Maia, Ana y Federico son tres católicos que procuran vivir su fe en el día a día. Como miles de cristianos enfrentan desafíos y dificultades, pero también experimentan la alegría y la paz de saberse en manos de Dios y de ser llamados a llevar esperanza a los diversos ambientes.
Maia Custodio tiene veintiocho años, es médica y está haciendo la especialización en pediatría. Conoció la fe católica hace aproximadamente diez, cuando se vino a estudiar la carrera de medicina a Montevideo. Oriunda de Tacuarembó, proviene de una familia no creyente. Si bien, los años de secundaria los cursó en un colegio católico, en aquel momento su interés por Jesús era casi nulo.
Sin embargo, cuando estaba por venirse a vivir a Montevideo, unas amigas recibieron el sacramento de la confirmación y la invitaron a participar de la ceremonia. Fue allí cuando por primera vez sintió el anhelo de comulgar y de participar de todo aquello que estaban viviendo sus amigas. Por eso, una de las primeras cosas que hizo al llegar a la capital fue buscar una iglesia donde poder formarse y recibir la primera comunión. Así fue como llegó a la parroquia San Antonio y Santa Clara de los Hermanos Capuchinos (Canelones y Minas).
“Ahí me encontré con el PCC (Proceso Comunitario para la Confirmación), del Movimiento de la Palabra de Dios, que me preparaba para la primera comunión y para la confirmación. Hice todo el proceso, me enamoré de Jesús y no me fui más. Me cambió la vida”, expresa Maia a Entre Todos.
Desde entonces, separar su fe de la vida de todos los días le parece imposible. De hecho, hoy continúa participando de los distintos grupos del PCC, a los que ve como “una práctica, un ejercicio de la escuela del amor, para luego salir al mundo a misionar”. Sin embargo, darse cuenta de la enorme misión que supone vivir la fe en la vida cotidiana no fue algo que le resultó tan sencillo.
“Atravesé como una crisis antes de identificar cuál era mi misión. Sentía que el Señor me llamaba a una misión gigante, pero me costaba identificarla. Como estudiaba medicina, pensaba que tenía que hacer la carrera e irme a misionar a África. Entregar mi vida allá. Luego fui identificando que eso grande que el Señor quería para mi vida era vivir cada segundo con una mirada de fe, que la fe lo atravesara todo. Cuando identifiqué eso fue un momento de mucha plenitud, de mucha alegría. Hoy mi vida de fe y mi vida cotidiana van juntas. Mi vida toda se volvió esa misión grande, que esperaba que el Señor me revelara”, explica.
De eso se trata la vocación de los miles de católicos, que viven su fe en la vida cotidiana en medio del mundo: de transparentar a Jesús en su vida de cada día, para que, a través de su testimonio, los demás puedan conocerlo. “Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: este lee la vida de Jesucristo”, decía san Josemaría, fundador del Opus Dei, a quien el papa Juan Pablo II llamó “el santo de lo ordinario”.
Vivir sin fe es más difícil
El camino de fe de la comunicadora y cocinera, Ana Durán, fue distinto al de Maia ―quizás, como dice ella, “fue más fácil”― porque, siendo hija de padres católicos practicantes, vivió la fe desde pequeña. No obstante, hoy, a sus ochenta y tres años, su experiencia la lleva a sentir algo similar a la médica: “No puedo vivir sin fe y sé que es algo que tengo que alimentar todos los días”.
Su vida está marcada por el fallecimiento de una de sus hijas, pero incluso en ese momento, la fe fue la roca firma de donde se agarró para salir adelante. “Cuando hay fe, los dolores y las penas ―porque la vida no es fácil― se sobrellevan mucho mejor. Nosotros perdimos una hija y evidentemente es uno de los dolores más grandes que uno puede tener. Por eso, siempre rezo por aquellas personas a las que les pasa lo mismo y no tienen fe, que son miles. Pienso que el dolor de ellas debe ser mucho más grande”, dice Ana a Entre Todos.
“La fe no te va a dar una explicación al dolor, pero sabés que él está ahí, ayudándote a cargar tu mochila. Le entregás tu dolor; dejás todo en las manos de Dios, aunque el dolor no se entienda. Cuando murió María Inés no había un plan B, no íbamos para atrás ni para adelante, entonces le entregué todo eso a Dios y le dije: ‘Resolvé tu cómo seguimos’. Hasta en eso la fe es importantísima”.
Federico Pérez del Castillo, abogado y escribano, socio director de Pérez del Castillo Abogados & Escribanos también nació en una familia católica y “profundamente practicante”. “Mis principales formadores en la fe fueron mis padres. En especial, mi padre, quien siempre fue un ejemplo por la profundidad de su vida espiritual y sacramental, marcada por la participación diaria en la santa misa, el rezo del santo rosario y la oración cotidiana”, señala a Entre Todos. La parroquia de San Alejandro (26 de marzo y Julio César), donde concurría de niño, también tuvo una influencia significativa en su formación cristiana.
Luego, a través de los años, fue frecuentando diferentes grupos e instancias de formación, hasta conocer la Sociedad de San Juan, donde desde hace varios años participa activamente de sus actividades en la Parroquia Nuestra Señora del Huerto y San José (Gonzalo Ramírez y Eduardo Acevedo). A sus cincuenta y dos años, para Federico, vivir la fe en medio del mundo supone “procurar que las enseñanzas de Jesucristo se reflejen en mi forma de actuar y relacionarme con los demás”.
Se trata de “vivir conforme a convicciones y no a conveniencias. Significa procurar una verdadera coherencia entre aquello que uno cree, piensa y hace, buscando alcanzar una auténtica unidad de vida”. Al igual que para Ana, en los momentos difíciles la fe ha sido para él, “un sostén, una fuente de paz y una fortaleza espiritual”.
El motor de la fe
“Yo digo que la fe es mi motor. Cuando tenés ese motorcito atrás, podés seguir viviendo en paz y tranquila, más allá del dolor y las dificultades”, dice Ana, quien comienza todos los días con unos minutos de oración. “Cada mañana, recibo La Palabra en Vos, que es un placer, porque me levanto con otra mirada. Me siento a la orilla de la cama y rezo. Es una cosa que heredé de mis padres”. Luego, en la tarde, muchas veces se suma de forma virtual a un grupo de oración de Buenos Aires.
La oración en la mañana también es un ingrediente fundamental en el día a día de Maia. “Para arrancar el día, lo primero que hago es orar, disponerme y entregarle todo mi día, todos los pacientes que voy a ver, sus familias y cada detalle. También el contacto con el resto de los médicos y del equipo”. Durante el resto del día trata de mantener ese trato permanente con Dios. “Mi vida es una charla constante con Jesús, mientras que lavo los platos, cocino, me baño. De forma muy sencilla, le voy contando mis cosas y cómo me siento”. A su vez, también comparte algún rato de oración con su esposo, con quien se casó el año pasado. “Estamos en un proceso de búsqueda de qué es lo que nos va pidiendo el Señor, entonces nos está atravesando mucho la oración como familia”, comenta.
Por su parte, Federico comienza su día con un acto de ofrecimiento a Dios. “Le ofrezco mis ojos, mis oídos, mi lengua y mi corazón”. Luego, procura asistir a misa y a la noche, terminar la jornada con una oración. “En nuestra familia procuramos vivir la fe en comunidad: bendecimos los alimentos antes de comer, rezamos el rosario juntos, participamos en familia de la santa misa dominical y, junto a mi esposa, concluimos el día con oración”. También trata de que su fe se exprese en distintos gestos en su ambiente de trabajo. Por ejemplo, en su escritorio tiene una cruz, que era de su abuelo, a través de la cual intenta acordarse de ofrecer su trabajo a Dios.
Para Ana, la experiencia de la fe vivida en la familia desde pequeños es muy importante. “Así como queremos que se eduquen en las escuelas y colegios, desde que son muy niños, la fe es importantísimo que la sumen en su vida desde el vamos”. A modo de ejemplo, relata los frutos de llevar a sus bisnietas a misa desde que eran bebés. “Hoy antes de irse de la iglesia, van a la Virgen y le tiran besos”.
No obstante, también reconoce la importancia del acompañamiento y la comprensión, cuando algún miembro de la familia no se comporta según las enseñanzas de la fe. “Nosotros, con mi marido, siempre acompañamos, aunque no estuviéramos de acuerdo. Obviamente, que les decimos lo que pensamos, pero luego acompañamos y rezamos”.
Maia, en tanto, comenta feliz los frutos que su conversión está logrando en su familia. Si bien, al principio eran bastante reticentes y no entendían mucho, en los últimos años algunos de sus parientes se han acercado a su comunidad y han comprobado “lo hermoso que es”. “De hecho, mi hermano también empezó este proceso (con un grupo)”.
Sembrar la semilla
“Tengo mucho la conciencia de que soy un Evangelio abierto, para que la gente pueda conocer a Jesús. Capaz es la única instancia que tienen en su vida, entonces intento vivir con los gestos de Jesús”, manifiesta Maia, quien, por su profesión, tiene el desafío de dar a conocer la fe en el ámbito de la salud.
Expresa que muchas veces, ante la adversidad del ambiente, lo primero que hace es encomendarse al Espíritu Santo. “Arranco despacito, como chiquita y me voy agrandando. Les voy contando desde mi lugar vivencial, no desde lo que enseña la Iglesia. Les cuento que había alguien que me amaba mucho, que yo no sabía cómo gestionarlo, que esa persona que me amaba era Jesús, y que de a poco me fue conquistando, mostrando todo, hasta que literalmente dio vuelta mi vida y me dio un motivo. Estoy segura que Jesús hace algo con eso, algo se mueve internamente en esa persona”.
Por su parte, Ana se enfrenta al desafío de dar a conocer a Jesús en canal 10, donde trabaja desde hace varios años. “Creo que la fe es como una gotita, es como que tú vas aportando algo, a veces, sin darte cuenta. Por ejemplo, yo soy muy de decir ‘gracias a Dios’ o de contarles que hoy se celebra tal cosa. Hay gente que me entenderá y gente que no y que se quedará pensando por qué yo digo o festejo eso. En eso, también está nuestra semillita”.
“Muchas veces se acercan y me preguntan cómo puedo seguir viviendo así después de lo que me pasó (con mi hija) y yo les explico la importancia de la fe. Me ha pasado que muchos me han dicho: “¡Ojalá yo tuviera tu fe!”. Y yo les digo que la fe hay que alimentarla, porque creer nos da un sentido y nos da esperanza. ¡No podemos vivir sin esperanza!”, afirma la comunicadora, haciéndose eco de unos de los mensajes claves del pontificado de Juan Pablo II: los cristianos, viviendo nuestra fe en el día a día, estamos llamados a ser “testigos de esperanza”, para transformar el mundo.

Iglesia Católica de Montevideo

