Misa por el descanso eterno del padre Javier Galdona, en la parroquia Santa Elena.
En la madrugada del miércoles falleció el P. Javier Galdona, sacerdote de la Arquidiócesis de Montevideo y párroco de la parroquia Santa Elena. Su partida dio lugar a una despedida profundamente sentida por buena parte de nuestra Iglesia diocesana, especialmente por quienes compartieron con él el camino pastoral, la amistad sacerdotal y la experiencia comunitaria.
Desde la fe, esa despedida estuvo atravesada por el dolor de la separación, pero también por la gratitud y la esperanza cristiana: la confianza en que Javier fue recibido por el Padre, a quien entregó su vida como sacerdote y pastor.
A Javier le habían diagnosticado recientemente un cáncer de próstata con metástasis en la columna. Había comenzado su primera quimioterapia la semana anterior y atravesaba los primeros días del tratamiento. Aunque el diagnóstico era delicado, su muerte sorprendió por lo repentina. Después de unos días difíciles, el sábado se encontraba sereno y agradecido; el domingo aún pudo celebrar en la parroquia. En las horas siguientes volvió a sentirse muy mal, fue internado y falleció en la madrugada.
La Iglesia diocesana lo despidió en el templo parroquial de su querida parroquia de Santa Elena, donde fue velado y donde se celebró la misa exequial. La celebración fue presidida por Mons. Heriberto Bodeant, obispo de Canelones, compañero de Javier en el Seminario y en su grupo de estudio. La homilía estuvo a cargo del P. Pablo Bonavía, sacerdote amigo. Desde la parroquia partió luego el sepelio.
Aunque en los últimos diez años su ministerio estuvo especialmente unido a Santa Elena, Javier también dejó su huella en otras comunidades y servicios de la Arquidiócesis. Fue párroco de Nuestra Señora de los Dolores, en el Reducto, y de la Inmaculada Concepción, en Paso Molino. También sirvió como vicario parroquial en Stella Maris. A nivel diocesano, fue vicario pastoral y tuvo una especial dedicación en la Vicaría de Pastoral Social, con particular énfasis en la Pastoral Penitenciaria. A esto se sumó su actividad docente y académica en la Facultad de Teología y en la Universidad Católica del Uruguay. En cada uno de esos ámbitos fue dejando algo de su modo de ser pastor: cercano, reflexivo, disponible, atento a los procesos y profundamente identificado con su vocación sacerdotal.
Javier deja una huella honda y serena. En quienes lo conocieron aparece una imagen compartida: la de un sacerdote profundamente identificado con su vocación, un hombre de escucha, de diálogo, de búsqueda, de servicio y de comunidad. Un cura que no vivió su ministerio como una función, sino como el centro desde el cual pensaba, decidía, acompañaba y entregaba la vida.

La voz de Santa Elena: “fue pastor siendo uno de nosotros”
Desde la comunidad parroquial de Santa Elena, Andrea Fraga compartió una despedida que recoge el sentir de tantos fieles que caminaron con Javier durante estos años. Lo recuerda como “compañero de camino, amigo y pastor”, alguien cuya presencia fue una bendición para la comunidad.
Durante una década, Javier sembró en Santa Elena con la palabra y con el ejemplo. Quienes lo acompañaron destacan su convicción profunda de que Jesús camina con nosotros y hace en nosotros cosas maravillosas. Esa certeza no era en él una frase repetida, sino una forma concreta de estar: cercana, disponible, creyente, sencilla.
“Su vida entre nosotros fue un continuo entregarse a todos”, expresa la comunidad, subrayando su disponibilidad para la escucha y su búsqueda permanente de los caminos de Dios. Javier fue un pastor que no se colocó por encima ni por fuera de su gente. Fue, más bien, “pastor siendo uno de nosotros”. Enseñó a construir comunidad desde el afecto, el respeto y la fe compartida.
La comunidad también lo recuerda por su palabra, su humor y su profundo amor por Jesús. Ese amor fue el centro de una vida entregada hasta el último día. Por eso, en medio de la tristeza, la despedida está atravesada por la gratitud: la vida de cada uno queda más rica por haber compartido el camino.
La comunidad de Santa Elena vivió esa despedida desde la esperanza cristiana: con la certeza de que el Padre ya lo recibió en su abrazo y de que Javier sigue caminando con ellos desde el corazón de Dios. “Ahora nos toca a nosotros hacer fecundo tu legado”, expresa la comunidad.
Hay una cita del Evangelio de Juan que quienes lo conocieron sienten especialmente unida a su vida: “Les digo todo esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea perfecta”. Según recuerda la comunidad, Javier decía que allí estaba el corazón del mensaje de Jesús. Tal vez por eso su memoria queda asociada no solo al servicio y a la entrega, sino también a una alegría profunda, nacida de la fe.
La voz de Richard Arce: “era cura, todo cura”
El P. Richard Arce, sacerdote amigo de Javier, lo define con una expresión sencilla y contundente: “Era cura, un cura de vocación, un cura todo cura”. En su recuerdo, no había nada en Javier que pudiera separarse de su ser sacerdote. Su modo de pensar, de enseñar, de escuchar, de decidir y de vincularse nacía de esa identidad profunda.
Richard lo describe como un “buscador del Reino”: alguien que buscaba al Dios del Reino y el Reino de Dios, sabiendo que esa búsqueda era permanente. Cuando encontraba signos del Reino, no se detenía, sino que eso le abría nuevos caminos para seguir buscando.
Muchos lo tuvieron como profesor de Teología Moral Social. También integró espacios académicos vinculados a la moral social y a otras áreas de la teología. Pero su aporte no fue solo intelectual. Quienes lo escuchaban encontraban en él una forma de pensar la fe unida a la vida, a las opciones concretas y a la coherencia personal.
Richard recuerda su apertura, serenidad y humildad. Dice que nunca lo vio enojado ni exasperado, ni levantando la voz, aunque sí lo reconoce como un hombre firme. Era ordenado, previsor, atento a los detalles, capaz de considerar con seriedad las distintas opciones antes de tomar una decisión. Pero esa rigurosidad no lo volvía distante ni pesado. Era, al mismo tiempo, fraterno, atento, cercano, discreto y amigo de los curas.
Una de las notas más fuertes de su personalidad fue el diálogo. Javier sabía decir las cosas sin despertar rechazo.
Podía haber acuerdos o desacuerdos, pero era escuchado con respeto porque él mismo hablaba con respeto. Esa forma de vincularse lo hizo una presencia valiosa en distintos espacios de la vida eclesial.
Richard recuerda también su trabajo en la Pastoral Juvenil, especialmente en el proyecto Galilea, donde Javier ayudó a darle forma, profundidad y alcance a una propuesta dirigida a jóvenes. Su incidencia en la facultad, en la diócesis y en la pastoral no fue meramente teórica: estuvo siempre unida a sus opciones personales y a una profunda coherencia de vida.

La voz del cardenal Daniel Sturla: serenidad, gratitud y preocupación por los otros
También el cardenal Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo, hizo llegar un mensaje de cercanía a los hermanos y amigos de Javier y a la comunidad parroquial de Santa Elena. En él compartió que, aunque el diagnóstico de Javier había preocupado mucho, su muerte lo sorprendió al llegar al aeropuerto de Madrid, camino hacia el Líbano y Roma.
Desde la fe, el cardenal expresó que el Buen Dios, en su misericordia, pudo haberle ahorrado a Javier un tiempo difícil al llamarlo a su presencia. Recordó también la visita que le hizo el sábado anterior en el Hogar, cuando lo encontró sereno, aceptando lo que Dios dispusiera y agradecido.
En su mensaje, el arzobispo de Montevideo lo recuerda como un hombre profundamente agradecido por su vida y su ministerio sacerdotal. Evoca también los años compartidos en teología, cuando Javier ya destacaba por su inteligencia y su presencia. “Ya era un referente”, señala, y agrega que siguió siéndolo en la diócesis y en la vida de muchos.
El cardenal destacó además su calidad como profesor y hombre de consulta. Recordó que, al ser nombrado arzobispo, le pidió que fuera vicario pastoral, tarea que Javier aceptó y desempeñó con gran dedicación durante dos años. En ese tiempo de convivencia en el arzobispado, dice haber podido constatar su lealtad y su sensibilidad.
En las conversaciones de las últimas semanas, la preocupación de Javier no estaba centrada solo en sí mismo, sino en los demás: cómo comunicarle la situación a la comunidad y cómo suplir sus posibles ausencias durante el tratamiento. “Pensando en los otros”, sintetizó el cardenal. También subrayó un rasgo muy propio de Javier: su capacidad de organizar todo con cuidado.
El cardenal recordó, finalmente, que Javier amó las comunidades donde ejerció su ministerio y que sintió fuertemente la paternidad propia del sacerdote y su vínculo especial con la comunidad parroquial. Por eso hizo llegar su cercanía, de modo especial, a Santa Elena, y rezó: “Concédele, Señor, a Javier el descanso eterno y consuela a su comunidad y a sus amigos”.
Un legado fecundo
La partida de Javier Galdona deja una profunda tristeza, pero también una gratitud muy grande. Gratitud por su ministerio sacerdotal, por su servicio a la Arquidiócesis de Montevideo, por su entrega en Santa Elena y en tantas comunidades, por su aporte a la formación teológica, por su compromiso con la pastoral social y penitenciaria, y por su modo fraterno de estar en la Iglesia.
Quienes lo conocieron coinciden en algo esencial: Javier fue un hombre de Dios, de comunidad y de diálogo. Un sacerdote que caminó con otros, que escuchó, que pensó, que acompañó, que buscó ser coherente y que entregó su vida desde el amor a Jesús.
Hoy la Iglesia de Montevideo reza por su eterno descanso y da gracias por su servicio. Y la comunidad que lo recibió como pastor queda con una tarea: hacer fecundo su legado, seguir caminando en la fe y conservar viva esa alegría de Jesús que él tantas veces señaló como el corazón del Evangelio.
Iglesia Católica de Montevideo


