¿Qué se celebra y conmemora el jueves, viernes y sábado santo?
Los orígenes del pueblo de Israel se remontan a la época pastoril, en la que trasmigraba buscando pastos para sus rebaños. La primavera era un tiempo de riesgo, pues cuando iban a los valles para encontrar los nuevos pastos, podía pasar que un viento del sur, muy cálido, soplara y quemara los brotes de las primeras hierbas y eso generaría una gran mortandad en las crías de las ovejas. Para hacerse propicios al clima, se ofrecía en sacrificio un cordero, para que ese viento “exterminador” los “pasara”, es decir, que no los alcanzara.
En la experiencia del éxodo, Dios manda a los miembros de Israel, esclavos en Egipto, que sacrifiquen un cordero y que marquen con su sangre las casas donde están, para que el “exterminador” de los primogénitos, la décima plaga, los “pasara=pesaj=pascua” y así Egipto los deje marchar (Ex 11-12).
Se pueden notar con claridad las semejanzas entre la experiencia pastoril y la salida de Egipto, y es que Israel historiza las fiestas, de modo que aquello que era un rito anual ligado a los ciclos de la naturaleza, se vuelve una fiesta histórica a partir del acontecimiento de la liberación de Egipto y la pascua del Señor. Esta experiencia de la liberación en la pascua, celebrada ritualmente cada año por las familias judías constituye el núcleo de la formación de Israel como pueblo. Por eso el centro del credo de Israel es justamente: “tu padre era un arameo errante que fue a Egipto… los egipcios nos maltrataron… Clamamos al Señor y desplegó su gran poder… nos sacó de Egipto con brazo poderoso” (Dt 26,5 ss.).
La celebración de la pascua es para Israel un ‘memorial’, zikaron en hebreo. No es simplemente un recuerdo, sino que cada judío que celebra la pascua dice “yo he pasado el Mar Rojo”, de modo que la celebración rompe los límites temporales y los hace contemporáneos con todo el pueblo que salió de Egipto por la mano del Señor. Los que participan de la celebración participan del hecho histórico de la pascua.
Estos elementos son claves a la hora de comprender la pascua de Jesús en los evangelios.
Los textos más antiguos ya nos narran que la primera Iglesia celebraba “la fracción del pan” (Hch 2,42) el primer día de la semana, que se comenzó a llamar “el día del Señor” (Ap 1,10). La comunidad de Corinto celebraba la “cena del Señor” (1 Co 11,20) y Pablo narra la tradición que él mismo recibió: “Lo que yo recibí del Señor, es lo que mi vez les he transmitido: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto “en memoria (zikaron) mía”». De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo “en memora (zikaron) mía”». Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva. (1Co 11,23 ss.).
Los textos del Nuevo Testamento nos indican que el primer día de la semana, el “día del Señor”, la comunidad se reunía a celebrar la “fracción del pan”, la “cena del Señor”. El mismo nombre “fracción del pan” o “cena del Señor” nos muestra que se había unido el sentido de la última cena con lo que había sucedido el “día del Señor”, el domingo, es decir, la resurrección de Jesús. La primera Iglesia celebraba en un solo día todo el misterio pascual de la última cena, pasión, muerte y resurrección, y eso es lo que celebramos como memorial (zikaron), también hoy en cada domingo, día del Señor.
Ya hacia el siglo II los cristianos comenzaron a celebrar la pascua anual precedida por dos días de ayuno, viernes y sábado, que dieron origen al triduo santo. Las celebraciones que se fueron desarrollando con el tiempo dieron lugar a nuestra Semana Santa, extendiendo el Triduo al Jueves Santo, y dando un especial sentido al último domingo de cuaresma, el domingo de Ramos de la Pasión del Señor. Esta procesión con ramos tiene su origen en la liturgia de Jerusalén en el siglo IV, y luego fue adoptada por España en el siglo VII y más tarde en Roma, de la que se extendió a toda la iglesia.
La Vigilia Pascual, madre de todas las vigilias, tiene una expresividad que habla por sí misma en cada uno de los gestos que conforman la liturgia»
El Jueves Santo, la Cena del Señor
En la antigüedad, el Jueves Santo se caracterizaba por tres celebraciones especiales. En la mañana el obispo reconciliaba a los penitentes que se habían preparado durante la penitencia cuaresmal, para que pudieran participar al atardecer en la misa de la Cena del Señor. Entre una y otra celebración tenía lugar la Misa Crismal, desarrollada hacia el siglo VII, en la que se consagraban los óleos que se utilizarán durante la liturgia bautismal de la Vigilia Pascual. El obispo consagraba el crisma, que toma su nombre justamente de Cristo, el Ungido, y bendecía los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, que se usarán durante ese año en las parroquias. En la misa crismal, que celebra el obispo con todos los sacerdotes de su diócesis, se renuevan los compromisos sacerdotales que profesaron en el día de su ordenación sacerdotal, porque recuerda la institución que Jesucristo hizo del sacerdocio durante la última cena, al decirle a los apóstoles “hagan esto en memoria mía”. En estas palabras Jesús está “ordenando” a sus discípulos y haciéndolos capaces de presidir en su nombre la “fracción del pan” que ya celebrarán en la Iglesia apostólica.

Un rito característico del Jueves Santo es el lavatorio de los pies. Fuente: Federico Gutiérrez (archivo)
En la misa de la Cena del Señor se conmemora la institución del sacrificio eucarístico: el pan partido y la sangre derramada son una anticipación sacramental del sacrificio que se realizará el viernes en la cruz. Rito característico de ese día es el lavatorio de los pies que aparece en el siglo V, pero que se popularizó en el medioevo. Era originalmente un gesto realizado como un rito adicional que se hacía fuera del templo; el papa o el obispo lavaba los pies a los pobres en la plaza situada frente a la basílica o los clérigos en sus casas y monasterios. El lavatorio de los pies es un gesto privilegiado que cualifica el tipo de servicio que se espera de los cristianos que siguen el ejemplo de Jesús, por eso el Maestro manda ese servicio a los discípulos: “Les he dado ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13,15). Es imposible lavar los pies a otra persona si el que los lava no se coloca de rodillas a sus pies. La entrega cristiana no es desde arriba, sino desde abajo.
Al final de la misa, sin la bendición y saludo final, se hace el traslado del Santísimo Sacramento a otro sagrario en la misma iglesia, como recuerdo del camino de Jesús con sus discípulos desde el cenáculo hasta el monte de los Olivos (Mt 26,30.36). Como respuesta a la invitación de Jesús a los discípulos a quedarse allí y orar (Lc 22,40; Mt 26,36), la iglesia invita a la hora santa para acompañar a Jesús en su oración en Getsemaní.
Viernes Santo: celebración de la Pasión del Señor
El Viernes Santo, día de oración, silencio y ayuno, sigue el mismo antiquísimo esquema de lecturas, cantos y oraciones. Los ministros se postran ante el altar desnudo y junto con él toda la asamblea se pone de rodillas para comenzar con un silencio reverente esta celebración que lleva desde la meditación de la Pasión del Señor hasta la gran oración de intercesión universal por todas las necesidades del mundo en que vivimos. La fuerza de la Pasión alcanza a todas las realidades del universo, y por ellas pedimos. A la liturgia de la Palabra respondemos con el gesto de la Adoración de Cristo en la Cruz. Es un momento de solemne grandeza en el que tiene importancia fundamental la veneración personal de la cruz. A la adoración de Cristo en la cruz, signo del amor que se entrega hasta la muerte, continúa la comunión eucarística, el cuerpo entregado y la sangre derramada del Señor. La liturgia del Viernes Santo también queda como inconclusa, todos se retiran sin canto, dando un relieve de final austero que deja paso a la meditación personal de la Palabra que se ha dicho toda, y ahora hace silencio en la muerte.

La veneración personal de la cruz es un gesto que se realiza al finalizar la Pasión del Señor. Fuente: Carolina Bellocq (archivo)
Vigilia Pascual
Esta celebración, madre de todas las vigilias tiene una expresividad que habla por sí misma en cada uno de los gestos que conforman la liturgia. La iglesia comienza a oscuras, signo de la muerte que ha asumido el Señor, se prende el fuego santo, en el que se enciende el cirio que vence las tinieblas de la noche, porque resucita el que dijo “yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12). La luz del cirio se pasa a las candelas de toda la asamblea, porque “la luz brilla en las tinieblas” (Jn 1,5) y la fe ilumina a cada uno que está unido a Cristo. Esta luz se hace tan clara como la palabra. Y por eso sigue la larga vigilia de lecturas, que partiendo de la creación del hombre llega hasta el Nuevo Testamento en donde la comunidad exulta con el canto del Gloria, que había estado en silencio durante los cuarenta días de la cuaresma. Luego el Aleluya y el relato de la resurrección. La Palabra se hace tan eficaz como el sacramento, por eso se bendice el agua de la pila bautismal y si hubiera catecúmenos se celebra allí el bautismo. Finalmente, este nuevo nacimiento nos lleva a la comunión y comulgamos con Aquél que es nuestra vida, que se ofreció por nosotros y ahora nos une a él para que junto al Espíritu vivamos glorificando a Dios: “por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos”. Amén.

La Vigilia Pascual es la celebración más solemne de la Semana Santa. Fuente: Federico Gutiérrez (archivo)
Por: Pbro. Daniel Kerber
Redacción Entre Todos