La oración: el lugar de encuentro con Dios. Por Leopoldo Amondarain Reissig.
Los seres humanos estamos sometidos a muchas necesidades de distintos tipos: biológicas, culturales, sociales, etc. Y su satisfacción es importante, porque de esa forma vivimos en armonía con nosotros mismos y también con el mundo que nos rodea.
También podemos observar que el mundo de las necesidades está estructurado como un vacío que es necesario llenar. Es decir, si la necesidad es comer, el ser humano se satisface mediante la comida, y si es ser reconocido, mediante un cierto éxito social. Sin embargo, lo propio del ser humano a diferencia de los animales, que también tienen necesidades, es que nosotros y solo en nosotros hay un anhelo y un deseo que nunca se ve cumplido por la satisfacción de las necesidades. Ese anhelo es el deseo de Dios, de encontrarse con él, y de verlo.
El deseo de Dios no es el deseo de un objeto más que se pueda encontrar en el mundo, porque Dios no es un objeto, ni tampoco es una palabra cualquiera. Dios es una palabra misteriosa que designa el fundamento último de toda realidad. Fundamento que no necesita de ningún otro fundamento, que todo lo sustenta y rige. Dios es el bien supremo en el que participan todos los bienes finitos. Dios es, por lo tanto, el fin último que dirige y ordena todas las cosas, porque de Dios no se puede pensar nada que sea más grande que Dios.
Los cristianos sabemos que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, y necesita para comprender su propio ser, referirse al modelo en base al cual ha sido plasmado. Y la actividad por la cual canalizamos este deseo es la oración.
Al orar expresamos nuestra realidad más profunda, tomamos conciencia de lo que nos constituye y lo que nos hace ser, que es la relación con Dios. Por eso, aunque nos encontráramos en una situación paradisíaca en la que no hubiera sufrimientos, ni carencias, ni necesidades, seguiríamos orando. Porque el motivo profundo de la oración no es la miseria, o la necesidad, sino nuestro propio ser. Oramos para tomar conciencia de quiénes somos, porque hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Tenemos una inquietud en nuestro corazón que nos impulsa a orar. Por eso la oración no tiene como finalidad principal satisfacer necesidades, sino obtener una sola cosa, y la única que es verdaderamente importante, que el salmo 27 enuncia diciendo: “Una sola cosa he pedido al Señor, y esto es lo que quiero: vivir en la Casa del Señor todos los días de mi vida, para gozar de la dulzura del Señor y contemplar su Templo”.
Las demás necesidades se incorporan a la oración en función de esta única cosa, que es la que realizará nuestra felicidad total. Seremos verdaderamente nosotros cuando estemos cara a cara con el Señor, porque nuestro yo ha sido creado a imagen y semejanza suya. Y la oración es la actividad que nos recuerda este gran deseo, y la que pone ante nuestros ojos la evidencia de esta gran verdad.
“Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”, leemos en el evangelio de San Juan.
Para adorar en espíritu y en verdad conviene recordar que lo más importante no es lo que se dice, ni lo que se hace, sino lo que se es. De ahí que en la oración es imprescindible que las palabras sean verdaderas, es decir, que expresen la realidad de lo que soy, y no lo que otros creen que soy, o incluso, lo que yo mismo creo que soy.
La oración no debe plantearse desde la imagen de uno mismo, sino desde la realidad, porque mi imagen y mi realidad no siempre coinciden. Por eso el Señor nos enseñó: “Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”, leemos en el evangelio de San Mateo.
Lo secreto o habitación es tu propia realidad, la que resulta más escondida y más difícil de encontrar, y no solo para los demás, sino para uno mismo. Sin embargo, es ahí donde está el Padre.
Orar supone el esfuerzo de caminar hacia el propio corazón, hacia el propio secreto, y hacia el propio espíritu. Es decir, hacia el centro del propio ser. Supone el esfuerzo de superar la visión que los demás tienen de mí, y la que yo tengo de mí, para llegar a mi propia interioridad. A ese misterio que soy yo para mí mismo. A ese núcleo interior donde todo se decide, y que la Biblia define como el corazón. Solo desde ese nivel se pueden pronunciar palabras verdaderas.
Frente a todo esto nos preguntamos: ¿dónde podemos encontrar palabras verdaderas? Las podemos encontrar en nuestro propio corazón cuando por fin llegamos a él. Y cuando llegamos al corazón esas palabras verdaderas no suelen ser muchas, ni muy abundantes, sino más bien escasas, pero muy esenciales. Son palabras como: “gracias”, “perdón”, “misericordia”, “pecador”.
Cuando llegamos al fondo de nuestro ser se acaban todas las chacharas, y queda una llamada desnuda del corazón del hombre hacia el corazón por siempre abierto del Señor. Como dice el salmo 42: “Un abismo llama a otro abismo”. El abismo del hombre, que es su propio corazón, llama al abismo de Dios.
También podemos encontrar palabras verdaderas en frases de la Sagrada Escritura, y sobre todo en los salmos. Por ejemplo: “El Señor es mi pastor, nada me puede faltar”, “El Señor es mi luz y mi salvación”, y tantas otras. Repetir cualquiera de estas frases, sin prisa, saboreándolas, nos puede ayudar a centrar el corazón en Dios. También podemos encontrarlas en las oraciones que nos ofrece la Iglesia, y que han pronunciado otros cristianos, y en especial los santos.
Otro lugar donde podemos encontrar palabras verdaderas es en las oraciones de la gente sencilla, o en expresiones como “bendito sea Dios”, “ te amo Dios mío”, “solo Dios es grande”.
Si notamos que tocan nuestro corazón y expresan nuestra verdad, podemos hacerlas nuestras, y de esa manera tenemos palabras verdaderas para hablar con Dios en espíritu y en verdad.
El Señor nos ha entregado un criterio para discernir si nuestras palabras son adecuadas para la oración. Ese criterio es el “Padrenuestro”. Por eso, san Agustín afirma: “Si vas discurriendo por todas las plegarias de la santa Escritura, creo que nada hallarás que no se encuentre y contenga en esta oración dominical (padrenuestro)”.
Esto quiere decir que podemos presentar en la oración cualquier situación de nuestra vida, con tal que la sometamos al criterio del Padrenuestro, como por ejemplo: que tú nombre Señor sea santificado en esta situación, o se haga tu voluntad en esto que me está pasando.
La oración también la podemos encontrar en la naturaleza, en las personas, y en la palabra de Dios. La contemplación amorosa de la naturaleza nos puede suministrar muchas sugerencias para la oración. La salida del sol, la noche estrellada, una tormenta de verano, un río, los árboles, el mar, pueden ser trampolines para saltar hacia Dios, y darle gracias por haber creado esas realidades y permitirnos disfrutarlas. Cualquier realidad de la naturaleza, sea animal, vegetal, o mineral, si la sabemos mirar como obra del Señor o como una palabra suya, nos puede ayudar a encontrarnos con él.
En segundo lugar están las personas. Si aprendemos a contemplarlas desde la conciencia que los seres humanos son los que Dios más ama, su simple presencia se puede convertir en materia de oración. Cada una de esas personas es un ser creado por Dios con la intención de llevarlo al cielo. De ahí que un movimiento del corazón de cualquiera de ellas es más importante para Dios que el universo entero. Si pienso que Cristo dio por esa persona toda su sangre, y quiere estar con ella por toda la eternidad, ya estoy entrando en oración. Porque cada ser humano es tan precioso a los ojos de Dios, que Cristo a muerto por él en la cruz.
En tercer lugar tenemos la palabra de Dios. Cualquier palabra de la Sagrada Escritura nos revela algo del corazón de Dios. Como dijo el Señor: “de la abundancia del corazón habla la boca”. Y la boca de Dios ha hablado en la Sagrada Escritura. Por lo tanto, cada una de sus palabras revelan siempre algo del corazón de Dios. Y toda revelación del corazón de Cristo es una ocasión para orar.
“Dios ha dicho una cosa, dos cosas yo escuché”, leemos en el salmo 62. Las palabras de Dios son de una riqueza tan grande que siempre tienen múltiples significados, y por muchas veces que las hayamos oído, siempre vamos a poder captar algo que hasta ese momento no habíamos captado.

