Muchos, seguramente, han visto los característicos uniformes naranja fluorescente con vivos azules. O el logo con la hormiga en sus espaldas. Pero Tacurú es mucho más que una institución dedicada a la recolección de residuos o a la limpieza de espacios públicos.
Este movimiento salesiano, surgido en 1981 e inspirado en el carisma de Don Bosco, busca generar oportunidades de progreso para muchísimos jóvenes en contextos carenciados. La realidad que encontraron en la década del ochenta no es la misma que deben afrontar en la actualidad, por lo que la organización tuvo que crecer y adaptarse a las nuevas necesidades para continuar su misión.
Mil doscientos niños, niñas, adolescentes y jóvenes presentes en sus diferentes iniciativas constituyen la realidad de una obra social que mantiene veinte proyectos educativos, más de trescientos cincuenta emprendimientos educativos laborales y más de cuatro décadas construyendo espacios de oportunidad.

Tacurú cumplió cuatro décadas de trabajo solidario. Fuente: Sebastián Andión (gentileza)
Una obra inspirada
“Tacurú nace para dar respuesta a la realidad que existía en aquel momento, en la que muchas personas no contaban con propuestas ni acompañamientos. Con el paso de los años, la propuesta comenzó a ser cada vez más amplia”, explica Claudia Correa, coordinadora de dos proyectos del movimiento salesiano: un centro juvenil y un anexo de UTU.
Gran parte de los integrantes de Tacurú coinciden en que creció mucho gracias a la mano de Dios. Correa no es la excepción: “Siempre hay una esencia que se mantiene, que permanece. Por un lado, tenemos el indudable carisma de Don Bosco y del espíritu salesiano, que nos moviliza para dar respuestas a determinadas realidades de nuestra sociedad. Algunas estaban hace cuarenta años, pero otras continúan en la actualidad”, reconoce.
Desde su perspectiva, la misión se sostiene gracias a una gran cantidad de manos solidarias que llegan con dedicación y vocación. Pero no todas conocen el carisma salesiano: “Quien llega a trabajar a Tacurú lo hace desde un gran cariño hacia el prójimo, con mucha solidaridad y creatividad. Eso nos convierte en una verdadera casa de Dios, aunque varios que conforman nuestra red de trabajo no vengan desde una institución salesiana o sean personas de fe. Igualmente, en su acción, demuestran todo su carisma, y esa es una gran riqueza”.
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Fortaleza ante la adversidad
Una característica del movimiento salesiano Tacurú es su contacto con una realidad extremadamente compleja. Sus propuestas abarcan a personas desde temprana edad hasta la adultez, y una gran diversidad de realidades que generan un escenario complejo.
“Debemos estar presentes en todos lados. Trabajar en un lugar de contexto crítico es muy difícil, porque convivimos con la desesperanza, el dolor, la muerte, el hambre y muchísimas necesidades. Parece repetitivo, pero para nosotros es clave ‘ser casa’, ‘ser patio’ y ‘ser parroquia’. Hay que acompañar al chico en distintos entornos en los que se mueve y en su integralidad. A veces llama mucho la atención el contexto de vulnerabilidad en el que se encuentran, no solo con carencias sino con mucha violencia. Ellos normalizan varias cosas que, en realidad, se pueden y se deben realizar de otra manera. Como el impacto es positivo, eso también nos abre puertas en el barrio”, detalla Correa.
Desde Tacurú se realiza especial hincapié en lograr que los jóvenes puedan proyectarse a futuro. La capacidad de encontrarle sentido a la vida, de poder soñar o identificar aspiraciones personales, es lo que les permite generar mayores frutos. “Lo que marca la diferencia es poder conectar con la persona, y que ellos se conozcan a sí mismos. Es fundamental que comprendan que están en un lugar de importancia. Su vida es importante, acá se los recibe con cariño y comprensión. Hay que educar desde el corazón”, afirma la coordinadora del movimiento.
Un abordaje integral
Tacurú desarrolla múltiples proyectos: educativos, deportivos, artísticos, laborales, técnicos y pastorales. Su misión es poder dar asistencia a personas de contexto crítico, con un amplio abanico de propuestas.
“Tenemos un CAIF en el que atendemos desde bebés hasta jóvenes de veintinueve años. También un club de niños en edad escolar, mediante varios convenios con INAU. Hay dos centros juveniles, algunas propuestas en convenio con la educación formal, un programa de áreas pedagógicas en el que los chiquilines logran completar el ciclo básico, y dos cursos en convenio con UTU. Para todos ellos, terminar esa etapa es un puntapié para continuar en formación y proyectarse a futuro. Pero, para los adultos, también tenemos el programa Rumbo —en conjunto con Secundaria—, para completar el ciclo básico en un año. Nuestra propuesta es en red con diferentes organizaciones y de una manera creativa”, asegura Correa.
De manera complementaria, Tacurú ofrece un seguimiento familiar, una escuela de deportes y oportunidades de desarrollo artístico: “Ese aprendizaje lo ayuda a conectar con sus capacidades, porque muchas veces ellos tampoco saben en qué tienen potencial o pasión. En esa situación, su autoestima es bastante baja. Se les brinda propuestas que van desde lo recreativo a algunos talleres de expresión, en el que encuentran sus aptitudes. Esa es un poco la magia de todo esto: conocerse ellos mismos. Es un proceso fantástico, con un crecimiento notorio”
La necesidad de seguir
“Esta es una historia en construcción, un relato que se ha ido edificando en más de cuatro décadas y que sigue vigente”, advierte la contratapa del libro Movimiento Tacurú: una oportunidad en el camino, propuesta que vio la luz el año pasado y que se puede adquirir en los dos locales de Tienda LEA (Cerrito 473) y (Solano García 2517).
El testimonio de Claudia Correa va en la misma línea: “Ahora, con el cambio de dirección (en febrero el movimiento salesiano anunció la llegada del padre Hugo Espinosa como nuevo director, en reemplazo del padre Néstor Castell), tenemos también el desafío de crecer y dar nuevas respuestas a una sociedad que también cambió mucho en estos cuarenta y dos años. El libro fue una recopilación muy linda y sirvió para visualizar el alcance de Tacurú. Siempre es bonito que los protagonistas del lugar —que son los propios chicos— tengan su voz y puedan comunicar aquello que sienten. Cuando lo leí pensé: ‘Es por acá. Tenemos que continuar nuestros esfuerzos’. Y me sentí agradecida por formar parte del movimiento. Pienso que, en realidad, de cada historia podríamos hacer un libro”.
Por: Leandro Lia
Redacción Entre Todos