Me propongo elaborar una serie de artículos breves sobre cristianos —algunos de ellos, santos— de fines del siglo XIX y del siglo XX, que se han destacado por su fe y su rigor intelectual, configurando lo que podríamos llamar Modernidad trascendente o, en palabras de Alberto Methol Ferré, «Modernidad católica». Con estas expresiones se intenta describir trayectorias de cristianos que, muy fieles a la fe católica, toman algunos aspectos positivos de la Modernidad, como por ejemplo, la confianza en el conocimiento científico, la relevancia del sujeto, del yo personal, la defensa de la libertad religiosa y de los derechos humanos. Por Bárbara Díaz
Comenzaré esta serie con Edith Stein, canonizada en 1988 y nombrada por Juan Pablo II copatrona de Europa en 1999. Edith nace en Alemania en 1891, en el seno de una familia judía. De una inteligencia preclara, decide estudiar filosofía y lo hace con el maestro Edmund Husserl, padre de la fenomenología, de gran predicamento en su época. Por esos años abandona la fe judía y se declara atea. Sin embargo, la búsqueda de la verdad se manifiesta en sus tempranos escritos y en sus conversaciones con sus jóvenes compañeros, algunos de los cuales se convirtieron al cristianismo en esos años.
En 1921, cuando pasa unos días en casa de una filósofa amiga, descubre el Libro de la Vida de Santa Teresa de Ávila y lo devora en una noche. “¡Mis ansias por conocer la verdad eran mi única oración!” exclamará desde lo hondo de su ser, y se bautizará el 1 de enero de 1922. El encuentro con la Verdad dará nuevo impulso a su investigación filosófica, que se concretará, por ejemplo, en la obra Ser finito y ser eterno, en la que pone en relación la fenomenología y otras corrientes del pensamiento de su época con santo Tomás de Aquino.
Durante varios años se dedicará a la enseñanza, a la investigación y a dar conferencias. Su vocación de carmelita es clara y firme, pero retrasa su entrada debido, entre otras cosas, a las incomprensiones de parte de su familia, en especial de su madre, que nunca entendió la conversión de Edith. Es relevante tener presente que Edith fue una defensora de la mujer, en una época en que pocas podían acceder a profesiones: ella misma no pudo concursar para una cátedra universitaria ya que estaba vedada a las mujeres. Sus trabajos sobre el tema fueron publicados bajo el título de La mujer. Su papel según la naturaleza y la gracia (Madrid: Palabra, 1998).
Finalmente, en 1933 entra en el Carmelo de Colonia, donde le permiten continuar con sus trabajos de investigación. Fruto de esos estudios es La ciencia de la Cruz, en la que anticipa su unión con Cristo crucificado que se hará realidad con su martirio. En medio de la discriminación y posterior persecución contra los judíos, escribirá:
«Me siento metida en Dios, tengo paz y seguridad. No es la seguridad autónoma de un adulto que está en pie, por sus propias fuerzas, sobre un terreno seguro; es más bien la seguridad feliz de un niño pequeño que se encuentra en brazos fuertes».
En 1938, cuando arrecia la persecución contra los judíos, Edith se traslada al Carmelo de Echt, en Holanda, para estar más protegida. Pero los nazis, indignados por una pastoral de los obispos holandeses en la que denuncian el régimen, arrecian en su persecución y toman prisionera a Edith, junto con muchos otros. La llevan al campo de concentración de Auschwitz donde morirá en la cámara de gas.
Edith siempre entendió que su martirio era un don para el pueblo judío, al que siempre entendió pertenecer:
«Cuando elegí el nombre “de la Cruz”, lo hice por el destino de mi pueblo, porque ya entonces se podía prever que iba a sufrir mucho. Pensé que quienes entendíamos que los acontecimientos políticos significaban para nosotros la Cruz de Cristo, tendríamos que llevar esta Cruz en el nombre de todos».
Edith Stein es modelo para todos los buscadores de la verdad, ejemplo de intelectual sincera; para ella la fe, lejos de estrechar su horizonte, lo amplió a dimensiones insospechadas. Se adelantó a comprender la misión de la mujer en el mundo y murió amando profundamente a su pueblo y ejercitando heroicamente la caridad hasta su última hora.

