Recordando a G. K. Chesterton. Por el Diác. Juan de Marsilio
Gilbert Keith Chesterton (1874 – 1936) fue un gran escritor y pensador británico, que combinó de modo infrecuente la honestidad intelectual, la erudición, el humor y la brillantez. Bautizado en la Iglesia Anglicana por mero formalismo social, pues sus padres no eran muy devotos, llegó a la adultez agnóstico, y agnóstico militante.
Al casarse en 1901 con Frances Blogg, anglicana practicante, ayudado por su esposa, volvió a acercarse a la Iglesia de Inglaterra. Profundizó en el estudio de la Biblia y los Padres de la Iglesia, convirtiéndose en firme defensor del cristianismo, ante las distintas corrientes filosóficas y políticas promotoras del ateísmo en boga a principios del siglo XX. Propios y ajenos concordaban en que era un polemista temible. En 1922, se convirtió al catolicismo. Sus relatos ―en especial los detectivescos, protagonizados por el padre Brown― y sus ensayos siguen siendo una lectura valiosa hoy en día.
Tuvo siempre claro que el cristiano en particular y la Iglesia en su conjunto están llamados a la construcción de una sociedad humana cada día más justa, que se vaya pareciendo cada vez más al Reino de Dios, sin olvidar que el Reino de Dios, de Dios es, y no una mera construcción humana, por bienintencionada que sea.
Tuvo claro, también, cómo responder a una trampa que el mundo todavía sigue intentando tenderle a la Iglesia: el llamado a aggiornarse, para que en el camino de “ponerse al día” deje de ser lo que es, es decir, signo de Dios en el mundo. En palabras de Chesterton: “No queremos una iglesia que, como los diarios dicen, se mueva con el mundo. Queremos una iglesia que mueva el mundo”. Paradójicamente, es solo por esta vía de ser, con humildad pero con firmeza, quienes siempre hemos sido, que cumpliremos, con ayuda de Dios, esto otro que Chesterton postulaba: “En realidad, el catolicismo es ahora lo que era en el siglo II: la nueva religión”.
En una sociedad industrializada, de capitalismo salvaje y de salvaje especulación financiera, que desembocaría en la crisis de Wall Street, en 1929, Chesterton fue un crítico radical de la obsesión por el dinero. En sus palabras: “Casi todas las cosas mejores y más preciosas del universo pueden obtenerse por unos céntimos. Por supuesto hago excepción del sol, de la luna, de la tierra, de la gente, de las estrellas (…) que pueden obtenerse gratis”.
En similar sentido tuvo claro que ningún progreso humano sería de veras tal si no tenía entre sus principales metas la mejora del alma humana, no en abstracto, sino del alma de todas y cada una de las personas: “La metáfora fatal del progreso, que significa ir dejando cosas detrás nuestro, ha oscurecido por completo la idea real del crecimiento, que significa ir dejando cosas en nuestro interior”.
Junto a su amigo Hilaire Belloc (1870 – 1953), concibió una propuesta de reforma económico-social, a tono con la Doctrina Social de la Iglesia, a la que se le ha dado el nombre de distributismo, y consiste en procurar que a todas las personas y familias se les garantice un mínimo de propiedad para vivir con decoro y, desde esa base, poder prosperar, pero nunca a costa de reducir al prójimo a la miseria (lo que se sintetizó en el eslogan “tres acres de tierra y una vaca”). En el numeral 176 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, citando la Carta Encíclica Centésimus Annus, del papa San Juan Pablo II, puede leerse que “La doctrina social postula que la propiedad de los bienes sea accesible a todos por igual”. Chesterton y Belloc habían leído bien a León XIII, en especial su Carta Encíclica Rerum Novarum, de 1891.
Hombre sensato y afable donde los hubiera, tenía claro que hay veces en las que lo único justo es plantarse con coraje y radicalismo, con esa valentía que solo puede darnos Dios, aunque la gente nos tome por fanáticos. Otra vez en sus palabras: “Hay algunas cuestiones en las que la posición más fanática es la más razonable. Contra el canibalismo o contra dar palizas a las mujeres, por ejemplo”.
El objetivo de esta nota no es que salgamos ya a fundar un Partido Distributista: la función de la Iglesia no es hacer política partidaria. De lo que sí se trata es de invitarnos a profundizar en el estudio razonado de nuestra fe, a dialogar con el mundo y la cultura, con el mayor de los respetos y dispuestos a aprender, pero también con la mayor firmeza. Y a arremangarnos y trabajar, codo a codo con todos los hombres de buena voluntad, por una sociedad más justa, porque también de ese modo se anuncia el Evangelio.


3 Comments
Muy interesante artículo. Es posible encontrar variedad de libros de Chesterton en la librería Lea. Para así poder ir a la fuente de tan sensatos pensamientos aquí expresados?
Como Cristianos necesitamos más formación, y mas lugares de encuentro ha este respecto. La batalla cultural que se está dando en este momento nos necesita con «armas» argumentales y mucha Fe.
Saludos.
¡Buenos días, Claudia! ¿Cómo estás? Te comentamos que hay libros de Chesterton en la Librería LEA. Por una atención más personalizada, te aconsejamos comunicarte con el local de Ciudad Vieja (Cerrito 473) a los números 094578885 y 29154473, o con el local de Punta Carretas (Solano García 2517) al 094585542 y 27144834. ¡Que tengas un bendecido día!
Oración por la beatificación de Chesterton
Dios nuestro Padre,
Tú que has colmado la vida de tu siervo Gilbert Keith Chesterton con ese sentido del asombro y el gozo, y le diste esa fe que fue el fundamento de su incesante trabajo, esa esperanza que nacía de su perdurable gratitud por el don de la vida humana, y esa caridad para con todos los hombres, particularmente sus oponentes;
haz que su inocencia y su risa, su constancia en combatir por la fe cristiana en un mundo descreído, su devoción de toda la vida por la Santísima Virgen María y su amor por todos los hombres, especialmente por los pobres, concedan alegría a aquellos que se hallan sin esperanza, convicción y calidez a los creyentes tibios y el conocimiento de Dios a aquellos que no tienen fe.
Te rogamos otorgar los favores que te pedimos por su intercesión, [y especialmente por ……] de manera que su santidad pueda ser reconocida por todos y la Iglesia pueda proclamarlo Beato.
Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor.
Amén.