Tras un 2024 sin incorporaciones y luego de una intensa campaña de ayuno y oración por las vocaciones, nuestra Iglesia recibió cinco nuevas vocaciones en 2025 y ocho nuevos llamados al sacerdocio para este año. La celebración de bienvenida reunió a obispos, formadores, familiares y amigos.
Antes de que las agujas del reloj marcaran las siete y media de la tarde, la capilla del Seminario Interdiocesano Cristo Rey ya lucía colmada y en clima de gozo. En los bancos se acomodaban padres, abuelos, amigos; algunos hablaban en voz baja, otros lo hacían con menor disimulo. Algunos presentes simplemente miraban fijo el altar, como si quisieran adelantarse a lo que estaba por empezar.
Los últimos destellos de luz del atardecer traspasaban las ventanas y se quedaban quietos, casi dorados, en el presbiterio. Las paredes de ladrillo absorbían el murmullo y lo devolvían en forma de silencio. Arriba, el Cristo suspendido dominaba la escena con los brazos abiertos: no como quien se impone, sino como quien acoge y abraza.
El viernes 20 de febrero nuestra Iglesia compartió la santa misa con un motivo concreto para celebrar. Ocho jóvenes acababan de decir sí.
¡Unidos en oración!
Durante la homilía, el cardenal Daniel Sturla —quien presidió la celebración eucarística— lo dijo sin rodeos, con una particular mezcla de humor y realismo: “No nos importa la cantidad… ¡nos reimporta!”.
Hubo risas. Pero la frase quedó flotando en el aire, con su verdad intacta. Nuestra Iglesia vivió con profunda preocupación cuando, en 2024, ningún joven ingresó al seminario. En aquel entonces, desde la Pastoral Juvenil de la Arquidiócesis se propuso impulsar una campaña de ayuno y oración por las vocaciones, para que en cada viernes un fiel rezara y ayunara.

La iniciativa dio frutos rápidamente. El año pasado ingresaron cinco jóvenes al Seminario Cristo Rey, y también cuatro chicas comenzaron su camino de fe y servicio en distintas comunidades religiosas. En este 2026, solicitaron ingresar al seminario cuatro chicos de Montevideo (Facundo, José, Mateo y Leandro) y otros cuatro provenientes de distintos puntos del país (Jesmar de Flores, Lautaro de Paysandú, Marcos de Mercedes y Santiago de Canelones).
Esto es motivo de alegría para toda nuestra Iglesia, así como para cada una de sus familias. Porque, como decía san Juan Bosco, el mayor regalo que Dios hace a una familia es un hijo sacerdote.
El camino de la cruz
La misa avanzó con solemnidad. Los obispos concelebrantes —Mons. Heriberto Bodeant, Mons. Luis Eduardo González, Mons. Alberto Sanguinetti, Mons. Fabián Antúnez— formaban un semicírculo púrpura alrededor del altar, acompañados por distintos sacerdotes arquidiocesanos.
En su prédica, el cardenal Daniel Sturla recordó el vínculo particular de Dios con su pueblo:
“Como vemos en el Antiguo Testamento, Dios es como el esposo de Israel. Lo ama con un amor entrañable, y Jesús es el esposo de la Iglesia. Su alegría es que su esposa esté embellecida, como se nos va a narrar en el último libro de la Biblia [Apocalipsis 21, 2]”
Luego agregó: “El papa Francisco, cuando despidió al papa Benedicto XVI en la misa fúnebre en la Plaza de San Pedro, dijo esta frase tan hermosa: ‘Benedicto, fiel amigo del Esposo, que tu gozo sea perfecto al oír definitivamente y para siempre su voz’. ¡Qué belleza! ‘Amigo del esposo’ es el lema episcopal de monseñor Alberto [Sanguinetti]”.

En su homilía el cardenal habló de frutos más que de éxitos. Recordó que la vocación sacerdotal no es carrera ni plataforma, sino respuesta. Citó a Juan Bautista: el amigo del esposo que se alegra al oír su voz. Y compartió una última reflexión:
“Muchos dicen que ser sacerdote es una vida de felicidad. Y, como ya estoy más viejo, eso de ser feliz me hace un poco de ruido. Me gusta más decir ‘ser pleno’, porque la felicidad a veces se nos escapa, pero incluso los momentos más difíciles de la vida uno puede vivirlos en plenitud. Seguir a Cristo es tomar el sendero de la cruz. Es un camino de plenitud y alegría, pero con esa paradoja (…) Recemos por ellos, para que descubran la voluntad de Dios y puedan hacer un discernimiento que los lleve a encontrar su propio camino, para vivir plenamente su ser cristiano, hasta que un día escuchen decir: fiel amigo del Esposo, que tu gozo sea perfecto al oír definitivamente y para siempre su voz”.
Por María, ir a Jesús
Mateo (19) sintió su vocación sacerdotal en Medjugorje [sitio de peregrinación popular mariana, situado en Bosnia y Herzegovina]. En realidad, recuerda que lo sabía desde antes, pero era un llamado que no había querido escuchar. “Soy de la parroquia María Reina de la Paz. El año pasado fui al Jubileo y luego a Medjugorje, una experiencia muy linda. Ahí confirmé o mejor dicho acepté la vocación del sacerdocio. Creo que lo venía sintiendo hace años, pero imaginaba mi vida por otro lado”, contó con tranquilidad, luego de haber ya compartido la emoción de la santa misa.
Mateo pasó algunos momentos de su adolescencia con problemas para dormir, y fue en ese silencio de la noche que Dios lo llamaba para una vida de servicio, pero no estaba del todo seguro:
“Pensaba que podía ser un invento mío, porque además justo en ese momento, que fue como a mis 16 años, yo me quería poner de novio, entonces me guardé todo eso. El tema fue cuando incluso estando en pareja seguía con la misma sensación, era algo que sentía en el corazón”.
“Mi familia lo tomó bien. Ellos son todos católicos. Tenía la tranquilidad de que, cuando se los dijera, no tendrían una mala reacción. Y la verdad que todo fue incluso mejor de lo que esperaba”, afirmó.

Una vida de servicio
Jesmar (23) proviene de la parroquia Santísima Trinidad de Flores. Su camino de fe y discernimiento comenzó cuando, con 16 o 17 años, empezó a frecuentar los grupos de jóvenes de su comunidad:
“En ese momento no tenía mucha idea de qué se hacía en un grupo de jóvenes de parroquia… En realidad, tampoco sabía que había grupos de jóvenes en las iglesias. Pero poco a poco fui integrándome en otras actividades, como campamentos, y también participa en un merendero los sábados. Era un proceso acompañado, estábamos junto al entonces seminarista Carlos Molina [actualmente sacerdote de la diócesis de San José de Mayo]. Por esos años, no solo conocí todo el servicio que se realiza y lo que implica brindarse de una manera desinteresada, sino que también pude comenzar a buscar ese sentido de Dios y de la vida”.
Como ocurrió con Mateo, Jesmar también sintió algo especial en su interior:
“Cuánto más buscaba, más sentía un deseo interno de servir, de entregarme. En ese momento Dios era como mi faro o brújula, que me indicaba el camino. Con el tiempo supe que me sentía llamado a cuidar a los demás, al celo apostólico, y a dar mi vida para que otros también puedan encontrar a Dios”.
Jesmar comenzó su particular e inquieto proceso de discernimiento en 2022, mientras estudiaba una licenciatura en fisioterapia, en Paysandú.
“Al mismo tiempo que cursaba la carrera reflexionaba sobre mi futuro. Fui catequista en la parroquia Santísima Trinidad, delegado en la Pastoral Juvenil de la Diócesis de San José de Mayo. Y también integré un movimiento que se llama Santa María de la Estrella, en el que hicimos retiros, campamentos y misiones, y que fue un gran impulso para que yo puediera ir descubriendo esta vocación al sacerdocio. Todos en mi familia lo tomaron con mucha naturalidad, porque veían que pasaba mucho tiempo en la iglesia. Entonces siempre lo vieron como una posibilidad. Si bien nunca me lo manifestaron para no condicionarme, ellos también fueron haciendo su proceso mientras atravesaba mi discernimiento”.

Seguir a Jesús
Cuando la misa terminó, la capilla tardó en vaciarse. Las familias se acercaron. Hubo abrazos largos, fotos rápidas, saludos que se estiraban como si nadie tuviera apuro. Afuera, la noche de Montevideo estaba tibia.
Alguien comentó —medio en broma, medio en serio— que el año que viene podrían ser dieciséis. El cardenal ya lo había dicho en su homilía, riendo, pero las risas, en la Iglesia, a veces también son oración.
Lo cierto es que, después del cero de 2024, luego del ayuno y los rezos, y después de la espera paciente, ocho jóvenes cruzaron la puerta del Seminario Cristo Rey, para seguir a Jesús y servir a nuestra Iglesia.
¡Tres seminaristas serán ordenados diáconos!
El próximo sábado 21 de marzo a las 10 horas, los seminaristas Ricardo Asqueta, Antonio Gianoli y Rogelio Pampillón tendrán su ordenación diaconal camino al sacerdocio. La celebración será presidida por el Card. Daniel Sturla en la Iglesia Matriz, Catedral Basílica Metropolitana.

Ricardo Asqueta:
“Mientras me preparaba para la ordenación diaconal, experimenté una serena alegría porque, rezando y dejando todo en las manos de Dios, vi cómo este camino solo es posible gracias a él. Dios nos acompaña en medio de todas las situaciones que enfrentamos y siempre va adelante, marcando nuestro rumbo. Entonces eso me da la confianza para seguir adelante, pero sobre todo la confianza para amarlo y poderle servir por medio de nuestra Iglesia”.

Antonio Gianoli:
“Es un tiempo de mucha alegría, de preparación para recibir el sacramento del diaconado. Recibí con mucha alegría el llamado del Señor Jesús a servirlo en su Iglesia y, de manera particular, en la parroquia Stella Maris, que es donde estoy trabajando con los jóvenes de la comunidad. Lo vivo contento, sabiendo que el diaconado es un paso previo para recibir también el orden sagrado mediante la ordenación sacerdotal. Eso llena de alegría el corazón, lo vivo con entusiasmo”.

Rogelio Pampillón:
“Cuando entré al seminario veía lejana la ordenación, ¡pero ahora ya estamos en los descuentos! Estoy feliz y agradecido a Dios por la vocación que me regala, y por todo lo que me ha dado. Así lo vivo, mirando a Cristo y pidiéndole ser —en un tiempo— el pastor que sueña para mí. Este mes en la parroquia de Guadalupe fue intenso, y los niños y el barrio en general hacen que mi corazón sea más de él. ¡Quiero servir a la Iglesia siendo cada día más de Cristo!”.
Iglesia Católica de Montevideo

