Serie sobre las Hermanas del Huerto. Tercera entrega, por el Pbro. Gonzalo Abadie.
La muerte de los pobres se propaga más silenciosa, más discretamente, sin perturbar la paz pública. Por entonces quedaban solo algunos restos de muralla. Sin embargo, una mole inviolable parecía separar el mundo que habitaban los pobres, de aquel otro de los que no pasaban graves necesidades, y ni qué hablar del de los ricos. Pero es solo una ilusión, hoy como ayer. Lo que allí sucedió tardó un tiempito en derribar los muros. La muerte entró calladita en el distrito de las Bóvedas, o barrio de la Dársena, en la zona del Cubo del Norte, como si hubiese bajado invisible de algún buque. ¿De El Prince tal vez, del que habían desembarcado varios infectados y subido otros tantos para realizar distintas labores? Podría ser de ese o de cualquier otro. Más de treinta barcos venidos de puertos brasileros habían arribado a la bahía de Montevideo en aquel febrero de 1857. Y en Brasil, la peste amarilla era imparable. Y este hecho era conocido, es cierto, y se asomaba en el horizonte como una posibilidad indeseada y repelida.
El distrito de las Bóvedas, miserable y popular, maloliente, caótico, se asentaba en los bajos portuarios bordeando la bahía, allí donde iban a perderse las calles del Cerro (Bartolomé Mitre), Cámaras (Juan Carlos Gómez), Piedras y aledañas. Y pronto se pasó para el barrio vecino, al norte del Mercado de la Ciudadela, todavía amurallada. Allí se amontonaban gentes bravas, muchos inmigrantes de pelo en pecho, rostros angulosos y ásperos, habituados a lidiar en el día a día, que vivían de sus habilidades en los muelles, los barcos y el cabotaje: calafates, carpinteros de ribera, pescadores, boteros y lancheros, jornaleros, pintores… Allí la parca comenzó el festín, y nada pudieron contra ella los hombres y mujeres duros, correosos ―y sí, usaremos la palabra― resilientes, (¡oh, sí, resilientes!) en aquellas húmedas casetas de piso algo podrido, en que se apiñaba un matrimonio con seis o siete hijos, amontonadas entre los barracones que servían de depósito para la lana o el cuero.
A fines de febrero cundió la alarma y se vino a pique el muro. Las autoridades hablaron de una situación de fiebre gástrica, grave. Había que evitar el nombre, toda una sentencia de muerte. Pero nadie creyó en los avisos buenistas. Pronto llegó el terror a las clases acomodadas. Y entonces empezó a verse el éxodo, las largas colas de carretas que se afanaban por salir de la ciudad, unas tras otras, urgidas, aterradas, disparadas hacia sus quintas o estancias lejos de Montevideo, cargando con todo lo que podían, incluyendo los muebles.
Los que permanecieron contemplaban con pavor el abandono del que eran objeto, especialmente al saberse que huían los legisladores ―allí la alaraca y las combativas ideas de unos y otros se rindieron rápidamente, y hasta los más animosos flojearon―, los ministros, y el mismísimo presidente Gabriel Pereira, que buscó amparo en su quinta, en los primeros días de marzo, refugiándose en las bebidas espirituosas ―decían―, de las que era un fiel aficionado, y custodiado por un triple cordón sanitario. El presidente de la Junta Económico-Administrativa, Francisco Antonio Vidal, huyó a San Carlos.
Solo el jefe político, y jefe de policía, Luis de Herrera Basavilbaso, fue, de acuerdo a los informes del cónsul francés, el “único magistrado de alto rango que no ha abandonado su puesto”. El fundador del clan Herrera hizo frente a la situación, dando con su gente una lucha sin cuartel en las calles, para dar cumplimiento a las órdenes que otros daban, remotamente, desde sus despachos, cobijados en el más completo aislamiento, muertos de miedo, de prudencia, de indiferencia.
Los periódicos informaban de la marcha de unas veinte mil personas, por lo que la población había quedado reducida a un tercio apenas. La vieja ciudad adquirió un aspecto fantasmal, dejando al descubierto sus miserias más lamentables, el penoso cuadro sanitario de sus calles, y de numerosos hogares, considerados peligrosos focos de infección que debían ser erradicados de una buena vez, si lo que se pretendía era sobrevivir. Los negocios habían cerrado; los espectáculos, desaparecido.
¿Era contagiosa la fiebre? ¡Que sí, cuidado con los focos infecciosos! ¡Que no, que no! Las epidemias consiguen penetrar más las mentes y voluntades que los cuerpos, corrompiendo la moral y la psiquis de la gente, maliciándolas, instilando sospechas aquí y allá, multiplicando suspicacias y recelos, poblando la fantasía de ideas extrañas, atormentadas. Estaban los que se acogían a la causa conspirativa. No acusaban en aquel momento a la China (ojo que ahora esa idea conspirativa ha regresado, tomando visos sorprendentemente reales). Atribuían la peste a algunos médicos que habrían introducido el germen ―se decía― en unos globitos echados al aire para que reventaran y desparramaran la peste, idea que fue ventilada en algunos periódicos. (Esa fue la Carmela a la que echaron mano).
Otros, más refinados en la hechura artística, de imaginación más sofisticada, más valiente, sostenían que la epidemia se contraía solamente durante el sueño… Cuidado aquí también: con el paso de los años esta teoría oscura y fantástica, que inducía a más de uno a vagar de noche por las calles pestilentes para mantenerse en vela, se probó como irreprochable, nítida, visionaria, cuando vinieron a conocerse las causas de la peste amarilla.
La fiebre, lo sabemos ahora, es transmitida por un mosquito, el Aedes egypti. El famoso patriarcado, una vez más, había determinado que fuese la hembra la agente transmisora fatídica, la que pica e inocula, la vampiresa nocturna, la que prefiere atacar durante la noche, cuando su víctima, desprevenida, se ha entregado a los sueños, a los sueños febriles.
La población, en general, creía, como lo hacían muchos médicos, que la peste se propagaba por la inhalación de algunas miasmas emanadas por la materia putrefacta vertida en numerosos puntos de la ciudad. Pensemos en el distrito de la Dársena, minada por pantanos nauseabundos en que se sedimentaban los deshechos que corrían cuesta abajo, desde las calles altas, y de algunos caños maestros que habían quedado a medio camino, sin adentrarse en el mar, y que volcaban la materia innombrable por las calles ya habitadas, encharcándola por toda la zona cenagosa y hedionda. Pensemos en las calles malheridas de zanjas y pozos de hasta dos metros, que podían ser el cementerio de las carretas, en los que se echaban animales muertos y la basura y desperdicios de los vecinos. ¿No tuvo el Gobierno que exhortar a no orinar en las calles, a no hacer sus necesidades en ellas o al menos a dejar de tirar olímpicamente las eyecciones personales en la vía pública? Muchas casas no contaban con letrinas.
Como una sociedad distópica, de esas tan queridas por el cine, Montevideo lucía inhabitada, espectral. La gente quería permanecer aislada, y quien se animaba a andar por ella podía observar, de pronto, pasar un carro fúnebre cargando un amasijo de difuntos, amontonados unos sobre otros, rumbo al cementerio. Algunos eran sepultados sin que hubiese podido averiguarse sus nombres, y eran arrojados sin más trámite bajo tierra, a buena profundidad, y con un par de cargas de cal encima hasta cubrir el cadáver. Podía observarse, también, a un grupo de presos cargar con una camilla en que iba alguien tendido, moribundo, entre vómitos renegridos, camino al Hospital de la Caridad. Más de uno los vio ebrios, cantando obscenidades en zigzag, por las calles solitarias de las que ahora se sentían dueños, zarandeando en un vaivén espeluznante al agonizante, cuyo cuerpo tamborileaba sobre la lona, amenazando ruina o caída estrepitosa, emborrachados para exorcizar el terror macabro de caer también ellos fulminados.
Se pensaba que el contacto con el vómito, o el efluvio que desprendía este, eran fuente principal de contagio. La tarea heroica era delegada por la policía a los criminales y delincuentes más peligrosos, una medida a lo Bukele, ciertamente. La policía supervisaba a distancia el operativo. A otro tipo de presos se les confiaba la recolección de la basura durante la epidemia, tarea encargada a la policía, que cumplía algunas funciones de carácter municipal. En distintas esquinas de la ciudad se desprendía una densa humareda fuliginosa, entre altas llamaradas de fuego que se movían en una danza fúnebre, y, como por correntadas que seguían los vientos, invadía un olor acre y repulsivo. Era el alquitrán que servía de combustible para ese rito cotidiano de fumigación y purificación del aire. Aquí y allá se hacían arder las casetas donde había fallecido algún infectado, en medio de la desesperación y las vivas protestas de los indigentes propietarios que no tenían adónde ir a vivir. La peste fue, sobre todo, un asunto de pobres.
Un astrólogo inglés e insensible, agregó un aciago anuncio que muchos sentían cumplirse en la vieja ciudad devastada. Predijo ―¿era necesario?― el fin del mundo, con osada precisión: 13 de abril.
Debemos deducir que no acertó.
Pero si algo marcó a la sociedad superviviente en aquellas trágicas semanas del 57, fue la “aureola gloriosa” de las Hijas de María ―las Hermanas del Huerto―, según expresión de la Junta Económico-Administrativa, de las ocho hermanas italianas recién llegadas al país, que se aventuraban no solo por los pasillos del Hospital de Caridad, atendiendo a los enfermos con una inquietante serenidad y con maneras afables, y hasta con una sonrisa plantada en el rostro, siempre en contacto con el temible y repentino vómito negro, consolándolos con una palabra de parte de Dios mientras hacían las tareas propias de una enfermera de calidad, sino que se atrevían a andar por las calles temidas y apestadas de Montevideo, ingresando en hogares que eran un tabú para el resto de la población.
Fue nuevamente el encargado de negocios de Francia, Maillefer, que escribió: “estos patriotas ―refiriéndose a las autoridades de Gobierno y a los legisladores― tan apresurados para cobrar sus sueldos, saben tan solo retroceder cobardemente ante un peligro que afrontan sonriendo pobres religiosas extranjeras”.
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