Reflexiones sobre nuestra Iglesia. Por Leopoldo Amondarain.
Si le preguntamos a la gente qué piensa que es la Iglesia, seguramente la mayoría contestaría que es la reunión o el colectivo de todos aquellos que creen que Jesús es Dios, es decir, el conjunto de todos los cristianos.
Pero si la Iglesia fuese únicamente la suma de todos los cristianos, está claro que la calidad espiritual y moral de la Iglesia será la resultante de la calidad espiritual y moral de sus miembros.
Como es evidente que los miembros de la Iglesia tenemos defectos y pecados, incluso algunas veces muy grandes, decir que la Iglesia es santa sería algo atrevido y poco creíble. Sin embargo, es lo que decimos los cristianos todos los domingos en el Credo: “creo en la Iglesia que es una, santa, católica y apostólica”.
La respuesta a este interrogante surge de comprender que la Iglesia no es solo la suma de sus miembros, sino que tiene un ser propio, personal y distinto del ser de cada uno de sus miembros e incluso de todos juntos, de la misma manera que la madre es distinta y anterior al ser de sus hijos. Ese ser propio de la Iglesia es el que es santo y sin mancha. Por eso podemos decir que la Iglesia es santa, aunque muchos de sus miembros o incluso todos seamos pecadores.
El ser propio de la Iglesia consiste, como afirma la carta a los Efesios, en la plenitud de gracia que es el cuerpo de Cristo. Dios Padre constituyó a Cristo cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo. La plenitud de gracia propia de la cabeza constituye la personalidad sobrenatural de la Iglesia. Esa plenitud de gracia la constituye y la hace capaz de responder a Cristo con un amor de esposa, es decir, con un amor que no calcula y se entrega sin medidas, diciendo como la esposa del Cantar de los Cantares: “mi amado es para mí y yo soy para mi amado”.
Cuando decimos que la Iglesia es el cuerpo de Cristo, afirmamos una gran verdad. Es decir, que la Iglesia es el instrumento que Cristo se ha dado a sí mismo para actuar en medio de los hombres a lo largo de la historia humana, de forma que todos podamos seguir escuchando su palabra y recibiendo sus gestos salvíficos en los sacramentos.
La Iglesia, por tanto, es el lugar donde Cristo está presente y puede tocar a cada persona, o imponerle las manos como hacía con los enfermos y los niños para bendecirlos. Es donde puede decir: tus pecados son perdonados, o donde puede seguir realizando sus gestos salvadores.
La Iglesia, además de ser cuerpo de Cristo, es también esposa de Cristo. Gracias al Espíritu Santo no es únicamente instrumento de su presencia, sino alguien que lo recibe y se vuelve hacia Él para responderle, amarlo, y esperar su venida.
Sin embargo, esa esposa de Cristo está compuesta por personas que todavía no dan a Cristo la respuesta de amor que Él se merece, porque no han llegado a la perfección de la divinización que el Espíritu Santo va operando en ellos.
Cuando contemplamos los errores y defectos de muchos cristianos surge en nosotros la pregunta: donde está esa esposa enamorada que se entrega totalmente al esposo. Acaso habrá que esperar al fin de los tiempos para que Cristo reciba el amor que Él se merece. Si dijéramos que sí ignoraríamos el corazón mismo de la Iglesia y uno de sus misterios centrales. La respuesta es que su perfección ya está realizada en una persona humana plenamente unida a Dios, y que está más allá de la resurrección y del juicio. Esa persona es la Virgen María.
«En la Iglesia peregrinante comienza a hacerse realidad el plan de Dios para la creación»
La Virgen María está más allá de la muerte y de la resurrección, porque está asunta al cielo en cuerpo y alma. Ella es la que da a Cristo la respuesta total de amor que el Señor se merece. Por lo tanto, podemos ya decir que la Iglesia existe en la Virgen María sin mancha ni arruga amando a Cristo como Cristo merece ser amado. Y el resto vamos caminando hacia un amor como el suyo.
La persona mística de la Iglesia trasciende y al mismo tiempo asume las personas de cada uno de sus miembros. Por eso, en cada eucaristía al comulgar el sacerdote ora en nombre de todos los fieles diciendo: “no mires nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia”. Es decir, no mires nuestros pecados, sino a la Iglesia que es santa y no tiene mancha. Que existe en la persona de la Virgen María, y en atención a ella concédenos lo que te pedimos, que incluso sabemos que no nos lo merecemos, pero María sí lo merece, porque ella te ama como hay que amarte.
La Virgen María no está en la Iglesia como están los demás miembros. Los miembros de la Iglesia estamos como las piedras en un mosaico, pero ninguno somos todo el mosaico. La Virgen María está en la Iglesia como inmanente a la personalidad misma de la Iglesia. No es una piedra más del mosaico, sino la personificación de ese conjunto que es la Iglesia, de tal manera que no hay nada en la Iglesia que no esté antes en María.
Cuando la Iglesia entera sea consumada en la gloria, entonces constataremos que la santidad y plenitud de gloria de todos los miembros en su conjunto no será más grande que la santidad y gloria de María.
El concilio Vaticano II, confirmado la enseñanza de toda la tradición, ha recordado que en la jerarquía de la santidad, la Virgen María es figura de la Iglesia. Ella nos precede a todos en la vía de la santidad. En su persona la Iglesia ha alcanzado ya la perfección que la hace sin mancha ni arruga.
María fue preparada por Dios para su misión de ser madre de Dios. Así como toda la gracia está en Cristo como en su fuente, también está en María como en su receptáculo perfecto. Por eso, con toda razón el papa Pio IX llamó a la Virgen sede de todas las gracias.
En el núcleo esencial de la Iglesia está la fe de María. Cuando rezamos en el Rosario los misterios gozosos, en la anunciación contemplamos a la Virgen que da su respuesta a Dios: “hágase en mí según tu palabra”. En el fondo toda nuestra vida es intentar decirle a Dios un sí como le dijo la Virgen a Dios, que es un sí sin condiciones.
En Iglesia peregrinante comienza a hacerse realidad el plan de Dios para la creación, mientras que en la Iglesia consumada al final de los tiempos ese plan habrá alcanzado su meta. Y el medio que Dios utiliza para realizar su plan de salvación es la Iglesia. Por eso los que dicen Cristo sí, pero la Iglesia no están equivocados. Cristo sí, pero Cristo quiere la salvación de los hombres y su divinización, para lo cual son necesarios los sacramentos. Es decir, hace falta el bautismo, la penitencia, la eucaristía, y el resto de los sacramentos. Y todo eso no puede existir sin la Iglesia. Por eso decimos: que no separe el hombre lo que Dios ha unido. Y Dios ha unido a Cristo y a la Iglesia. De ahí que la Iglesia sea la esposa de Cristo, y no se puede pretender divorciar ese matrimonio.
Con todo lo anterior nos damos cuenta que podemos distinguir entre la madre que es anterior a sus hijos, y sus hijos, que mientras caminan por este mundo están manchados por el pecado. Cuando llamamos santa a la Iglesia estamos contemplando a la Iglesia madre distinta de sus miembros. Es decir, la Iglesia que existe sin mancha en la persona de la Virgen María. En cambio, cuando pedimos que sea purificada de toda mancha estamos contemplando el conjunto de los miembros de la Iglesia, de sus hijos, que estamos necesitados de conversión y de purificación.
Al confesar en el credo la santidad de la Iglesia no estamos confesando algo obvio o evidente, sino que estamos penetrando en el misterio de la Iglesia, que existe personalmente en la persona de la Santísima Virgen. Además, la afirmación de la santidad de la Iglesia no es sino una consecuencia de la afirmación de la santidad de Dios, el único santo tal como decimos en el gloria de la Misa. Porque cuando decimos que la Iglesia es santa pensamos en Dios, y que Dios ha puesto la plenitud de su gracia en la Iglesia. Un Dios enamorado de los hombres que viene hacia nosotros para comunicarnos su vida, y para eso deposita la plenitud de su gracia en la Iglesia.


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EXCELENTE!!! Muchas Gracias por tan clara explicación! Bendiciones