Sus símbolos pontificios reflejan su identidad marcada por la espiritualidad agustiniana, su devoción mariana y su búsqueda por la unidad y comunión eclesial.
El escudo y el lema que acompañan al papa León XIV no comenzaron con su elección como sucesor de Pedro. Robert Francis Prevost decidió conservar los símbolos que ya había utilizado como obispo, adaptados a la ocasión.
Esta continuidad nos permite aproximarnos a algunos elementos centrales de su identidad espiritual: su pertenencia a la Orden de San Agustín, su devoción a la Virgen María y, especialmente, una concepción de la Iglesia en la que la unidad y la comunión ocupan un lugar fundamental.
“In Illo uno unum”
«En el único Cristo somos uno» o «En Aquel que es Uno, somos uno» son dos posibles traducciones del lema papal de León XIV, inspirado en el salmo 127 —numerado también como 128 según la 48 tradición bíblica empleada—.
Este salmo pertenece a los llamados “cantos de las subidas”, un grupo de quince textos (del 120 al 134), que los peregrinos judíos cantaban mientras se trasladaban hacia Jerusalén, para compartir las festividades sagradas.
“In Illo uno unum” es la expresión latina que aparece al pie de su escudo pontificio. Las palabras proceden de san Agustín y, concretamente, de su exposición sobre el salmo 127. Al comentar su significado, el obispo de Hipona explicó una paradoja que se encuentra en el corazón de la vida cristiana: los creyentes son muchos y, sin embargo, forman una unidad en Cristo.
“¡Dichoso el que respeta al Señor y sigue sus caminos! Comerás del trabajo de tus manos, ¡Dichoso, tu, que te irá bien! Tu mujer, como una vid fecunda, en la intimidad de tu casa, tus hijos como brotes de olivo en torno a tu mesa. Así bendecirá el Dios fiel al varón que respeta al Señor…”, inicia el salmo.
El texto presenta originalmente una escena familiar. Habla del hombre que teme al Señor, del fruto de su trabajo, de la fecundidad de la esposa y de la presencia de los hijos en el hogar. San Agustín parte de esta imagen pero identifica en ella una dimensión cristológica: aquel hombre puede comprenderse como Cristo, Cabeza y Cuerpo, es decir, unido a su Iglesia.
Para san Agustín, los cristianos no permanecen como una multitud simplemente agrupada alrededor de Cristo, sino que, siendo muchos, unidos a Cristo Cabeza, forman un solo Cristo. La diversidad, por tanto, no desaparece, sino que encuentra su unidad en Cristo.
Una vida transformada por Dios

Esta impronta agustiniana también ocupa un lugar central en su escudo papal. Dividido diagonalmente, uno de sus campos presenta, sobre fondo claro, un corazón rojo y ardiente atravesado por una flecha y apoyado sobre un libro. Este símbolo remite a la Orden de San Agustín, a partir de su expresión presente en las Confesiones: “Has herido mi corazón con tu Palabra, y te amé”. Precisamente, el libro representa la Palabra de Dios capaz de transformar el corazón humano, como sucedió con el propio Agustín, y recuerda también la obra que el Doctor de la Gracia le dejó a la Iglesia.
En el otro campo del escudo aparece un lirio de plata sobre fondo azul. El color refiere al cielo y se vincula con lo mariano, mientras que el lirio constituye una típica referencia a la Virgen María. La tradición agustiniana destaca, además, que la flor de lis permite establecer una continuidad simbólica con León XIII, quien también la incorporó en su escudo.
En tiempos atravesados por la fragmentación social y el individualismo, la elección del lema y de su escudo papal adquiere una importancia particular
Sobre el escudo se encuentra una mitra de plata con detalles en oro y, detrás de ella, las llaves de san Pedro cruzadas: una de oro y otra de plata, unidas por un cordón rojo. La elección de la mitra en lugar de la antigua tiara pontificia continúa una línea presente también en los escudos de Benedicto XVI y Francisco. De este modo, los elementos específica mente papales se integran con los símbolos que León XIV ya utilizaba a partir de su ministerio episcopal.
En tiempos atravesados por la fragmentación social y el individualismo, la elección del lema y de su escudo papal adquiere una importancia particular. El lema y el escudo se complementan para transmitir un mismo mensaje. El mismo presente en la interpretación agustiniana del salmo 127, en aquella familia reunida alrededor de la mesa que simboliza a nuestra propia Iglesia, en unidad con Cristo.
De esta manera, el lema que Robert Prevost llevó como obispo y decidió conservar como nuestro santo padre puede leerse, entonces, como una síntesis de la misión que León XIV nos propone: siendo muchos, reconocerse uno en Aquel que es Uno.
Iglesia Católica de Montevideo

