La Misa de la Cena del Señor dio inicio a los días que recuerdan la pasión, muerte y resurrección del Señor
Desde hace algunos años, el Cardenal Daniel Sturla se aleja de la Catedral de Montevideo para celebrar la Misa de la Cena del Señor, con la que comienza el Triduo Pascual. Esta vez la parroquia visitada fue la de Santa Magdalena Sofía Barat, en Aires Puros.
El templo estaba repleto, pues acudieron los miembros de la comunidad y unos 40 jóvenes allegados al Movimiento Schoenstatt, que por estos días realizan una misión por el barrio. Según explicó una de las participantes a ICMtv, el grupo está al servicio de la Iglesia y les asignaron esta zona de la ciudad. Recorren el barrio y dan a conocer las actividades de la parroquia, donde está asumiendo un nuevo encargado, el Padre Mauro Fernández. Así pues, entre los asistentes había una buena proporción de jóvenes, muchos de ellos ya de la mano con los vecinos.
Junto al Cardenal y al P. Fernández celebró también el Padre Antonio Nin Mitchell, argentino, superior de los Padres de Schoenstatt en la región, que llegó para acompañar la misión Tabor de María.
En la homilía el Arzobispo de Montevideo habló sobre los tres grandes misterios que se celebraban: la institución de la Eucaristía y del sacramento del orden sacerdotal, y el mandato del Señor sobre la caridad fraterna. Se extendió especialmente sobre el primer punto, destacando el enorme amor de Dios por todos los hombres.
“Dios nos ama porque somos criaturas suyas y nos ama hasta el fin. Cuando nos acercamos a la Eucaristía -siempre indignos-, siempre es mucho lo que recibimos y poco lo que damos. Y el Señor nos dice: ‘Dejate amar’”, recomendó. Dios ama a todas sus criaturas.
Desde la Última Cena, la Eucaristía se celebra en todo el mundo. Para que esto fuera posible, Jesús designó a los apóstoles como sucesores suyos, en el servicio a los demás discípulos. Por la mañana del jueves, en la Misa Crismal, el Cardenal se extendió sobre la realidad del sacerdocio e invitó a todos los padres de la diócesis a vivir una profunda amistad con Cristo.
En tercer lugar, el Cardenal destacó el gesto de Jesús de servir a sus discípulos con el lavatorio de los pies y explicó la necesidad de vivir la caridad con los demás hermanos. “Lo que más puede querer el Señor de nosotros es que le abramos nuestro corazón a su amor y nos dejemos amar por Él”, concluyó. Un detalle pintoresco: en el altar de la Iglesia está pintada la frase «ámense unos a otros», el mandamiento dado por el Hijo de Dios en esta precisa noche.
Servir con obras
El acto de servicio fue representado a continuación, cuando el Cardenal lavó los pies a seis personas: dos señoras, un señor, un seminarista, una joven de la misión y un monaguillo. El pueblo acompañó con un canto.
La Misa transcurrió como de costumbre. Lo que fue diferente fue el final: el copón con la Eucaristía fue trasladado al “monumento”, un sagrario en otra zona del templo, rodeado de velas, flores y panes. Las luces del templo se apagaron y toda la asamblea permaneció en silencio -de rodillas o de pie- rezando, agradeciendo la presencia real de Dios en la hostia.
En decenas de iglesias de la ciudad se vive esta costumbre de acompañar al Señor en la agonía en el Huerto de los Olivos. Muchas comunidades organizan horas santas o visitas a las siete iglesias (la lista de templos abiertos se puede ver aquí), y fieles de toda la ciudad se hacen un tiempo esta noche para acercarse un poco más a Jesús.