Primera misionera uruguaya del movimiento católico Puntos Corazón cuenta su experiencia de misión en la “Fazenda do natal”, en Brasil
Florencia Zerbino es la primera misionera uruguaya del movimiento católico Puntos Corazón, en el que sus miembros salen del país a realizar un viaje apostólico. Realizó una misión de seis meses en la “Fazenda do natal”, en Brasil y cuenta que la experiencia allí “fue una escuela de vida”. Puntos Corazón está presente en Uruguay desde el año 2015, cuando un grupo de cinco voluntarios de diferentes partes del mundo se instalaron en el barrio Lavalleja (Montevideo), más conocido como “40 semanas”.
En la siguiente entrevista, Florencia cuenta su paso por la fazenda junto a Puntos Corazón y lo que le dejó la misión en Brasil.
¿Cómo conociste Puntos Corazón?
La primera vez que escuché de ellos fue en la fiesta de San Felipe y Santiago en la Rural del Prado, seis meses después de su llegada a Uruguay. De casualidad encontré un folleto de ellos tirado en el suelo. Dos días después me encontré, en la Parroquia María Reina de la Paz, con Kelsey y Mathilde: dos misioneras de Puntos Corazón en el barrio “40 semanas”. Cuando me comentaron que eran de ese movimiento, no lo podía creer. Desde ahí comencé a ir a “40 semanas” cuando podía para compartir con ellos y participar en actividades y visitas.
¿Qué viste en esta obra que te motivó a sumarte?
Encontré a un Dios que, en mis 26 años en aquel entonces, no conocía y que me enamoró. La casa de Puntos Corazón Uruguay, ese lugar… me transmitieron mucha paz desde el primer momento: la simplicidad de las cosas, el encuentro y compartir con los demás.
¿Habías participado de algún grupo similar o en actividades apostólicas y de voluntariado?
Sí, participé. Con la Fraternidad Contemplativa María de Nazaret, en misiones. Además, he asistido a varios voluntariados.
¿Fuiste la primera uruguaya en salir de misión con Puntos Corazón?
Sí, la primera. El Señor me invitó a formar parte de una misión de seis meses en Salvador de Bahía (Brasil) y me quedé en la “Fazenda do natal”. Do natal (del nacimiento), porque estamos todos llamados a nacer de nuevo, a través del amor y de un crecimiento interior.
Mi misión fue diferente a la que hacen los chicos en Uruguay. La fazenda está inserta en plena naturaleza, a 40 kilómetros de Salvador. El lugar consta de entre ocho y diez casitas, una iglesia y una huerta. Allí vivían hermanas, un sacerdote, consagrados, misioneros y matrimonios. Además, en la casa, se acoge a familias, niños y personas discapacitadas por un determinado tiempo.
Cuando surgió en mí el «bichito» por querer irme de misión, se lo planteé a Eduardo, el supervisor de los chicos que están de misión acá en Uruguay. Él vive en Buenos Aires y viaja a Montevideo seguido. Luego de entre seis y siete meses de mucha ansiedad, Eduardo me comentó que mi destino iba a ser la fazenda durante seis meses. Durante esos meses tuve dos viajes a Buenos Aires para recibir formación para la misión, junto a otros misioneros argentinos. Mi mamá y mi hermana, sabiendo que me gusta misionar, lo aceptaron contentas… a mi padre le costó un poco más entenderlo.
Viajé a Brasil en avión y dos misioneras de allí me fueron a buscar, por lo que llegué a la fazenda en auto. Antes de salir de Uruguay había ido a unas clases de portugués, para tener una base del idioma. Estando allá, sobre todo los primeros meses, seguí estudiando. Pero, como es la única forma de comunicarnos, me fui soltando.
¿Qué hiciste en la misión y cómo fue la experiencia?
La experiencia de misión en la fazenda en Brasil fue inolvidable… una escuela de vida, como nos dice Puntos Corazón. Una escuela que me enseñó a mirar, a escuchar y a estar para el otro, acompañándolo, muchas veces sin poder comunicarme (ya sea por el idioma, o por la discapacidad de la persona), sin darle soluciones, pero estando… Como sabemos: un gesto y una sonrisa vale más que mil palabras. Es una experiencia muy intensa y a los pocos días ya estás procesando muchísimo.
Durante la semana tenía mis tareas y momentos de oración. Dos días a la semana me iba por tres horas con los de mi grupo a los pueblos más cercanos para realizar visitas y, cada 15 días, salía de descanso dos días. Iba a Salvador a la casa de amigos que hice en la misión o hacía “desierto”, un encuentro a solas con el Señor.
Gracias a esta experiencia tan linda y a la simplicidad con la cual viví allí, pude reafirmar todos los valores que adquirí en casa… pero sobre todo me hice un gran amigo: Dios.
Es gracias a este encuentro con «el pobre», con estas personas simples y viviendo en el «oasis de amor» de la fazenda, que creció en mí este amor por el Señor. Pero sé que esta relación que generé con Dios es una plantita que hay que regar constantemente para que no se marchite.
¿Cómo era la comunicación con tu familia y amigos que estaban acá en Uruguay?
Antes de irnos de misión tenemos que buscarnos Padrinos Espirituales y Económicos que nos financian. Mi forma de agradecerles por su gesto de ayuda, y para que de cierta forma ellos también vivieran la misión conmigo, fue escribirles cartas contándoles cómo iba la experiencia. Generalmente, desde Puntos Corazón nos piden que le escribamos una carta cada tres meses a nuestros padrinos, pero yo me propuse hacer una cada mes. Era lindo también para mí ver cómo Dios iba actuando en ese tiempo, hacer un stop y ver qué aprendí, qué personas pasaron y dejaron algo en mí.
Al no tener celular ni internet, me ponía en contacto cada 15 días con mi familia, cuando tenía mi descanso de dos días e iba a casa de amigos en Salvador de Bahía. Si no, en la fazenda teníamos una hora a la semana en la que podíamos hacer uso de una computadora y comunicarnos con nuestras familias.
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Me encanta aprender a dar, recibir y compartir el amor a Dios sin medida