Las primeras semanas de clase marcarán la impronta del resto del año lectivo
La pasada semana, miles de niños, adolescentes y jóvenes de todo el país regresaron a clases luego del periodo de vacaciones. Es un momento en el que se mezclan emociones: ansiedad, alegría, agobio, cansancio… Es la hora de los cuadernos —o las tablets—, los deberes, la túnica o el uniforme, el recreo y las meriendas con los compañeros. En esta entrevista, Alejandra Fernández —psicóloga y directora del Colegio y Liceo Santa María de la Ayuda— nos orienta en la tarea de afrontar como padres y docentes, los primeros días de clase.
Después de dos meses y medio de vacaciones, ¿qué es dable esperar en el comportamiento de los chicos en el aula y en la casa con el comienzo de las clases?
Lo esperable es encontrarnos con el síndrome postvacacional ―que le pasa tanto a los chicos como a los adultos― que es esa dificultad para sobrellevar la jornada, sobre todo cuando son extensas. Por tanto, a nivel de la educación tanto a niños de inicial, como a los jóvenes que están terminando el bachillerato, este rompimiento del hábito de las vacaciones, que justamente se trata de un tiempo de no hábito, lleva un proceso de adaptación.
Digamos que las primeras dos semanas se trata de readquirir esos hábitos: despertarme temprano, desayunar, almorzar a determinada hora, un momento para las tareas y un largo etcétera.
Por eso, en los primeros días podemos notar cierto mal humor por el cansancio, pueden llegar con ganas de dormir una siesta a la tarde (lo que puede traer aparejado problemas para conciliar el sueño en la noche), la dificultad de readquirir hábitos alimenticios como el desayuno (que en ocasiones se pierde en las vacaciones porque se despiertan muy tarde), y también el tema de fijar la concentración, tan necesario para un buen aprendizaje.
¿Qué actitud debe tomarse desde la institución y por parte de los docentes?
Lo primero que hago en febrero ―cuando empezamos a preparar el trabajo del año― es hacerle notar a los docentes que esos procesos de los que hablábamos, también ellos los están viviendo. Nosotros tenemos el beneficio fantástico de haber iniciado un mes antes que los chiquilines, y es, en definitiva, lo que va a permitir que podamos sostenerlos en el proceso de adaptación.
Desde el centro educativo, a la hora de trabajar con los chicos, hay que ir buscando estrategias que tengan que ver con lo creativo, con lo lúdico, para que la vuelta a clase no sea vivida como un contraste total con lo que se vive en el día a día en la casa; sobre todo luego de las vacaciones.
Es una etapa que comienza con el año lectivo, y tengo que recibir a los chicos con alegría, hasta de forma festiva ―¿por qué no?―. Pero esto primero se lo tiene que creer la dirección y los docentes.
Es evidente que los padres juegan un rol muy importante en esta readaptación, ¿qué se puede hacer desde la casa para apoyar este proceso?
Desde la casa, lo que tenemos que tratar de hacer es custodiar ―por llamarle de alguna manera― la vuelta a esos hábitos, que son buenísimos y los van a acompañar toda la vida. Porque como todos sabemos: en la vida hay cosas que nos gustan hacer, pero hay otras que debemos hacer. Cuando se juntan el gusto y el deber es fantástico, pero no siempre es así.
Es cierto, además, que cuando comienzan las clases hasta el propio clima nos llama a vivir en modo vacaciones, a disfrutar más el día, a acostarse más tarde. Esto es lo que debe controlar la familia.
Y cuidado especial con internet. Porque estos dos años de pandemia han traído un manejo aún más intensivo de los dispositivos por parte de los chicos. Y a veces también el uso hasta altas horas de la madrugada trae aparejado problemas con el descanso (más allá del contenido, muchas veces inconveniente). En esto también los padres debemos ser como señales en el borde de la ruta.
Es verdad que los primeros días tendremos que soportar el cansancio, el mal humor y el fastidio de los chicos; pero es mejor unos días que arrastrar la situación durante meses por la falta de readecuación a los hábitos.
¿Cómo se prepara un chico para un proceso de aprendizaje saludable? En esta pregunta podemos incluir la disposición del espacio físico y el aspecto psicológico.
Esto ha ido cambiando con la llegada de la pandemia y el arribo definitivo de la informática a la escuela. Al llegar las aulas virtuales ―a diferencia de lo que podía suceder en el pasado― muchas veces el dispositivo que utilizaban los niños para entretenerse, ahora también es su lugar de estudio y aprendizaje. Para los padres significa una dificultad, ya que tienen que estar más atentos a que el chico esté estudiando y no haciendo otra cosa en la computadora.
Igualmente, en lo personal creo, como psicóloga y docente, que desde pequeños deben acostumbrarse a lograr la concentración en un espacio común. No es la misma situación que hace veinte o treinta años, cuando se podía hacer un silencio total y los elementos distractores eran menos. Ahora la realidad indica que debemos estar preparados para la multitarea. Por supuesto, esto tiene sus límites. No se puede ver una serie mientras se hacen los deberes; pero, tal vez, sí poner una música tranquila que acompañe la tarea.
No obstante, cuando hay una adecuación curricular de por medio ―por ejemplo por déficit atencional o una dificultad de aprendizaje en concreto― sí debemos utilizar estrategias que indicará el psicopedagogo o la propia maestra, para que el niño se concentre.
Pero en un chico sin problemáticas asociada al tema de la atención, que se acostumbre a una realidad que exige la multifunción.
En esta etapa de adaptación, ¿a qué indicadores en los comportamientos de los niños y adolescentes deberían estar atentos padres y docentes?
Para empezar, el docente tiene que tener en cuenta qué está dentro de lo normal y hasta cuándo. Si bien cada chico es único, tenemos que tener en cuenta que hay ciertos márgenes de tiempo que son comunes. Por ejemplo, es normal que un niño de dos o tres años, que empieza su trayecto preescolar, llore durante las primeras dos semanas. Ahora bien, si es un chico de tercer año de primaria y llora todos los días cuando va a clases, es un indicador notorio.
También pueden surgir temas relacionados con los hábitos o trastornos del sueño, allí hay que investigar un poco más las posibles causas.
Por todo esto, diría que para ver un indicador claro habría que dejar pasar dos o tres semanas luego del comienzo de clases. También depende de la etapa evolutiva en el proceso de enseñanza; por eso es importante trabajar en equipo -tutores, psicólogo, dirección, etc.-. Toda la información que tengamos del chico sirve para trabajar en estos procesos de adaptación.
¿Se ha visto un aumento de los casos de depresión en estos dos años?
Si hay algo que tiene la psiquis del niño es la excelente adaptación a los cambios, y me cuestiono si no será porque están en un continuo cambio: en lo físico, en lo mental, en los propios juegos. En cierto sentido hubo cambio actitudinal a finales del año pasado. Van bajando las señales de alerta que vinieron con la pandemia, y si bien están con los cuidados, están muy dispuestos a comenzar una vida más normal.
Sí es verdad que en este tiempo han subido, a nivel general, los casos de depresión e intentos de autoeliminación, pero no se puede adjudicar totalmente a la pandemia. O sea, la pandemia en muchos casos fue un detonante, mas no la causa.