La violinista de origen venezolano habla de su vínculo con Dios, su llegada a Uruguay y cómo la Iglesia de este país la recibió.
Una niña. Una niña de cuatro años. Una niña de cuatro años que toca el violín. Está sonriente, aunque quizás no sabe bien qué está haciendo. Se la ve feliz. La foto fue tomada hace veinte años en Venezuela.
Una joven. Una joven de veintitrés años. Una joven de veintitrés años que se presenta en la sala Vaz Ferreira, en su recital de egreso de la Orquesta Juvenil del Sodre. Está concentrada. Con su violín, interpreta obras de Ysaÿe, Mozart, Bach, Prokofiev y Elgar. Sabe lo que hace, porque tiene experiencia. Se la ve feliz. Es la tarde del miércoles 30 de octubre de 2024.
La niña y la joven son la misma persona: Nikole Cedeño.

***
Faltan cuatro horas para que Nikole suba al escenario de la sala Vaz Ferreira. Está en la cafetería del Auditorio Nacional del Sodre. “Estoy tranquila porque voy a tocar para mi familia y mis amigos. Estoy en paz”, dice a Entre Todos. Hace unas horas, publicó una historia en Instagram con cuatro fotos de su infancia, en las que aparece con su violín, un Emmanuel Berberian. En la publicación pide, a quienes no puedan asistir, que la acompañen desde la distancia con una oración.
***
Nikole Cedeño nació el 27 de diciembre de 2000 en la ciudad El Tigre, Estado Anzoátegui, en el noroeste de Venezuela. Es hija única de Jesús Luis Cedeño —de cuarenta y ocho años, músico, director de orquesta y profesor— y de Joselyn Córdoba —de cuarenta y nueve años, abogada, profesora de música y exagente inmobiliaria—.
Creció rodeada de música y, prácticamente, con un violín bajo el brazo. Comenzó sus estudios del instrumento a los cuatro años en Caracas. “Obviamente, yo no lo decidí”, dice entre risas. “Quiero creer que me gustaba tocar, porque nunca me vieron llorar con él”. En 2007 ingresó a la Academia Latinoamericana de Violín y en 2011 a la Orquesta Juvenil del Estado Anzoátegui.
“No tenía muy claro lo que quería, pero mi madre sí. Ella fue mi guía. Aunque mis padres son músicos, mi madre es más estricta, mientras que mi padre no tanto. Él quería que tocara música popular. Eso, en parte, me hizo ser constante en mis estudios de violín. No lo tomé como una obligación, aunque hubo un tiempo en que sí. Muchas veces intenté dejarlo porque me perdía cumpleaños y otros momentos por estar dedicada a la disciplina”.

Entre 2011 y 2013 formó parte de la Orquesta Infantil Nacional de Venezuela. El último año quedó seleccionada como concertino —mano derecha del director— de la Orquesta Sinfónica Regional Norte del Estado Anzoátegui. En 2017, integró la Orquesta Sinfónica del Estado Anzoátegui-Venezuela.
“Soy una privilegiada, pero en mi país nunca me imaginé poder vivir de la música”, dice, y agrega que comenzó a estudiar Ingeniería Química, una carrera que nunca concluyó. “Mi familia vivía bien. Nunca pasamos hambre, como sí ocurrió con otros venezolanos. Mi papá, al dedicarse exclusivamente a la música, sí la pasó mal porque recibía una paga baja”.
***
En Venezuela, Nikole y su familia vivían cerca de una parroquia dedicada a Nuestra Señora del Carmen, donde ella se bautizó y recibió la primera comunión. Allí practicaba la fe, pero más como una obligación o costumbre que como una relación personal con Dios. “La gente va a misa porque forma parte de la rutina, no porque Jesús está presente en la eucaristía”.
***
En 2018, Nikole y su madre se radicaron en Uruguay, mientras que su padre se trasladó a Brasil por un año debido a su separación de la madre de la joven. Un año después, cuando su padre llegó a Uruguay, la pareja se reconcilió.
Una vez establecidos en Montevideo, en el barrio de la Aguada, la vida de Nikole y la de sus padres dio un giro. Su madre estudió repostería y creó su propio emprendimiento de postres, mientras que su padre comenzó a trabajar en un delivery. Ella, en un principio, pensó en seguir estudiando Ingeniería Química pero al final ingresó a la Orquesta Juvenil Nacional del Sodre y desde 2019 se desempeña como concertino, al igual que lo hacía en Venezuela.
“La primera impresión que tuve de Uruguay fue que es un país muy seguro, en comparación con Venezuela. La segunda impresión fue la laicidad. En Venezuela, hasta el que se considera ateo te dice ‘Gracias a Dios’ o ‘Bendiciones’. Aquí me miraban raro cuando decía eso, porque no entendían por qué mencionaba tanto a Dios. Pero para mí no era tanto por la fe, sino por la costumbre que tenía”.

Cuando llegó a Uruguay, Nikole se alejó de la práctica de la fe. No tenía amigos ni conocidos que compartieran sus creencias. Sin embargo, todo empezó a cambiar en el Sodre, cuando conoció a Sara, una joven de Minas, Lavalleja, que toca el oboe. “Es muy católica y sigue a Jesús. Cuando la conocí, empezamos a compartir un poco de nuestras vidas de fe. Yo, desde mi alejamiento”.
—¿A qué se debió esa desvinculación?
—Tuve la pérdida de un primito de dieciocho años, muy cercano, que se suicidó. Aunque estaba rodeada de gente, me sentía muy sola. Cuando recibí la noticia, no lloré. Con el tiempo, mis amigos de fe me dijeron que la calma que sentía era obra del Espíritu Santo. Aunque no entendía por qué me sentía en paz, pude sostener a mi familia en ese momento.
—¿Cómo se vive la fe en tu familia?
—Mi padre es protestante, y solemos tener conversaciones filosóficas sobre la fe. Mi madre, aunque se considera católica, dejó de ser practicante desde que llegamos a Uruguay. En Venezuela, ella me obligaba a ir a misa, pero aquí es al contrario.
—Le sucedió lo mismo que a ti…
—Sí, pero a ella le costó más. La pérdida de mi primo le generó dudas: si Dios es bueno, ¿por qué permite el sufrimiento? Para mi madre fue un golpe muy fuerte, pero yo lo tomé de otra manera: me acerqué a Jesús en lugar de alejarme.
***
En 2021, mientras la Orquesta Juvenil del Sodre se preparaba para el estreno de Romance criollo, Nikole conoció a Marcos Agüero, ganador de la última edición de La Voz Uruguay. Él interpretaba a Romeo y ella era la violinista.
Después del concierto, ella le escribió: “Tienes una voz angelical”. La respuesta llegó tarde, pero venía con una disculpa sincera: “Perdón por la tardanza, estaba en misa”. La curiosidad la motivó a preguntar dónde, y él, sin más explicaciones, le reveló que había estado en la Basílica de Nuestra Señora del Carmen, a solo dos cuadras de su casa.
Era una coincidencia o, como lo llaman ellos, una ‘Dioscidencia‘.

Agüero la invitó a una adoración en la parroquia de Belén, en Malvín Norte. Ella aceptó, y así comenzó su reencuentro con la Iglesia, tras varios años de alejamiento. “Cuando volví, me sentí abrazada, acogida. Sentí que la soledad que tenía ya no estaba”. A partir de allí, comenzó a asistir a misa en la comunidad vecina.
“Inicié un camino de fe más profundo, buscando conocer a Jesús de verdad, no por costumbre. Empecé a ir a misa porque lo deseaba, no por obligación. Era un encuentro que necesitaba tener”.
A la par, se unió al Ministerio de Música de la Arquidiócesis de Montevideo, bajo la dirección de Carlos Medina, lo que la llevó a conocer casi todas las parroquias de la ciudad.
—¿Qué impresión te llevaste de la Iglesia uruguaya?
—Que los fieles son pocos pero son verdaderos. Que los que hay, viven la fe muy a flor de piel. Es la comparación que hago con Venezuela, capaz que allá en números los superamos el triple o diez veces más, pero no sabemos en realidad cuántas personas van realmente a encontrarse con Jesús.
Además, se integró a Hakuna, un movimiento definido por el papa Francisco como “una familia eucarística”, que surgió en el contexto de la Jornada Mundial de la Juventud de 2013 en Río de Janeiro y luego se extendió a varios países. En Montevideo, los encuentros se realizan en la parroquia Nuestra Señora de los Dolores —Tierra Santa— los lunes por la noche, donde se organizan charlas formativas y horas santas, en las que Nikole aporta su talento a través del violín.
“La comunidad me enamoró por el sentido que se le da a la música. Me ayudó a encontrar otro camino para seguir a Cristo en la eucaristía. Durante las horas santas, incluso cuando no tengo que tocar y solo debo rezar, la música me ayuda mucho: me permite poner en palabras todo lo que siento en el corazón”.

***
Nikole aún no recibió uno de los sacramentos de iniciación cristiana: la confirmación. Su idea original era regresar a Venezuela para recibirlo de manos del mismo sacerdote, llamado Domingo, que le confirió el bautismo y le entregó la primera comunión. “Es un gran cura. Me acuerdo que sus misas eran eternas, duraban dos horas, pero valía toda la pena ir porque salía renovada”. Hoy, sin embargo, ha cambiado de parecer y planea recibir el sacramento en Uruguay el próximo año.
Aunque vive en el barrio de la Aguada, asiste cada domingo a misa en la parroquia San José de la Montaña, en Carrasco. “Es mucho más fácil vivir la fe en comunidad, que vivirla sola. Yo intenté hacerlo y fue imposible. La comunidad camina junta, hay un sentimiento de familia”. Su novio, Mateo Carballo, de veinticinco años y quien se considera ateo, siempre la acompaña. Se conocieron en el Sodre, donde él también toca el violín, y llevan un año y tres meses de relación.

—Además de la música, ¿dónde más encontrás a Dios?
—En el compartir con amigos. Hay algo de Uruguay que me encanta: sentarse en una plaza, charlar y compartir el mate. Ahí veo mucho a Dios. Se da en un clima de mucha paz, tranquilidad y seguridad.
Su vida se ha plantado en Uruguay, y tanto el país como su Iglesia la han recibido con los brazos abiertos. En su forma de hablar ya cambió “carro” por “auto”, “bus” por “bondi” y “camisa” por “camiseta”. Pero el cambio más hondo no está en el idioma, o en otras tradiciones, sino en su vínculo con Dios. “Aquí vivo la fe de cerca, le he puesto cara a Jesús”, dice, y su voz suena a certeza. “Es una relación de amistad, más que una relación de costumbre”.
Ver todas sus notas aquí.