Por el Pbro. Pablo Savoia.
La definición clásica de indulgencia es la remisión de la pena temporal debida por nuestros pecados ya perdonados. Esto sería más o menos así: uno peca y le pide perdón a Dios. Dios lo perdona, pero después de perdonado queda una especie de deuda todavía con él. Lo explico mejor con un ejemplo. Supongamos que estamos jugando al fútbol y le pegamos un puntinazo al balón, y la pelota va a parar a la casa de la vecina con tanta mala suerte que le rompemos un vidrio. Vamos a la casa de la vecina, le pedimos perdón, la vecina nos perdona pero nos dice que alguien se tiene que hacer cargo del vidrio. En ese ejemplo, la señora nos está perdonando la acción de romper el vidrio pero a nosotros nos queda esa obligación, digamos, de restituir, de reparar el vidrio roto.
Entonces, aquí un primer concepto para tomar nota. La indulgencia no es el perdón de los pecados. La indulgencia sería más bien borrar esa pena que merecíamos por nuestra acción. Ahora bien, esta forma clásica de entender la indulgencia, a mí me parece que entra en contradicción con la fe en el Dios cristiano. Basta que leamos la parábola del Padre Misericordioso, ese padre con los dos hijos. El hijo menor cuando decide volver a la casa del padre lo hace movido por un deseo de convertirse, de cambiar de vida. El hijo menor vuelve no solamente pidiendo perdón, sino queriendo también pedirle al padre ser tratado como uno de los jornaleros. Esa era la pena que él merecería por haber obrado de esa manera. Ahora bien, en la parábola, el padre no acepta esta propuesta. Con el abrazo del perdón, el padre le devuelve también su dignidad y su paz.
Me cuesta pensar en un Dios misericordioso que perdone mi pecado, pero me deje algo todavía en la cuesta si Jesús ya pagó todo por mí. En el ejemplo que les di al principio sería que mi vecina no solamente me perdona haber roto el vidrio, sino que ella misma asume el costo de reponer el vidrio nuevo. Pero acá viene lo lindo. El pecado sí tiene consecuencias. En el caso del pelotazo que rompe el vidrio, ¿qué es lo que queda en mí? Pienso que lo que queda es el deseo de no volver a hacerlo, el deseo de conversión. En resumen, la propuesta es vivir la indulgencia no como algo que yo conquisto, sino como participación en la gracia que sostiene mi conversión permanente.
Frente a un Dios totalmente indulgente, frente a su desbordante misericordia, ¿cuáles son las consecuencias del pecado? Los obstáculos de la conversión en mí. Entonces, este jubileo que estamos viviendo en 2025 va a ser la posibilidad que tenemos todos de participar de esta gracia sobreabundante de Dios que estimula y sostiene mi conversión permanente.
El regalo de la gracia
¿Hay algo que podamos hacer por lo que merezcamos ganar la gracia? No, porque la gracia es siempre, siempre, siempre gratuita. Lo que sí hay son acciones que nos pueden disponer para participar de esa gracia que sostiene nuestra conversión. En este jubileo la disposición principal es el gesto de peregrinar. El peregrinar como ese signo de la esperanza que nos mantiene siempre en camino. Y además hay otras disposiciones en torno a esa peregrinación, como los días anteriores y posteriores a dicha peregrinación. En primer lugar, la reconciliación con Dios, el sacramento de la reconciliación, como una forma de comunión con el Señor. Después, participar de la eucaristía como una forma de unirnos a la Pascua de Jesús. Tercero, rezar por el papa como una forma de disponernos a la comunión con la Iglesia. Y la cuarta disposición, hacer una obra de misericordia, sea corporal o espiritual. Esto nos hace tomar contacto con la carne sufriente de Cristo en el hermano. Todas estas disposiciones nos ayudan a sanar en nosotros la herida del pecado, y nos preparan a la gracia como caminos de comunión con Dios, con la iglesia y con el hermano que sufre.
¿Se puede pedir indulgencia para los difuntos?
La respuesta es sí, pero bueno, expliquemos un poquito. En la primera parte dijimos que la indulgencia es una gracia para sostener nuestro camino de conversión permanente. En la segunda parte aprendimos a disponernos y a recibir esa gracia. Ahora veremos qué pasá cuando pedimos la misma gracia de la indulgencia para un ser querido difunto. Pero tenemos que estar atentos para no caer en dos errores muy comunes.
El primero de estos errores es entender la vida cristiana como una tarjetita de puntos de gracia, que yo la puedo después transferir a quien me parece; estamos hablando de la gracia de Dios, no de una transacción comercial. Pedir la gracia no es pasarle algo a un ser querido difunto, sino que se trata de confiar en la acción de Dios a través de la comunión de los santos, esa comunión de santidad y de amor que existe entre los fieles vivos y difuntos. El segundo error es cierta idea que se tiene sobre el purgatorio. Por favor, saquémonos de la cabeza esas ideas de que la indulgencia restan días en el purgatorio. ¡No! Por la sencilla razón de que en el purgatorio no hay ni días, ni horas, ni segundos. Se trata de otro plano, así que no tratemos de medirlo con nuestras categorías tan literalmente. Es mejor confiar en la acción de Dios sin necesidad de esa certeza matemática de horas, minutos, segundos. Si pedimos la gracia de la indulgencia para un difunto suponemos que está en el purgatorio y es aplicable la gracia de la indulgencia porque, así como dijimos que la indulgencia sostiene nuestro camino de conversión permanente, en la otra vida no hay un proceso de conversión, pero sí hay un proceso de purificación de la persona hasta llegar a su encuentro definitivo con Dios. Por lo tanto, esa gracia de la indulgencia viene a ayudar a la persona en esta etapa de preparación a su encuentro definitivo.