En una cultura marcada por la inmediatez y el relativismo, la formación del carácter se vuelve un desafío central para la educación. Josefina Calvete reflexiona sobre el cultivo de las virtudes, el papel de la familia y la necesidad de formar personas capaces de elegir el bien.
Hablar de carácter no es hablar de rigidez ni de normas externas. Es hablar de disposiciones profundas que configuran nuestra manera habitual de pensar, sentir y actuar. En un tiempo donde muchas referencias culturales parecen diluirse y el entorno digital redefine los vínculos, la pregunta por cómo formar personas sólidas vuelve a cobrar fuerza.
Madre de cuatro niños, maestra bilingüe, MBA [N. de R.: Master in Business Administration = Maestría en Administración de Empresas] y doctoranda en Educación, Josefina Calvete coordina actualmente la carrera de Magisterio en la Universidad de Montevideo. En diálogo con Entre Todos, comparte su mirada sobre qué implica formar el carácter hoy y los desafíos que enfrentan familias y educadores.
¿Qué entendemos por formación del carácter? ¿Se hereda o se construye a lo largo de la vida?
En sentido amplio, la formación del carácter —FC— busca promover el desarrollo del carácter mediante el cultivo de las virtudes.
Antes de definir FC es importante explicar qué entendemos por carácter. El carácter es el conjunto de disposiciones relativamente estables que configuran la manera habitual en la que pensamos, sentimos y actuamos en las distintas situaciones de la vida. Aborda, entonces, todas las dimensiones de la persona: la afectividad, la voluntad y la inteligencia. Me gusta una idea que sale a menudo en textos de este tema: “el carácter es lo que hacemos cuando nadie nos ve”. A diferencia del temperamento, que tiene un fuerte componente genético, el carácter es educable y moldeable a lo largo del tiempo. El carácter se va forjando a través de la práctica de las virtudes, y nos permite elegir el bien.
La formación del carácter es, entonces, un modelo de educación moral integral que incluye todas las actividades, explícitas o implícitas, que promueven el desarrollo sistemático de las virtudes, buscando el florecimiento individual y social. Las virtudes no son el objetivo último, sino que el fin es el desarrollo pleno de la persona, el bien que está llamada a realizar. Desde una mirada cristiana, la entendemos como el proceso de desarrollar aquellas virtudes que nos llevan a identificarnos con Jesús, modelo de plenitud humana.
¿Qué desafíos enfrenta actualmente la formación del carácter en niños y jóvenes? ¿Es diferente a otras generaciones?
Formar el carácter siempre fue y será un desafío, por la realidad de la naturaleza humana. Cada época tiene sus características que interpelan cómo educamos.
«El carácter no se desarrolla de forma espontánea, sino que es la formación progresiva de hábitos»
Un desafío claro hoy es el relativismo. Antes, las cosas se hacían bien porque “era así”, porque la noción de bien era común y se confiaba en la autoridad de quienes transmitían ese bien. Sin embargo, hoy necesitamos dar razones y explicar por qué algo es bueno para que aprendan a pensar y elegir la virtud en distintos contextos. Esto lleva tiempo y disposición emocional, que son tan preciados en el mundo acelerado en el que vivimos. Otro desafío que antes no existía es el entorno digital, que a menudo está disociado de la realidad y carece de los matices propios del vínculo presencial. En contextos tecnológicos, las decisiones morales afectan a más personas y las consecuencias de nuestras acciones no son visibles.
¿Cómo se forma concretamente el carácter en la vida cotidiana? ¿Qué hábitos son clave en la infancia?
El carácter no se desarrolla de forma espontánea, sino que es la formación progresiva de hábitos. En los primeros años, la FC consiste en atender tres ámbitos concretos: alimentación, higiene y movimientos corporales —funciones vegetativas y locomotrices—. En esta etapa generamos costumbres básicas —por ejemplo, comer lo que no me gusta o lavarme las dientes después de cenar—.
Hasta los seis años, enseñamos a moderar movimientos, gustos, deseos y temores. A los educadores nos toca disponer de los objetos adecuados —cantidad y variedad de la comida, por ejemplo— y corregir acciones desmesuradas —saludar, aunque me dé vergüenza— para generar costumbres operativas que empiezan a ordenar las potencias sensibles. En esta etapa se espera que el niño aprenda a esperar, moderar los gustos inmediatos, tolerar pequeñas frustraciones…. Estos hábitos constituyen la base de la templanza, virtud necesaria para la formación de la afectividad porque nos permite, con la razón, ir ordenando los sentimientos hacia el bien.

En la segunda infancia —seis a once años— el foco está en el cultivo de la voluntad para que las dificultades no nos paralicen. A los educadores nos toca afirmar el esfuerzo frente a la adversidad, buscando desarrollar la fortaleza. Algunos escenarios propicios para ello son el cumplimiento de responsabilidades cotidianas, la tarea escolar y el deporte. En esta etapa empieza a tener mayor presencia la explicación racional, aunque todavía no esté plenamente madura la capacidad de juicio.
Una vez desarrollados estos hábitos, estamos preparados para atender plenamente a la inteligencia y a la voluntad. Esto permite pasar de la virtud habituada a la virtud razonada —prudencia— y pasar de la justicia como reclamación de derechos a darle a cada uno lo suyo.
¿Qué errores suelen cometer los adultos al intentar formar el carácter?
Un error frecuente es reducir la FC al aprendizaje de habilidades o competencias que no se orienten hacia el bien. Otro, que se observa en este tiempo, es la sobreprotección. Al hacer por los niños cosas que pueden hacer solos, les negamos la posibilidad de hacerse responsables de sus decisiones. Por último, la incoherencia: a veces nos olvidamos de que somos modelo. No ejemplos de perfección, sino modelo de personas que le ven el valor a actuar bien y se esfuerzan por conseguirlo.
¿Por qué considerás que hoy es especialmente importante hablar de este tema?
Hablar del carácter hoy es hablar del florecimiento humano, es poner el foco en el “obrar con sentido”, que tanta falta hace ante los niveles históricos de ansiedad y vacío existencial. Además, en un contexto en el que prima la productividad y las demandas del mercado, la FC busca “despertar personas” capaces de poner su talento al servicio del bien común y de la verdad. Por último, al integrar la razón, la voluntad y la emoción, el carácter nos permite cuestionarnos quién quiero ser. En un mundo lleno de incertidumbres, el carácter actúa como principio organizador de la personalidad. Estas son algunas de las razones por las cuales la FC ha cobrado creciente relevancia en la agenda educativa internacional.
En tu experiencia docente, ¿qué cambios ves cuando un joven comienza a fortalecer su carácter?
En mi experiencia docente, lo primero que me llama la atención es el desarrollo de un autoconocimiento realista. El educando pasa a observarse con honestidad, reflexionando sobre sus fortalezas y debilidades y cuestionando las razones y emociones que orientan su actuar. Esta capacidad le permite empezar a construir su identidad. Después, el cambio más profundo es la transición de la virtud habituada a la virtud guiada por la prudencia. El estudiante logra cuestionar qué tipo de persona quiere ser y empieza a actuar porque comprende el valor intrínseco de hacerlo, aunque no siempre sea placentero.
¿Qué mensaje le darías hoy a padres y educadores que desean acompañar este proceso?
Me gustaría transmitir esperanza y paciencia. Creo que todos los que estamos en este baile queremos que nuestros educandos sean felices. La virtud es constitutiva de la felicidad, nos ayuda a pensar, elegir y hacer el bien. Acompañar a los jóvenes a que le vean el valor a eso es cansador y exigente, ¡pero vale la pena! Otra idea, puntualmente para los padres, es animarse a escuchar más nuestro sentido común interno, que muchas veces queda dormido ante el bombardeo de información sobre “cómo hacer las cosas”. Y, por último, para los que somos creyentes, rezar porque el desarrollo del carácter es una elección personal libre, en la que la educación y el encuentro con modelos virtuosos es clave.
Josefina Calvete
Cuenta con una maestría en administración de empresas y es doctoranda en educación.
Actualmente es coordinadora de la carrera de magisterio en la Universidad de Montevideo.
También se desempeña como maestra bilingüe.
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