suave sillón con posabrazos, sino en la cabecera de los moribundos, en el tugurio maloliente del mendigo que visita y socorre en persona, en el confesionario dentro del cual se encierra durante largas, larguísimas jornadas enteras, dispensando a sus hambrientas ovejas el pan del consejo y del perdón”. Y concluía Lasagna: “Todos saben y dicen que en la ciudad de Montevideo confiesa más el Obispo que todos los sacerdotes juntos”.

Como Jacinto entonces, nos dice nuestro Arzobispo: “Necesitamos hoy salir, anunciar, misionar. Los fundamentos de nuestra esperanza son los mismos que tuvo Jacinto: la certeza de que el corazón humano está inquieto hasta que conoce a Dios”. La vida de Jacinto nos infunde “La firme y humilde seguridad de que la fe es verdadera y por eso mismo bella, buena y atractiva. La confianza en que el Señor camina con nosotros en las vicisitudes de nuestra historia”.

A ningún héroe la Patria rindió mayor homenaje

«Sí, también nosotros tenemos esta serena certeza: de la mano de María podremos vencer todos los obstáculos y obtener la victoria. María ‘vida, dulzura y esperanza nuestra’, sé nuestra Madre como lo fuiste de Jacinto Vera.»

Jacinto falleció misionando en el año 1881, como él quería, en una pequeña localidad del interior del país llamada Pan de Azúcar. En una época en que no había teléfonos celulares ni ningún otro medio de comunicación que no fuera la palabra llevada de un lado a otro por un jinete a caballo, la noticia corrió de punta a punta del país y sumió a sus habitantes en un duelo nacional

En vida, Jacinto se despojó absolutamente de todo por amor a Jesús, sin buscar jamás su realización personal. Y en esa causa a la que se entregó encontró la felicidad más plena, al punto que pudo decir en su lecho de muerte: “Gracias a Dios está todo hecho”. No solo no murió en soledad, sino que no debe haber en la historia uruguaya muchas personas que hayan muerto más acompañadas. Con todo el pueblo uruguayo rezando por él, y rodeado por sacerdotes y allegados.

Su entierro fue el acto de masas más grande del Uruguay del siglo XIX. El día de sus funerales, el pueblo todo salió a la calle a llorar la pérdida del Obispo Santo. En palabras de quien luego sería Monseñor Mariano Soler, primer Arzobispo de Montevideo, a ningún otro héroe la Patria rindió mayor homenaje. Y don Juan Zorrilla de San Martín, quien fue reconocido como el Poeta de la Patria, cerró el acto con el célebre discurso recordado por la frase: “¡El Santo ha muerto!”. El mismo Zorrilla dijo, cuando se estaba por abrir el proceso de beatificación de don Jacinto: “Me parece que, con Mons. Vera, se santificará nuestro Uruguay querido, a quien él amó tanto, y sirvió y evangelizó. Nadie lo ha querido más que él, nadie lo ha servido más”.

El elogio de sus adversarios

En los obituarios, la santidad de Jacinto fue resaltada con las frases más sentidas. Lo que destacaron los medios de prensa el día de la muerte de Monseñor Vera, tanto los anticlericales como los católicos, fueron sus dotes como persona, y particularmente su condición de hombre cabal. El diario “La Razón”, cuyo nombre pretendía poner de manifiesto su postura contraria a la fe, lo despidió con el siguiente editorial:

«Dolorosa impresión ha causado ayer en la población la inesperada noticia del fallecimiento de Monseñor Jacinto Vera, Obispo de Montevideo. Las generales simpatías con que contaba en esta ciudad, sus bondades proverbiales, su ilimitada generosidad para socorrer la desgracia, hacían de él una persona respetabilísima y querida… Monseñor Vera muere en la pobreza, lo que hace su mayor elogio, máxime teniendo en cuenta que ha desempeñado los más elevados cargos de la Jerarquía eclesiástica entre nosotros… Nos asociamos al dolor público por la sensible muerte del bondadoso Prelado y hacemos votos porque su sucesor se inspire en el ejemplo del que fue Monseñor Vera. Ante la tumba del virtuoso anciano nos descubrimos reverentes, alejando de nuestra memoria todo recuerdo de desavenencias pasadas, para rendir el último tributo a aquel que por sus bondades y virtudes se hizo acreedor. ¡Paz en la tumba de Monseñor Vera!»

Los restos mortales del Padre de nuestra Iglesia descansan en la Catedral de Montevideo, bajo un hermoso monumento de mármol blanco que lo representa de rodillas, en actitud de oración: un testimonio del amor del pueblo uruguayo por su misionero santo, que juntó centésimo a centésimo el dinero necesario para encargarlo a un distinguido artista italiano.

El legado de Jacinto

La misión de Monseñor Jacinto Vera no terminó con su muerte. A pesar de la ausencia de menciones en los textos oficiales de una enseñanza secularizante como tenemos en nuestro país, Jacinto continúa presente en el pueblo uruguayo, y no solo entre los católicos: un barrio popular lleva su nombre; también muchas calles en varios pueblos del país, instituciones de distinto tipo y hasta un par de murgas.

Con posterioridad a la publicación de mi novela Don Jacinto Vera. El misionero santo, me tocó recorrer el país para difundirla: en cada sitio que visité, encontré huellas de su pasaje. La causa de beatificación y canonización continúa viva en el corazón de los católicos uruguayos, y de eso es prueba la Catedral abarrotada de fieles el pasado domingo 2 de agosto. Ese sacerdote santo que tuvimos la gracia de recibir como Padre de nuestra Iglesia nacional, estuvo allí en vida cuando su pueblo lo necesitó, y continúa presente hoy, en las oraciones de muchísimos fieles que a diario elevan plegarias pidiendo por su intercesión. También en la vigencia de sus hechos y palabras.

Uruguay es el país más secularizado de América Latina, dicen los estudios. Sin embargo, a pesar de años de políticas públicas destinadas a desplazarla, la Iglesia Católica es en Uruguay por lejos la más grande y prestigiosa organización no estatal; la que tiene las mejores Universidades y los mejores Colegios. La que, contra toda la oposición, logró mantener en el mejor lugar de Montevideo el monumento a quien hoy es San Juan Pablo II, y la cruz que recuerda la misa celebrada por él en su primera visita a nuestro país.

En los albores de este entorno desarrolló su misión nuestro primer Obispo diocesano, un entorno muy similar, por otra parte, al que hoy nos enfrentamos los católicos. Quizá por eso la historia del Venerable Siervo de Dios Jacinto Vera tiene tanto para decirnos e inspirarnos: se trata de vencer las adversidades, las limitaciones del medio, para alcanzar resultados de excelencia aún a pesar de ello. ¿En qué tarea? La de evangelizar.

«Jacinto triunfará por María»

Jacinto es un bien público; un testimonio fuerte de  humanidad y de santidad muy necesario para la sociedad uruguaya actual, que puede ayudarnos a crecer como personas y como cristianos. Este sacerdote santo del siglo XIX tiene mucho para enseñarnos a los uruguayos del siglo XXI, enfrentados a problemas materiales e ideológicos no muy diferentes de los que a él le tocó enfrentar. Su inspiradora historia es acerca de escalar la montaña, de superarnos día a día, de perseverar y confiar en la Providencia para alcanzar resultados de excelencia a pesar de las limitaciones del medio.

Su modelo de santidad está asociado a la misión. Orar y misionar; misionar y celebrar los sacramentos. Como católico, abrazaba a todo y a todos. Frente a la ignorancia, frente al relativismo, frente al poder de un estado que intentó avasallar a la Iglesia, las principales herramientas fueron orar y misionar. Y así la Iglesia que peregrina en Uruguay se multiplicó y fortaleció. Y como premio, Jacinto fue digno de la gracia de morir misionando.

Todo esto recordaba cuando, luego del acto de apertura de la comisión que investigará el presunto milagro atribuido a Jacinto, los obispos, sacerdotes y fieles que colmábamos la Catedral Metropolitana, nos dirigimos hacia la tumba del Venerable para escuchar, en un sentido homenaje cultural, fragmentos leídos y musicalizados del célebre discurso funerario de Juan Zorrilla de San Martin, así como a acompañar con nuestras voces al Padre Jorge Martínez sdb, mientras cantaba el himno que compuso en homenaje a Jacinto.

“Jacinto, cura gaucho tú confiaste / la palma de tu triunfo a María…”, cantamos todos a coro. Este estribillo del himno me trajo a la memoria las palabras con que cerró su homilía el Cardenal:

“En el escudo episcopal de Mons. Vera una rama de jacinto y un laurel de victoria rodean el corazón traspasado de la Virgen Dolorosa. ‘Jacinto triunfará por María’. Sí, también nosotros tenemos esta serena certeza: de la mano de María podremos vencer todos los obstáculos y obtener la victoria. María ‘vida, dulzura y esperanza nuestra’, sé nuestra Madre como lo fuiste de Jacinto Vera. Acompaña a nuestra Iglesia para que podamos llevar a todos los rincones de nuestra tierra la bendición de encontrarse con Jesús, Pan de Vida”.

Quiera Dios  que tan preciado modelo de santidad, que cruzó los suelos de nuestra patria, sea difundido, apreciado, imitado, no solo por los cristianos, sino también que lo entiendan y tomen en cuenta todos los uruguayos.

Fuente: Quincenario Arquidiocesano “Entre Todos”

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