Antes de ser León XIV, Robert Prevost fue un chico de barrio en Chicago, un profe sor de matemáticas y un misionero que manejaba una camioneta cargada de víveres por los caminos inundados del norte de Perú. Hoy, muchas de esas características que lo constituyeron, siguen presentes. ¿Quién fue Robert antes de ser el papa León XIV? ¿Qué de eso sigue presente y de qué forma?
Robert Prevost, hoy conocido como el papa León XIV, creció en Dolton, un pueblo en Illinois con menos de 20.500 habitantes. En el sótano de su casa, Robert jugaba con sus dos hermanos mayores: Louis y John. Pero él no se entretenía con pelotas o soldaditos de juguete, como ellos. El más chico esplegaba allí mismo una tabla de planchar de su madre, la cubría con un mantel y jugaba a celebra la misa. Según sus hermanos en Leo from Chicago, el documental que el Vaticano estrenó en 2025, “se lo tomaba muy en serio: sabía todas las oraciones y podía hacerlo en inglés o en latín”.
Su familia le decía Rob; en el barrio, le decían Bob. Sus compañeros del colegio Santa María de la Asunción, primer lugar en el que tuvo contacto con la fe, le decían a modo de chiste “el Santo”. Pero fue una vecina la que decidió ir más lejos: cuando Rob apenas tenía seis o siete años, le dijo a su madre que él sería el primer papa estadounidense. Hasta ahora, su familia recuerda ese hecho, que se convirtió en realidad el 8 de mayo de 2025, en la plaza San Pedro. Entre el béisbol, los números y la parroquia La infancia de Robert fue, según recuerdan en su familia, “típicamente estadounidense y católica”: con muchas hamburguesas, hincha fanático de los White Sox, el equipo de béisbol de Chicago, gusto por los autos y por la música de los sesenta y setenta. Sin lujos, pero profundamente marcada por la fe; así recuerdan al hogar familiar él y sus hermanos.
Su padre, Louis Marius Prevost, era educador, superintendente de escuelas en el sur de Chicago, catequista y veterano de la Segunda Guerra Mundial: a los veintitrés años participó del desembarco de Normandía como oficial de la Marina. Su madre, Mildred Martínez, bibliotecaria de raíces españolas, cantaba en el coro de la Iglesia, preparaba el altar y cocinaba muy bien. Su rol en la parroquia siempre fue recordado por sostener la comunidad, de forma totalmente des interesada.

Si bien la fe y el interés por la teología llegaron temprano a su vida, fueron los números el primer camino académico que siguió Robert. Se licenció en matemáticas en la Universidad de Villanova en 1977 y años después, mientras estudiaba teología en Chicago, enseñó mate máticas en el Colegio Mendel, donde su madre había sido bibliotecaria. Algunos compañeros del seminario lo recuerdan como “un genio de los números”.
Quienes lo conocen más desde cerca, aseguran que esa forma de pensar, analítica y ordenada, lo acompaña hasta el día de hoy: un hombre de fe que aprendió primero a resolver problemas. Después llegarían la Orden de San Agustín, la ordenación sacerdotal en 1982 y el doctorado en derecho canónico en Roma. Con los años, sus hermanos agustinos lo elegirían dos veces prior general de la orden, un servicio que lo llevó a recorrer comunidades en los cinco continentes durante doce años.
El norte del Perú, su otra casa
Con 29 años, ya ordenado sacerdote, Robert llegó al norte de Perú como misionero agustino sin saber que, entre idas y vueltas, pasaría allí cerca de dos décadas. En 2015, treinta años después de su primer aterrizaje en el país, decidió hacer el trámite para recibir su documento de identidad peruano en Chiclayo, donde fue obispo durante ocho años. “El Perú está muy presente en mi vida”, dijo ya como papa, antes de gritarle al mundo: “¡Qué viva Chiclayo!”.
El documental “León de Perú”, recoge testimonios de quienes lo conocieron durante esos años. Nadie lo llama monseñor. Para todos era el padre Roberto. El obispo Luis Alberto Barrera cuenta un detalle que llama la atención; según dice, Robert habla español sin ningún acento americano. “Había asumido tan bien la lengua que hablaba como un peruano”, dice el obispo. Y no era solo el idioma: comía ceviche en restaurantes del centro, conocía a los vecinos por su nombre y recorría mucho las calles de la ciudad.
Las imágenes de esos años lo muestran con botas de goma, metido hasta los tobillos en el agua marrón de las inundaciones que arrasaron el norte peruano, primero en 2017 y luego unos años después. Durante 2022 y 2023, cuando la situación fue más compleja, quiso experimentar la vida de los voluntarios de Cáritas: siendo obispo, manejó personalmente una camioneta cargada de alimentos para las aldeas pegadas al río La Leche y repartió la comida y kits de emergencia en las casas afectadas.
La sencillez y el amor por la vida en sus distintas facetas son dos características que se repiten entre quienes conocieron a Robert antes de convertirse en papa.
La misma actitud, pero con distinta forma fue la que tuvo durante la pandemia. Cuando el oxígeno medicinal escaseaba, lanzó la campaña Oxígeno de la Esperanza, para comprar una planta generadora. Juntó más de 1,4 millones de soles y pudo comprar dos plantas. Mientras tanto, repartía comida y medicina entre los vecinos: entregaba pollos, agua mineral y remedios.
Pero la vida del padre Roberto en Perú también estuvo llena de momentos de celebración: festejos, cumpleaños, canciones, jóvenes, sobremesas y vínculos que perduran en el tiempo. El documental peruano incluye cumbias, canciones festivas y algunas compuestas en su honor. Una de esas letras dice que “un gran león se ha forjado en el norte del Perú”.
Un hombre de costumbres sencillas
La sencillez y el amor por la vida en sus distintas facetas son dos características que se repiten entre quienes conocieron a Robert antes de convertirse en papa. La diversidad de aficiones lo confirma. Rob es, entre otras cosas, un tenista aficionado o un “tenista amateur”, como él mismo se definió. Es también un lector y un buen turista, que disfruta de conocer nuevos lugares caminando.
Entre las costumbres que mantiene, Robert sigue jugando con sus hermanos. Ya no en el sótano de su casa en Dolton, pero sí de otra forma: todos los días juegan al Wordle a distancia. John, uno de sus hermanos, asegura que Robert se hizo un rato para la partida diaria incluso en la víspera del cónclave que lo eligió papa. Esa misma noche los llamó para consultarles qué nombre debía elegir. “¿Cómo debería llamarme?”, les preguntó, sobre el nombre que debe adoptar el papable apenas se confirma su elección. John recuerda que empezaron a decir nombres sin parar. “Le dije que no debería ser León porque sería el XIII, pero en realidad era el XIV”, contó. Y así fue. Desde mayo de 2025, Robert pasó a ser el papa León XIV. Pero no dejó de ser nada de lo que fue durante los sesenta y nueve años previos. Sigue siendo un hermano menor presente, un amigo cercano, un compañero de estudios. Una persona que disfruta de la pizza, del tenis, de las largas caminatas y de las buenas conversaciones.
¿Sabiás qué?
- Juega al Wordle todos los días con sus hermanos. A distancia, siguen manteniendo la práctica de jugar. Todos los días compiten en el juego de las palabras que fue viral hace unos años.
- Es el primer papa que usa un reloj inteligente.
- Su pizza favorita es la de pepperoni, de Aurelio’s, una pizzería de su barrio en Chicago que aparece en el documental Leo from Chicago.
- Tiene documento peruano. Se nacionalizó en 2015 y recibió su documento en Chiclayo, donde residió durante años como obispo.
- Habla español sin acento. Según quienes lo conocieron en Perú, Robert habla “como cualquier peruano”.
- Extraña manejar. Conducir su auto era su forma de despejarse; es de las pocas cosas que el papado le quitó.
- Una vecina lo predijo. Cuando tenía seis o siete años, una madre del barrio les dijo a sus hermanos: «Él va a ser el primer papa estadounidense».
Iglesia Católica de Montevideo

