Entrevista al obispo de la diócesis de Canelones y secretario general de la Conferencia Episcopal del Uruguay, en el marco de los setenta años del Celam.
Este año es muy particular para nuestra Iglesia, pero también para nuestra región. El Consejo Episcopal Latinoamericano y del Caribe (Celam) festejará próximamente sus setenta años de historia y, en tal contexto, el padre Fabián Rovere, conductor del programa Hoy quiero hablarte (Radio Oriental) conversó con monseñor Heriberto Bodeant, obispo de Canelones y secretario general de la Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU).
Recientemente, con motivo de la celebración de estas siete décadas de existencia, el Celam celebró su 40.ª Asamblea General Ordinaria, del 26 al 30 de mayo, en la ciudad de Río de Janeiro, sede histórica del organismo creado en 1955. Nuestro país estuvo representado, precisamente, por Mons. Heriberto Bodeant y por Mons. Milton Tróccoli (obispo de Maldonado-Punta del Este-Minas y presidente de la Conferencia Episcopal del Uruguay).
Mons. Bodeant conversó con el P. Rovere y reflexionó sobre la importancia de este encuentro y de la existencia del Celam a nivel regional. Compartimos con ustedes parte del diálogo.
Monseñor, acaba de llegar de un encuentro en Brasil en el que justamente se celebró la historia del Celam.
Si, se realizó en Río de Janeiro la cuadragésima asamblea del Celam, del Consejo Episcopal Latinoamericano. El Celam se reúne en asamblea cada dos años, y en este caso se decidió hacer allí por coincidir con los setenta años que se cumplirán, dentro de poco, de la creación de este organismo de comunión en la Iglesia de América Latina. En 1955 se realizó un congreso eucarístico internacional en Río, con la presencia de muchos obispos de todo el mundo y fundamentalmente de nuestra región. En ese momento, el papa Pío XII alentó a que los obispos latinoamericanos se reunieran para intercambiar las distintas realidades, y es así que, desde allí, surgió la iniciativa para que apareciera este organismo. Se le planteó la solicitud correspondiente al papa, y desde ese momento quedó establecido. Recordamos ese encuentro como la primera conferencia general del episcopado de América Latina, a la que luego se incluyó al Caribe.
Pocos años después, en 1962, los obispos volvieron a encontrarse por un importante acontecimiento de toda la Iglesia: el Concilio Vaticano II. Tuvo cuatro sesiones, entre 1962 y 1965, y en cada encuentro sucesivo los obispos se dieron cuenta de que tenía un gran sentido aquello que se había creado, y que eso potenció y facilitó la recepción del concilio. En este tipo de instancias eclesiales tan importantes se hace una reflexión y eso se plasma en un documento, y luego hay que ver cómo se aplica, como se «baja a tierra» y se hace realidad en cada país, con sus particularidades. Los obispos de América Latina ya contaban con ese instrumento de coordinación y comunión que les permitía ayudarse unos a otros, potenciarse y compartir experiencias. Así, el Celam tomó fuerza con el paso de los años, hasta que el papa convocó una segunda conferencia general en 1978, que fue la que se hizo en Medellín. Ese fue el gran aterrizaje del Concilio Vaticano II en América Latina, y permitió tomar decisiones que iluminaron la vida pastoral de las diócesis.
Luego vinieron los encuentros de Puebla (con Juan Pablo II), Santo Domingo (con Juan Pablo II) y Aparecida (con Benedicto XVI). El papa Francisco consideró que todavía teníamos mucho por trabajar a partir de los documentos de Aparecida. Son grandes momentos, grandes hitos de esta historia.
¿Cómo fue este último encuentro?
Esta conferencia del Celam contó con la presencia de veintiuna de las veintidós conferencias episcopales de América Latina. ¿Cuál es la que no estuvo? La Conferencia Episcopal de Nicaragua, que atraviesa un momento muy doloroso, de persecución a la Iglesia. Salir de Nicaragua en estas condiciones es riesgoso, y generaría problemas para volver a ingresar.
Fue muy conmovedor escuchar al obispo representante de Haití, que es otro pueblo que tiene una situación difícil, de caos y de anarquía, en el que el territorio está dividido bajo el control de bandas armadas. El Estado no logra controlar lo que sucede en ese país, y los haitianos intentan ir a otros sitios, como Santo Domingo, y luego buscan otros rumbos. Hubo una inmigración de haitianos a Chile que fue llamativa, porque es un país lejano y con una cultura diferente al suyo. Es una situación insostenible. También tuvimos durante el encuentro la presencia de delegados de África y Asia, pero me gustaría destacar a la región del Caribe. Tenemos la zona de las Antillas mayores y las Antillas menores. En la primera están Cuba, Puerto Rico, etcétera, pero en las Antillas menores hay islas que forman un total de diecisiete países distintos, en los que se habla inglés, francés o neerlandés. Todas esas naciones isleñas forman una única conferencia episcopal, en una región en la que los católicos son pocos, pero entusiastas. La comunicación entre las islas no es tan simple como puede parecer, y entre algunas islas no llegan los aviones, hay que trasladarse en barco o haciendo escalas. La pandemia no los afectó tanto —ser islas es también una ventaja— y les dio una nueva herramienta, como es la posibilidad de encontrarse por Zoom. Les dio un impulso nuevo para acompañarse y rezar juntos.
¿Cuál fue el motivo de la participación de los delegados de África y Asia, que comentaste anteriormente? Porque se trata de un encuentro del Consejo de América Latina y el Caribe.
Porque el Celam tiene una característica única, un gran valor, sus miembros tienen una historia común, una cultura común, una lengua común y tiene una enorme facilidad para consolidar un organismo de este tipo. En Asia y en África es diferente. África se asemeja a la realidad de las Antillas, hay varios países que hablan inglés y francés, y cuando pasamos a Asia hablamos con una diversidad mayor de lenguas. La presencia de estos delegados permite ver de cerca el sistema de trabajo del Celam, y está emparentado con el espíritu del sínodo. La sinodalidad es una característica propia de la Iglesia, que hace a su presencia, a ese caminar juntos como pueblo de Dios, donde todos tenemos nuestro lugar pero que juntos formamos un cuerpo. Vamos rumbo a Cristo, que es Camino, Verdad y Vida. Para poder crecer juntos, como Iglesia en sus continentes, allí estaban los delegados de África y Asia conociendo nuestra experiencia. El sínodo no es algo que haya finalizado. Se hizo un documento que se presentó al papa Francisco, que no solo lo aprobó, sino que lo asumió, y ahora es parte de su magisterio. Tenemos un trabajo muy grande para darlo a conocer e implementarlo, teniendo en cuenta los diferentes contextos culturales y pastorales. En este sentido, algo que los obispos nos planteamos antes de la asamblea del Celam y considerando este camino sinodal, es concretamente recuperar, reactivar, reformular y reforzar los consejos pastorales parroquiales y los consejos de asuntos económicos de las parroquias. Son dos organismos de comunión y participación, que la Iglesia pide que cada parroquia tenga. Ahí tenemos algo muy específico para trabajar juntos y contribuir a la misión evangelizadora. Eso es vivir el sínodo.

