En pocos días — el sábado 11 de febrero—, se celebrará un nuevo aniversario del comienzo de las apariciones de la Virgen en Lourdes a santa Bernardita. Compartimos con ustedes, a lo largo de esta semana, una serie sobre dichos sucesos, escrita por el P. Gonzalo Abadie para el quincenario Entre Todos. Segunda entrega de la serie.
POR EL P. GONZALO ABADIE
«Me acababa de quitar la primera media para pasar el canal, cuando oí un ruido, como un golpe de viento. Giré la cabeza hacia la pradera desierta, más allá del río. Pero vi que las hojas de los árboles no se movían. Entonces comencé a quitarme la otra media. Oí una vez más el mismo ruido de una ráfaga de viento. Alcé la cabeza hacia la gruta que tenía delante y vi una cavidad que había sobre la entrada, medio cubierta por un arbusto salvaje, que se iluminaba poco a poco con una luz dulce, parecida a la del sol pero más delicada, que no deslumbraba. Dentro de aquella luz, vi ‘algo’ blanco, una figura que tenía la forma de un petito Damiselo [en dialecto patois], una pequeña dama, tan joven y alta como yo. Tenía una túnica blanca, un largo velo también blanco sobre la cabeza, un fajín azul y una rosa amarilla en sus pies descalzos. El rosario que tenía en la mano también era de color amarillo. En ese punto me asusté un poco. Creía que me equivocaba y me froté varias veces los ojos. Cuando los volvía a abrir, vi siempre la misma figura que me sonreía con dulzura y bondad. Instintivamente llevé mi mano al bolsillo del delantal para tomar mi rosario de dos centavos, que me había regalado una tía que había ido en peregrinación al santuario de Betharram, cerca de aquí. Como yo todavía seguía sentada en una piedra para quitarme las medias, me levanté y me puse de rodillas. Quería hacer la señal de la cruz pero no me atrevía a llevarme la mano a la frente. El brazo me pesaba tanto que no podía levantarlo. Entonces fui presa del miedo y empecé a temblar. Me atreví a hacer la señal de la cruz solo cuando también “Aquella de allí” [Aqueró, en dialecto] lo hizo y de una manera bellísima, que yo intenté imitar. Así que recité el rosario ante ella, que hacía deslizar las cuentas de su rosario pero no movía los labios cuando yo rezaba las Avemarías y lo hacía solo para el Gloria, al final de cada misterio. No escuchaba la voz, la oí solo en el tercer encuentro, y era dulce y fina como la de una niña. Cuando terminé el rosario, Aqueró hizo otra gran señal de la cruz y, aún sonriendo, me hizo un gesto para que me aproximara, pero yo no me atreví y ella entonces se fue de repente, mientras la luz en el nicho se apagaba poco a poco”.
Así ha relatado Bernadette el encuentro misterioso con Aqueró ―el primero de un total de dieciocho― del 11 de febrero de 1858 en la Gruta de Massabielle (Roca Vieja), una gruta de mala fama que conoció en esa oportunidad en que salió a buscar leña junto a su hermana Toinette de doce años y de Baloume (Jeanne Abadie), de trece, una niña algo ruda y más baquiana, la hija del cantero, vecina de los Soubirous, que sí conocía el lugar, y al que fueron a dar por consejo de Pigoune, una anciana que estaba lavando en las orillas del Gave de Pau y que aconsejó a las niñas que siguieran bordeando el torrente, ya que una inundación reciente había arrastrado ramas que podrían encontrar más adelante. En realidad, Pigoune les había dicho, inicialmente, que en la pradera encontrarían leña suelta, puesto que hacía poco que el propietario había estado podando los árboles. Pero Bernadette rechazó de inmediato la sugerencia: “¡No, no queremos ser tomadas por ladronas!”. Sobre su padre pesaba desde hacía un año una sospecha que se proyectaba a toda la familia. Al panadero le habían robado dos sacos de harina y François Soubirous había sido arrestado por el mero hecho de ser un hombre pobre, por no decir miserable, pero sin prueba ninguna. El juez lo había liberado a la semana aduciendo que de no hacerlo la familia a su cargo habría quedado expuesta a una situación más lamentable todavía, pero el expediente, en los hechos, permanecía abierto.
Como sabemos el rumor acerca de los sucesos se propagó rápidamente entre toda suerte de interpretaciones. Por supuesto que los más chicos participaron con emoción y enorme expectativa de estas circunstancias sobrenaturales que conectaban con sus fantasías inspiradas por las historias, bien arraigadas en la zona, sobre hadas y almas de ultratumba. No podía descartarse que Bernadette hubiese visto una imagen diabólica tampoco. Así que después de la misa del domingo siguiente a la primera aparición (el jueves), en un clima entre secretismo, complicidad y juego, unas cuantas niñas pobres ―el entorno de Bernadette― atentas a todos los movimientos de su amiga, la siguieron cuando esta sintió súbitamente un deseo inequívoco de ir a Massabielle, cosa que le sucedió en más de una ocasión, como si se tratase de un llamado personal e inaplazable de Aqueró. Es curioso, es providencial mejor dicho, que la orden inflexible de los padres de Bernadette, de cerrarle toda posibilidad de volver a la gruta, ―mandato que en más de una oportunidad fue reforzado por alguna bofetada crispada y terminante―, se vio siempre vulnerada por la intercesión de alguna persona cuya autoridad, o posición social más bien, no se atrevieron a contrariar. Así, en este caso, la rotunda negativa del padre, que estaba haciendo una changa en un establo del dueño de la diligencia que llevaba a los turistas por las distintas termas de los Pirineos, debió ceder ante la mediación inesperada de su patrón del momento. Esta segunda excursión a la gruta del grupo de niñas tenía la misión de repeler la aparición en caso de que tuviese un origen maléfico, rociándola con agua bendita obtenida para este fin en la parroquia de Lourdes. Pero entonces sucedió algo sorprendente. Mientras Bernadette la asperjaba, Aqueró no solo se sonreía ―sonrisa que será característica durante las apariciones de Lourdes― sino que también se reía, algo que volvió a repetirse en la cita siguiente, en que los Soubirous debieron ceder nuevamente cuando la señora Jeanne-Marie Milhet, una excriada que había heredado la fortuna de su expatrón con el que se había casado, y que ahora se andaba con algunos humos de importancia, y a la que Louise, mamá de Bernadette, hacía trabajos de limpieza, decidió ―digamos―, amadrinar las expediciones a la gruta, situación que se prolongó hasta la sexta aparición inclusive. Es en esta tercera y divertida visita que Aqueró, entre risas, dejó escuchar su voz, “que era dulce y fina como la de una niña”: “Eso no es necesario”, dijo, cuando Bernadette le extendía una pluma y un papel para que “la pequeña dama” registrara formalmente su nombre en él. Y agregó después la famosa frase: “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”.
Como sabemos el rumor acerca de los sucesos se propagó rápidamente entre toda suerte de interpretaciones.
Bueno, en realidad, Aqueró le dio el tratamiento de “usted” a Bernadette, algo que nadie había hecho jamás, pues ella ocupaba el último peldaño de la sociedad: “Prometo no hacerla feliz en este mundo sino en el otro”. Aqueró volverá a reír por tercera vez cuando revele su nombre, ese que no ha podido obtener la señora Milhet, y que reclamará con tanta insistencia Dominique Peyramale, el párroco, cuando tome cartas en el asunto más adelante, exigencia imperiosa que encontrará como toda respuesta nuevas sonrisas de aquella dama “tan alta y joven como yo”, es decir, de un metro cuarenta, y muchachita. Bernadette tenía catorce años, pero aun no se había desarrollado. ¿Era la Virgen quien se aparecía? No, no, Bernadette solo hablaba de Aqueró, cuyo nombre aún no había dado a conocer. Pero el rumor se extendía peligrosamente como la pólvora, peligrosamente para las autoridades, que miraron desde un principio con malos ojos todo este asunto. No cabía duda de que se trataba de una invención absurda. Al sexto encuentro concurrieron ya unas cien personas. No cabía duda de que esos miserables de los Soubirous, que no tenían dónde caerse muertos, habían encontrado una buena manera de llamar la atención para hacer dinero a costas de la fe y la credulidad de la gente. Ayer robó la harina, y ahora manipula a la hija con esta historia. Había que parar con todo esto. Así piensa la policía.
¿Qué sentido tenía una aparición a una muchacha ignorante e indigente que no sabía leer ni escribir? Rechinaba, además, el hecho de unas apariciones en esa gruta de mala muerte, usada para referirse despectivamente de alguien: “ah, fulano…, pero si ese se educó en Massabielle, ese salió de Massabielle”. Es que Massabielle no era solo un lugar en que se refugiaran los cerdos salvajes cuando se desataba el temporal, sino al que el porquero municipal conducía al amanecer los cerdos que había reunido en la aldea, y que la gente tenía en los patios de las casas, para llevarlos a hocicar por el bosque y beber en el torrente, y hacer una paradita en la gruta donde crecía una especie devaluada de hierba, esa misma que Bernadette tendrá que comer por indicación de Aqueró. Las piaras de cerdos dejaban un cementerio de heces en cada incursión. Pero pesaba sobre la gruta una circunstancia infamante: era una especie de besódromo indecoroso, una cueva para el encuentro furtivo de amantes o novios que buscaban en la desesperación cuando menos magrearse un rato, soportando como fuera la incomodidad hedionda de la gruta, el escenario donde se producían concúbitos urgentes y anónimos, el nicho de la inmoralidad que no podía quedar a la vista de la dignidad de la villa. Por esta causa pronto se sospechó que la señora hermosa que había visto Bernadette podría ser en realidad la mujer del farmacéutico de Lourdes, madame Marie-Roselle Pailhasson, a la que le asignaban un romance (no diremos tórrido porque era pleno invierno) con un oficial de Dragones. Habiendo tantas grutas bellísimas en los Pirineos… ¿tenía que ser Massabielle? Y será la gran paradoja que, quien allí se haga presente, sea nada más y nada menos que la Inmaculada Concepción.
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Maravillosa descripción… Tal vez Massabielle diga mucho más. Las Grutas, las Cavernas en el Inconsciente Colectivo representan lo profundo del Hombre que debe ser explorado y transformado. En términos Cristianos lo que está sujeto a Metanoia. La Rosa en los pies de color Amarillo habla del camino a la Sabiduría de Dios que permite adentrarnos en la Gruta del Alma y Sanarla… Sanarla en el agua Bautismal, en el Río del Espíritu de Dios.
Maravillosa osa descripción… Tal vez Massabielle diga mucho más. Las Grutas, las Cavernas en el Inconsciente Colectivo representan lo profundo del Hombre que debe ser explorado y transformado. En términos Cristianos lo que está sujeto a Metanoia. La Rosa en los pies de color Amarillo habla del camino a la Sabiduría de Dios que permite adentrarnos en la Gruta del Alma y Sanarla… Sanarla en el agua Bautismal, en el Río del Espíritu de Dios.
Quiero ser Santo.
Y el Espíritu Santo esté sobre mi y mi Familia