Reflexión sobre el inicio de la Cuaresma. Por Leopoldo Amondarain.
¡Porque eres polvo y al polvo volverás! Estas palabras del libro del Génesis la Iglesia las repite al inicio de la Cuaresma, en el miércoles de ceniza, cuando nos imponen las cenizas diciéndonos: “recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”.
La Iglesia quiere recordarnos un hecho e iluminarnos sobre nuestra condición. Al acordarme que soy polvo, me acuerdo de que también estoy llamado a ser más que polvo, pero sin olvidar que soy polvo.
Orígenes, que fue uno de los grandes padres de la Iglesia, nos enseñó que, mientras que Dios lo creó todo con su sola palabra (“y dijo Dios: Que exista la luz. Y la luz existió…”), en cambio, con el hombre no fue así, sino que lo hizo con sus manos. Y no solo eso, sino que le dejó impresa una huella de sí mismo. Porque cuando Dios sopló sobre él y se convirtió en un hombre, ese ser lleva la huella de la mano de Dios. Esto es lo que hace diferente al ser humano del resto de los seres.
En el hombre, lo creado y lo increado se encuentran en una desconcertante unión, porque por un lado es polvo, pero por otro lado quedó la huella de Dios que nos recuerda que estamos llamados a una existencia superior.
Lo que degradó el ser del hombre fue el primer pecado. Adán y Eva rompieron la relación de confianza con Dios que sostenía su ser espiritual, y de este modo el hombre perdió su semejanza con Dios, quedando reducido a su simple naturaleza, es decir, al simple polvo. Y la Iglesia, al inicio de la Cuaresma, nos lo recuerda: acuérdate de que por ti mismo solo eres polvo y al polvo volverás. Por lo tanto, no renuncies a la caricia que Dios te hizo al crearte. No renuncies al aliento de Dios, al espíritu de Dios, que te dio cuando sopló sobre ti, porque de lo contrario quedarás reducido a polvo.
Estas palabras que el sacerdote pronuncia al imponernos la ceniza enuncian nuestro parentesco con este mundo de polvo. También declaran nuestra disposición a abdicar de toda pretensión de omnipotencia. Porque los hombres tenemos una tentación de omnipotencia, de quererlo todo y poderlo todo. En definitiva, las palabras del miércoles de ceniza nos dicen: no te olvides de que por ti mismo solo eres polvo.
El ser del hombre es paradójico. Por un lado es polvo, pero por otro ese polvo lleva la marca y la huella de Dios. Por eso aspiramos a una plenitud que ninguna cosa creada nos puede aportar. Somos la paradoja de un ser de polvo, pero que tiene un deseo en su corazón. Por ser un ser de polvo, este mundo es nuestra casa, pero por el deseo que hay en nuestro corazón, este mundo no es nuestra casa. Incluso, tenemos una nostalgia de un país del que me acuerdo, pero sin haberlo visto jamás.
Claramente, el drama del hombre es el pecado, por el cual, en cierto modo, rompe la semejanza con Dios y renuncia al espíritu que Dios le ha dado. La Redención, ante este drama, es que Dios desde el cielo se inclina y viene a la tierra para reparar esa situación. Esto es la encarnación del Hijo de Dios. Cristo, movido de compasión, baja del cielo a la tierra para buscar esa materia que se ha estropeado por el pecado y restaurarla en la belleza que Él le dio al crearla. Pero, para que eso ocurra, por parte del hombre es necesaria la humildad.
Humildad es una palabra que viene del latín humus, que significa tierra. Por lo tanto, cuando la Iglesia nos dice el Miércoles de Ceniza “acuérdate de que eres polvo”, nos está diciendo: acuérdate de que tienes que ser humilde, porque estás hecho de tierra.
Un hombre humilde está a gusto en la tierra, porque es su elemento y porque sabe que no es un ángel. Si nosotros permanecemos en nuestro elemento, fieles a lo que somos, Dios continuará inclinándose hacia nosotros. Porque Él se pliega frente a nuestra humillación, dispuesto a reparar la imagen suya desfigurada en nosotros. Pero para eso tenemos que reconocer que somos tierra y que no somos ángeles.
San Benito, en su regla, cuando trata de la humildad, lo que hace es trazar un camino para el conocimiento de sí mismo. Su preocupación es liberarnos de la necesidad de parecer más de lo que somos. Quiere que permanezcamos anclados en lo real, sin caer en una elevación de nosotros mismos ilusoria. Porque el deseo de elevarnos por los aires está muy arraigado en el hombre, y la humildad es el antídoto contra esta ilusión.
Recordamos las palabras del salmo 131: “Mi corazón no se ha ensoberbecido, Señor, ni mis ojos se han vuelto altaneros”. Esto lo recuerda el salmo porque en nosotros hay una ambición y un querer subir por encima de lo que somos. La humildad nos recuerda que somos de tierra. Por eso, la persona humilde no se extraña de que surjan cosas terrenas. En cambio, la persona soberbia se escandaliza de su pecado y del de los demás, porque en el fondo no se da cuenta de que es de tierra.
Cuando uno se acuerda de que es polvo y de que no puede por sí mismo volar al cielo, recibe por gracia una escalera que le permite subir de la tierra al cielo. Esa escalera, como la que soñó Jacob, solo se le da al que está anclado en la tierra, es decir, al que sabe que es polvo. Entonces el Señor, en su amor inmenso y en su misericordia infinita, le pone la escalera y le dice: sube.
Al acordarme de que soy polvo me reconcilio con mis orígenes y elijo ser lo que soy de verdad, expresando al mismo tiempo mi deseo de ser más. Porque, aunque seamos polvo, nunca encontraremos la paz quedándonos solo en el polvo, ya que nuestro polvo ha conocido el toque delicado de la mano de Dios, que creó al hombre a su imagen y semejanza y le insufló un aliento de vida. Por lo tanto, de vuelta a la paradoja del hombre: el ser humano es polvo, pero polvo llamado a la gloria. Y nuestro desafío espiritual consiste en permanecer en esta tensión entre el polvo y la gloria.
Este desafío comporta aceptar que mi naturaleza está definida por un sentimiento muy fuerte de no estar terminada, y que no puede ser reparada en el orden de la creación por ninguna posesión, por ningún cumplimiento ni por ninguna relación. El cumplimiento de mi ser solo puede venir como un don o regalo. Esto quiere decir que no puedo por mí mismo elevarme a las alturas a las que aspiro, pero sí puedo ser llevado por otro. En definitiva, puedo esperar que otro, con mayúscula, me ponga sobre sus hombros y me lleve.
Al reconocer que soy polvo me reconcilio con mi pobreza y me dispongo a habitarla. Y procuro, dentro de lo que soy, hacer lo mejor posible. Acepto que, a pesar de que mi deseo es vivir, debo morir. Soy polvo, pero con una nostalgia de gloria. Y la Iglesia es el lugar donde toda esta tensión puede ser vivida y abordada en Jesucristo. De ahí que la Iglesia sea el lugar donde es bienvenido todo aquel que se haya asomado a las profundidades de su corazón. Es el lugar donde los cristianos podemos ayudar a todos a sentir en su corazón la reminiscencia de la caricia original de Dios al modelar nuestro polvo.
Cuando llega una persona impresionada con lo que ha visto en su corazón, la Iglesia le dice: todo lo que has visto es verdad, pero en ti está la huella de Dios, está la caricia de Dios cuando te hizo. Si eres fiel a Dios, esa caricia revivirá y hará de ti un ser semejante a Él.
En esa caricia de Dios se basa nuestra esperanza. Por eso, los cristianos tenemos que ayudar a los hombres a creer que, aunque somos polvo, estamos llamados a un destino de gloria a causa de la caricia original de Dios al crearnos.
Iglesia Católica de Montevideo

