Escribe Leopoldo Amondarain.
Según la la Biblia lo propio del ser humano es ser el nexo entre el universo material y esa otra dimensión de la creación divina que nos revela la Palabra de Dios que son los santos ángeles, que es lo que llamamos el cielo, es decir, la creación invisible.
Para la Sagrada Escritura y la tradición de los Padres de la Iglesia lo que llamamos “universo” es como una franja de materia en los bordes de un universo inmenso, cualitativo, que es la creación espiritual, de tal forma que el cosmos visible es como la parte emergente de un gran iceberg, cuya inmensa masa permanece invisible. Es decir, hay una única creación de Dios, que tiene una parte visible y otra invisible que llamamos el cielo.
También podemos observar que en Biblia no existe una aventura espiritual de los ángeles separada de la de los hombres. Para la Sagrada Escritura hay un único designio creador, una única historia santa. Y la aventura espiritual de los hombres y de los ángeles están inexplicablemente vinculadas entre sí, para nuestra alegría y también para nuestra tristeza. Juntos, los ángeles y los hombres hemos pecado. Y es en la salvación de Cristo donde los hombres nos podemos reintegrar en la familia de los primogénitos, es decir, de los ángeles que han aceptado desde el principio el designio amoroso de Dios sobre la creación.
Por tanto, la Biblia así ve la cosas: una única historia de la salvación en la que estamos metidos ángeles y hombres. Y afirma que el destino espiritual de los ángeles y de los hombres está íntimamente conectado entre sí.
Por otra lado, el designio eterno del Padre tiene unas dimensiones mucho más grandes que las de toda la historia humana. El plan de Dios es mucho más grande de lo que podamos pensar, y nos conduce a la contemplación de las realidades invisibles que proclamamos en el Credo. Esto nos hace dilatar nuestra mirada para incluir también el mundo espiritual. Así lo vemos en los Padres de la Iglesia en los primeros siglos del cristianismo, los cuales tenían un sentido muy vivo que la historia de la humanidad forma parte de una historia del espíritu mucho más amplia.
San Pablo afirma que Jesucristo es la cabeza tanto de los hombres como de los ángeles. En la carta a los Colosenses dice que Cristo es la cabeza de todo principado y toda potestad. Principado, potestad, tronos y dominaciones, son términos para designar los distintos órdenes angélicos. Tanto los ángeles como los hombres pertenecemos a una sola y misma sociedad espiritual, a una sola y misma Iglesia. Tanto ellos como nosotros comulgamos en una misma caridad, y esperamos comulgar en una misma felicidad eterna.
La Palabra de Dios nos enseña que las misiones de los santos ángeles son muchas. Los ángeles aparecen como enviados por Dios para protegernos. Se tiene la impresión que el hombre es especialmente puesto bajo la protección de Dios, que lo cuida mediante sus ángeles. Y que Dios lo hace de manera especial cuando la persona está sola y carece de su entorno de amor natural. Así lo vemos con Jesús cuando estaba solo en el desierto y fue servido por los ángeles al terminar las tentaciones.
Lo maravilloso de Dios, es que ha establecido un orden buscando en todo el servicio. Aquellos que han recibido los dones espirituales más altos tienen el deber de servir a aquellos que se encuentran en los rangos inferiores, de forma de guiarlos hacia un conocimiento más profundo de Dios.
La Palabra de Dios nos enseña que las misiones de los santos ángeles son muchas. Los ángeles aparecen como enviados por Dios para protegernos.
Los ángeles también son intercesores nuestros ante Dios. Eso lo encontramos en el libro de Job y en el profeta Zacarías. En el libro de Job nos habla que los ángeles son intérpretes de nuestra oración en presencia de Dios. Ellos conocen mejor que nosotros cual es el plan de Dios. Por lo tanto, pueden dar la interpretación correcta a nuestras peticiones. Porque cuando nosotros pedimos a Dios, lo hacemos desde nuestra visión. Pero nuestra visión es siempre parcial, como muy bien lo dice san Pablo en la carta a los Romanos: “el mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad porque no sabemos orar como es debido”.
Los ángeles son los servidores de Dios, pero de manera especial del Espíritu Santo, porque han sido creados a su imagen, mientras que nosotros hemos sido creados a imagen del Hijo. Por lo tanto, los ángeles sirven al Espíritu Santo con esa tarea de interpretar correctamente nuestras peticiones. Así lo vemos en el Libro de Tobías cuando el ángel Rafael lleva las oraciones y las presenta a Dios.
Por lo tanto, los ángeles son guardianes, intercesores e intérpretes de nuestra oración, y son también sanadores. En la Sagrada Escritura los vemos en el Libro de Tobías en donde al ángel Rafael se lo asocia a los problemas de salud. Y también en el evangelio de San Juan cuando nos habla del paralítico que está en la piscina de Betesda, en la cual se curaba el primero que entraba cuando el agua se movía.
Los ángeles son también doctores, en el sentido que explican al hombre la voluntad de Dios. Así lo vemos con el arcángel Gabriel cuando le explica a la Virgen María los designios de Dios. También es un ángel el que en sueños le advierte a San José que tiene que ir a Egipto. Y son ángeles los que proclaman a Dios cantando en Belén y anunciándolo a los pastores.
Otro papel de los santos ángeles es el de consoladores. Al Espíritu Santo le llamamos el consolador, porque es el que nos consuela. Pero en ese ministerio también se sirve de los santos ángeles. Así lo vemos en el evangelio de San Lucas con Jesús en el huerto de los olivos: un ángel le consolaba antes de la pasión. También en la mañana de la resurrección nos dice Mateo que son ángeles los que consuelan a las santas mujeres que están tristes porque buscan a Jesús y no lo encuentran. Y también consuelan a los discípulos después de la ascensión del Señor, que se quedan mirando al cielo como desconsolados.
Los ángeles llenan los templos en donde hay un sagrario. Porque donde está Dios están sus ángeles. Y al Igual que custodian los templos, son también son los guardianes de los templos espirituales de Dios que son las almas. Por eso se los llaman “Ángeles de la Guarda”. Ellos son los que circundan la pureza de los niños con esa irradiación protectora de la que habla el Señor en el evangelio de San Mateo: “Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial”. Aquí podemos apreciar una característica de los ángeles, que son contemplativos y activos al mismo tiempo. Cumplen la función que Dios le da, como custodiar a una persona, pero no dejan de contemplar el rostro de Dios.
Respecto al gobierno de la naturaleza material, solemos tener una mentalidad muy influida por la ciencia. Pero si le preguntamos a la Biblia porqué los elementos cósmicos se comportan como se comportan, la respuesta que nos da es que su actuación está regulada por los santos ángeles. Así lo dice el salmo 104: “Usas como mensajeros a los vientos, y a los relámpagos, como ministros”. Mensajeros y ministros se refiere a los ángeles.
Los ángeles son los servidores de Dios, pero de manera especial del Espíritu Santo, porque han sido creados a su imagen, mientras que nosotros hemos sido creados a imagen del Hijo.
Además de gobernar el mundo, los ángeles son los que llevan a cabo la corrección divina. Cuando Dios quiere corregir, con el objetivo de que nos convirtamos, se sirve de los ángeles. Así lo vemos en Sodoma y Gomorra, en donde son ángeles los que le dicen a Lot y su familia que salgan de la ciudad antes de ser destruida. O también lo vemos en el segundo libro de los Reyes, cuando Israel es librado del ataque del ejército de Senaquerib, el cual fue diezmado por una peste que se le atribuye a un ángel.
Es interesante, porque la perspectiva bíblica no es anónima, ni habla de leyes naturales, sino que es interpersonal. Dios gobierna al mundo sirviéndose de esas criaturas suyas que son los ángeles, a los que les va dando la órdenes de lo que tienen que hacer.
Con esto la escritura no pretende enseñarlos cual es la naturaleza de la materia, sino sencillamente decirnos que de la misma manera que el gobierno de nuestro cuerpo depende de nuestra alma, así también el gobierno del mundo depende el ministerio de los santos ángeles. Así se comprende que fuera un ángel el que recibiera la orden de cambiar la naturaleza de las llamas para que no dañaran a los tres jóvenes israelitas a los que Nabucodonosor encerró en el horno ardiente por no querer adorar a la estatua de oro. De hecho, cuando Nabucodonosor abre el horno ve a cuatro personas y dice: pero yo metí a tres, no a cuatro, y el cuarto parece un ser divino.
El ministerio cósmico de los ángeles nos invita a una nueva manera de contemplar la naturaleza. A no ver en ella únicamente la realización mecánica de unas leyes naturales, sino descubrir detrás de cada bello paisaje y evento cósmico la presencia y el ministerio de los santos ángeles.
Donde está Dios están los ángeles. Si Dios bajó a la tierra, ellos van con él. Es así que hacen el anuncio a los pastores en Belén y rodean a Cristo en el pesebre. Por eso, la gloria de Dios llena el cielo, pero también la tierra, como cantamos en el santo: “llenos están el cielo y la tierra de tu gloria”.
La presencia de los ángeles en la celebración eucarística es continua. El gloria que rezamos los domingos es un himno angélico, porque comienza con los palabras que dijeron los ángeles en Belén: “gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”.
La liturgia de la Iglesia es esencialmente participación en la liturgia celestial. En el cielo se celebra ininterrumpidamente una liturgia de alabanza y acción de gracias a Dios, tal como nos narra el libro del Apocalipsis. De esa liturgia son ministros principales los santos ángeles, empezando por los ángeles del trono de Dios que proclaman su santidad. Son los ángeles que vio Isaías en esa visión que tuvo de Dios en su trono, y oyó a los Serafines cantar: “santo, santo, santo”. Por eso nosotros cantamos en la Misa: “santo, santo, santo”. Es una repetición de lo que Isaías vio que ocurría en el cielo, es decir, una proclamación de la santidad de Dios.