Entre las calles Helvecia y Azotea de Lima se ubica la parroquia Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, templo con un fuerte vínculo con su entorno.
El punto de partida se remonta a 1936 y a la figura de padre Jacinto Tuccillo, perteneciente a la congregación de los Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. En ese año se construyó una capilla, pero sólo se conserva lo que era el campanario. A fines de 1949 se edificó parte del templo actual, y veinte años más tarde se consiguió culminar la obra tal como la conocemos.
Durante ese recorrido hubo varios procesos a destacar, señala el P. Andrés Caprile —párroco de lugar—, quien en febrero cumplirá ocho años al frente de la comunidad. “Estoy muy feliz de pertenecer a esta parroquia, en una zona muy particular de Montevideo. Me siento muy a gusto”, reconoce.
Con la huella de Tuccillo
“Los Misioneros de los Sagrados Corazones vinieron en el año 1936 y se quedaron hasta 1992. En todo este tiempo hubo muchos sacerdotes que pasaron, pero el que llevó la línea conductora fue, sin dudas, el padre Jacinto Tuccillo”, afirma el P. Caprille, para luego explicar: “Él llegó a nuestro país con apenas 24 años. Estaba un poco acá y otro poco en Argentina, pero fue quien marcó la historia de la parroquia”.
La capilla construida por la congregación de religiosos se utilizó por poco más de diez años, hasta que comenzó la edificación de la actual parroquia. “Se realizó la primera parte de la obra y el 8 de diciembre de 1949 vino el cardenal Barbieri. En ese momento, eligió a Pompeya como parroquia y santuario; antes de eso dependía de la parroquia del Cerrito de la Victoria. Con la decisión del cardenal Barbieri, el primer párroco fue justamente el P. Jacinto Tuccillo, quien fue, en mi opinión, el que pisó más fuerte en la historia de este templo. Años después, en 1970, se terminó de hacer la segunda etapa de la obra, por lo que si se mira con atención su interior se pueden observar dos estilos arquitectónicos distintos: el primero es más bien clásico, mientras que el segundo tiene una fuerte impronta de Dieste y con predominancia del ladrillo”, resume.
En el sitio de la capilla se instaló, varias décadas después, un columbario: “Del templo viejo quedó solo lo que era el campanario, y allí se comenzó a utilizar como cementerio de urnas con cenizas. En el año 2000 empezó a funcionar, mientras que dieciocho años después se terminó de construir el nuevo columbario”.

Para el párroco Andrés Caprile, una de las apuestas de la comunidad es «trabajar de manera coordinada con algunas instituciones educativas de la zona». Fuente: Federico Gutiérrez (archivo)
Por la senda del continuismo
A lo largo de este camino, la aparición del P. Caprile se sitúa en febrero de 2015. “Hace casi ocho años que el obispo me envió para esta comunidad, y precisamente en la parroquia hubo varios cambios desde la partida de los Misioneros de los Sagrados Corazones”, señala, para luego sintetizar los movimientos de las últimas décadas.
“En 1992, Monseñor José Gottardi —en aquel entonces, arzobispo de Montevideo— envió a un párroco del clero. El primero fue el P. Milton Tróccoli —ahora obispo de Maldonado-Minas-Rocha—, pero cuando se fue a España por estudios, llegó el P. José María Decia y estuvo más de diez años aquí. Luego fue el turno del P. Eduardo Minelli —quien falleció acá mismo—, y posteriormente del P. Eliomar Carrara, que ahora está en Malvín Norte, en la parroquia de Belén”, indica.
De acuerdo con el P. Caprile, desde su arribo como párroco, no percibe grandes cambios en la comunidad, sino una continuidad bastante marcada. “Creo que no hubo muchas modificaciones, y me parece lo correcto. No vine a cambiar, vine a continuar. Naturalmente, al llegar a un nuevo lugar, siempre aparecen cosas nuevas, algunas ni siquiera son buscadas, pero se dan porque cada uno tiene su impronta. También se reafirmaron cosas que están bien, siempre preservando la mentalidad de la continuidad”, comenta.
“Una de las apuestas es trabajar de manera coordinada con algunas instituciones educativas de la zona. Por ejemplo, el colegio Divina Pastora tiene su propia catequesis, su animación espiritual y se ocupa de la formación cristiana de sus alumnos. Lo que ofrecemos es la parte de la vida sacramental, de manera que ellos puedan prepararse allí, con sus catequistas, y aquí se realicen los bautismos y las comuniones. Lo mismo ocurre con otras dos obras educativas, que son del Opus Dei: el CADI (Centro de Apoyo al Desarrollo Integral) y el Centro Educativo de la Fundación Los Pinos. Algunos padres de los alumnos también celebran los casamientos aquí, así que se va construyendo ese vínculo”, sostiene.
1970 año en el que se culminó la obra. La primera parte se edificó en 1949
El desafío de evangelizar
Un punto al que el P. Caprile le dedica mucha atención, es a la realidad de cada grupo o actividad que se desarrolla dentro de la parroquia. “Algunos grupos, por cuestiones de edad, se han ido cerrando. Otras iniciativas no han funcionado, mientras que otros proyectos perduran hasta el día de hoy. La realidad depende de cada grupo humano”, explica.
Según detalla, algunas de las comunidades que se formaron, más allá de los tradicionales grupos de catequesis, son el grupo de renovación carismática Fuente de Vida, un grupo o presidio de la Legión de María, o un equipo en formación denominado Casa de la Palabra, que funciona los jueves en conjunto con el Programa VaE (Volver a Empezar). Precisamente, el P. Caprile destaca el trabajo realizado en torno a este último proyecto, llevado adelante por la Sociedad San Juan.
“Gracias a este programa ya hay gente que se está acercando, pero de a poco. Su incorporación es lenta, paulatina, como lo es todo proceso de fe, y tampoco hay que apurarlos en ese camino. Lleva tiempo comprender la necesidad de los sacramentos y la vida de la Iglesia. Por eso la tarea evangelizadora siempre cuesta”.

Algunos integrantes de la comunidad en la entrada del templo durante la misión «Casa de Todos» que se realizó en 2019. Fuente: Federico Gutiérrez (archivo)
Con la mira en el futuro
El P. Caprile menciona que, si bien piensa en los desafíos que vendrán al frente de la comunidad, no se impone objetivos específicos: “Para ser franco, no tengo una meta especial y determinada para el futuro de la parroquia”.
A sus 61 años, afirma que su principal objetivo es el mismo que se marcan otros párrocos. “El común denominador es que todos los sacerdotes trabajamos para lograr que las comunidades crezcan, tanto en cantidad como en calidad. Soy de los que piensan que el mayor mal de la sociedad es la falta de fe: el que no tiene a Dios en su corazón, buscará su felicidad principalmente en la droga, en la sexualidad, en el robo. Algunos llenan su vida con el deporte, que no es algo que esté mal, pero no es lo que de verdad completa nuestro espíritu. Eso solo lo lograrán quienes descubran que Jesucristo es el Señor. Si puedo transmitirlo, ese sería el mayor logro que pueda alcanzar”, concluye.
3 Comments
Realmente siento un cariño especial por esta parroquia y por el padre Caprile. Allí descansan las cenizas de mi mamá . Me sentí muy confortada y contenida en ub momento tan especial. Gracias mil gracias . Dios colme de bendiciones a esta parroquia y al Padre Andrés
Querido Padre Andres….. Jesuses El SEÑOR!
Rezamos por tus intenciones!!! Soy Hija de María de los Dominicos!!!!! Mi corazón allí
Dios te siga bendiciendo!!!! Ana …… AVE MARÍA Y… adelante!!!!!
Gracias querido Padre Andrés por todo lo que hace en nuestra comunidad y Barrio. Y muchas gracias por su incondicional apoyo a nuestra Casa de la Palabra y todos sus integrantes. Con gran admiración y afecto lo saluda nuestra familia, Pablo, Cinthia, Dylan, Felipe y María Franchesca!