Escribe el Pbro. Dr. Gabriel González Merlano.
La matriz de nuestra patria es cristiana, católica, y si queremos representarla a través de un ícono, lo más adecuado sería hacerlo con la imagen de la Virgen de los Treinta y Tres, patrona del Uruguay, cuya fiesta celebramos cada 8 de noviembre. Celebrar la solemnidad de la patrona del Uruguay, la Virgen de los Treinta y Tres, es repasar la historia de nuestra patria y nuestras raíces.
Contemplar esa pequeña talla es ensanchar nuestra mirada y comprensión para entendernos como parte de una región y una cultura. En esta imagen se manifiesta lo guaraní, que nos remite al arte de las reducciones jesuíticas y, especialmente, a los primeros misioneros y mártires del Río de la Plata. A su vez, con su destacado papel en medio de los Treinta y Tres Orientales, de los que recibe su nombre, evoca los inicios de nuestra nacionalidad.
Fue hecha por manos indígenas guaraníes, data del siglo XVIII y fue confiada a Antonio Díaz, indio de Santo Domingo Soriano, de quien, hacia 1779, recibió su primera capilla en el Pintado. Se trasladará tiempo después, junto a buena parte de la población, a la Villa San Fernando de la Florida, y será colocada en la iglesia donde se encuentra en la actualidad, para seguir venerándola, como lo hicieron nuestros antepasados.
Como vemos, esta imagen y su tradición viene desde el fondo de nuestra cultura hispano-guaranítica. La república cristiana de los guaraníes le dio forma tomando la materia de los árboles del Paraguay, más tarde fue nuestra raza gaucha la que conservó y dio culto a Nuestra Señora en esa talla. En medio de las turbulencias cuando se fraguó la patria oriental, allí estuvieron los representantes de la Patria Vieja, a los pies de esta bendita imagen. La Virgen de los Treinta y Tres es para nosotros un invalorable recuerdo de fe y patriotismo, porque es un pedazo de nuestra historia que define nuestra vida.
Las aspiraciones de Artigas, la semilla de libertad sembrada en sus batallas, éxitos, derrotas y silencio, tuvieron eco en aquellos Treinta y Tres hombres que, luego de su desembarco en la Agraciada, el 19 de abril de 1825 ―para dar comienzo a las guerras de la independencia―, llegados a Florida, se inclinaron reverentes, depositando ante el maternal amparo de la Virgen sus ansias de libertad; por eso hoy el pueblo la reconoce y le canta: “capitana y guía de los Treinta y Tres”.
«Es la Madre de nuestra Patria, y por tanto signo de vida, y un símbolo que, en su permanencia, solidifica los orígenes culturales, raciales e históricos del Uruguay»
En esos momentos estos patriotas estaban luchando, dando testimonio, derramando su sangre, amando esta tierra, creyendo en el futuro, esperando contra toda esperanza y suplicando a Dios, para alcanzar la ansiada independencia. Y si buscan ponerse bajo la protección de María, la Madre de los creyentes, es por algo más que por representar una comedia o por una piedad pasajera motivada por el miedo y el peligro en un momento tan crítico para nuestra patria. Si en ese momento adoraban a Dios, veneraban a la Virgen y le presentaban su bandera, era porque veían en ella el símbolo de la libertad plena y por tanto no podía estar ajena a las luchas para conseguir la liberación de todo lo que oprimía a nuestro pueblo.
Transcurridos los días, el 25 de agosto de 1825 sucedió algo similar, porque en aquella jornada señalada para nuestra patria en sus albores, la fe se hermanaba con la vida y con la auténtica libertad de esta tierra oriental. Al proclamarse la independencia nacional, los constituyentes, después de firmar el acta de la soberanía, comparecieron ante la sagrada imagen para colocar la patria naciente bajo su amparo y protección. La “fundadora” de la Villa de San Fernando de la Florida, en 1825 vio a los Treinta y Tres Orientales con la bandera tricolor, al gobierno provisorio y a la asamblea que declara nuestra independencia, postrarse ante sus pies.
La «libertadora” del Uruguay, que desde 1857 porta una corona de oro y piedras preciosas, regalo del segundo jefe de los Treinta y Tres, y luego presidente de la república, Manuel Oribe, representa una figura, un nombre y una historia que forma parte del imaginario del pueblo uruguayo, así como su santuario integra nuestro patrimonio nacional. Es la Madre de nuestra Patria, y por tanto signo de vida, y un símbolo que, en su permanencia, solidifica los orígenes culturales, raciales e históricos del Uruguay.
Declarada patrona de la República Oriental del Uruguay por el papa Juan XXIII, fue coronada solemnemente en la Piedra Alta, en 1961, expresando en esa oportunidad dicho Pontífice, que esta imagen “así como sugiere a los cristianos sentimientos religiosos, de la misma manera lleva con facilidad a todos los ciudadanos al recuerdo de la libertad conquistada y a los comienzos de la Patria naciente”. Palabras similares a las que utilizó san Juan Pablo II en 1988, en ocasión de su peregrinación hasta ella en Florida, a la que se refirió como “una llamada y a la vez un signo de la presencia de la Madre de Dios desde los orígenes de nuestra nación… un memorial de la historia de cada uno de los uruguayos, de cada familia, del Uruguay entero”.

En esta barroca escultura de la Asunción de la Virgen, se unen dos motivos, uno histórico y el otro religioso; Dios y la patria son dos sentimientos que ennoblecen el alma de un pueblo. Bajo la protección de María, “estrella del alba”, comenzamos a ser libres. No podemos, por tanto, contemplarla sin amarla y no podemos amarla sin amar a nuestra tierra, nuestras tradiciones, nuestros héroes.
Los pueblos, como las personas, no pueden vivir sin identidad y la identidad cultural se construye con lo que recibimos, las tradiciones, costumbres, afectos e ideales compartidos. Solo conociendo de dónde venimos podemos saber quiénes somos, lo que debemos construir en el presente, y cómo proyectarnos al futuro del modo más humano posible.
Por ello, cada año, el segundo domingo de noviembre, peregrinamos a la casa de nuestra Madre en Florida, desde todos los puntos del país y en distintos medios, incluso a pie y a caballo, uniéndonos en esta fiesta de nuestra identidad católica y oriental. Su santuario es punto de encuentro de la Iglesia y del pueblo, por eso nos sentimos motivados a visitarla y honrarla. Como manifestara Mons. Carlos Parteli, la santa imagen, más que el centro de un templo ocupa hoy el corazón de un pueblo entero.
La imagen de María Santísima, la Virgen Madre de Dios en la representación de la Inmaculada, de la Pura y Limpia Concepción de Santa María, en su título de Nuestra Señora de los Treinta y Tres, nos es dada como patrona del Uruguay, para guiarnos en el caminar creyente y esperanzado de nuestro pueblo.
Ella está inserta en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Ella lleva el mensaje de su Hijo, aquel mensaje que nuestro beato Don Jacinto proclamó por todos los rincones de nuestra tierra, alentado por el gran amor y devoción a nuestra Madre, del que siempre dio testimonio. La Virgen de los Treinta y Tres y el beato Jacinto Vera, dos figuras icónicas en la construcción de nuestra Iglesia y de nuestra patria, nos ayuden a ser auténticos discípulos misioneros en el hoy de la evangelización de nuestra cultura.
4 Comments
Gracias, pd.Gabriel por tan emotivo analisis, que inflama el corazon y la fe Paz y Bien
Excelente! Muchas gracias y saludemos todos a la Virgen en la Virgen de los 33
Excelente reflexión P. Gabriel. Muy ajustadas tus palabras que muchos debieran considerarlas dentro y fuera de nuestra Iglesia.
Estoy fascinada von esta hustoria Encomendemonos a La Madre del Cielo y honremosla como Ella merece