La Iglesia a la luz de la Lumen Gentium
Por el P. Valentín Goldie
En la década del sesenta todos los obispos del mundo se reunieron en un Concilio, el Concilio Vaticano II, que seguramente muchos de nuestros lectores recordarán. Entre otros documentos, publicaron uno sobre la Iglesia. Al igual que sucede con la gran mayoría de los documentos eclesiales, el nombre se tomó de las primeras palabras en latín. En este caso Lumen Gentium, es decir, “La luz de los pueblos”. En dicho documento la Iglesia se propone «presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal» (LG 1). En lenguaje sencillo, la Iglesia se propone decir qué es y para qué está.
En la Lumen Gentium, el concilio establece que «la Iglesia es como un sacramento» (LG 1). Lo cual quiere decir que en la forma que tengamos de entender lo que es un sacramento es la forma en la que se comprenderá lo que es la Iglesia.
Y entonces, ¿qué es un sacramento?
Por sacramento entendemos un “signo eficaz de la gracia instituido por Cristo”. Ya la comprensión de estas palabras nos anuncia una realidad más profunda. El signo es una realidad con la que convivimos habitualmente, y para comprenderlo mejor, debemos considerar el signo en su materialidad y, por otro lado, en su significado. Así pues presentemos un signo habitual: un semáforo en rojo. La materialidad del signo es una luz roja, pero un semáforo en rojo tiene una realidad más profunda, se trata de un signo que indica que debemos parar. El significado trasciende a la materialidad del signo. Existe pues una realidad del signo que va más allá de su propia materialidad. En otro contexto una luz roja puede significar algo totalmente diferente, como ser que se está al aire en un estudio de grabación. El término “eficaz” quiere decir que realiza lo que significa. Un semáforo en rojo no es un signo eficaz, no logra que los autos frenen. En cambio, si un árbitro indica el punto del penal, no solo está significando la existencia de un penal, sino que está generando el hecho de que habrá un penal. El signo, que en su materialidad es simplemente apuntar a un punto blanco, no solo indica penal, sino que tiene la fuerza suficiente para generarlo. El hecho que sea “de la gracia” supone que el signo es portador de una realidad sobrenatural y que sea “instituido por Cristo” quiere decir que fue Jesús mismo el autor de ese signo en el mundo.
La Iglesia reconoce la existencia de siete sacramentos: bautismo, confirmación, eucaristía, reconciliación, unción de los enfermos, orden sagrado y matrimonio. No es que la Iglesia sea el octavo sacramento, sino que ella es “como un sacramento”, lo que quiere decir que la podemos comprender de forma análoga a los sacramentos.
¿Cómo entendemos los sacramentos?
Desde la Edad Media la Iglesia comprendió tres dimensiones del signo sacramental. Por un lado, la pura realidad sobrenatural, por otro el mero signo y finalmente una dimensión intermedia que era al mismo tiempo signo y realidad sobrenatural. Aplicado a la eucaristía, la realidad puramente sobrenatural es la comunión con Dios, es lo que el sacramento significa, y por ser eficaz, realiza. El mero signo es el pan y el vino, se trata de lo que pueden captar los sentidos de cualquiera que esté ahí. El cuerpo de Cristo es al mismo tiempo realidad sobrenatural y signo, presente arriba del altar. Se trata de una realidad visible, pero solo con los ojos de la fe.
Si aplicamos este mismo principio a la Iglesia entonces debiéramos descubrir en ella, una realidad puramente sobrenatural, un mero signo, y una dimensión intermedia que sea al mismo tiempo signo y realidad sobrenatural.
La realidad puramente sobrenatural de la Iglesia
Al leer la primera carta de Juan nos encontramos con el siguiente pasaje: «Lo que vimos y oímos se lo anunciamos también a ustedes para que compartan nuestra vida, como nosotros la compartimos con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1Jn 1,3). Aquí tenemos claramente marcada la realidad puramente sobrenatural de la Iglesia: la vida compartida con el Padre y el Hijo, y, se sobreentiende, también con el Espíritu Santo.
Los cristianos creemos en un Dios que es comunión de tres personas, creemos que una de ellas, el Hijo, se encarnó y se hizo hombre, y que en el transcurso de su vida terrena generó vínculos, a imagen del vínculo que él tiene con el Padre. Para ello hizo que sus discípulos fuesen transformados por su amor para estar en comunión con él y por él con el Padre y el Espíritu Santo. La Iglesia es entonces esa familia de Dios producto de una Trinidad que decide “agrandarse”, humanizando a uno de ellos para divinizar a los hombres. Es Dios que en virtud de su ser comunión se “agranda” y nos incluye en su entramado de relaciones. Es por ello que Cipriano de Cartago definía a la Iglesia como un «pueblo reunido en virtud del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
El mero signo eclesial
Al igual que con los sacramentos, la Iglesia puede ser vista en su dimensión más evidente, o sea en el mero signo. Cuando hablamos de la Iglesia como un mero signo nos referimos a la institución eclesial. Se trata de la entidad cuya existencia cualquiera puede percibir. Es la Iglesia en tanto puede entrar en las estadísticas: existe tal porcentaje de católicos en tal o cual lado. En definitiva se trata de una organización social, con sus autoridades y sus miembros, como cualquier otra.
Realidad sobrenatural y signo
La Iglesia también puede ser vista en una dimensión que nos permite al mismo tiempo ver una realidad sobrenatural que también es signo. Se trata de la comunidad. Al fin de cuentas cuando estamos ante personas transformadas por la gracia de Dios, algo diferente se ve. Es visible y sobrenatural la fe común vivida por los integrantes de la Iglesia manifestada en el mutuo reconocimiento de una experiencia de gracia y en la formulación de la fe que la sustenta. Es visible y sobrenatural que esa realidad se aglutina en torno a la celebración de los sacramentos, especialmente la eucaristía. Es visible y sobrenatural que la Iglesia supone una cierta articulación, con ministros imbuidos del Espíritu Santo y sobrenaturalmente capacitados por ejercer el ministerio. Es visible y sobrenatural el amor fraterno, expresado en una solidaridad que trasciende fronteras, expresado en el firme deseo de buscar el bien del más débil y necesitado. Es visible y sobrenatural que la comunidad eclesial comparta ciertos valores en común. En definitiva, el estar imbuidos del Espíritu Santo genera relaciones muy visibles y muy sobrenaturales al mismo tiempo, aunque justo es decirlo esto último solo se ve con los ojos de la fe.
Y entonces… ¿qué es la Iglesia?
La Iglesia es la comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que en tanto ofrecida y aceptada por los hombres engendra una comunidad, que en su propia dinámica social y sobrenatural conforma una institución que permanece a la largo de la historia. O bien se puede decir también que la Iglesia es una institución en la que subsiste una comunidad imbuida por la fuerza de Dios que integra a los hombres a la comunidad de amor que es Dios mismo.